23 · El comienzo #2
En la casa Wolff, el luto se había instalado como un huésped permanente. Astrid casi no salía de su cuarto, y Henry, incapaz de llorar delante de nadie, empezó a perderse manejando solo durante horas, sin rumbo, a ver si el movimiento le aturdía la cabeza.
Semanas después iba así, hundido en su dolor, cuando en un semáforo dos jóvenes en el carro de al lado lo reconocieron. Uno empezó a señalarlo y los dos se reían, burlándose con gestos obscenos.
—¿Las tetas de su hija eran reales o de mentiras, como todo en ella? —le gritaron.
A Henry se le heló la sangre. Apretó el timón con tanta fuerza que se le enterraron las uñas en el cuero.
Sin pensarlo dos veces, los siguió hasta el parqueadero de un supermercado.
Cuando los tuvo acorralados, se bajó del carro con un martillo en la mano, un martillo que había comprado ese mismo día.
Los jóvenes se encerraron, pero eso no lo detuvo.
Henry golpeaba el vehículo con una furia descontrolada.
Rompió los vidrios, los espejos, las luces.
Los insultos le salían de la boca sin control, y la cordura se le iba con cada golpe.
Cuando se dio la vuelta para volver a su carro, uno de los jóvenes se bajó con una nueve milímetros y le disparó tres veces. Dos balas en la espalda, la tercera en la cabeza. Henry cayó al piso en medio de su propia furia.
Alex, que acababa de ser reintegrado, estaba cerca.
Había pasado la tarde revisando unas direcciones que le habían mandado por correo, posibles pistas sobre el agresor de Hela.
El correo no tenía remitente. Era anónimo y lo habían creado únicamente para eso, aunque Alex sospechaba que detrás estaba Donato, incapaz de quedarse quieto.
El radio de la patrulla cobró vida de golpe.
«Central a todas las unidades, se reporta altercado en el parqueadero del Mega Mar, calle 69. Hombre caucásico, alrededor de 60 años, atacando un vehículo con un objeto contundente. Se solicita respuesta inmediata.»
Eso era a la vuelta de la esquina. Alex oyó los disparos y, antes de que se apagara el eco, ya iba corriendo.
Vio a los dos jóvenes huir hacia la Plaza Milán y los interceptó sin perder un segundo.
Los redujo con una furia contenida, apenas consciente de su propia respiración entrecortada.
Llegó una patrulla de inmediato y, mientras se los llevaban, Alex sintió un frío inesperado en la espalda.
Fue hasta la escena del crimen. Encontró el cuerpo del señor Wolff tirado sobre el asfalto, ya sin vida. Otra tragedia en una cadena que él mismo había puesto en movimiento sin querer, y que ahora nadie podía detener. Ahí, entre el polvo y la sangre, la culpa terminó de aplastarlo.
Después de la muerte de Henry Wolff, los días pasaron con una pesadez sofocante.
La investigación avanzó despacio, pero el caso era claro.
Alex, en cambio, se mantenía aislado, atrapado en una espiral de alcohol y remordimiento, sin poder sacudirse la sensación de haber fallado.
Cuando llegó el día del juicio, todo le pareció una repetición de algo ya vivido.
La sala llena, los murmullos, la mirada implacable del juez Ferguson, que ya lo había humillado antes.
Alex tenía que declarar sobre la escena del crimen.
Al subir al estrado, sintió las miradas clavadas en él.
Sabía que su testimonio era clave para la condena, pero cuando le preguntaron por los detalles de la captura, la cabeza nublada por el alcohol le traicionó las palabras.
Se le notaba confuso, inseguro. En cuestión de minutos, su credibilidad se vino abajo.
El juez Ferguson no desaprovechó la oportunidad.
Con los resultados toxicológicos en la mano, invalidó el testimonio de Alex frente a todos y lo exhibió como un hombre quebrado ante la ley.
Fue una humillación pública, otra más en su cadena de fracasos.
En la sala, unas miradas eran de reproche y otras de lástima.
Cuando Sábato se levantó para defender a la familia Wolff, proyectó en las pantallas el video del asesinato que habían grabado las cámaras de seguridad.
La evidencia era clara. Uno de los jóvenes le había disparado a Henry Wolff por la espalda, y el otro no había hecho nada por impedirlo.
Sin embargo, Ferguson, con la negligencia que lo caracterizaba, argumentó que las cárceles estaban saturadas y que mandar a esos jóvenes a prisión por lo sucedido no era la solución.
Su veredicto fue «respuesta bajo estado de shock».
Los condenó a arresto domiciliario y trabajo comunitario, una decisión que encendió la rabia en la sala.
Leo Wolff, presente en la audiencia, no pudo contener la indignación.
La justicia les había vuelto a fallar. Sabía que las cosas no podían seguir así y, mientras veía a los dos jóvenes salir de la sala prácticamente impunes, algo se le quebró por dentro.
