Hela (Lago de fuego 1) 26 · ADN
65%

26 · ADN

ADN

Los ciegos ven con sus otros sentidos

LA PENUMbrA DE LA CELDA apenas suaviza los gestos duros de Alex, que se inclina hacia los barrotes para oír a Ríos desde el pasillo. Hablan en susurros, compartiendo datos dispersos y escurridizos del caso. Cada pista parece más enredada que la anterior, y los dos saben que el tiempo se agota.

—¿Y por qué nadie ha podido rastrearlos? —murmura Ríos, casi sin voz—. ¿No le parece extraño que…?

Un carraspeo los corta de golpe. García está de pie frente a la celda, mirándolos con una sonrisa torcida. Ninguno de los dos lo oyó acercarse, y a Ríos le da un vuelco el corazón al ver que trae una carpeta bajo el brazo. Llegó en el momento exacto para un juicio sumario.

—Ríos, esperaba encontrarla trabajando, no jugando a Hannibal Lecter con un recluso —suelta García con sarcasmo, y clava la vista en Alex—.

No le pedí que encontrara a un culpable aquí adentro, ¿verdad?

Y mucho menos a McAllister. Aunque, créame, sueño con el día en que me dé una razón para encerrarlo de por vida.

Alex lo mira desde su silencio forzado. No parpadea. No le da el gusto. Ríos, más contenida, respira hondo y responde sin alterar la voz.

—Intenté hablar con Cruz en El Lago, capitán, pero me negaron el acceso. ¿Usted sabe por qué?

La sonrisa de García se ensancha. Se nota que disfruta controlar la información.

—Porque ya no tiene nada que hacer allá —dice, arrogante—. No pierda el tiempo con «Barbie». Ya sabemos que no es el asesino de la señorita Vidal. Detrás de eso están Los Lobos. Y, ¿sabe qué? Ya atrapamos a uno. Pablo Lizarazo.

—¿Pablo Lizarazo? —Ríos mira a Alex, a ver si lo sorprende.

Alex le devuelve una expresión en blanco. El nombre no le dice nada.

—Exacto. Lizarazo —García levanta la barbilla, disfrutando el efecto de cada palabra—. Ya los tenemos. Es cuestión de horas para capturar al segundo lobo y, por último, al famoso Doc. Los tres que andan siempre en ese furgón destartalado, creyéndose invisibles.

Ríos entreabre los labios. Está a punto de decir un nombre, Leo Wolff, pero Alex se le adelanta.

—¿Quiénes son los otros dos, capitán? ¿Quién es el famoso Doc.?

Por un segundo, García parece medir hasta dónde soltar información, pero decide seguir con su despliegue de autoridad.

—Para eso estoy yo, McAllister. Me tocó hacer en un día el trabajo que usted no logró en once años.

Resulta que Los Lobos son la consecuencia de sus fracasos como detective.

Muy pronto los vamos a tener tras las rejas, donde siempre debieron estar.

No les puedo dar más detalles. Solo que por fin cayeron y trataron de salir impunes culpando a Cruz. Lo salvé de otro fracaso, McAllister.

Alex mantiene la cara de piedra mientras García le lanza la última estocada. Pero algo le da vueltas por dentro.

—Quédese aquí un día más, McAllister —ordena García, imperturbable—. Para que aprenda la lección y no se atreva a llevarse el crédito de un trabajo que no le pertenece.

Después se vuelve hacia Ríos, con la misma autoridad.

—Ríos, deje de jugar y haga su trabajo. Escriba un informe con todo lo que ha logrado investigar, y nada de distracciones —hace una pausa y agrega, indiferente—. El alcalde en persona quiere saber por qué mataron a su querida funcionaria.

Ríos no le quita los ojos a Alex, y en esa mirada está todo lo que no se pueden decir. Se va. Ahora, más que nunca, tienen que moverse con cuidado.

Quedan solos, cara a cara, McAllister y García. Alex lo mira directo a los ojos.

—Usted y yo sabemos que ellos no lo hicieron, capitán. Lo que quiero saber es por qué los inculparon. ¿Quién quiere a Cruz libre? ¿Usted? ¿Qué están escondiendo?

García rezonga, fastidiado.

—Veo que sigue delirando. Debe ser el síndrome de abstinencia. Mejor descanse, que mañana va a tener mucho trabajo organizando todos los archivos por fecha y hora.

Le da la espalda y se va, y deja a Alex hundido en el silencio de la celda.

Aitana, entre tanto, sube al piso 11 y, al pasar junto a su escritorio, ve a Rojas y a Rueda en la sala de juntas con un hombre que no conoce.

Es Joaquín Sáenz, cumpliendo el trabajo que le encargó su jefe.

Revisan archivos y anotan nombres en los ventanales que la rodean.

Aitana se acerca con paso seguro y suelta una mentira sin titubear.

—El capitán García me mandó a ayudarles.

Rojas y Rueda casi no le prestan atención. Rueda le pasa una caja.

—Perfecto. Busque todos los casos de McAllister y saque los nombres de los hombres familiares o cercanos a las víctimas.

Antes de empezar, Aitana recorre la sala con la mirada.

Ahí se encuentra de frente con las fotos de Pali y Maco, las mismas que Leal le había entregado a Sáenz.

Debajo de cada imagen hay un nombre. Pablo Lizarazo y Marco Torrenegra.

Todavía no han llegado al caso de Hela, que los llevaría hasta «El Doc. », pero es cuestión de horas.

