18 · La tortura #2
Adentro, Pali pelea contra el agotamiento. Cierra los ojos un instante, buscando en la oscuridad un poco de energía, pero la fatiga lo vence a medias. La respiración se le vuelve más lenta y el cuerpo cede, hundido en una especie de duermevela.
García, a unos pasos, sigue pegado al teléfono.
Los dedos se le mueven rápido sobre la pantalla, los mensajes van y vienen, pero el silencio domina el lugar.
Todo cambia cuando las luces de una camioneta negra irrumpen en la quietud y bañan el matadero con un brillo agresivo. El vehículo se detiene sin prisa.
Se bajan dos figuras, envueltas en una penumbra que apenas se disipa bajo los faros. Primero aparece Joaquín Sáenz, de porte firme y mirada afilada. Detrás, alguien que impone todavía más. Luis Ferguson.
—Señor alcalde —saluda el capitán a su superior, sin poder disimular el miedo que le tiene.
—¿Dónde está? —el mandatario va directo al grano, sin saludar.
—Adentro —dice Leal, con su irreverencia de siempre.
Luis lo mira de arriba abajo y se detiene en las manos salpicadas de sangre.
—¿Usted es el detective que casi mata a ese ladrón del banco? —trata de recordar el nombre.
—¡Marcelo Leal! —le sopla Sáenz.
—¡Eso! Leal —Luis le agradece el dato con un gesto.
—Sí, señor, soy yo.
—Buen trabajo, detective. Necesitamos más hombres como usted —el alcalde aplaude los excesos de Leal.
—Exdetective —lo corrige García.
—Pues hay que hacer algo al respecto, ¿no cree, capitán?
—Sí, señor, estamos en eso.
Avanzan entre las ruinas hasta el lobo herido.
Pali vuelve en sí y ve, con los ojos hinchados, la aparición del mismísimo diablo.
En un arrebato de rabia intenta soltarse para lanzársele encima al alcalde, pero no le quedan fuerzas.
Sáenz desenfunda y le presiona el cañón contra la frente para que se calme.
—¿Qué tenemos aquí? —pregunta Luis con prepotencia—. Un lobito arisco.
—Mis hombres ya están corriendo las huellas para identificarlo. Dice que se llama Pablo Lizarazo —le explica García.
—Pablo Lizarazo, claro —Ferguson hace memoria—. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Nueve? ¿Diez años?
—Once —balbucea Pali, y se le abre una herida que duele más que todas las que le hicieron los hombres de García.
—¿Once años ya? ¡Cómo pasa el tiempo! —el alcalde vuelve a sus días de juez—. El señor aquí presente perdió trágicamente a su hermana hace unos años. Recuerdo que fue un accidente de tránsito, ¿no? La pobre fue arrollada por un conductor. Qué mala suerte.
—¡Estaba borracho y la mató! —grita Pali, furioso—. Y usted dejó libre al asesino.
—Se lo dije en su momento, señor Lizarazo. Las cárceles son para los verdaderos criminales, como usted y sus amiguitos. No para meter a un hombre que simplemente cometió un error. Además, el detective encargado del caso lastimosamente hizo mal su trabajo… como siempre.
—Usted jodió al detective y jodió el caso porque el asesino no era un hombre cualquiera. Era su amigo —le responde el lobo—. Un niño se quedó sin mamá por culpa de un infeliz que ahora es embajador en otro país.
—¡Es cierto! ¿Benjamín es que se llama? Vea que lo tengo presente. ¿Quién está cuidando al niño, si el tío se la pasa haciendo fechorías?
Pali trata de mantener la compostura para no entrarle al juego. García, Leal y Sáenz se quedan callados, digiriendo la conversación.
—A todos nos llega la hora. Hasta al mismísimo diablo le llega el día de rendir cuentas —Pablo los mira a todos—. Y ese día está cerca.
—¿Usted cree que me van a hacer renunciar? —Luis sonríe, con el control de la situación.
—Ya conoce las consecuencias de sus decisiones.
—Cuénteme, Lizarazo, ¿usted es «El Doc.»? —Ferguson sabe la respuesta y se contesta él mismo—. No. Se ve que usted es la fuerza bruta, no la cabeza. Un soldado que solo sigue órdenes.
—Me van a tener que matar, porque no les voy a decir nada —sonríe Pali, preparado para lo peor.
—Entiendo su lealtad y de verdad la admiro, pero no me interesa saber nada de sus amiguitos.
Eso es trabajo de la policía. Yo solo quiero saber dónde están los tres explosivos.
