25 · El teléfono
El teléfono
La verdad es verdad solo para el que la cree
LA LUZ YA se cuela por las rejas de la celda, y en los pasillos de la cárcel resuenan pasos pesados.
Jeffrey Cruz, alias «Barbie», se despierta con el golpe metálico de los candados y el repiqueteo de las botas que anuncian una nueva jornada.
Hay más movimiento de lo normal. Algo grande está por pasar.
Cruz nota la agitación de los guardias y la frecuencia de las rondas, que se mueven con una precisión y una urgencia poco comunes.
Se agarra a los barrotes y, en la penumbra, alcanza a ver al guardia de turno, el mismo Chaparro con el que tuvo el altercado el día anterior. Sin pensarlo mucho, le suelta la pregunta.
—¿Por qué tanto alboroto hoy? —la voz, llena de sospecha, rebota entre los muros grises.
Chaparro se acerca sin disimular el desdén. Ni siquiera lo mira a los ojos.
—¿A usted qué le importa?
Golpea los barrotes con el bastón, muy cerca de los dedos del recluso, como un perro marcando territorio. Cruz retira las manos por instinto y ve el desprecio en la sonrisa torcida del guardia, que se aleja sin decir nada más.
Todavía receloso, Cruz se vuelve hacia la celda de enfrente, donde un anciano de cara cansada y mirada opaca observa el espectáculo. Algo en su quietud dice que ese hombre lleva demasiado tiempo tras las rejas y que quizás sabe más de lo que parece.
—¡Ey! ¿Qué está pasando?
El viejo entreabre los labios en un gesto burlón que apenas deja ver unos dientes amarillentos.
—Seguro viene la primera dama. Esa mujer vive metida aquí, usándonos de fachada para su fundación Renacer.
Lo dice con sarcasmo, con el desprecio que le producen esas visitas llenas de periodistas y cámaras que convierten la cárcel en una vitrina temporal de «buenas obras». Cruz no le da importancia y vuelve al catre.
A lo lejos se oye el golpe seco del portón principal y, en un silencio extraño, retumban los pasos firmes de unos zapatos finos que se acercan con cierta urgencia. Es Ramón Müller, el abogado de Jeffrey, cumpliendo la misión que le encargó el jefe mayor de la ciudad.
—Señor Cruz, buenos días. Me alegra verlo entero y de una sola pieza —la formalidad apenas le disimula la inquietud.
Cruz suelta una carcajada seca desde la comodidad de su cama de hotel.
—Müller, no estoy para bromas. ¿Qué noticias me tiene de mi salida?
Müller entrecierra los ojos y se asegura de que ningún guardia esté pendiente. Saca un teléfono del bolsillo y, sin más preámbulos, marca un número.
—Tengo al señor Cruz —dice, mirándolo, y le pasa el teléfono por entre los barrotes.
Jeffrey lo recibe con algo de desconfianza, pero sin dudar demasiado.
—¿Aló? —dice, con la voz sumisa.
Al otro lado de la línea, unas palabras frías y meticulosas, inconfundibles, lo hacen tensarse.
—Señor Cruz, necesito la ubicación del aparato.
Ya estoy gestionando su salida. En minutos va a compartir pasillo con el hombre que va a cargar con la muerte de la funcionaria de mi gobierno.
Eso lo va a librar de cualquier cargo, y esta noche, o mañana mismo, va a estar de vuelta en sus andanzas.
Pero sin ese aparato no voy a poder seguir protegiéndolo, como anoche.
Va a tener que confiar en mí, o encomendarse al santo de los hampones.
Cruz aprieta el teléfono, mirando el corredor vacío.
—¿Y a quién le va a caer esa condena?
Justo en ese momento, un guardia pasa frente a su celda empujando una silla de ruedas.
El preso, demacrado, con la cara de piedra y una pierna entablillada, es inconfundible.
Es Pablo Lizarazo, alias Pali, el mismo que le rompió la cabeza de un palazo y lo esposó al furgón donde le quebraron la muñeca la madrugada anterior.
