Hela (Lago de fuego 1) 21 · Hela
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21 · Hela

Hela

Se aferran tanto a la luz que descuidan la oscuridad

AbrIL, ONCE AÑOS ANTES…

EN LA SALA EL AIRE ESTABA DENSO , casi irrespirable.

El estrado parecía un escenario de tortura psicológica, donde las sombras del pasado se cruzaban con la frialdad del presente.

Hela Wolff se levantó despacio cuando la llamaron.

La voz del juez Ferguson resonaba con una autoridad amarga.

Aunque la baranda separaba al público de las partes, su hermano menor, Donato, la ayudó a pararse, y su madre, Astrid, apretaba las manos sobre el regazo sin quitarle los ojos de encima.

El dolor en el cuerpo le recordaba a cada paso la brutalidad a la que la habían sometido.

Avanzó despacio, como si cada paso le triturara las entrañas.

Las miradas la seguían, entre la curiosidad morbosa y la compasión reprimida.

Entre ellas, la de Damián Abadón, el hombre acusado de convertirla en un lienzo de miseria.

La observaba con la atención minuciosa de quien evalúa una pieza dañada y ya calcula por dónde empezar a restaurarla, con una sonrisa apenas dibujada, insoportablemente segura de sí misma.

No tenía miedo. Para los demás casi no parecía estar ahí, pero Hela sentía su presencia como una sombra que le quemaba la piel.

El pelo corto le rozaba las orejas, un corte que ella no había elegido.

El agresor se lo había arrancado, junto con una parte de su vida, durante el cruel ritual.

Aunque había logrado teñirlo otra vez de rubio, nada podía ocultar lo que ese corte representaba.

Violencia y humillación. Unas gafas oscuras de marco grueso le cubrían la cara pálida, un intento de esconder los párpados hinchados de llorar.

A pesar de todo, algo en Hela se había apagado, una ausencia inexplicable de emociones que solo el odio y la intriga llenaban.

Se sentó en el estrado, que parecía más un patíbulo que un lugar para la verdad.

El juez Ferguson, con su voz áspera, le pidió que se quitara las gafas.

Ella obedeció. Sus ojos verdes estaban inundados de vacío.

Las pecas le resaltaban más que nunca la belleza que le había arrebatado el animal que se alimentó de su alma.

—¿Su nombre completo? —preguntó el fiscal Sábato, con un tono suave pero firme.

—Hela Wolff —respondió ella, apenas por encima de un susurro.

Sábato se acercó con cautela, consciente del trauma que la acompañaba. Su labor no era solo sacar la verdad, sino protegerla a toda costa.

—Su edad, por favor.

—Veinticinco años.

—¿A qué se dedica? —Sábato le daba tiempo para acomodarse en sus palabras.

—Soy psicóloga… Trabajo en el Hospital Psiquiátrico del Oriente.

Sábato asintió, construyendo una calma antes de la tormenta. Se detuvo un momento.

—Señorita Wolff, ¿podría contarles a los presentes lo que pasó el día de los hechos?

Hela tragó saliva. Las palabras le pesaban en la boca, pero sabía que tenía que hablar.

—Había trabajado el turno de la noche —empezó, con la mirada perdida en algún punto lejano del pasado—.

Le entregué a mi compañera a las siete de la mañana y me cambié a una ropa más cómoda.

Un amigo que también había terminado turno me invitó a un café enfrente del hospital.

Después, cada uno tomó su bus para volver a la casa.

—¿Recuerda cómo se sentía en ese momento?

—Cansada. Muy cansada. El turno de la noche es pesado, hay muchas crisis complicadas, y esa noche un paciente intentó hacerse daño.

Esos episodios son intensos y muy desgastantes —Hela frunció un poco el ceño—.

Por eso me gusta tomar el bus después de esos turnos.

Me da miedo quedarme dormida si manejo. Además, a esa hora no hay tráfico y son solo cinco paradas hasta las Torres del Parque, que es donde vivo.

Esa mañana todo parecía normal, hasta que faltaban dos paradas para la mía.

—¿Qué pasó ahí?

—Un hombre pasó por mi lado y dejó caer algo… Un papel doblado como una rosa de origami.

Sábato la escuchaba con atención. Todas las miradas estaban fijas en Hela, y su voz y su dolor se metían por los poros de los presentes.

—Lo recogí del piso —continuó—. Quise avisarle, pero ya se había bajado del bus. Vi que el papel tenía algo escrito, entonces lo desdoblé con cuidado de no dañarlo. Decía «Na’amah».

—¿Sabe lo que significa? —preguntó Sábato, interesado en el detalle.

—Sí, señor. En el Zohar, el libro más importante de la Cábala, Na’amah es uno de los ángeles de la prostitución.

—¿Ángeles de la prostitución? —repitió Sábato.

—Sí. Son figuras demoníacas asociadas con la tentación y la perversión sexual. Son cuatro. Lilith, Eisheth Zenunim, Agrat bat Mahlat y Na’amah.

—¿Por qué sabe usted tanto de ese tema?

—Mi papá me inculcó el gusto por la historia y, digamos que la que más me gusta es la que tiene que ver con dioses y demonios.

—¡Objeción, su señoría! —lo interrumpió Santos, molesto por el desvío—. Esto no tiene relevancia en el caso.

