24 · La cueva
La cueva
No sobrevive el más fuerte ni siempre muere el más débil
MACO AVANZA POR el bosque entre el crujido de las hojas secas y las ramas quebradas. Lleva horas caminando, arrastrando los pensamientos entre el cansancio y la paranoia. No ha dormido desde la noche anterior. Lo mantienen en pie la adrenalina y el miedo.
El cielo empieza a clarear y dibuja sombras inquietas entre los árboles. Alrededor no hay más señales de vida que el rumor del viento. Cada tanto se detiene y mira hacia atrás, convencido de que lo están siguiendo. La respiración agitada se le revuelve con el latido ensordecedor del corazón.
En la cabeza le resuena el viejo adagio de Los Lobos. «La caza siempre empieza por el más débil». Lo curioso es que ellos asumieron, desde el principio, que ese sería él.
El Protocolo. No deja de pensar en eso mientras tantea el sobre en el bolsillo. La orden es clara. Conseguir un teléfono y mandar la palabra clave. Lo demás es secundario.
El sonido del agua, a lo lejos, le corta el hilo de las ideas. Un golpe constante contra las piedras delata una cascada pequeña, pero lo bastante ruidosa para guiarlo. El instinto, o quizás la sed, lo hace apurar el paso.
Al llegar, cae de rodillas frente al chorro cristalino.
Abre la boca y bebe con avidez, como si nunca más fuera a encontrar agua.
Después se lava la cara y se moja el pelo, y deja que el frescor le alivie la cabeza apenas un instante.
Sigue por una pendiente empinada. Al final de la subida aparece una vereda que al principio no reconoce. Es El Hato.
Desde el punto más alto, la ironía lo golpea. A lo lejos se extiende una gran ciudad, silenciosa, expectante. Todo este tiempo creyó que se estaba alejando de ella, pero cada paso lo acercaba más a Ciudad Capital.
En el pueblo, Maco camina con la cabeza gacha, escondiendo la cara bajo la sombra de la capucha.
El murmullo de la gente lo pone en alerta.
Sabe que muy pronto su foto va a estar en todas las pantallas, con una recompensa jugosa.
Al cruzar una plaza pequeña, ve a dos jóvenes sentados en un muro.
Los dos miran un teléfono, matando el tiempo.
Uno es blanco, flaco y pálido. El otro, moreno y robusto. Maco se acerca con cautela.
—Muchachos, buenos días —Maco levanta las manos, con una calma que le cuesta sostener—. No les voy a robar. Solo necesito el teléfono un par de minutos. Les pago.
El moreno lo mide con los ojos entrecerrados.
—¿Cuánto nos paga?
Maco se mete la mano al bolsillo y saca lo que queda del sobre que le entregó El Niño el día anterior. Separa un par de billetes y se los ofrece.
—Esto, por unos minutos.
El moreno mira a su compañero, que asiente no muy convencido, y le pasa el teléfono.
Maco busca rápido la aplicación de mensajes.
Le tiemblan los dedos mientras marca un número que, disciplinado, se aprendió de memoria hace semanas.
En el campo de texto escribe con decisión.
«Skoll.» La palabra clave para este tipo de situaciones.
Pero una duda lo frena. Lo asalta un recuerdo, nítido, cargado de reproche.
«Es Sköll, no Skoll. ¡La diéresis es importante!» La voz exasperada de El Niño le resuena en la memoria, una escena de otra vida, en una reunión clandestina donde todo parecía menos urgente, menos letal. En ese entonces, Maco se había tomado el detalle a la ligera.
—¿No es lo mismo? —había soltado, riéndose, sin darse cuenta de la seriedad del asunto.
Pali había rematado con su chiste infame.
—Que no. Ya oyó a El Niño. ¡No es lo mismo dos metros de encaje negro que un negro le encaje dos metros!
La sala había estallado en carcajadas. Todos, menos El Niño, que seguía indignado. La broma no solo había ignorado su advertencia, había ridiculizado algo vital.
Maco vuelve al presente con un nudo en el estómago.
Ahora entiende lo que en ese momento no entendió.
La diéresis no era un capricho. Era una clave de vida o muerte.
Si mandaba «Skoll», significaba que lo estaban obligando a comunicarse, un aviso silencioso para que desconfiaran de todo lo que viniera después.
«Sköll», en cambio, confirmaba que la línea era segura y que estaba actuando por voluntad propia.
