Hela (Lago de fuego 1) 20 · McAllister
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20 · McAllister

McAllister

Desde el infierno se puede manipular el mundo de los vivos

AbrIL, ONCE AÑOS ANTES…

EN ALGÚN RINCÓN DE LA MENTE HUMANA , las máscaras se deslizan con sutileza.

Carl Jung, en su infinita sabiduría, las definió como esa fachada que cubre las grietas, la oscuridad que ningún ser se atreve a mostrar.

Todos llevaban una aquel día en el tribunal.

Ninguna tan pesada como la de Hela Wolff.

Era un abril despiadado. La lluvia no daba tregua y dejaba a su paso el frío de una helada.

Los restos de granizo seguían incrustados en las escaleras de la corte, aferrados como los recuerdos de aquel crimen.

El personal barría a toda prisa, en silencio, para despejar el hielo antes de que abrieran las puertas.

Apenas eran las siete. Sábato, el fiscal del caso, se bajó primero del carro, con el abrigo sacudido por el viento. Todas las miradas apuntaban a un solo lugar, la entrada por donde en cualquier momento iba a llegar Hela.

Adentro, al acusado ya lo habían ubicado en su puesto.

Lo habían traído de madrugada, como una sombra que el sistema intentaba esconder.

Samuel Santos, su abogado, que con los años se convertiría en el verdugo invisible de la justicia, había logrado lo impensable, una defensa que lo blindaba de la furia popular.

Tanquetas y diez agentes le custodiaban la vida.

La prensa ocupaba sus puestos como cuervos que ya intuyen dónde va a caer el cuerpo.

Pocos hablaban, y los murmullos se perdían en el golpeteo de la lluvia contra los vidrios.

Todos sabían que la llegada de Hela iba mucho más allá de un acto protocolario.

Iba a definir la cara de la justicia en el país.

En el despacho contiguo a la sala principal, su señoría Luis Ferguson Maló, todavía juez, años antes de convertirse en alcalde, cumplía su ritual de siempre.

Con los ojos cerrados, dejaba que la cantata 147 de Bach llenara el cuarto.

Un habano sin encender le servía de batuta y trazaba en el aire los movimientos de una orquesta imaginaria.

Solo lo iba a fumar al final del día, cuando el juicio terminara a su favor.

La certeza de su poder se extendía como una sombra sobre cada caso que presidía. Y en este, sabía que tenía en la mano algo mucho más importante que un simple veredicto. La estocada final a su enemigo eterno, el detective Alex McAllister.

Mientras Ferguson seguía en su santuario, la tormenta mediática estalló con la llegada de la familia Wolff. Los Wolff eran una dinastía poderosa. Su fortuna lo demostraba, pero lo que de verdad pesaba era su legado intelectual.

Henry Wolff, un historiador de prestigio internacional, se había ganado su reputación desde que llegó joven de la península nórdica, atraído por los intercambios académicos.

Se enamoró de Astrid Lugán, una mujer de carácter fuerte y mirada sabia, y con ella formó una familia que parecía inquebrantable.

El carro de la familia se detuvo frente a la corte bajo el diluvio. La prensa se les fue encima con la misma violencia con la que el granizo golpeaba los vidrios. El ruido de las cámaras y los gritos de los reporteros convirtieron el momento en un caos.

Los tres hijos de Henry y Astrid se bajaron, obligados a recorrer cada paso hacia el tribunal como una sentencia lenta. Leo, el mayor, médico de profesión, mantenía la cara serena, pero los ojos delataban el tormento de ver a su hermana pasar por eso.

Hela, de veinticinco años, avanzaba con paso firme, aunque la tensión se le notaba en la rigidez del cuerpo. Donato, el menor, ingeniero de sistemas, era la imagen del hermano protector y vigilaba cada movimiento de su hermana.

Los reporteros empujaban el carro con tanta fuerza que Alex y algunos oficiales tuvieron que intervenir.

Él, en el mejor momento de su carrera, se movía con la seguridad que da la experiencia, pero con una preocupación que solo notaban los que conocían su historia.

Ese no era un caso más, ni algo que pudiera enfrentar con la frialdad de siempre.

En lo personal, Alex estaba en la cima. Se iba a casar con la mujer que había amado desde siempre y la carrera le florecía. Y sin embargo, esa mañana, mientras ayudaba a despejar el tumulto, algo le advertía que ese juicio iba a marcar su destino.

Al fin, la familia logró entrar al edificio.

Los flashes y las preguntas quedaron atrás, y adentro el silencio aturdía.

Los Wolff se sentaron juntos en la primera fila, justo detrás del fiscal.

En el extremo opuesto, el acusado, al lado del abogado Santos, tenía una postura casi arrogante, como de quien ya da por hecha su absolución.

Todos se pusieron de pie cuando entró el juez Ferguson. Los murmullos se apagaron, y lo único que se oía eran sus pasos hacia el estrado. Ferguson, con la cara de piedra, se sentó con la autoridad de quien sabe que, al final, la última palabra va a ser suya.

