23 · El comienzo #3
Alex llegó al edificio, parqueó el carro a una distancia prudente y subió las escaleras con la tensión creciendo a cada paso.
Golpeó la puerta del apartamento de Marín, pero nadie abrió.
Esperó unos minutos y, como no pasó nada, decidió irse.
Pero cuando ya iba en la puerta, lo vio.
Marín, cargado de bolsas de mercado, reconoció al detective y dejó caer todo al piso.
Se le dibujó el pánico en los ojos antes de echar a correr.
Alex reaccionó al instante. Pidió refuerzos por radio mientras seguía a Marín por los pasillos del edificio.
No pasó mucho antes de que llegara una patrulla y rodeara el perímetro.
Marín no tenía escapatoria. Cuando Alex llegó hasta él, lo encontró agazapado en un rincón oscuro del parqueadero.
Tenía la respiración errática, el pulso descontrolado, y en una mano sostenía una pistola.
—Marín, suelte el arma —dijo Alex, tratando de mantener la calma, aunque el resentimiento y el odio le latían por dentro—. No tiene por qué terminar así.
El oficial lo miró, y por primera vez no había miedo en sus ojos. Solo una calma extraña, casi serena.
—Lilith, Eisheth Zenunim, Agrat bat Mahlat, Na’amah —dijo Marín, con la voz baja, casi devota—. Los cuatro ángeles. A Karla y a Sylvia ya las había terminado. Hela iba a ser la tercera, pero no se pudo en esta vida.
Alex sintió que el piso se le movía bajo los pies.
—¿De qué está hablando?
—Mírela ahora —continuó Marín, con una sonrisa lenta—. Se convirtió en una diosa del infierno. Más fuerte que yo en este plano. Pero un artista siempre termina su obra, detective. Llegó mi momento de ir a buscarla para terminarla.
Alex apenas alcanzó a levantar la mano cuando Marín se metió el cañón en la boca.
El disparo estalló seco entre las paredes del parqueadero, y el cuerpo cayó de espaldas mientras el sonido todavía vibraba en el concreto.
La sangre se extendió despacio bajo la cabeza, oscura contra el piso gris, y el silencio que siguió fue peor que el disparo mismo.
Alex se quedó inmóvil, mirando el cadáver del hombre que había buscado durante tanto tiempo. Pero el vacío que lo envolvió fue más grande de lo que podía soportar. Había encontrado a Marín, había descubierto la verdad, pero eso no le iba a devolver la vida a Henry ni a su hija.
No hubo juicio, porque el acusado estaba muerto.
Los medios se lanzaron sobre el caso con voracidad y presentaron a Roberto Marín como el violador de Hela.
Los informes incluyeron mensajes perturbadores que revelaban la relación oscura entre Marín y la víctima, además de las pruebas escalofriantes que encontraron en su apartamento.
Prendas de ropa interior que no dejaban lugar a dudas y la macana con la que Hela lo había golpeado, todavía manchada con la sangre de él.
La narrativa se armó rápido y el caso se cerró, como si la muerte del oficial limpiara la culpa que había ensuciado a la institución.
Sin embargo, otra vez por orden de Ferguson, empezaron a investigar a Alex por desacato. Se había metido en el caso a pesar de tenerlo prohibido, y eso no pasó desapercibido. Pero, en lugar de mostrar gestión, la investigación encendió una chispa de furia solidaria con el detective.
Afuera de la estación se juntó un grupo de personas con pancartas, gritando consignas a favor de Alex y aclamándolo como el héroe que había hecho justicia a pesar de la ineptitud de las instituciones.
La presión mediática se volvió insoportable.
Las cámaras capturaban cada grito, cada lágrima de quienes se sentían representados por su valentía, y el relato del detective solitario que le había ganado al sistema corrió de noticiero en noticiero.
Al final, las autoridades no tuvieron más remedio que actuar.
Organizaron una ceremonia apresurada, donde condecoraron a Alex por su «entrega y vocación».
Era un reconocimiento hueco, pero lo necesitaban para calmar a la multitud y devolverle a la gente, aunque fuera por un rato, la fe en la policía.
Mientras el comisario le ponía la medalla en el pecho, el aplauso resonaba en el aire, pero para Alex ese acto no significaba nada.
La medalla, colgada al cuello, se volvió un recordatorio de una justicia que siempre se le escapaba. Cuando la multitud se dispersó, él se quedó ahí, atrapado entre el eco de las voces que lo habían aclamado y una soledad que no tenía intención de irse.
Desde ese momento empezaron a llegar las llamadas anónimas.
La primera fue apenas unas noches después.
Una voz masculina, distorsionada, no dijo más que un nombre y una dirección.
Ernesto Casallas, un contratista que tres años atrás había matado a golpes a un obrero por reclamarle el sueldo, sin que nadie pudiera probarlo.
Cuando Alex llegó, lo encontró amarrado a la reja de su propia casa, con una carpeta de pruebas atada al pecho y una confesión grabada esperando a que la policía la encontrara.
Desde esa noche, siempre fue el mismo patrón.
Una voz que no conocía, un nombre que le resultaba ajeno, una ubicación precisa.
Criminales que se le habían escapado a la justicia, sujetos que el sistema había dejado libres, aparecían frente a él como presas listas.
Alex no los buscaba. No tenía que hacerlo.
Eran ellos los que se encargaban de ponérselos a su alcance, neutralizados y con la evidencia en la mano.
Los Lobos, aunque invisibles, se habían convertido en su ángel negro, una presencia constante que lo rodeaba sin que pudiera entender por qué lo habían elegido.
Para Alex, Los Lobos eran un karma del que no podía librarse.
Nunca los vio, nunca supo quiénes eran ni qué los movía.
Pero sabía, con cada arresto, con cada criminal que procesaba, que ellos estaban ahí, moviendo los hilos.
Eran fantasmas que aparecían en la oscuridad y le dejaban en bandeja de plata a los que el sistema no había podido atrapar.
Él era solo la última pieza del rompecabezas, el peón que firmaba el expediente, el detective que, sin saberlo, se llevaba los créditos.
Entre los más sonados estaba alias La Mamba, una mujer de las islas que fingía hacer brujería para políticos, narcos y celebridades. En realidad, los envenenaba poco a poco. El apodo, nacido en los medios, se había convertido en su marca de terror.
Otro fue el de Feliciano Bulrich, un hacker bancario que diseñó un algoritmo para robarle diez centavos por minuto a cuentas escogidas al azar, hasta juntar más de un millón de dólares en pocos meses.
Casi todas sus víctimas eran ancianos, y eso fue lo que convirtió su captura en la favorita de Maco.
El más reciente fue «Barbie», pero el verdadero objetivo, la sombra que les pesaba sobre la vida, era El Diablo, Luis Ferguson.
Un hombre cuya sola existencia encarnaba el dolor y la injusticia.
Desde donde estuviera, Hela no iba a descansar.
Su espíritu ardía con sed de venganza, y era ese fuego el que guiaba a Los Lobos.
Cada paso que daban, cada movimiento en la penumbra, los acercaba un poco más a Ferguson. La justicia que buscaban ya no era un deber. Era una cacería, y él ya estaba en la mira. Hela les había entregado su lucha. Ellos apenas estaban empezando a cobrarla.