Hela (Lago de fuego 1) 23 · El comienzo
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23 · El comienzo

El comienzo

Las almas fuertes nacen de un infierno

AbrIL, ONCE AÑOS ANTES…

AFUERA DEL JUZGADO , el viento frío cortaba la piel.

Alex McAllister esperaba en la acera, con el abrigo mal puesto sobre los hombros.

Miraba las puertas grandes y pesadas del tribunal, por donde en cualquier momento iba a salir la familia Wolff.

Había empezado a caer una llovizna fina y las gotas le resbalaban por la frente, pero no hizo el menor esfuerzo por secarse.

Tenía la cabeza lejos, atrapada en las palabras del juez Ferguson, que le habían caído como un martillo sobre un yunque.

Al fin se abrieron las puertas del tribunal y los Wolff salieron como sombras, arrastrando los pies por el piso mojado.

Henry Wolff iba adelante, rígido, con el ceño fruncido.

Astrid, pálida y descompuesta, apenas podía sostener la mirada en el suelo.

Y detrás de ellos, Hela. Los ojos de Alex se encontraron con los de ella, vacíos, agotados.

En esas horas se le había ido la vida del cuerpo.

Sábato salió justo detrás, con la carpeta bajo el brazo.

Astrid y Henry lo detuvieron antes de que se fuera, para disculparse por las mentiras y el escándalo que había causado su hija.

El fiscal, con la cara severa pero comprensiva, les recordó que tenían que cumplir el plazo que había dado el juez para internar a Hela en el Hospital del Oriente.

—Tienen tres días —les dijo—. Si no la internan, la policía la va a arrestar. No podemos darnos el lujo de ignorar esta orden.

Henry asintió despacio. Cada palabra del fiscal era un golpe más a una resistencia que ya no daba para más.

—Vamos a pasar por algunas cosas al apartamento de Hela y después se va a quedar con nosotros —respondió—. En tres días va a estar internada. Se lo prometo.

El detective intentó acercarse. Dio un paso hacia Henry, con la mano levantada en señal de paz.

—Señor Wolff, por favor… tenemos que hablar —dijo, con la voz contenida, pero el hombre lo empujó sin dudarlo.

—¡Aléjese de mi familia! —tenía los ojos encendidos—. Usted lo arruinó todo. Todo esto es culpa suya, por dejarse enredar de una niña y no hacer bien su trabajo.

Alex retrocedió. Sabía que no tenía defensa. La confianza que había construido se había desmoronado, y con ella, la vida de todos los involucrados. Quería decir algo, pero las palabras no le salían. Vio a los Wolff alejarse hacia su carro.

Adentro del carro, el ambiente era sofocante. Hela, en el asiento de atrás, intentó hablar, pero le temblaba tanto la voz que apenas se le entendía.

—Papá, yo… lo siento.

—No quiero oír una palabra más —murmuró Henry, con un filo en la voz que Hela jamás le había oído.

Los ojos se le llenaron de lágrimas, pero no se atrevió a decir nada más. Sabía que, al menos en ese momento, había perdido a su padre.

El resto del camino fue en silencio. Primero pasaron por el apartamento de Hela, donde recogieron algunas cosas sin demorarse, y después siguieron hacia la casa de su infancia, una mansión en las afueras que esa noche no parecía un hogar, sino un mausoleo.

El detective McAllister se refugió en el bar más oscuro y rancio que encontró, donde un rock lento y melancólico se revolvía con el humo denso del lugar.

Se dejó caer en un taburete y pidió un whisky doble sin hielo.

Se lo tomó de un trago apenas el mesero se lo puso enfrente, sin saber que acababa de abrir la puerta que lo iba a llevar a su fin.

El teléfono empezó a sonar casi de inmediato.

Banana. El apodo cariñoso de su prometida parpadeaba en la pantalla, pero Alex no tenía fuerzas para contestar.

Dejó que la llamada se fuera al buzón y pidió otro trago.

Poco después llegaron los mensajes. «Te amo, Alex.

Estoy aquí para ti». «Sé que esto es difícil, pero no te hundas».

Los leyó, pero no respondió. El alcohol empezaba a adormecerle los sentidos. Si respondía, iba a tener que enfrentar la realidad. Y en ese momento, la realidad era el enemigo.

En la casa de los Wolff nadie hablaba. Hela se había encerrado en su antiguo cuarto, rodeada de recuerdos de una infancia que ahora le parecían ajenos. Su padre no le dirigía la palabra, y su madre se pasaba los días frente a la ventana, muda.

La mañana del tercer día, Astrid se acercó al cuarto con un cambio repentino de actitud, gracias al coctel de pastillas que se había tomado la noche anterior.

—Hela, ¿quieres que te prepare algo antes de irnos para el hospital? —preguntó, con una voz que apenas se sostenía.

Del otro lado de la puerta, la voz de Hela llegó apagada.

—Un sándwich… sin los bordes, por favor.

Astrid sonrió apenas. Se acordó de que Hela pedía lo mismo de niña.

Fue a la cocina y preparó el sándwich, cortándole con cuidado los bordes al pan, como le gustaba a su hija.