Un sudor frío le baja por la espalda. Esa diéresis de menos podía haber sido un desastre.
—¿Cómo se le pone la diéresis a una vocal? —pregunta, rompiendo el silencio.
El moreno arquea una ceja, entre divertido y confundido, y le quita el teléfono sin decir nada.
—Deje presionada la letra. Ahí le aparece.
Maco vuelve a escribir la palabra, esta vez con los dos puntos sobre la o. «Sköll».
La envía y espera, con el corazón martillándole las costillas. Unos segundos después llega la respuesta.
Desconocido: Jaime Torres pasa del verde parque al interior de 1 león apto para 15 de 18 ciervos.
Maco respira. El código es claro, pero necesita anotarlo.
—¿Tienen papel y lápiz?
Le pasan una libreta vieja y un bolígrafo mordisqueado. Copia el mensaje y lo analiza rápido. Satisfecho, borra los mensajes enviados y recibidos, y le manda un texto falso a un número cualquiera. «Pingüino».
Por último, devuelve el teléfono y les reparte unos billetes más a los muchachos.
—Si alguien pregunta, me subí a un bus para Castilla.
Maco se pierde de vista por las callejuelas estrechas. A pocas cuadras encuentra a un motociclista que acepta llevarlo hasta Ciudad Capital. El casco que le ofrece se vuelve un disfraz improvisado, un velo de anonimato para pasar desapercibido entre el tráfico caótico y la multitud apurada.
Cada kilómetro lo acerca a la dirección que descifró casi por instinto. El mensaje en clave, una de las estrategias brillantes de El Niño, es más claro de lo que parece a primera vista.
«Jaime Torres pasa del verde parque al interior de 1 león apto para 15 de 18 ciervos.»
Maco identificó el patrón de inmediato. Tomar una palabra sí y otra no, empezando por la segunda.
«Torres del Parque, interior 1, apto 1518».
La respuesta lo lleva a un lugar con su propia historia, el antiguo apartamento de Hela.
Después de su muerte, lo convirtieron en una guarida, una casa segura para momentos críticos como este.
Al llegar al conjunto residencial, se baja de la moto y se toma un instante para recuperar el aliento.
Todo a su alrededor se le vuelve más agudo, más intenso.
El rumor lejano de voces, el brillo del sol en los ventanales, el zumbido constante de la ciudad.
Su libertad pende de un hilo, y él lo sabe.
—Buenos días. Interior 1, apartamento 1518, por favor —le dice al vigilante, firme, aunque tenso.
El hombre, robusto y de cara inexpresiva, lo mira con la familiaridad distante de quien ve cientos de caras al día.
—¿Nombre?
—Brayan.
El vigilante toma el citófono y marca. Mientras espera respuesta, Maco mantiene la cabeza gacha, cuidándose de las cámaras de seguridad. Recorre los alrededores con los ojos, nervioso, atento a cualquier movimiento sospechoso.
—El señor Brayan —anuncia el vigilante por el citófono.
Tras una breve pausa, asiente y cuelga.
—Siga.
La reja se desliza con un sonido metálico. Maco cruza un sendero entre jardines bien cuidados. El vuelo de los pájaros, el olor a pasto recién cortado, el borboteo del agua en una fuente pequeña. Todo le recuerda lo bonita que es la libertad, esa que podría estar disfrutando por última vez.
Entra por una puerta de vidrio que le devuelve su imagen cansada y toma el ascensor. El trayecto hasta el piso 15 parece eterno. Treinta segundos en los que se le amontonan pensamientos oscuros, planes, arrepentimientos.
Cuando el ascensor se abre, lo recibe un corredor largo, decorado como una galería de arte, con cuadros iluminados uno por uno y sombras suaves marcando el camino.
Avanza con el peso de la travesía en cada paso, hasta quedar frente a una puerta moderna, imponente, llena de tecnología, tan distinta a las demás que parece de otro edificio.
La puerta se abre sola, sin que él tenga que anunciarse. El zumbido mecánico y el clic del sistema de reconocimiento facial lo sacan de sus pensamientos. Del otro lado, la voz conocida de El Niño lo recibe, rebosante de entusiasmo.
—¡Bienvenido a la cueva! —El Niño le señala su pequeño imperio de tecnología, orgulloso.
