Hela (Lago de fuego 1) 27 · MV969
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Por el bien de todos, hay perros que deben ser sacrificados

EL DESPACHO DEL ALCALDE está envuelto en un silencio solemne, apenas roto por el roce de los papeles que se firman y la conversación en voz baja entre Luis Ferguson y su secretario de educación.

Es una mañana como cualquier otra para él.

Firma, aprueba, delega, sin una sola señal de que algo ande mal.

Nadie diría que ayer de madrugada mataron a una funcionaria de su gabinete.

De repente, la puerta se abre de golpe. Leal entra sin previo aviso y rompe esa atmósfera de poder.

—¡No puede entrar así! —Marina llega apurada detrás de él, consternada por la falta de protocolo.

El alcalde levanta una mano para calmarla. Tiene más curiosidad que enfado.

—Tranquila, Marina —le hace un gesto al secretario—. Señor secretario, terminamos por ahora. Recuerde, esos proyectos tienen que aprobarse sin demora.

El secretario se pone de pie y le echa una mirada inquisitiva a Leal. No lo dice, pero algo en él le resulta vagamente familiar. En la puerta se detiene un instante, tratando de ubicarlo en algún rincón de la memoria. No lo logra y sigue su camino.

Cuando la puerta se cierra, Ferguson se echa hacia atrás en la silla y mira a Leal, entre interesado y desconcertado.

—Señor Leal, tengo que insistir en que modere sus entradas. A Marina le va a dar una úlcera con tanto sobresalto.

Leal sonríe con ironía.

—Señor alcalde, no me puedo dar el lujo de esperar en la recepción. No cuando traigo encima el arma de un homicidio.

Ferguson deja el bolígrafo a mitad de la firma. Lo mira incrédulo, con toda la atención puesta en él.

—¿Cómo dice?

Leal pone un morral negro sobre el escritorio. Su diseño común contrasta con la gravedad de lo que lleva adentro.

—¿Me está diciendo que entró al segundo edificio más protegido del país con un arma?

—Fue muy sencillo —Leal señala el morral.

Ferguson abre los ojos, asombrado. La curiosidad le gana por un momento a la indignación.

Con calma, Leal abre el bolsillo más pequeño del morral y deja al descubierto un cierre de velcro que parece parte del diseño interior.

Pero debajo, escondido a simple vista, hay un segundo cierre, tan fino y bien puesto que pasa por un pliegue del material.

Leal desliza los dedos con destreza y abre el compartimento secreto.

Adentro hay una caja de plástico negro, liviana como una pluma.

La pone con suavidad sobre el escritorio y la abre con cuidado, como quien destapa algo sagrado.

Ahí, perfectamente acomodado, está el 38 especial.

El metal pulido brilla bajo la luz del despacho, y las seis recámaras del tambor parecen mirar a Ferguson como ojos vacíos.

Solo una está desocupada, un recordatorio silencioso de la bala que encontró su objetivo.

El alcalde se inclina un poco hacia adelante, con los ojos fijos en el arma, sin poder ocultar la incredulidad.

—¿Y esa caja es mágica o qué? ¿Cómo hizo para que no la detectaran en los controles de seguridad? —hay tanto asombro como alarma en su voz.

Leal sonríe, saboreando el momento.

—Algo así, señor alcalde —levanta la caja y la gira entre las manos como un trofeo—. Plástico reforzado con sulfato de bario. Los rayos X no la atraviesan, y tampoco deja escapar el olor a pólvora que tanto les gusta a los pastores belgas de la entrada.

Ferguson lo mira en silencio, procesando cada palabra. Al final, la comisura de los labios se le curva, apenas.

—Señor Leal, tengo que admitir que cada día me sorprende más.

Leal acepta el cumplido sin inmutarse. Va al grano.

—Pero, señor alcalde, esto no es lo único que traigo.

Con movimientos meticulosos, saca un celular del morral. Por la seriedad de su cara, ese objeto pesa más que el arma.

Ferguson lo toma, consciente de que ahí puede estar la respuesta a todo lo que necesita saber. La mirada se le endurece y la satisfacción se le dibuja en la cara.

