22 · Abadón #2
—¡Orden! ¡Silencio en la sala! —gritó Ferguson, hasta que al fin, después de varios segundos de caos, logró calmar al público.
Sábato se inclinó hacia adelante, buscando una última chispa de control.
—¿Recuerda la cara del hombre que dice haber visto? —preguntó, con la voz tensa como la cuerda de un violín.
—No, señor —Abadón negó despacio con la cabeza—. Todo pasó muy rápido.
Sábato estaba a punto de retirarse, resignado. Sin embargo, algo en la mirada perdida de Hela, en su forma de apretar los labios, lo hizo reconsiderar. Le quedaba una última carta, arriesgada, pero no tenía nada que perder.
—Señor Abadón —dijo, avanzando un poco más—, todos aquí hemos sido testigos de la forma en que ha mirado a la señorita Wolff durante todo este juicio. Como un cazador que observa a su presa. Dígame, ¿por qué la mira de esa manera? ¿Por qué con tanto… deseo?
Damián se tomó un segundo, con los dedos rozando apenas el borde del estrado. Después, sin prisa, respondió.
—La había visto algunas veces en el bus. Me parecía conocida, pero no lograba ubicarla… Hasta hoy.
—¿No me diga? —Sábato cruzó los brazos, irónico—. ¿Y de dónde la recuerda?
—Ella es «Loki9» —contestó el acusado, seguro de su respuesta—. Lo supe cuando mencionó su tatuaje de Vegvísir, esa brújula vikinga en el pecho.
La revelación sacudió la sala como un relámpago en una noche oscura. Un jadeo colectivo recorrió el recinto, de los reporteros a los guardias de seguridad. El nombre quedó resonando en el aire.
—¿Otra vez está fumado, señor Abadón? —Sábato no se molestó en disimular el desprecio, y se oyeron algunas risas en el público.
—¿Quién es «Loki9»? —intervino el juez Ferguson, entre irritado y curioso.
—«Loki9», una reconocida modelo webcam de «Camestry», una página para adultos —disparó Damián, sin misericordia—.
En sus transmisiones lee el futuro con unas piedras con símbolos…
runas, creo que se llaman. Lo hace desnuda, siempre con una peluca negra corta y ropa de látex que se va quitando a medida que sus seguidores cumplen ciertos objetivos —el brillo de sus ojos era perturbador—.
Hace poco, en una de sus sesiones, describió una fantasía.
Drogada, inmóvil, como una muñeca en manos de alguien más.
Mostró su tatuaje y preguntó qué le pintarían en el pecho.
Lo mismo que ahora dice que le hicieron.
Hela se cubrió la cara, incapaz de soportar que la vieran así.
El peso de la verdad le cayó encima como una losa.
En la primera fila, Astrid y Henry se quedaron sin palabras.
Donato, desbordado por la furia, se levantó a gritarle a Abadón, pero los guardias lo sacaron de la sala antes de que alcanzara a tocarlo. Leo corrió detrás de él para calmarlo.
El juez Ferguson, desconcertado, golpeó el mazo varias veces hasta retomar el control de la sala.
—Señorita Wolff —dijo el juez, clavándole la vista, saltándose todo protocolo—, ¿es verdad lo que dice el acusado?
—¡Su señoría! —Sábato se puso de pie—. Esto es absurdo. La señorita Wolff ya rindió su testimonio y bajó del estrado. No puede interrogarla como si fuera parte del público.
Ferguson lo fulminó con la mirada, y cuando respondió, lo hizo con una amabilidad que sonaba más a advertencia que a cortesía.
—Qué considerado de su parte, fiscal, recordarme cómo dirigir mi propia corte.
Esta es mi sala, y voy a hacer lo necesario para llegar a la verdad y a la justicia.
Puedo llamarla de nuevo al estrado, señorita Wolff, o puede ahorrarnos el espectáculo y responder desde donde está. ¿Es verdad lo que se ha dicho?
A Hela se le encogió el estómago. Volver allá arriba significaba exponerse otra vez, palabra por palabra, frente a todos. Prefirió quedarse donde estaba.
La voz se le rompió en apenas un susurro.
—Sí.
Pero fue tan suave que nadie la oyó. La sala entera contuvo la respiración, tratando de entender lo que acababa de pasar.
—No la oí, señorita Wolff. Repítalo fuerte y claro —ordenó Ferguson, implacable.
—Sí —respondió Hela, y rompió a llorar. Por un instante dejó de oír la sala, al juez, los murmullos. Solo quedó el alivio extraño de haber dicho la verdad, revuelto con el terror de lo que se le venía encima. La confesión la desmoronó por completo.
Sábato, devastado, miraba el piso, con los puños cerrados sobre la mesa, sin encontrar nada más que decir. Se sentía traicionado. Todo su esfuerzo había sido en vano. Ferguson retomó la palabra.
—Señorita Wolff, ¿entiende lo que esto significa?
—el tono del juez era cortante, sarcástico—.
Siempre he pensado que los psicólogos están un poco desquiciados, pero esto…
esto es otro nivel. Puede intentar decirme que lo hacía como parte de su «investigación», pero dudo que desnudarse y leer el futuro sea un gran aporte a su profesión.
Lo que veo aquí es algo mucho más retorcido.
O fingió su ataque, o lo incitó. Es evidente que tiene una relación perturbadora con sus fantasías y con la realidad.
Hizo una pausa, con la mirada pesada. Hela no dijo nada más. Bajó la cabeza y dejó que cada palabra la golpeara sin oponer resistencia. Delante de ella, Sábato seguía quieto, sin nada que pudiera detener lo que faltaba.
Ferguson continuó, sin bajar la voz.
—Estuvo a punto de mandar a un hombre inocente a prisión por sus delirios. Este espectáculo le ha costado al país mucho más que dinero. El perjurio es un delito grave, señorita Wolff, y puede llevarla a prisión entre seis y doce años.
Ferguson esbozó una sonrisa fría, saboreando cada palabra que venía.
—Afortunadamente, todo esto fue una mentira. Porque las cárceles están tan llenas que no hay espacio para una loca más.
Nadie se rio. Nadie dijo nada. La frase se quedó flotando sobre la sala, como si ni el propio juez midiera del todo lo que acababa de decir.
El corazón de Astrid, la madre de Hela, pareció romperse en ese mismo instante.
Se levantó, pálida como un fantasma, y salió de la sala perseguida por los flashes de los periodistas.
Henry, su esposo, estaba demasiado abrumado para seguirla, sin poder entender lo que acababa de pasar.
Los medios ya estaban condenando a Hela en sus titulares.
Santos, el abogado de Abadón, se apresuró a pedir que su cliente quedara libre y que le devolvieran sus pertenencias.
Hela seguía llorando, insistiendo en que todo lo que había dicho era verdad, que ella era una víctima. Nadie la escuchaba.
La sala, cansada de gritar, se fue apagando poco a poco. Ferguson esperó a que muriera el último murmullo antes de hablar, con frialdad.
—Este juicio ha terminado. Ordeno la libertad inmediata del acusado.
Señorita Wolff, será internada en el Hospital del Oriente para una evaluación psiquiátrica.
En cuanto al detective McAllister, ordeno que se abra una investigación interna por compartir información confidencial, y remito lo ocurrido a sus superiores con la recomendación expresa de apartarlo de la investigación del Monstruo de San Luis mientras el caso esté abierto. ¡Se levanta la sesión! Muchas gracias.