Hela (Lago de fuego 1) 26 · ADN #2
67%

26 · ADN #2

Apenas abre, el aire viciado de trago, cigarrillo y sexo la golpea de lleno, y tiene que abrir un par de ventanas.

Sin perder tiempo va a la biblioteca, pero no ve «El gato negro» por ningún lado.

Frustrada, revisa estante por estante, hasta que en la base de una mesa auxiliar encuentra un libro grueso, Historias fantásticas de Edgar Allan Poe .

Conteniendo el aliento, lo abre y pasa las páginas.

Se detiene un instante en la biografía, en «El cuervo», en «Berenice», en «Los crímenes de la calle Morgue», hasta llegar, por fin, a «El gato negro».

Ahí, pegada a la página 666, como un chiste de brujería, encuentra una bolsa hermética con varios pelos enrollados y una etiqueta que dice «Lucifer».

Aitana sabe que no hay tiempo que perder.

Cierra la puerta y esconde la llave en el marco.

Al darse vuelta para irse, se encuentra cara a cara con Clara Steffens.

Las dos se quedan un momento estudiándose, incómodas, en silencio.

Clara, con el rostro marcado por la angustia y el cansancio, parece sacada de una película de Hitchcock.

Aitana, sorprendida, trata de mantener una expresión neutra, aunque se le tensan los labios.

—Detective Ríos —Clara rompe el silencio, con la voz débil pero decidida—. Estoy buscando a McAllister. Lo he buscado por todas partes y nadie me da razón de él.

Aitana piensa bien la respuesta. Nota la urgencia de Clara, la fragilidad detrás del tono. Algo grave le está pasando.

—No está —responde, evadiendo detalles—. Digamos que va a estar unos días por fuera.

—Cuando lo vea, dígale que necesito hablar con él. Es urgente.

Clara da un paso atrás, y Aitana nota un temblor leve en sus manos. En los ojos verdes tiene una impotencia que parece tragarse cualquier respuesta racional.

—¿Es sobre su novia, la periodista? —Aitana va directo, sin intención de consolarla—. Le recuerdo que la que está investigando ese caso soy yo.

Clara asiente y toma aire, reuniendo la última gota de fuerza.

—Entraron a mi apartamento esta mañana, a eso de las 10:30. Lo destrozaron. Buscaban algo, desesperados.

Aitana la mira con otros ojos. Intuye de inmediato que no se trata de un robo cualquiera. El mensaje es claro.

—¿Algo de valor? ¿O algo que alguien preferiría que usted no tuviera?

—No lo sé —Clara se frota la frente, agotada—. Solo sé que esto tiene que ver con Mara. Yo soy reportera de farándula, no tengo nada de valor para nadie. Mara debió esconder algo, y tiene que ser muy importante para que le costara la vida… y de paso la mía.

A Aitana se le instala el peso del caso en la espalda.

—El autor material está bajo custodia desde ayer, Steffens.

—Lo sé —replica Clara—. Eso quiere decir que el autor intelectual sigue suelto. Y que no se va a detener hasta recuperar lo que sea que Mara escondió.

Aitana le señala el pasillo y le propone acompañarla hasta la salida del edificio.

—Venga conmigo. Tengo que verificar una evidencia en el laboratorio y después la ayudo a poner la denuncia —Aitana baja un poco la guardia.

—No puedo. En la tarde tengo que cubrir la visita de la primera dama a la cárcel de El Lago.

—Entonces, por favor, déjeme llevarla al canal. Me queda de camino.

Clara acepta y se suben al carro de la detective, que le ofrece una botella de agua de la guantera. Clara la recibe con las manos todavía temblorosas.

El silencio entre ellas pesa, lleno de preguntas sin hacer y de una desconfianza que las dos comparten.

La detective va concentrada, con las manos firmes sobre el timón.

En cada cruce y en cada frenada, Clara siente la distancia de Aitana, su profesionalismo, como una barrera.

Aun así, algo por dentro la empuja a hablar.

El secreto ya es demasiado para seguir cargándolo sola.

—Detective… —dice al fin, en voz baja, vacilante—. Tengo el presentimiento de que… la mató alguien del gobierno.

Aitana frena en seco, y las dos se van hacia adelante en los asientos. Se vuelve hacia Clara, abrumada y visiblemente irritada.

—¿Por qué dice eso? —exige, aguantándose las ganas de gritar—. Mire, Steffens, he tenido un día muy jodido. No tengo paciencia para enigmas. Si me va a decir algo, sea directa, por favor.

Clara parpadea, impresionada por la intensidad de Aitana, y por un segundo piensa en echarse para atrás. Pero se arma de valor. Necesita soltar lo que lleva tanto tiempo guardando.

—Mara y yo… —respira hondo—. No éramos pareja.

Las palabras le caen a Aitana como un martillazo. La mirada, antes irritada, se le vacía. Se queda inmóvil, sin poder reaccionar. En el carro no se oye nada.

