Hela (Lago de fuego 1) 20 · McAllister #2
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20 · McAllister #2

—Lo alcancé entre los arbustos, tratando de escapar por un camino lateral. Le di un golpe en la espalda que lo tumbó y lo inmovilicé. Intentó resistirse, pero logré neutralizarlo.

—¿Lo golpeó, detective?

—Sí, señor —respondió Alex sin vacilar—. Lo golpeé para detenerlo. No iba a permitir que se escapara después de lo que había hecho.

Un silencio espeso cayó sobre el recinto. El fiscal, satisfecho, asintió y se volvió hacia el juez.

—No hay más preguntas, su señoría.

—Abogado Santos, el testigo es todo suyo —dijo Ferguson, con una media sonrisa dirigida a Santos, de esas que solo se cruzan los que ya se conocen por fuera de una sala de audiencias.

—Gracias, detective McAllister. Ahora me gustaría hacerle algunas preguntas. Empecemos por lo básico —el abogado defensor se acomodó las gafas, con una carpeta en la mano—. ¿Usted vio al señor Abadón violar a la señorita Hela Wolff?

Alex entrecerró los ojos, sin perder la compostura.

—No, no lo vi en el acto.

El abogado asintió despacio. Ya esperaba esa respuesta.

—Entonces, ¿cómo sabe que ocurrió?

—La señorita Wolff identificó al agresor, y yo lo vi salir de la bodega donde ocurrieron los hechos.

—Entiendo —el abogado sonó casi indiferente—. Donde ocurrió el «ritual», según dijo usted en su testimonio. ¿Podría explicar a qué se refería con esa palabra?

Alex se inclinó un poco hacia adelante.

—El agresor seguía un patrón con sus víctimas. Drogaba a mujeres jóvenes, les cortaba el pelo y se lo teñía de negro mientras estaban inconscientes.

—¿Y los ojos? —lo interrumpió el abogado, hojeando el expediente con un desinterés fingido—. El informe forense menciona algo sobre los ojos.

—Les pintaba ojos azules sobre los párpados cerrados —la voz de Alex se tensaba cada vez más—.

Con pincel fino, línea por línea, como si retratara a alguien despierto.

El forense encontró hasta cuatro capas de pintura superpuestas en algunas víctimas.

No era un gesto de un segundo. Tomaba tiempo. Tomaba paciencia.

—¿Algo más? —preguntó el abogado, sin levantar la vista del expediente—. Tengo entendido que también había un tatuaje.

—En el pecho, sí, pero no era el mismo en las dos víctimas —Alex tragó saliva—.

Cada una tenía un tatuaje diferente, uno que ya llevaba en la piel antes de que él la tocara.

Lo que se repetía era lo que él hacía con eso.

No dibujaba desde cero. Tomaba el diseño que ya existía y lo ampliaba con pintura, línea por línea, hasta convertirlo en algo mucho más grande, una composición completa alrededor de lo que ella ya traía.

El perfil que armamos con el forense no hablaba de alguien que crea desde la nada.

Hablaba de alguien que termina, que restaura, que necesita completar lo que otro dejó a medias.

No lo veía como un crimen, lo veía como una obra en proceso, y esa manera de intervenir un tatuaje ajeno hasta transformarlo en otra cosa era su firma.

Usaba el cuerpo de la mujer como lienzo, literalmente, pero solo si ya venía con algo grabado.

El abogado lo escuchaba con atención, guardando cada palabra como un recurso para desarmar el caso.

—Y después las violaba y las abandonaba cerca de un lago, con una sobredosis de la droga, para que perdieran primero la razón y al final la vida.

La señorita Wolff fue la única que logró escapar antes de que él completara el ritual —remató Alex—.

Lamentablemente, solo escapó de la muerte.

Todo lo demás sí lo hizo su cliente, y ella va a tener que vivir con eso el resto de sus días.

—¿Vio cómo le cortaba el pelo? —el abogado no le dio tregua.

—Yo estaba…

—Responda sí o no, detective —lo cortó el abogado, golpeando el expediente con el dorso de la mano.

—Responda, por favor, detective —intervino Ferguson desde el estrado, con un placer apenas disimulado.

Alex le sostuvo la mirada a Ferguson un segundo de más antes de ceder.

—No.

—¿Vio cómo le aplicó el tinte?

—No.

—¿Vio cómo le pintó el cuerpo?

—No.

—¿Vio cómo le dibujó los ojos azules?

—No.

—¿Vio cómo la violaba?

Alex negó con la cabeza, frustrado por lo que venía.

—No. Pero…

—¿No? Entonces, ¿cómo sabe que fue él? —lo interrumpió el abogado—. No lo vio. Usted llegó después de que la señorita Wolff supuestamente escapó, ¿correcto?

Alex se quedó callado un momento.

—Correcto, no lo vi. Pero lo vi salir de la bodega, y todos los indicios apuntan a él.

—Así que, detective, ¿podría afirmar aquí, bajo juramento, que su acusación no es más que una suposición? —el abogado sonrió, casi imperceptiblemente.

Alex apretó los puños. Por una fracción de segundo, la duda que llevaba semanas negándose a sentir intentó abrirse paso, pero la enterró donde enterraba todo lo que no podía permitirse.

—Con base en la evidencia, no es una suposición. Es un patrón repetido.

El abogado ignoró la réplica y cambió de tema con la velocidad de un depredador.

—Cuando encontró a la señorita Wolff, ¿todavía estaba bajo los efectos de la droga?

—Sí, pero estaba recuperando la conciencia.

—¿Y cree que, en ese estado, era completamente capaz de identificar a su agresor sin equivocarse? Es posible que ella, alterada como estaba, culpara a alguien que no fue su atacante, ¿verdad?

—La señorita Wolff sabía perfectamente quién la estaba atacando —Alex sonó más cortante.

El abogado sonrió. Había encontrado lo que buscaba.

—Ahora, detective, vamos a otra cosa. Usted mencionó que durante la captura del señor Abadón lo golpeó para neutralizarlo, ¿es correcto?

—Sí. Lo golpeé para detenerlo.

—Interesante —el abogado se acomodó las gafas, sacó unos documentos y los levantó—.

Tengo aquí una radiografía que muestra que mi cliente sufrió la fractura de una costilla y dos contusiones en la cabeza.

Aparentemente, esas lesiones se produjeron durante su «neutralización».

¿Me está diciendo que eso es parte del protocolo, detective?

Alex respiró hondo. Sabía para dónde iba esa pregunta.

—Usé la fuerza necesaria para detenerlo. Intentaba escapar y opuso resistencia.

—Resistencia… —el abogado levantó una ceja con curiosidad exagerada—. Mi cliente afirma que, en realidad, usted lo golpeó con rabia. Dice que lo atacó repetidamente, incluso después de que estaba inmovilizado. ¿Es eso cierto?

—Objeción, su señoría —intervino Sábato, poniéndose de pie—. Es especulación de la defensa.

—Denegada —cortó Ferguson, sin quitarle los ojos al abogado—. Responda, detective.

—Eso es falso —Alex controló la voz, pero sonó desafiante.

El abogado defensor sonrió, esta vez con frialdad.

—Veremos qué opina el tribunal. No tengo más preguntas, su señoría.