Hela (Lago de fuego 1) 19 · Las runas
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19 · Las runas

Las runas

La respuesta siempre está en frente de las narices

EN EL BÚNKER de la Estación Central es imposible llevar la cuenta del tiempo.

Los guardias tienen prohibido tener relojes, teléfonos o cualquier cosa distinta a la dotación de trabajo, y la luz artificial se queda prendida de día y de noche.

Lo único que le permite a Alex calcular más o menos la hora es la llegada de la comida.

El temblor ha bajado, pero sigue sin probar bocado, esperando las noticias que podrían cambiar el rumbo de la investigación.

—Detective, le traje café —Ríos entra tranquila por el pasillo del calabozo. En la mano derecha trae una carpeta, y en la izquierda, un cartón con dos vasos.

—Gracias, ya me hacía falta —contesta McAllister, agotado.

—Veo que no le gustó la comida del hotel —Aitana le pasa el café.

—¿Tiene un cigarrillo? —Alex aprovecha la atención de su compañera.

—No fumo, pero ya le digo al guardia que le consiga.

El guardia de turno no duda en hacer el mandado. Es la excusa perfecta para tomar aire fresco y, de paso, una parada estratégica en el baño. Los detectives quedan con la privacidad que necesitan para entrar en materia.

—¿Averiguó algo nuevo? —McAllister no espera mucho. No ha pasado tanto tiempo desde la última vez que hablaron.

—Varias cosas —Ríos lo sorprende—. Vengo de La Misericordia. Estuve con la doctora Emma Beltrán.

—Creía que era el doctor Beltrán. ¿Estamos hablando del mismo que le recetó los medicamentos a la difunta?

—Afirmativo. Lo que pasa es que, hasta hace muy poco, la doctora Emma se llamaba Emanuel. Cosas de estos tiempos modernos.

—Entiendo —Alex digiere la información.

—Trató de evadirme. Decía que arriesgaba la vida si alguien la veía hablando con una detective. Pero cuando le pregunté por el alprazolam, miró para todos lados y me hizo entrar a una sala desocupada. Yo sabía que eso la iba a poner nerviosa.

—¿Por?

—Resulta que hace dos años sacaron una ley que limita la prescripción de ese medicamento. Solo los psiquiatras pueden recetarlo, y ella es médica general. Según la doctora, a la periodista solo le dio una pastilla, y fue como un favor personal.

—¿Eran amigas? —Alex toma nota mental.

—Conocidas, diría yo. Se habían visto unas cuantas veces en eventos sociales de su círculo cercano. Lo que sí es que las presentó alguien que tienen en común.

—¡Clara Steffens!

—Exacto.

—¿Por qué dice que una sola pastilla?

—Acá viene lo bueno. Un par de semanas después de que la nombraron jefa de comunicaciones de la alcaldía, Mara apareció a la medianoche en la puerta de la casa de la doctora.

Estaba emparamada por la lluvia, con raspones en los codos y en las rodillas.

Temblaba, angustiada, y desvariaba, como en estado de shock.

—¿Y qué decía?

—Que alguien la quería matar. Había tenido que correr por el parque de la Quinta para perder a una persona que la venía siguiendo.

Se tropezó con la raíz de un árbol, y de ahí las heridas —Ríos toma un sorbo de café y sigue—.

La doctora revisó los alrededores y le pareció ver a alguien escondido detrás de un carro, en la vía.

—¿«Barbie»? —Alex trata de unir los puntos.

—Le hice la misma pregunta, pero no alcanzó a ver bien quién era.

Una persona vestida de negro, con gorro de invierno.

Es lo único que recuerda —le quita la tapa al vaso y continúa—.

Beltrán agarró a Mara del brazo y la metió rápido a la casa.

Le preparó la ducha para que se diera un baño caliente y le curó las heridas.

La acostó en su cama, pero Mara no paraba de llorar, estaba descontrolada, así que le dio una pastilla de alprazolam.

Cuando le hizo efecto, se quedó dormida.

—¿Le avisó a Clara?

—Sí, dice que le mandó un mensaje para que estuviera tranquila. La que no estaba tranquila era la doctora. Apagó la luz y se pasó toda la noche mirando por la ventana, pero no notó nada raro. Al final se acostó al lado de Mara, y ella, en su trance, la confundió con otra persona.

—¿Cómo así? ¿Con quién? —Alex se inclina hacia adelante.

—Cuenta Beltrán que repetía sin parar «No me mate, por favor. Yo hago lo que usted me pida, pero no me mate. Le entrego las grabaciones».

—¿Las grabaciones? ¿Qué grabaciones? ¿A quién se refería?

—No lo sé. Al día siguiente la doctora le preguntó, pero ella se volvió a enloquecer y salió corriendo. Nunca más la volvió a ver.

—¿Entonces cómo le siguió recetando? —Alex frunce el ceño.

—No lo hizo —Ríos sonríe—. Antes de irse, la periodista le robó el frasco, un talonario de fórmulas y el sello profesional. Ella misma se estaba automedicando, y esas pastillas son muy adictivas.

—Vea pues. No pensé que la señorita Vidal fuera capaz de algo así.

