Hela (Lago de fuego 1) 22 · Abadón
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22 · Abadón

Abadón

El fuego decide qué se lleva en su camino

AbrIL, ONCE AÑOS ANTES…

LA HORA HABÍA LLEGADO . Iban a llamar a Damián Abadón al estrado. La tensión apretaba el cuello de todos los presentes como un nudo. Era la primera vez que el hombre acusado de sembrar el pánico en las calles de la ciudad iba a quedar expuesto a la luz pública.

Su figura, delgada y medida, avanzó despacio hasta el estrado, cojeando un poco, prueba de la brutalidad que había sufrido en el arresto.

Una costilla rota por el impacto del detective Alex McAllister, un golpe en la sien que parecía obra de Hela durante su escape y un par de raspones en la frente por la caída cuando lo derribaron.

Pero la expresión, en medio de esas heridas, seguía intacta, inmutable.

Sus ojos, oscuros y profundos, seguían siendo un misterio. El público contuvo la respiración cuando Abadón se sentó. Había algo en su postura, rígida pero no quebrada, que no dejaba saber si era un hombre derrotado o uno a punto de resurgir.

Desde el fondo de la sala, Alex observaba con la mente en vilo.

Esta vez los medios lo habían dejado en la sombra, pero él tenía toda la atención puesta en el acusado.

Sabía que Damián no solo estaba luchando por su libertad.

Cada palabra que dijera podía desmantelar el caso entero y dejar libre al hombre que había perseguido durante tanto tiempo.

En ese momento importaba cada gesto, cada movimiento, cada pausa.

El fiscal Sábato no perdió tiempo. El juicio pendía de un hilo, y sabía que cualquier error podía dejar a Hela, y a las demás víctimas, desprotegidas frente al sistema.

—Señor Abadón, por favor, díganos su nombre, edad y ocupación —empezó Sábato, con voz firme.

—Damián Abadón, 32 años. Restaurador de arte en la Iglesia de León —respondió él, sereno, casi monótono, como quien hace un trámite.

—¿Cuánto tiempo lleva trabajando ahí?

—Un año.

—Muchas gracias, señor Abadón. Ahora, por favor, háblenos del 13 de abril. Cuéntenos su versión de los hechos.

Abadón deslizó la mirada despacio hacia el fiscal. No había una sola sombra de duda en sus movimientos, en su postura ni en su tono. Todo estaba calculado. Todo medido.

—Me levanté, hice el desayuno y salí a caminar por el parque, como todos los días.

—Pero tengo entendido que usted vive entre el Hospital del Oriente y la Universidad de León, ¿es correcto?

—Sí, señor.

—¿Y se va caminando desde allá hasta el parque todos los días? Eso es bastante lejos, ¿verdad?

—No, señor. Tomo el bus.

—¿Qué bus?

—El F33.

Sábato anotó el dato en la libreta, sin prisa, dejando que el silencio se estirara un segundo de más.

—¿Y dónde se baja?

—En la entrada de la 66.

Sábato hizo una pausa y le estudió la cara a Abadón, buscando algún rastro de nerviosismo, algún parpadeo más largo de lo normal. No había nada.

—Qué coincidencia. ¿Sabía que ese es el mismo bus que toma la señorita Wolff cuando sale del Hospital del Oriente? Y es la misma parada donde se bajó el sujeto que tiró el papel con escopolamina.

Sábato contuvo el aliento, esperando que esta vez la máscara se agrietara.

—Sí, una coincidencia —respondió Abadón, sin mover un solo músculo de la cara.

El fiscal le echó una mirada fugaz al juez. Sabía que la calma del acusado era su peor enemigo en ese momento. Tenía que encontrar alguna fisura en el relato, así que siguió.

—Ese día, ¿vio a la señorita Wolff cuando usted se subió al bus? —preguntó, con la misma firmeza, aunque ahora con una duda creciente.

—Sí. A ella, a una señora con unas bolsas de mercado y a un muchacho con audífonos rojos —respondió Abadón sin titubear —. En el recorrido se subieron otras personas, y me bajé con dos hombres más en la parada.

El fiscal ladeó la cabeza, analizando cada detalle.

—¿Y qué hizo después?

—Caminé hacia el lago por la entrada de la 66 y me acosté a mirar los patos.

Sábato cambió el ángulo de las preguntas, tanteando el terreno para su siguiente movimiento.

—¿Cuánto tiempo estuvo ahí?

—Un par de horas. No lo recuerdo exactamente. Como hasta el mediodía.

—¿No tenía que trabajar ese día?

—No. Estaba esperando unos materiales que llegaban en la tarde, así que no había mucho que hacer en la iglesia.

Todo era demasiado natural en las respuestas de Abadón. Hasta el momento no había vacíos en su relato, y su compostura seguía siendo impenetrable. Sábato sintió un piano encima de los hombros. Decidió cambiar de estrategia.

—Después del lago, ¿qué hizo?

—Me dio hambre, así que aproveché que estaba la feria para buscar algo de comer —respondió Abadón, sin perder la tranquilidad—.

Bordeé el lago hasta llegar a un depósito de materiales o algo así.

Estaba en la parte de atrás, afuera de la carpa, y oí una discusión.

Corta, pero intensa. Encontré una esquina mal amarrada y me metí por ahí.