Cruz ve cómo lo llevan a una celda cercana y entiende de inmediato la respuesta.
—Digamos que ayer se abrió la temporada de caza de lobos —responde el alcalde al otro lado de la línea, con una calma perturbadora.
Cruz vacila un instante y toma una decisión.
—En la esquina de Santafé con Soledad hay una prendería que se llama El Diamante. En el costado occidental, encima de los botes de basura, hay un letrero de lata que dice «Compramos su mala suerte». Ahí están el arma y el teléfono.
Sin añadir nada más, suelta el teléfono con alivio y resignación, y su abogado lo recibe sin decir una palabra.
El alcalde cuelga y, sin vacilar, llama a su asistente con un alarido que retumba por todo el palacio.
—¡Marina!
La mujer, ya acostumbrada a esos llamados, entra de inmediato con la libreta lista.
—¿Sí, señor?
—Llame al señor Marcelo Leal. Tome el número —le entrega un papelito—. Dígale que tiene veinte minutos para estar acá, en mi oficina.
Marina asiente y, antes de salir, se detiene un momento.
—Señor, ¿quiere que le prepare unas palabras para el funeral de la señorita Mara? Creo que sería importante.
—No se preocupe por eso —el alcalde sacude la cabeza, molesto—. Necesito a Leal aquí en veinte minutos. Y Marina… cancele todos mis compromisos de hoy. Diga que estoy muy afectado por lo de Vidal, o que me dio un resfriado.
Marina sale rápido a cumplir la orden, pero antes de que la puerta se cierre del todo, Ferguson vuelve a alzar la voz.
—¡Sáenz! ¿Dónde está Joaquín?
El jefe de seguridad del alcalde llega apurado, con el traje negro de siempre, pero esta vez con gafas de sol.
—Joaquín, quítese esas gafas.
Sáenz obedece. Tiene los ojos rojos e hinchados. Levanta la cabeza y, con esfuerzo, trata de mostrarse fuerte.
—¿Estaba llorando? —pregunta Ferguson, con un desdén mal disimulado.
—No, señor. Amanecí con alergia. El polvo del matadero… ya sabe.
Ferguson no dice nada, pero nota que Sáenz traga saliva un segundo antes de contestar.
Sabe que Sáenz era cercano a la señorita Vidal y que su muerte lo ha afectado más de lo que quiere admitir.
Según muchos, Mara era su amiga, y si no se la conociera como la pareja de la periodista Clara Steffens, más de uno habría pensado que su relación con Sáenz iba más allá de lo profesional.
—¿Qué averiguó de los artefactos de El Lago?
—Confirmado en dos de los tres paquetes, señor. Uno en la sala de televisión y otro en el patio exterior. En el comedor no hay rastros. Pasaron el perro y no encontraron nada.
A Ferguson le cambia la cara. Empieza a entender el juego de sus contrincantes.
—Ese imbécil quiere que revuelva la cárcel y arme un caos, pero no le voy a dar el gusto.
—Señor, con todo respeto… la primera dama va hoy para allá. Podría cancelar la visita por seguridad.
—No, hombre. Ellos no van a hacer nada. No van a explotar una mierda.
—¿Cómo lo sabe?
Ferguson le sostiene la mirada, calculador.
—Porque les metimos a uno de ellos en ese hueco, y no lo van a poner en riesgo. Además, si explotan algo, los puedo perseguir como terroristas. Se les cae la fachada de lobos salvadores.
Sáenz no dice nada, pero no hace falta que hable para que quede claro que entendió en qué juego lo están metiendo.
—En fin, necesito dos cosas de usted —sigue el alcalde—. Váyase al edificio central y no vuelva hasta que los inútiles de García encuentren al famoso Doc. en los expedientes de McAllister. No puede ser tan difícil. Y de regreso… tráigame un celular desechable.
—Sí, señor —responde Sáenz, imperturbable, como un soldado que acepta cualquier orden sin cuestionarla.
—Esto le puede servir —interrumpe una voz desde la puerta.