Usted me dice y yo hago que pare este sufrimiento.
Eso sí, voy a tener que pedirle al capitán que lo lleve a El Lago, porque los dos sabemos que lo que ha hecho está muy mal.
Leal y García se quedan de una pieza con el giro que toma la conversación. No tenían idea de ningún explosivo. Los dos se le acercan a Sáenz para sacarle algo de contexto, pero el jefe de seguridad del alcalde no dice nada ni se mueve, concentrado en cualquier peligro que pueda correr su patrón.
—¡Muérase! —le grita Pali, y escupe una bocanada de sangre al piso.
—Creo que necesita un poco de motivación —Luis mira a los hombres que lo rodean—. Leal, ¿me podría ayudar a ubicar y traer al joven Benjamín? Estoy seguro de que no debe ser difícil encontrarlo.
—Con gusto, señor. ¿Por casualidad usted sabe el apellido del papá?
—Creo que ni su difunta madre lo sabía. Está registrado con el apellido Lizarazo, si mal no recuerdo. Benjamín Lizarazo.
—¡Maldito infeliz! Ni se le ocurra ponerle un dedo encima, ¡le juro que lo mato! —Pali pierde los estribos por primera vez.
Dieron con el talón de Aquiles del exmilitar. Se descontrola de solo pensar en lo que Leal le podría hacer a su sobrino. Le juró a su hermana que iba a cuidar a Benjamín por encima de todo, y seguir callado pondría en riesgo esa promesa.
—¡Espere! —Pali frena al exdetective, que ya iba saliendo.
—Lo escucho, Pablo —Luis le hace una seña a Leal para que se detenga.
—Le digo, pero me tiene que prometer que va a dejar a mi familia en paz.
—Le doy mi palabra. Usted me dice dónde están los explosivos y yo le ordeno a García que lo lleve directo a la enfermería de la cárcel para que le hagan un nuevo manicure —el alcalde no pierde su jodido sentido del humor.
Pali cierra los ojos y mueve los labios, murmurando para sí mismo.
Le pide perdón a su hermana, a sus padres y a Los Lobos por haberles fallado.
Le faltó malicia para darse cuenta de que lo estaban siguiendo, le faltó astucia para escapar, y ahora está a punto de revelar los secretos de la Operación Helheim.
—En el comedor, el patio de descanso y la sala de televisión.
—¿A qué hora iban a detonarlos?
—«El Doc.» y su hermano decidieron que no los iban a detonar.
Pensaban que, con la presión, usted iba a renunciar.
Pero mi compañero y yo sabíamos que usted no se iba a tragar el engaño.
Yo me aseguré de conectar las cargas y de ponerles teléfonos de batería larga, para cumplir el plan tal como se lo dijeron a usted. Ellos no lo saben.
—Bien jugado, Pablo. Valoro su coraje —Luis tiene una pregunta más—. ¿Tiene los números de los teléfonos?
—En el bolsillo del pantalón —contesta Pali, resignado y avergonzado de su traición.
Sáenz se acerca al montón de ropa que está al lado de la silla y revisa las prendas con cuidado hasta encontrar un papel con tres números de teléfono. Se lo entrega a su jefe, y este lo guarda en el bolsillo de la camisa.
—Bueno, le di mi palabra, y yo soy un hombre de palabra.
García, por favor, lleve a don Pablo Lizarazo directo a la enfermería de El Lago.
Asegúrese de que le cosan esas heridas y lo dejen bien arreglado para presentarlo mañana ante los medios.
Va a ser toda una celebridad. Ya me imagino los titulares.
«La policía caza su primer lobo». Eso le va a servir para su campaña —Luis se va con Sáenz hacia la camioneta.
—Pero, señor, no nos ha dicho quién es «El Doc.» ni dónde está metido —murmura el capitán, desconcertado.
—García, usted todavía no entiende nada, ¿cierto?
—el alcalde se da vuelta para darles a los policías una lección de cómo hacer su trabajo—.
Los Lobos no son vigilantes que atrapan delincuentes.
Los Lobos solo quieren joderme y verme acabado.
Son personas como mi amigo Pablo, víctimas de los errores en los procedimientos de su querido McAllister, que me echan la culpa a mí por tener que dejar libres a unos cuantos delincuentes.
Revise los casos que presidí yo y que llevó ese borracho.
Ahí seguro va a encontrar al famoso «Doc. » y a los demás.
Luis le da dos palmaditas en la cara a García y se va, dejándolos a todos con la boca abierta.