21 · Hela #3
Se sostuvieron la mirada como en un duelo. Santos parecía haber encontrado la grieta en el escudo de Hela y, sin misericordia, empezó a atacarla.
—Y aquí viene lo bueno —Santos bajó la voz, como quien comparte un secreto, y se volvió hacia el juez y el público—.
Usted misma montó todo este acto para aumentar su popularidad y la del foro.
O, peor todavía, quizás inspiró a uno de sus retorcidos seguidores para simular un ataque con todos los rasgos del tal Monstruo del parque.
—Monstruo de San Luis —corrigió el juez Ferguson, con cara pensativa—. Parece haber coherencia en su teoría.
—¡Eso! —Santos aprovechó la intervención del juez—. Monstruo de San Luis. Mi cliente simplemente estaba en el lugar y en el momento equivocados.
—¡Objeción! —gritó Sábato, golpeando la mesa con el puño, indignado—. El abogado está especulando y no hace ninguna pregunta concreta, su señoría.
El juez Ferguson asintió, con la mirada fija en Santos.
—Abogado, ¿tiene pruebas para sustentar esa teoría? Porque lo que está planteando es una acusación muy seria.
Santos sonrió con calma y buscó entre sus notas. Era un hombre astuto, y sabía que ese era el momento de dar su mejor golpe.
—Su señoría, es muy interesante la cantidad de escopolamina que encontraron en el organismo de la señorita Wolff.
Es sustancialmente menor que la hallada en los cuerpos de las difuntas Armendi y Valer —levantó un informe forense para que todos lo vieran—.
Según esos resultados, las dos murieron de intoxicación por sobredosis.
Pero aquí está la señorita Wolff, viva y despierta mucho antes de lo previsto. ¿No es cierto?
—Así es —respondió Hela, fría como el hielo—.
Otro error que lo debe estar carcomiendo por dentro.
Si revisa el informe, va a ver que los niveles de Karla son mayores que los de Sylvia.
Él estaba ajustando las dosis, calibrando.
No quería matarlas de inmediato. Conmigo intentó el extremo mínimo…
y falló —miró a Abadón directo a los ojos y lo retó a contestar—. ¿Me equivoco?
—Intrigante. Pero dígame, ¿por qué el informe forense concluyó que no hubo violencia sexual? ¿También estaba «ajustando» la intensidad?
—¡Objeción! —Sábato levantó la voz, listo para cortar el interrogatorio, pero antes de que pudiera seguir, Hela habló con la suavidad de una tormenta que se avecina.
—No. Es algo más profundo que eso.
—De eso no tengo duda —dijo Santos, dándole doble sentido a la frase, y se oyó la risa inmadura e insensible de algunos asistentes.
—Yo no estaba muerta cuando me violó. Para él fue un acto de amor, y así lo hizo.
Todo lo contrario que con Karla y Sylvia.
Ellas ya estaban muertas cuando él abusó de ellas.
Lo hizo con rabia y frustración. Usted nunca lo va a entender, simplemente porque no lo quiere ver.
Podemos quedarnos toda la tarde discutiendo aspectos técnicos de este caso y de los anteriores, pero quién soy yo, con mi poca experiencia, para decirle a un abogado como usted que investigue mejor los hechos.
Santos se tomó su tiempo. Por primera vez en toda la mañana, fue él quien dejó que el silencio trabajara a su favor.
—¿Y usted cómo sabe que ya estaban muertas, señorita Wolff? —preguntó despacio—. Eso no lo dice ningún informe forense.
—Lo dicen sus cuerpos, abogado. Hay que saber leerlos.
En la última banca, Alex frunció el ceño. Esa frase no estaba en ninguno de sus informes.
—Señorita Wolff, por favor, mantenga la compostura y limítese a contestar las preguntas del abogado, aunque espero que esa haya sido la última —intervino el juez, para calmar las aguas que se le estaban desbordando en la sala.
—Solo me quedan dos preguntas, su señoría. Señorita Wolff, ¿había visto alguna vez al señor Abadón antes del incidente?
—No —respondió Hela, con total certeza.
—¿Y conocía usted al detective Alex McAllister antes de caer desnuda en sus brazos ese día?
—Sí, señor. Él me estaba colaborando con mi trabajo.
Los murmullos se tomaron cada rincón. Las cámaras se voltearon e iluminaron al detective, que seguía sentado en la última banca. Alex agarró el abrigo y salió de la sala a tomar aire. Sabía que las siguientes palabras de Santos le iban a manchar la reputación.
—¿El señor McAllister compartió con usted información confidencial?
—Él es muy profesional. Solo me estaba ayudando. Nada más.
—¿Sí o no?
Hela apretó los labios, entendió su derrota y respondió en un susurro.
—Sí.
—Y dígame, señorita Wolff —Santos dejó que el silencio se estirara antes de rematar, saboreando cada segundo—, ¿esa «colaboración» iba más allá de lo profesional?
—¡Objeción, su señoría! —Sábato se puso de pie de un salto—. Es una insinuación sin ningún fundamento.
—Denegada —dijo Ferguson sin levantar la vista de sus notas, con una satisfacción que no necesitaba disimular—. Responda, señorita Wolff.
—No —respondió Hela, con la voz firme, aunque ya era tarde. La pregunta cayó sobre la sala como aquel papel doblado que un día llegó a sus pies, y en algún rincón, algún periodista ya se agachaba a recogerla.