Es Marcelo Leal, que entra sin esperar a que lo anuncien, en un desplante de autoridad que casi parece un desafío. En una mano trae un sobre con fotografías impresas, que tira sobre el escritorio de Ferguson sin siquiera mirar a Joaquín.
Casi enseguida, Marina se asoma apurada, incómoda por lo abrupto que ha sido Leal.
—Señor alcalde, el señor Leal llegó… aunque, bueno, no se dejó anunciar.
Ferguson disimula una sonrisa.
—Gracias, Marina —dice, ligero, y la despacha con un gesto de la mano.
Toma el sobre y revisa las fotos. Les echa un vistazo rápido antes de pasárselas a Sáenz, que se detiene a mirarlas. Son Pali y Maco, captados el día anterior en un parqueadero de camiones.
Sáenz, que debería estar al tanto de todo lo que entra y sale, tarda más de la cuenta en soltar las fotos, sin decir nada.
Ferguson no necesita preguntar para entender lo que pasa.
Su propio jefe de seguridad acaba de entender que lo dejaron al margen de un plan que nadie piensa contarle, y eso es lo que lo quema por dentro.
—Bien. Vaya y tráigame a ese cretino —ordena Ferguson, con un tono que cierra cualquier discusión.
Acompaña a Sáenz hasta la puerta y la cierra detrás de él. El espacio queda sellado, solo para él y Marcelo Leal.
Ferguson lo mira con una pregunta que no dice, y Leal responde primero, directo.
—Estaba aquí enfrente, tomándome un café y esperando la llamada.
—¿Qué llamada?
—La suya —responde con tranquilidad. Sonríe, satisfecho—. Ya estoy acá. Dígame qué necesita que haga… y que nadie más puede saber.
Ferguson lo mide un instante, impasible.
—¿Por qué lo dice?
—Porque, si no fuera algo tan reservado, mandaría al calvo que tiene de jefe de seguridad, ¿no?
Ferguson exhala, satisfecho con la claridad de Leal.
—Exacto. ¿Puedo confiar en usted?
Leal no muestra ninguna emoción. Apenas levanta una ceja.
—Si la plata lo vale.
—Por plata no se preocupe —Ferguson se siente cómodo moviendo los hilos del poder, hilos que Leal conoce pero que nunca le ha tocado mover.
—Entonces dígame para qué soy bueno.
—¿Conoce la prendería El Diamante? —Ferguson mide la reacción de Leal.
Marcelo lo escucha con la mirada clavada en su nuevo jefe. Se sabe cada rincón del bajo mundo de la ciudad.
—Perfectamente.
Ferguson hace una pausa, lo justo para inclinarse un poco hacia adelante y asegurarse de que Leal capte la importancia de lo que va a decir.
—En el costado occidental, encima de los botes de basura —murmura, como quien comparte una contraseña—. Hay un letrero de lata clavado en la pared que dice «Compramos su mala suerte». Ahí está lo que necesito.
Marcelo sigue atento, grabándose cada detalle.
—¿Qué hay ahí? —pregunta, sin sorpresa, aunque algo en la mirada se le despierta.
—Traiga todo lo que encuentre —el tono de Ferguson es el de una orden militar—. Directo aquí, sin paradas, sin que nadie lo vea.
—Entendido.
—Y, Leal —Ferguson lo detiene justo cuando se da vuelta hacia la puerta—. Que sea rápido.
Leal sonríe, apenas, lo suficiente para sellar el acuerdo peligroso entre los dos.
—A la velocidad de la mala suerte, señor alcalde.
Ferguson sigue a Leal con la mirada hasta que se cierra la puerta.
En cuanto se queda solo, le cambia la expresión.
Una sonrisa leve, casi de triunfo, le cruza la cara.
Con la mano derecha acaricia el borde del escritorio, trazando círculos, como un demonio que afila las garras.
Clava los ojos en el reloj de la pared y empieza a contar los minutos que le faltan a Leal para volver con la prueba, el único cronómetro que hoy le importa.