Decidió, en ese preciso instante, apoyar los esfuerzos de su hermano, que había empezado a moverse por los bajos mundos, buscando información y aliados.
Leo y Donato empezaron a ir a distintos juicios presididos por Ferguson.
Al principio no tenían una intención muy clara, se aferraban a la esperanza inútil de que algo, lo que fuera, cambiara.
Pero lo que encontraron fue un patrón tan constante como cruel.
Si el detective del caso era Alex, Ferguson no perdía la oportunidad de humillarlo, desacreditar su testimonio y favorecer a los criminales.
Juicio tras juicio, la historia se repetía. Sentencias injustas. Excusas absurdas. Criminales que salían caminando libres. Fue en esos tribunales donde Donato y Leo empezaron a entender que se estaban enfrentando a algo mucho más oscuro que simples errores judiciales.
El primer juicio que les llamó la atención fue el de la hermana de Pablo Lizarazo, «Pali».
La historia era clara y las pruebas contundentes, pero Ferguson, como de costumbre, encontró una razón para fallar a favor del borracho que la mató.
Alegó una falla en la cadena de custodia de la prueba de alcoholemia.
Pali salió de la sala con los puños cerrados y los ojos húmedos. No podía sostenerse en pie sin apoyarse en la pared del pasillo. Donato fue el primero en acercarse.
—Lo que acaba de pasar ahí adentro no fue un error —le dijo, sin rodeos—. Es un patrón. Y usted no es el primero al que le pasa.
Pali lo miró sin entender, todavía con la rabia a flor de piel.
—¿Usted quién es?
Leo se adelantó antes de que Donato pudiera responder, con la voz baja y calmada que había perfeccionado dando malas noticias en el hospital.
—Alguien que perdió a su hermana de la misma manera —dijo—. No venimos a prometerle nada que la ley no le va a dar. Venimos a preguntarle si está dispuesto a hacer algo con esa rabia, en vez de dejar que se lo coma.
Pali se limpió la cara con el dorso de la mano, mirando primero a uno y después al otro.
—¿Qué clase de algo?
—Todavía no lo sabemos del todo —admitió Leo—. Pero sabemos que no podemos ser los únicos.
Pali aceptó sin pensarlo mucho más. Hacía tiempo que tenía encendida la sed de justicia, y esos dos desconocidos eran las primeras personas, en meses, que no se conformaban con decirle que lo sentían y que siguiera adelante.
Semanas después, el juicio por el asesinato de la abuela de Marco Torrenegra, «Maco», fue idéntico.
Ferguson repitió su ciclo de desprecio por la evidencia, y otra vez los criminales salieron impunes.
Esta vez Leo se acercó solo, con la seguridad que le había faltado con Pali.
Donato se quedó atrás, observando, dejando que su hermano encontrara su propia manera de decirlo.
Maco, con los ojos todavía empañados de rabia, aceptó unirse.
Así nacieron Los Lobos, forjados en el resentimiento y la injusticia, con un propósito que les ardía por dentro. Hacer justicia a cualquier costo.
Con cada caso que Ferguson le arrebataba, la frustración de Alex McAllister se volvía más honda, hasta convertirse en un ritual de autodestrucción.
La secuencia se repetía. Un juicio, una humillación pública y, después, en la soledad de su apartamento, una navaja rasgándole la piel del brazo.
El corte era preciso, no muy profundo, lo justo para que el dolor físico apagara el caos mental por un instante.
Después, se echaba licor sobre la herida y sentía la quemazón mientras se le tensaban los músculos.
Era un castigo que él mismo se imponía, una penitencia absurda, pero necesaria para no ahogarse en su propia impotencia.
En esos días, su vida se reducía al carro.
Dormía en él, comía en él y manejaba por la ciudad recorriendo las direcciones que le llegaban de forma anónima.
Cada correo traía una pista nueva, nombres y lugares de supuestos sospechosos que habían tenido algún contacto con Hela.
Casi todos eran usuarios de Camestry, adolescentes y hombres jóvenes que habían pagado por ver sus transmisiones en vivo, buscando satisfacer sus deseos reprimidos.
Pero hasta ahora, todas las pistas lo habían llevado a callejones sin salida.
Hasta que llegó a una dirección que le rompió la rutina.
Era el apartamento de Roberto Marín, un oficial de la policía, el mismo que el 13 de abril había asegurado haberla visto entrar al parque con un hombre.
Marín había sido clave en ese momento, pero después, por unas fallas inexplicables en la comunicación de los radios, nadie lo pudo contactar.
Algo en esa conexión nunca había dejado de molestarle a Alex.
Ahora lo sabía. Marín era cliente frecuente de Camestry.
Había pagado varias veces para que Hela le leyera las runas, desnuda, en sesiones privadas.
De repente, todo encajó con una claridad brutal.