Cuando terminó, subió las escaleras hacia el cuarto de Hela con el plato en las manos y el corazón acelerado, sin saber por qué.

Tocó la puerta con suavidad antes de entrar.

Lo que vio adentro la dejó paralizada. Hela colgaba de una viga del techo, el cuerpo inmóvil, meciéndose despacio. La cuerda era la misma del columpio que había tenido en ese cuarto de niña.

El plato se le cayó de las manos y se hizo añicos contra el piso. Se le escapó un grito ahogado y corrió hacia su hija para abrazarla con desesperación. Pero ya era demasiado tarde.

Henry, Leo y Donato llegaron poco después. Las sirenas de la policía ya llenaban el aire, y los paramédicos sacaban el cuerpo de Hela cubierto con una sábana blanca. La puerta principal estaba abierta y, al entrar, el dolor los arrasó.

Henry se lanzó sobre la camilla. Uno de los agentes intentó detenerlo, pero el detective Castillo, que había tomado el caso en ausencia de Alex, les indicó que lo dejaran acercarse.

Henry se inclinó sobre el cuerpo de su hija y, con las manos temblorosas, le destapó la cara.

Ese llanto desgarrador se les quedó grabado para siempre a todos los presentes, también a sus hijos, que se consolaban el uno al otro, arrodillados en el piso de su hogar destruido.

En la escena, el forense le entregó a Castillo una pequeña bolsa de evidencia. Adentro había una nota que Hela escribió antes de morir. Con gesto grave, el detective la leyó en voz baja, sin sacarla de la bolsa.

«Viví y morí como Balder. Me voy a mi reino para guiarlos desde allá hacia la verdad que se negaron a escuchar. Nos vemos en Helheim. Los amo. Hela.»

Castillo no entendió en lo más mínimo las últimas palabras de Hela, pero no pasó ni un minuto antes de que se filtraran a los medios.

La carta fue, como se temía, tema de discusión en todos los canales.

Los presentadores explicaban la mitología detrás de Balder, el dios de la luz y la pureza, que murió por una trampa de Loki.

Para quienes conocían el caso, la analogía era clara.

Hela se había sentido traicionada por sus travesuras, pero asesinada por la injusticia.

Alex lo vio todo desde la soledad de su apartamento. Las noticias sobre la muerte de Hela se repetían una y otra vez en la pantalla. Su prometida había dejado de llamarlo, cansada de que él nunca contestara. Solo quedaban él, sus botellas y la culpa que lo devoraba por dentro.

—La maté… —dijo entre dientes. No podía dejar de imaginarla, el cuerpo colgando, meciéndose despacio, la cabeza ladeada.

El funeral fue una ceremonia sombría, bajo un cielo gris y amenazante.

Los asistentes apenas cruzaban palabras, y todo pasó en un silencio sepulcral.

Alex se mantuvo a una distancia prudente, observando desde la bruma mientras los Wolff enterraban a su hija.

No podía permitirse acercarse, pero cuando terminó la ceremonia y los demás empezaron a irse, por fin se armó de valor para enfrentar a la familia.

Se acercó a Henry, que lo miró con los ojos hinchados de dolor.

—Señor Wolff —dijo Alex, con la voz entrecortada—. Yo… yo creo en la verdad de Hela. No voy a descansar hasta capturar a su agresor.

A Henry se le endureció la cara, y la mirada, llena de sufrimiento, se volvió implacable.

—¿Usted cree que eso cambia algo? —respondió con frialdad—. Usted es uno de los responsables de su muerte. Debió mantenerse lejos de ella.

Alex tragó saliva, sin poder sostenerle la mirada.

—Lo lamento… —balbuceó.

—Lamentarlo no la va a traer de vuelta —Henry lo dijo con una calma que dolía.

Alex se dio la vuelta y se fue. Se subió al carro y volvió a su apartamento. Las botellas vacías se acumulaban en el piso, y el teléfono seguía sonando, pero al otro lado de esas llamadas no había nadie que pudiera aliviarle el tormento.

Sabía que se lo habían prohibido, pero no podía soltar el caso.

Estaba suspendido, y eso le dejaba tiempo.

Demasiado tiempo. Organizó toda la información que tenía y repasó el caso una y otra vez.

Las fotos, las notas, los testimonios, sin descanso.

El licor lo entorpecía, pero también lo mantenía despierto, en un estado de alerta enfermizo.

Su prometida lo había dejado, por un tiempo, incapaz de soportar la rabia, la obsesión y la indiferencia con la que la trataba.

Donato, por su parte, se hundía en sus propios hallazgos.

Sabía que no debía meterse más, pero no fue capaz de detenerse.

El computador de Hela, la plataforma Camestry, los correos, los mensajes en redes.

Todo le gritaba que algo estaba mal. Buscaba a Leo para contarle lo que encontraba, pero Leo lo rechazaba cada vez.

—Déjalo, Donato —le decía Leo, con la voz cansada—. No vale la pena seguir escarbando en esto. No va a traer nada bueno.

Pero Donato no fue capaz de dejarlo. Sentía que su hermana, desde el más allá, lo guiaba por el laberinto de la información.