Quiere mostrarle cada rincón, cada modificación que le hizo al lugar, como un niño que enseña sus juguetes nuevos. Pero Maco está lejos de compartir esa emoción. El caos de las últimas horas lo persigue, y solo tiene una cosa en la cabeza.
—¿Dónde está «El Doc.»?
—No está.
—¡Nunca está! —a Maco se le quiebra la voz, desesperado.
No hay tiempo para juegos ni para explicaciones.
—¿Quiere tomar algo?
—¡Necesito hablar con él, ahora mismo!
En ese momento suena un tono de llamada. El Niño hace clic en el computador, y una voz conocida llena el cuarto.
—Maco.
Es «El Doc.», al otro lado de la línea, con esa calma que tanto irrita en las situaciones críticas.
—Doc., tienen a Pali. ¡Ya vienen por nosotros! —la angustia se le desborda en cada palabra.
—Tranquilo. Sabíamos que algo así podía pasar.
—¿Cómo se escapó? —pregunta El Niño, con un interés que a Maco, en ese momento, le parece casi ofensivo.
Maco se toma un momento antes de hablar. Cierra los ojos, como si necesitara ver la escena una vez más para poder contarla.
—Los hombres de García nos cerraron el paso a la salida del parqueadero —empieza, con la voz rasposa—.
Yo alcancé a subirme al furgón y traté de arrollarlos, pero no les di.
Pali se fue a pie por los callejones. Pensé que se iban a venir detrás de mí, pero se fueron detrás de él.
Pali se los llevó a propósito, para que yo pudiera salir.
—¿Qué tan cerca estuvieron? —pregunta El Niño, con la curiosidad clínica de quien analiza una simulación y no la huida de un amigo.
—Demasiado —dice Maco, y el recuerdo le tensa las manos como si todavía tuviera el timón agarrado—. Aceleré sin pensarlo. Por el retrovisor los vi correr detrás de él. No me detuve.
—¿Y después? —insiste El Niño, inclinado hacia la pantalla.
—Sabía que el furgón ya estaba quemado. Vi la entrada a la reserva Santa Viviana y no lo dudé. Lo dejé entre los árboles y corrí —Maco no mira atrás al contarlo, como tampoco miró atrás esa noche.
Traga saliva antes de terminar.
—Subí por el bosque, desorientado, hasta una cabaña abandonada. Ahí pasé la noche. No dormí ni un minuto, mirando la oscuridad entre los tablones, esperando que en cualquier momento aparecieran.
Nunca pensó que llegaría el día en que los cazados fueran ellos.
—Muy bien… —dice El Niño, impresionado, aunque todavía habla del asunto como quien revisa el resultado de una prueba.
—No, muy bien no —Maco lo mira con furia contenida—. No tengo ni idea de dónde está Pali, ni de si está vivo. ¿Qué van a hacer con él?
—Tranquilo —interviene «El Doc.», con esa voz que siempre parece tener la respuesta correcta—. Estamos preparados para eso. Pali está en El Lago.
—¿Cómo lo sabe?
—Salazar me mandó un mensaje. «Lobo en El Lago».
—¿Y está bien?
—No mucho —responde El Niño, y gira una de las pantallas con la misma naturalidad con la que mostraría una demo, no la tortura de un amigo.
En la pantalla se despliegan las cámaras de seguridad de El Lago, nítidas, frías.
En las grabaciones se ve cómo llevan a Pali en una camilla, inconsciente, a la enfermería.
Después, horas más tarde, aparece en una silla de ruedas, empujado por el mismo Salazar, muy medicado, casi inerte, rumbo a una celda del corredor de aislamiento.
Las huellas de la tortura son evidentes.
—¡Mierda! —Maco se lleva las manos a la cara, aplastado por la impotencia.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se agarra la cara? —pregunta El Niño, confundido.
—Helheim… —murmura Maco, ahogado de frustración.
—No pasa nada, todo sigue igual —responde «El Doc.», con calma—. Tenemos que hacerle creer al Diablo que estamos dispuestos a sacrificarnos por un objetivo mayor. Solo nosotros sabemos que las cargas no están conectadas.
—Ese es el problema —a Maco le tiembla la voz.
—¿Qué carajos hicieron? —la tensión acumulada le explota a El Niño en la voz.
—Las conectamos —dice Maco, y el silencio les cae encima como la trampa que acaban de activar—. Y Pali tenía los números para detonarlas.