El juez Ferguson lo miró con ironía.

—Señor Sábato, por favor, vaya al grano. No estamos aquí para aprender sobre demonios, duendes ni unicornios.

—Sí, su señoría. Le prometo que esto es relevante. La palabra escrita en este papel —levantó una bolsa de evidencia— es la prueba de que no estamos frente a un caso aislado de agresión. Estamos ante un violador y asesino en serie.

El murmullo en la sala creció, y Ferguson tuvo que imponer orden con fuerza. Los flashes de las cámaras destellaron como relámpagos, y hicieron falta unos minutos para recuperar la calma.

—Disculpe, señorita Wolff —dijo Sábato—. ¿Podría retomar desde el momento en que leyó la palabra en el papel? ¿Qué sintió? ¿Qué pensó?

—Alegría y angustia al mismo tiempo. Llevaba un mes estudiando a fondo los casos del «Monstruo de San Luis» —se refería al asesino de Karla Armendi y Sylvia Valer—.

Estoy haciendo un diplomado en psicopatía y, para mi trabajo final, decidí construir su perfil psicológico.

Por eso, cuando vi ese nombre, supe lo que significaba.

Reconocí la letra. Era la misma de los otros casos.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Ferguson, con interés real.

—Abrí un foro en internet y se unieron muchas personas con una fascinación enorme por el tema, algunas hasta con acceso a información confidencial.

Me compartieron fotos de las escenas, detalles de las investigaciones y descripciones del ritual.

Entre eso estaban los papeles de las víctimas anteriores.

En el caso de Karla, la stripper, había un papel en forma de ave que decía Eisheth Zenunim, mujer de las fornicaciones.

En el de Sylvia, la profesora de Arte, tenía forma de corazón y decía Agrat bat Mahlat, el demonio de la tentación sexual.

Yo sabía que era él, y por un momento me dio alegría estar tan cerca del sujeto de estudio.

Pero la angustia se apoderó de mí cuando todo empezó a volverse borroso.

Sábato dejó pasar unos segundos, para darle espacio a Hela.

—Me paré para bajarme en la siguiente parada. Necesitaba aire. Pero entonces todo se volvió confuso. Alguien se me acercó, un hombre. Parecía agitado, pero no recuerdo su cara. Después de eso, no sé. Solo oscuridad.

A Hela le tembló la voz. La respiración se le entrecortó, y Sábato le ofreció un vaso de agua. La observó con cuidado, sin presionarla.

—¿Qué pasó cuando recuperó el conocimiento? —preguntó, esta vez con más suavidad.

Hela cerró los ojos y volvió a la peor de sus pesadillas.

—Olía mucho a amoniaco. Creo que eso fue lo que me despertó.

Estaba boca abajo. No me podía mover. Sentía el cuerpo…

como si no fuera mío. Sentía gotas cayéndome en la espalda…

y un peso encima. Pesado, sofocante. Oí un suspiro…

cálido en el cuello… —lo describió con crudeza, con unas lágrimas que no estaba dispuesta a soltar en público—.

Y sentí… sentí cómo me penetraba una y otra vez.

Le temblaban las piernas. El vaso de agua amenazaba con caérsele de la mano, pero lo sostuvo con firmeza. Toda la sala podía imaginar la crueldad de la escena, pero Astrid, su madre, sentía el desgarro en el vientre con cada palabra de su hija.

—No sé cómo lo hice —dijo, con la voz entrecortada—, pero agarré un palo negro que estaba cerca de mi cabeza y le pegué con todas mis fuerzas. No recuerdo más… Solo correr. Desnuda, sin pensar, hasta que caí en los brazos del detective. No sé cuánto tiempo pasó… No sé nada.

Sábato vio que Hela estaba al borde del colapso. Le regaló una sonrisa reconfortante y se volvió hacia el juez.

—Yo sé que revivir estos momentos es muy doloroso para su familia y, sobre todo, para usted, señorita Wolff. Usted es una sobreviviente de este animal. Del Monstruo de San Luis. Del asesino y violador Damián Abadón. No tengo más preguntas, su señoría.

El juez Ferguson asintió y se volvió hacia el abogado defensor, Samuel Santos. Este se levantó sin poder disimular del todo la satisfacción.

—Señorita Wolff —empezó Santos, frío y cortante—, me gustaría hacerle algunas preguntas. ¿Comió bien la noche anterior? ¿Está segura de que no era solo cansancio lo que sintió?

—No… —contestó ella, con la voz quebrada—. Medicina Legal encontró rastros de escopolamina en mi organismo y en el papel.

Los dedos le jugueteaban nerviosos sobre las rodillas. Santos se inclinó un poco hacia adelante, sin perder su compostura implacable.

—¿Y está usted cien por ciento segura de que fue mi cliente quien le administró esa droga?

—Tengo algunos destellos —dijo, en un hilo de voz—. Recuerdo sus rasgos. El oficial Marín declaró que me vio entrar al parque con un hombre que coincide con la descripción de su cliente, y fue el mismo que intentó escaparse del detective.

Santos dio un paso al frente, y su sombra cayó sobre Hela como una amenaza.

—La pregunta es simple, señorita Wolff —su tono se volvió cruel—. ¿Le vio o no le vio la cara a su agresor?