—Por fin —murmura—. El bendito teléfono.

Es el teléfono que Mara siempre llevaba colgado al cuello, sujeto con un strap de nailon fucsia de una pequeña marca local llamada ILA.

El forro es el mismo, transparente, con una frase grabada en el respaldo que dice «La mentira solo sirve para encontrar la verdad».

Pero el strap no está. Quedó registrado aparte, como parte de la evidencia recolectada en el carro de la víctima.

Ferguson se detiene a pensar en ese detalle, pero lo descarta rápido. No puede permitir que algo tan pequeño lo distraiga de problemas mucho más urgentes, como que el teléfono está bloqueado. Necesita la huella o una contraseña para desbloquearlo. Sin dudarlo, se vuelve hacia Leal.

—Necesito que se vaya ahora mismo a la morgue y me traiga el pulgar de la periodista… El pulgar y el índice derecho, no vaya a ser que alguno no funcione.

Leal suelta una risa tensa, creyendo que es un chiste negro del alcalde, pero la frialdad y la decisión en la cara de Ferguson lo frenan.

—¿Es en serio? —pregunta, con un atisbo de duda.

—¿Usted cree que estoy para chistes? ¡Necesito lo que hay en ese teléfono!

Leal resopla, decepcionado. Todavía no sabe lo bueno que soy, piensa.

—Mejor déjemelo a mí.

Saca de su morral un portátil robusto, uno que no parece de alguien que trabaje en una oficina, y mucho menos de alguien como él. Se acerca al escritorio del alcalde, se sienta en la silla de Ferguson y empieza a conectar cables.

—¿Qué hace? —Ferguson levanta una ceja.

—Me ahorro unas mutilaciones —responde Leal, sin levantar la vista.

Ferguson da un paso atrás y observa, intrigado, cómo Leal maneja un programa sofisticado, especializado en rastrear llamadas, intervenir conversaciones y desbloquear teléfonos, justo lo que necesitan en este momento.

—¿De dónde sacó eso? —ahora el alcalde tiene curiosidad de verdad.

—Cobré un favor. Apenas vi el teléfono, supe que lo iba a necesitar y decidí venir preparado.

Leal conecta el teléfono al computador y oprime una serie de teclas.

En la pantalla aparece una barra de progreso que empieza a cargar despacio, con el porcentaje subiendo a cada segundo.

El silencio se hace más denso mientras el número avanza, hasta que al llegar al 100 % la barra desaparece y en su lugar surge un recuadro verde.

Adentro brilla el texto «MV969». Leal lo anota en un papel y, satisfecho, lo digita. El aparato se desbloquea.

—Bien hecho, Leal —Ferguson está impresionado de verdad. Hace a Leal a un lado para abrir el segundo cajón del escritorio, saca un fajo de billetes, más de lo que el propio Leal esperaba por el trabajo, y se lo entrega—. Ahora necesito que se retire —le señala la puerta.

A Leal se le nota la frustración. La plata ya no le interesa. Lo que quiere es poder. Ser el hombre de confianza del alcalde, algo que todavía no ha logrado. Guarda el portátil en el morral y, antes de dar el primer paso hacia la puerta, un estallido de rabia lo detiene.

—¡Pero qué es esta mierda! —grita Ferguson, desesperado, mirando el teléfono.

—¿Qué pasa? —pregunta Leal, sin moverse.

Ferguson, que apenas puede contener la ira, agarra el 38 especial de la caja que está sobre la mesa y le apunta directo a Leal, sin pensarlo. El mismo revólver que selló el destino de Mara Vidal se vuelve ahora una extensión de su desesperación.

—¿Usted no le habrá sacado lo que había a ese teléfono? —susurra, desconfiado.

Leal responde con una calma inquietante, erguido, con los ojos fijos en el alcalde, sin la menor señal de miedo.

—¿Qué había en el teléfono? —lo dice frío, seguro, casi como si interrogara al mismo Ferguson.

Ferguson, con el revólver todavía apuntándole a Leal, gruñe, alterado. Respira de forma irregular, sin poder ordenar lo que acaba de oír.

