Hela (Lago de fuego 1) 21 · Hela #2
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21 · Hela #2

La pregunta quedó flotando, y nadie en la sala se atrevió a decir nada. Hela sentía que el peso de cada palabra la arrastraba más hacia el abismo. Santos no tenía misericordia. Su objetivo era destruir su credibilidad, volver polvo su testimonio.

—No estoy segura —admitió Hela, con la voz temblorosa pero firme.

Santos se acercó un poco más, con la precisión de un abogado que acaba de encontrar la cláusula que le gana el caso.

—Entonces, señorita Wolff —sonrió apenas—, si no está segura de que fue mi cliente quien la atacó, ¿cómo puede afirmar con tanta convicción que fue él quien le hizo esas cosas horribles?

La pregunta quedó suspendida como un puñal, apuntando directo al corazón de su testimonio.

Todos contuvieron el aliento, esperando que Hela se derrumbara bajo el peso de su propia incertidumbre.

Por un instante pareció que el piso se le hundía, pero algo dentro de ella se fortaleció.

El miedo seguía ahí, latiéndole en las venas, pero también estaba la verdad, esa que no necesitaba ojos para ver.

—No le vi la cara —levantó la mirada y se enfrentó a Santos—, pero lo sentí. Sentí su sudor en mi espalda, su aliento en el cuello, su peso… sus manos.

Santos entrecerró los ojos, satisfecho, como quien cree haber ganado la partida.

—¿Sentir, señorita Wolff? —repitió con sarcasmo—. ¿Ahora vamos a condenar a un hombre por sensaciones?

Hela apartó la mirada un segundo, buscando fuerza en algún rincón de su ser.

Volvió a posar los ojos, fugaz, sobre Abadón, que la observaba desde su asiento con una calma aterradora, la de alguien que ya no tenía nada que perder.

Esos ojos… Aunque nunca los había visto, los conocía en la oscuridad.

Eran los suyos. Eran los que no necesitaba ver para saber que siempre habían estado ahí, acechándola.

—Ya se lo dije, abogado. Yo he estudiado su obra, y él ya estaba listo para firmarla.

Santos arqueó una ceja, sorprendido por la seguridad que volvía a florecer en Hela, aunque mantuvo la compostura.

—¿A qué se refiere con «firmarla»? —trató de recuperar el dominio, pero en los ojos se le encendió una chispa de sorpresa. No esperaba que ella se recompusiera tan rápido.

—Él lo sabe —empezó Hela, con la voz apenas quebrada, pero con una certeza irrefutable—. Por eso no ha despegado las manos de la mesa ni un solo segundo. Está anclando la ira en un punto focal para no descomponerse y hacer algún movimiento que lo delate.

Las palabras cayeron como cuchillas sobre la sala. Todos voltearon a mirar a Damián Abadón, que seguía tan inmóvil que parecía una estatua. Hela continuó.

—Tiene los hombros tensionados, con los omóplatos clavados hacia atrás todo el tiempo, una reacción típica de contención agresiva. El ciclo del parpadeo, irregular y demasiado prolongado, indica una disociación temporal, un esfuerzo por suprimir una respuesta emocional que lo pueda traicionar.

El tribunal seguía en silencio, casi aterrorizado por la precisión de sus observaciones. Santos, por un momento, sopesó sus opciones. Una testigo que se excede es más fácil de destruir después que una testigo a la que se silencia a tiempo.

—Su respiración —siguió Hela, sin necesidad de mirar al acusado— es superficial, controlada.

Está usando una técnica de regulación, un mecanismo que usan los psicópatas cuando tratan de ocultar una respuesta emocional fuerte.

Pero no puede ocultar las microexpresiones.

La comisura de los labios se le ha tensado dos veces.

Su frustración es evidente. No pudo completar el ritual.

Los ojos verdes de Hela, oscurecidos por el trauma, se fijaron en Abadón con una calma gélida.

—Se debe estar muriendo de la rabia porque no pudo terminar su ritual conmigo, como lo hizo con las otras —se llevó una mano al pecho, justo donde tenía tatuado el Vegvísir—.

No pudo transformar mi tatuaje en la obra que quería.

Esa es su firma. Eso es lo que más le irrita, ¿no es cierto?

—esta vez le habló directamente al acusado.

—Fascinante, señorita Wolff —Santos torció la boca en algo que fingía mal una sonrisa—. Es usted toda una niña prodigio, ¿no es cierto? Recién graduada, con un diplomado a medias, y ya está aquí dando diagnósticos casi perfectos. O quizás simplemente ha visto demasiada televisión.

La tensión en la sala se volvió asfixiante, pero Santos no se detuvo. Con el vaso en la mano, hizo una pausa y aprovechó cada segundo de silencio incómodo, disfrutando del nerviosismo de los presentes.

—No quiero desconocer su tragedia —siguió, más grave, con un dejo paternal—, pero le voy a decir algo, basado en mis más de veinte años de experiencia.

Tomó un sorbo de agua y, sin que nadie más lo notara, le hizo un guiño pequeño a Abadón, una señal silenciosa de que todavía tenía la situación bajo control.

Hela lo miraba fijo. Tenía en los ojos determinación y cansancio a partes iguales. Sabía que el peor golpe estaba por llegar.

—Usted, señorita Wolff —continuó Santos, mordaz—, gracias a ese trabajo que dice estar haciendo, se obsesionó con el «Monstruo de San Luis» —hizo unas comillas teatrales en el aire— hasta el punto de querer conocerlo, verlo, acercársele y meterse en su mente.

Un cliché en su profesión, ¿no es cierto?

Creó ese foro y, entre teorías, mentiras y conjeturas, usted y un grupo de fanáticos se armaron una idea distorsionada de este criminal.

Y ese mismo foro, según sus propias palabras, tenía acceso a fotografías de la escena y a detalles de una investigación activa, información que ningún civil debería haber visto jamás.

Me pregunto quién más, aparte de usted, se benefició de esa filtración.