Sábato no mostró sorpresa, pero por dentro supo que había llegado a un punto clave. La feria. La carpa. El lugar donde todo se había desatado.

—¿Qué vio cuando entró? —la pregunta traía más fuerza ahora, como si Sábato lo estuviera invitando a tropezar.

—Había un hombre en el piso, como si lo hubieran golpeado —dijo Abadón, con la misma calma medida—. El sujeto me vio, se me vino encima, me empujó y salió corriendo por la abertura por donde yo había entrado. Todo me pareció muy extraño.

Sábato dejó que el silencio cubriera la sala un momento. Quería que todos en la corte sintieran lo raro de la escena que describía Abadón.

—¿Y luego qué hizo usted?

—Salí por la entrada principal de la carpa y vi que el detective me señalaba mientras sostenía a una mujer completamente desnuda. Al principio pensé que estaba alucinando, pero después el detective empezó a correr hacia mí, gritando muchas cosas… feas.

Sábato dio un paso adelante, con la mirada penetrante.

—¿Y ahí fue cuando usted empezó a correr?

—Sí, señor.

—¿Por qué corrió, si no había hecho nada malo?

Abadón titubeó por primera vez en el interrogatorio. Sus ojos oscuros brillaron con un destello de incomodidad.

—Porque me asusté.

—El que nada debe, nada teme —le devolvió Sábato, sin perder la oportunidad.

—No estaba en mis cinco sentidos.

—¿A qué se refiere con eso?

Crujieron las sillas de madera antes de que Abadón respondiera, con la voz algo más contenida, menos segura.

—La verdad es que estaba fumado, y tenía hierba conmigo. Pensé que si el detective me agarraba me iba a detener por posesión, y perdería mi trabajo. Por eso corrí hacia el bosque, para poder tirarla antes de que me atrapara.

Sábato asintió despacio. Ahora estaba entrando en terreno resbaladizo.

—¿Cómo explica entonces el golpe en la sien? Eso no fue por la caída, ¿verdad?

Abadón parpadeó. El control que había mantenido hasta ese momento empezaba a erosionarse.

—No. Cuando el sujeto me empujó, me pegué contra una de las barras de madera que estaban apiladas al lado de los tarros de pintura, adentro de la carpa.

El fiscal se tomó unos segundos para dejar que las palabras calaran en el público.

Sabía que había más debajo de esa capa de explicaciones cuidadas, pero Abadón había aprendido a maniobrar con habilidad.

Ese testimonio, aunque sólido en apariencia, escondía detalles que Sábato no podía pasar por alto.

A Hela se le notaba la confusión en la cara.

Todo su mundo, toda la verdad en la que había creído hasta ese momento, empezaba a tambalearse.

Las palabras de Abadón, tan frías y calculadas, le taladraban la memoria y, por primera vez, dudó.

Un dolor punzante se le instaló en la cabeza y crecía con cada segundo.

El juez Ferguson, atento al cambio en su expresión, interrumpió el interrogatorio con un gesto decidido.

—Orden en la sala —pidió con firmeza—. Que alguien le dé una pastilla a la señorita Wolff para que podamos continuar.

Un asistente corrió hacia Hela y, en cuestión de segundos, le acercaron un vaso de agua y un analgésico. Ella se lo tomó, temblorosa, tratando de juntar los pedazos dispersos de su cordura. El juicio no podía detenerse. No ahora.

Sábato la miró de reojo. Por un instante, el temor le cruzó por la cabeza como una sombra.

¿Y si Hela se estaba equivocando? ¿Y si Abadón no era el monstruo que habían estado persiguiendo?

Descartó rápido la idea. No podía permitirse vacilar.

Si perdía el control, si mostraba inseguridad, la defensa podía destrozar el caso.

Respiró hondo, se acomodó la corbata y se volvió hacia Abadón con una agresividad renovada.

—Señor Abadón —empezó, con la voz más afilada—, ¿necesita drogarse para violar y asesinar?

El silencio en la sala volvió a ser absoluto. Todos esperaban la respuesta.

Abadón levantó la mirada, con los ojos inmutables, casi desafiantes. Mantuvo la calma. Las palabras de Sábato no le hacían ni cosquillas.

—Soy culpable de ir al parque a fumar hierba, de escaparme un poco de la realidad —admitió, con una serenidad que parecía calculada—, pero no soy un violador, y mucho menos un asesino.

Sábato lo observaba con detenimiento, buscando una debilidad que pudiera explotar. Pero, antes de que alcanzara a replicar, Abadón siguió, con la voz un poco más insegura.

—Hay algo más, aunque no estoy muy seguro…

—hizo una pausa, como si el recuerdo estuviera lejano, borroso—.

Podría haber sido por el efecto de la droga, pero…

tengo un vago recuerdo… —la sala contuvo el aliento—.

El hombre que salió corriendo por la parte de atrás de la carpa llevaba puesto algo que parecía un uniforme de policía.

El impacto fue inmediato. La sala estalló en un alboroto ensordecedor.

Los gritos y murmullos de la prensa, los abogados y el público se revolvieron en un estruendo imparable.

Ferguson golpeó el mazo una y otra vez sobre la mesa, pero sus órdenes se perdían en la confusión.

Sábato, con la cara desencajada, se quedó congelado en su puesto, sin palabras.

Lo que acababa de oír le desmoronaba la estrategia.