—Lizarazo ya está en la cárcel, pero ¿qué hay de Torrenegra? —pregunta Aitana, fingiendo que sabe más de lo que sabe.

—Montamos una patrulla afuera de su casa, pero no apareció en toda la noche. Apenas asome la trompa, cazamos a ese lobito —responde Rueda, saboreando la victoria.

Aitana sonríe y le celebra con sorna su astucia mediocre.

—Voy por café, que esto va para largo —dice, y se dirige al desconocido—. Detective Aitana Ríos, mucho gusto.

—Joaquín Sáenz —responde él, y le estrecha la mano con un apretón calculado, un segundo más largo de lo necesario, como midiéndola.

Ríos sale de la sala y finge ir hacia la máquina de café, pero se desvía al baño de mujeres. Se encierra en un cubículo, saca el teléfono y manda un mensaje.

¿Quién es Joaquín Sáenz?

Después se queda mirando la pantalla, ansiosa.

—Vamos… vamos… —murmura.

En su celda, Alex está tirado en el catre con el antebrazo sobre los ojos.

El dolor de cabeza le martillea sin piedad y cada ruido se le amplifica.

De repente oye un zumbido en el piso, justo afuera de la celda.

Abre los ojos y, con desgano, ve junto a la reja el vaso de café de Aitana, todavía con la tapa puesta.

Convencido de que el exceso de azúcar que Ríos siempre le echa atrajo algún insecto, no le da importancia.

Pero el vaso se mueve un poco, empujado por una nueva vibración. Intrigado, se incorpora y lo recoge. Al levantar la tapa, encuentra su celular adentro. Siente una chispa de confianza en su compañera. Limpia el aparato contra el pantalón y revisa los mensajes.

Ríos: ¿Quién es Joaquín Sáenz?

Ríos: ¡McAllister!!!

A Alex se le escapa una sonrisa. Responde de inmediato.

McAllister: Jefe de seguridad de Lucifer.

Ríos: Está acá trabajando con R&R persiguiendo lobos.

Aitana le cuenta lo que están haciendo Rojas y Rueda con Sáenz en la sala que convirtieron en comando de cacería.

McAllister: Pueden estar asegurándose de haber encontrado al responsable… O mejor, asegurándose de que el responsable sea otro. Desviando la investigación.

Ríos: ¿Está insinuando que Lucifer está involucrado?

McAllister: Demasiadas coincidencias.

Ríos: Yo solo veo a un funcionario del gobierno haciéndole seguimiento al caso de una compañera de gabinete.

McAllister: Vamos, Ríos. Usted es mejor que eso. Lo tiene enfrente y no lo ve.

Ríos: ¿Qué no estoy viendo?

McAllister: La evidencia.

Ríos: Sea claro, no tengo tiempo. Tengo que volver antes de que llegue García.

McAllister: Descríbame a Sáenz.

Ríos: Alto, calvo, de traje negro…

La detective une los puntos y se agarra la cabeza.

Ríos: Maldita sea, McAllister, es el chofer. El que pagó el motel en efectivo con el maletín.

McAllister: Ahí lo tiene.

Ríos: Espere, espere. Eso es mucho suponer a partir de una descripción y un maletín.

McAllister: Tiene razón. Podría ser cualquier escolta de traje negro en esta ciudad.

Ríos: Pero usted no lo cree.

McAllister: No. Y usted tampoco.

Ríos: ¡El ADN de Lucifer debe ser el ADN del cuerpo de Vidal!

La idea la sacude y un escalofrío le recorre la espalda.

Ríos: ¿Cómo carajos consigo una muestra de ADN de Lucifer? No puedo llegar y decir «Buenas, señor Lucifer, necesito una muestra para ver si usted tuvo relaciones sexuales con su subalterna y después la mató».

McAllister: Cálmese, Ríos. Respire.

Aitana inhala y exhala hasta controlar la respiración.

Ríos: ¡Ya sé! Le voy a pedir una orden a la jueza Medina. Es amiga, seguro me ayuda, aunque García se va a volver loco.

McAllister: No, Ríos, todavía no. No hasta estar completamente seguros. Mejor vaya a mi…

Alex oye los pasos del guardia y esconde el teléfono sin poder terminar el mensaje, pero se asegura de mandarlo antes de que la detective cometa una locura.

Aitana espera unos segundos, sin respuesta, y decide aprovechar para volver a la sala con una taza de café.

La pone sobre la mesa, con cuidado de no manchar ningún documento.

Unos segundos después le llega otro mensaje, esta vez en una clave que descifra sin problema.

McAllister: Apartamento. Llave en marco. Gato Negro de Poe.

Aitana lo lee y se levanta de inmediato.

—Lo siento, tengo que salir —le pasa el café a Sáenz—. Tome, no lo he probado.

Sin esperar respuesta, agarra el abrigo y sale casi corriendo. Los hombres la miran extrañados, murmuran algo entre ellos y siguen con su trabajo.

—Mujeres… —comenta Rojas.

Aitana maneja como una piloto profesional, esquivando el tráfico sin detenerse.

Llega al edificio y, revisando los nombres de los buzones, da con el que necesita.

McAllister, 402. Oprime todos los botones del citófono hasta que alguien le abre.

Sube las escaleras a toda velocidad, con el pulso latiéndole en los oídos.

En la puerta del apartamento tantea el marco y encuentra la llave arriba, a la izquierda.