El juicio empezaba. El fiscal Sábato ya estaba en posición y miraba a Alex, que esperaba su turno para declarar.

Su nombre resonó en la sala y, con un suspiro controlado, Alex se levantó.

Repasaba los detalles del caso. Cada palabra tenía que ser precisa, sin fisuras.

En ese tribunal se libraban dos juicios distintos, la justicia para Hela y una pelea de poder que él conocía mejor que nadie.

Cuando lo llamaron al estrado, sintió sobre él la mirada gélida de Ferguson.

—¿Puede, por favor, decir su nombre completo y su ocupación para el registro? —le pidió el fiscal.

—Detective Alex McAllister.

—Gracias, detective. Quisiera empezar preguntándole si recuerda cómo ocurrieron los hechos del 13 de abril.

Alex hizo una pausa breve, como quien vuelve a ese día.

—Sí, lo recuerdo claramente. Estábamos en un operativo que llevábamos semanas planeando. El objetivo era atrapar a Damián Abadón, un violador con dos víctimas mortales confirmadas hasta ese momento.

—¿Cómo diseñaron ese operativo? —el fiscal se inclinó hacia él.

—Nos basamos en los patrones de comportamiento del sujeto.

Después de meses de investigación, descubrimos que acechaba a sus víctimas y las drogaba con escopolamina antes de llevarlas a un lugar apartado, donde consumaba el ataque.

Junto a cada cuerpo encontramos un papel doblado en origami, con un nombre escrito a mano adentro.

En ese momento no supimos qué significaban.

Los dos cuerpos aparecieron en la orilla del lago del parque San Luis.

El primero, el 13 de febrero, hacia las seis de la tarde, y el segundo, el 13 de marzo, poco después de las ocho.

Por ese patrón, montamos el operativo para el 13 de abril, en la zona.

Sabíamos que no iba a ser fácil, porque es una zona amplia y difícil de cubrir, pero confiábamos en que, con suficientes ojos en el terreno, podíamos vigilar las principales vías de acceso.

El fiscal asintió para que siguiera.

—Ese día, por la mañana, desplegamos a los oficiales.

Mi equipo estaba apostado cerca de la feria.

Pensábamos que ahí podía elegir a su víctima.

Hacia el mediodía, recibimos un aviso por radio.

Un hombre con una mujer rubia se dirigía a la entrada principal.

Ella parecía mareada, se tambaleaba un poco.

—¿Usted pudo ver a la mujer en ese momento? —el fiscal hizo una pausa calculada.

—No en ese instante. Yo estaba a unos trescientos metros de la entrada.

Pero oí la descripción por radio, y correspondía al perfil de las víctimas anteriores.

Una mujer joven, rubia, aparentemente drogada.

Di la orden de seguirlos a una distancia prudente, esperando el momento oportuno para intervenir sin alertar al sospechoso.

Lo último que queríamos era que se escapara.

El fiscal le echó una mirada rápida al juez, para asegurarse de que estuviera atento.

—¿Qué pasó después?

—Entraron a la feria. El lugar estaba lleno de gente.

Con el ruido era difícil comunicarse por radio, así que nos separamos para cubrir más terreno.

En cuestión de minutos perdimos el contacto visual con el sospechoso y la mujer.

El oficial encargado de seguirlos me informó que se le habían esfumado hacía apenas unos segundos.

—¿Perdieron la visual? —repitió el fiscal.

—Sí. El oficial perdió de vista al sospechoso y a su víctima —a Alex se le endureció la voz con la frustración de entonces—.

Actuamos rápido, pero Abadón tenía la habilidad de desaparecer.

Sabíamos que, en el estado en que estaba la mujer, el tiempo corría en contra.

Teníamos un equipo vigilando una cabaña abandonada en el bosque, cerca del lago.

Pensábamos que podía ser su escondite, pero no había señales de ellos.

Por un momento creímos que el oficial se había equivocado, así que volvimos a nuestras posiciones.

—Señor McAllister, no tenemos todo el día para escuchar sus anécdotas. ¿Podría ser más concreto e ir al punto? —lo cortó el juez.

El fiscal retomó el hilo de inmediato.

—¿Cuándo la encontró? ¿Qué pasó?

—A eso de las 4:45 de la tarde —Alex bajó la voz—.

Venía desnuda, corriendo hacia mí, tambaleándose, pero consciente.

Había logrado escapar antes de que él completara su ritual.

Se me lanzó a los brazos. Tenía el pelo recién cortado, y el olor a amoniaco del tinte negro que él le había aplicado era inconfundible, el mismo que había usado con las otras víctimas.

Hizo una pausa. Se le cruzó la mirada con la de Hela, sentada al otro lado de la sala, y por un instante olvidó dónde estaba, olvidó el juramento, olvidó que un detective no puede permitirse sentir lo que él sentía entonces.

—A unos cien metros vi al señor Abadón salir de una bodega, apretándose un trapo contra la frente, como si lo hubieran golpeado. Me miró y salió corriendo. Le entregué la mujer a una de mis compañeras y lo perseguí.

—¿Qué pasó durante la persecución?