—Imagínese. Me contó Beltrán que hace unas semanas Clara la llamó histérica, a acusarla de haberle dañado la vida a Mara con esas pastillas.

Tuvieron una pelea grande por la adicción de Mara.

Beltrán insistía en que solo le había dado una pastilla, pero Steffens tenía en la mano una fórmula que le había encontrado en la cartera.

Así fue como se dieron cuenta de lo que estaba pasando.

—«No me mate, yo le entrego las grabaciones» —Alex piensa en voz alta, buscándole sentido a las palabras de Mara.

—¿Será que descubrió algo más del cartel? —Ríos va a lo más obvio.

—No tiene sentido, porque hasta donde yo sé, Cruz no trabaja para el cartel —McAllister tira el vaso vacío en una cesta junto al inodoro—. ¿Averiguó algo de Cruz?

—No mucho. Ayer me fui directo para allá, pero no me dejaron entrar. Lo tienen en aislamiento y, por orden del fiscal, no puede tener contacto con nadie.

—¿Quién es el fiscal? —Alex ya conoce la respuesta.

—Santos.

—Siempre que asignan a Santos, hay algo muy turbio de fondo.

—Este caso está muy podrido, de eso no hay duda. Ahora subo a pedirle a García que me ayude a conseguir una autorización para interrogar a «Barbie».

—¡Suerte con eso! —McAllister cambia de tema al ver la carpeta bajo el brazo de su compañera—. ¿Qué tiene ahí?

—Sí, esto es lo otro que le quería contar —Ríos recuerda que trae un hallazgo importante—. Me tomé el abuso de imprimir todas las fotos de su teléfono.

Alex abre los ojos de par en par. En la galería del teléfono tiene material personal.

De vez en cuando intercambia fotos y videos íntimos con la detective Russo, como parte del ritual previo a sus encuentros.

Pero el profesionalismo de Aitana le hace pasar por alto esos elementos incómodos y enfocarse en lo que importa.

—¡Tranquilo! Solo saqué las de los casos —Ríos le pasa las fotos para mostrarle lo que encontró—. Usted me pidió que buscara algo fuera de lo normal, y eso hice. ¿Ve la marca en la parte de arriba del poste?

—Sí. Parece un hombrecito levantando las manos —McAllister identifica la extraña figura roja.

—¡Exacto! Ahora mire las otras fotos.

Alex extiende todas las ampliaciones en el piso para verlas completas. Recorre cada imagen y va encontrando símbolos con la misma tinta roja. Parece un niño buscando a Waldo.

—¡Acá hay una figura como un asterisco! —señala una foto—. Y esta otra es apenas un palito.

—Lo que ve ahí son runas. Un alfabeto antiguo que usaban los pueblos nórdicos, sobre todo los vikingos.

Cada símbolo representa un sonido y tiene su propio significado —la detective le señala las marcas una por una—.

Ese asterisco es Hagall, granizo, aunque en este contexto lo usan como símbolo de destrucción.

El palito es Íss, hielo. Representa la resistencia.

Y esta es la parte curiosa. En el alfabeto vikingo esa misma runa sirve tanto para la E como para la I.

No hay símbolos separados para cada sonido.

—¿Y las demás? —Alex señala dos figuras que no reconoce.

—Esta, con la rama hacia abajo, es Lögr, agua. Esta, con la rama hacia arriba, es Ár, cosecha. Y el hombrecito que usted ya había identificado es Maðr, hombre.

—¿Y esta otra? —insiste Alex, y apunta a una figura casi idéntica, pero invertida.

—Es Ýr, la misma forma de Maðr, pero al revés. Funciona como una terminación gramatical, la erre que usaban los nórdicos antiguos al final de las palabras masculinas.

—Hombre… y una erre que no se pronuncia —resume Alex, tratando de no perderse.

—Cada vez que Los Lobos le entregan un criminal, pintan una runa en algún lugar —le explica Ríos—. Y aquí viene lo interesante. Si usted las organiza por fecha, se repite un patrón.

ᚼᛁᛚᚼᛅᛁᛘᛦ ᚼᛁᛚᚼᛅᛁᛘᛦ ᚼᛁᛚᚼᛅᛁᛘᛦ

—¿Y eso qué significa?

—«Helheimr», en nuestro alfabeto. Es uno de los Nueve Mundos de la mitología nórdica, el hogar de los muertos, en especial de los que no cayeron en batalla. Ese mundo se lo asignaron a Hel, la reina del inframundo. Bueno, Hel o Hela, depende del autor.

—¿Dijo Hela? —Alex se agarra la cabeza.

—Sí, ¿por qué? —Aitana no entiende la reacción.

—¡Tiene que sacarme de acá ya mismo!

—¡Cálmese, detective! ¿Qué pasó? ¿Quién es Hela?

—¡Maldita sea, Ríos! ¡Sáqueme de acá ya! —Alex le agarra la muñeca a través de las rejas—. Siempre lo tuve frente a mis narices. ¿Cómo es posible que no lo viera antes?

—¿De qué habla, detective? —Ríos se suelta, desconcertada.

—Hela, Ríos… Hela Wolff —Alex se deja caer en el catre y suelta el aire. Se quita de los hombros la carga que lleva encima desde hace once años—. ¡Ya sé quién es «El Doc.»!