—Fotos y audios —responde, con un suspiro de impotencia—. Aquí no hay nada. Solo fotos de esa mujer con su supuesta novia, amiguitos y basura… Leal, ¿usted sacó la información?

Leal no retrocede ni un paso. Lo mira fijo, como si quisiera leerle el alma. Respira hondo y responde con la misma frialdad con la que siempre ha manejado las situaciones difíciles.

—No sé de qué me habla.

El alcalde, a punto de perder por completo el control, da un paso adelante. El arma sigue apuntando a Leal, pero la ira se le vuelve pura desesperación.

—¡El desgraciado de «Barbie» le sacó la información! ¡Y ahora se va a pudrir en esa cárcel!

La amenaza cae como una sentencia de muerte, pero Ferguson no se puede quitar de encima la sensación de que algo no encaja.

Del otro lado del escritorio, Leal lo observa sin parpadear, calculando cada posibilidad a toda velocidad.

Sabe lo que está en juego. Sabe lo que el alcalde insinúa, y también sabe que es imposible.

«Barbie», un hombre tan imprudente como salvaje, no tiene la habilidad para hacer lo que Ferguson sospecha.

—Imposible, señor. No tuvo ni el tiempo ni la tecnología para hacerlo. Si quiere, déjeme revisar —el tono de Leal es desafiante, firme.

Vuelve a sacar el portátil, conecta el teléfono y empieza a analizarlo otra vez, buscando rastros en el disco, verificando si algo se eliminó, se modificó o se transfirió. No encuentra nada.

—Lo que usted busca nunca estuvo en este teléfono. Los últimos archivos eliminados son estas fotos del 5 de abril y estas otras del 2 de abril —Leal le muestra la evidencia en la pantalla.

—¡Maldita sea! —Ferguson no soporta lo que Leal le acaba de mostrar. Tira el vaso de agua del escritorio contra la pared y deja que la rabia se le desborde.

Se queda mirando el aparato. Ahí se le concentra toda la desesperación. Leal tiene razón, los archivos nunca salieron de ahí. Pero eso no explica cómo alguien más supo que ese teléfono existía.

Leal no pierde la compostura y sigue mirando fijo al alcalde. Ferguson lo ve con claridad por primera vez. No es solo un hombre de acción. También es un estratega.

—A lo mejor usted está buscando el teléfono personal de Vidal —dice Leal con calma, y le interrumpe el hilo de pensamientos.

Ferguson lo mira, desconcertado, pero reacciona rápido. Leal sigue.

—Este teléfono… —señala el aparato que acaba de desbloquear—. El IMEI está registrado a nombre de alguien de aquí, de la dirección de la alcaldía. Eso quiere decir que Vidal pudo haber tenido otro teléfono. El que usted busca. Solo necesitaríamos el número para localizarlo.

El alcalde se tensa, dándole vueltas al nuevo enfoque.

—¡La novia! —exclama, iluminado—. ¡Ella seguro lo tiene!

Sin dudarlo, levanta el teléfono fijo y marca la extensión de su secretaria, con una urgencia que no se molesta en disimular.

—Marina —dice, firme—, consígame por favor la dirección de la señorita Steffens. Quiero hacerle llegar unas flores.

Del otro lado de la línea, la respuesta llega de inmediato, más ligera de lo que la situación amerita.

—¡Sí, señor! Ya mismo le mando un arreglo a la señorita Steffens de su parte.

Ferguson cierra los ojos, con ganas de matarla.

—¡Que no, Marina! Deme la dirección. Yo me encargo.

—Sí, señor —responde ella, sumisa.

Ferguson anota la dirección en un papel y se la pasa a Leal sin decir una palabra más. Leal la guarda con un movimiento rápido y recoge el morral.

No hay despedidas ni palabras amables. Solo una última mirada entre los dos hombres, que dice más de lo que ninguno está dispuesto a admitir.

Leal va hacia la puerta con el objetivo más claro que nunca. La marcha de un perro guardián que sabe que está un paso más cerca de lo que ha estado buscando desde el principio.

El reloj está a minutos de marcar las 10:30 am.