—¿Qué está diciendo? —murmura al fin, incrédula.

Clara agacha la cabeza, forcejeando para sacar lo que calló tanto tiempo.

—Mara me pidió que fingiera ser su novia para aplicar al cargo de jefa de comunicaciones.

Tenía las calificaciones, pero buscaban a alguien que mejorara la cuota de diversidad del gabinete.

Nos conocíamos desde la universidad —se le quiebra la voz—.

Sabíamos que la relación iba a dar de qué hablar.

Usted sabe, soy una activista conocida, y ella fue la que tumbó a Valbuena.

Eso la hacía la candidata perfecta para el cargo.

Aitana no logra decir nada. Lo que creía saber de Mara y Clara se le desmorona, y cada pieza del rompecabezas toma una dimensión nueva, inesperada, escalofriante. Mira a Clara entre incrédula y cada vez más curiosa, sopesando cada palabra.

Poco a poco todo empieza a encajar, y lo que parecía una simple estrategia para conseguir un cargo ahora se tiñe de motivos que no puede ignorar.

Algo más grande pudo haber empujado a Mara a correr ese riesgo.

¿Quería ese puesto para ganar influencia en el gobierno, para acercarse a alguien en particular?

¿O había algo más profundo, algo que le escondió incluso a Clara?

Al final es la detective la que rompe el silencio, con una calma que casi le disimula las ganas de respuestas.

—¿Por qué quería tanto ese puesto? —mide cada palabra—. ¿Estaba investigando algo? ¿O había alguien ahí adentro por quien necesitaba entrar?

Clara frunce el ceño, confundida y, por un segundo, vulnerable.

—¿Alguien? ¿Qué quiere decir con eso?

—¿Usted sabía que Mara tenía una relación con un hombre? —Aitana pronuncia cada sílaba con cuidado, atenta a la reacción de Clara, que se tensa y desvía la mirada. Esa verdad, hasta ahora privada, le pega en el pecho.

—¿Cómo sabe eso? —murmura Clara, entre sorprendida y desconcertada.

No era posible que alguien más lo supiera. Era uno de esos secretos que Mara guardaba con habilidad, a tal punto que ni la misma Clara conocía el nombre de ese hombre.

Aitana no dice nada. Su expresión, seria y firme, no deja dudas sobre el papel que cumple en todo esto. Después, como quien ofrece una tregua, alcanza una carpeta del asiento de atrás y le pone el informe forense sobre las piernas.

Clara lo recibe con los dedos temblorosos y, a medida que avanza en la lectura, cada palabra le derrumba las defensas que había construido para protegerse del dolor. Una lágrima, silenciosa y rápida, le baja por la mejilla. Por primera vez, la pérdida se le vuelve real.

Aitana arranca de nuevo y le da a Clara el espacio para procesar lo que acaba de descubrir. Manejan así un buen rato, hasta que la detective rompe la quietud, con un tono suave pero profesional.

—Clara, necesito saber con quién estaba Mara esa noche.

Clara cierra los ojos, buscando en la memoria alguna pista que se le haya pasado, y cuando los vuelve a abrir, suelta el aire despacio.

—No lo sé —responde, casi en un susurro—. Pero era alguien importante. Siempre se quejaba de que nunca tenía tiempo, de que estaba de viaje o trabajando hasta tarde en el palacio…

Hace una pausa y sonríe apenas, acordándose de sus chistes privados con Mara.

—Yo la molestaba diciéndole que el único que trabaja tan tarde en el palacio es el alcalde.

Aitana mantiene la mirada fija en la vía, pero algo en su cara se endurece. El comentario, que al principio parecía absurdo, empieza a resonar con un eco incómodo. Clara nota el cambio, y se le borra la sonrisa al ver la sombra de esa posibilidad en el gesto de la detective.

—¿No creerá que…? —Clara no se atreve a nombrarlo.

—No lo puedo confirmar ahora —la seriedad de Aitana devuelve la tensión de inmediato—. Pero la voy a mantener informada. Mientras tanto, esta noche váyase a un lugar seguro. Quédese donde algún amigo o alguna amiga. Mañana la espero en la central para formalizar la denuncia.

Clara se baja del carro en shock, con la cabeza disparando pensamientos para todos lados, cada vez más convencida de que la muerte de Mara está lejos de ser un hecho aislado.

Aitana la sigue con la mirada hasta que se pierde en el edificio, y suelta un suspiro pesado.

Apenas vuelve a la central, va directo al laboratorio y saca uno de los pelos de la bolsa que encontró en la casa de Alex.

Se lo entrega al técnico de ADN y se asegura de que lo crucen con todas las muestras de la escena del crimen, sobre todo las de los preservativos de la papelera del motel.

—Esto va a tardar un par de horas, detective —le dice el técnico, anotando las instrucciones.

Aitana siente que este caso la envejece un poco con cada minuto. Y sabe que, sea cual sea el resultado, está a punto de abrir una puerta que puede cambiarlo todo.