Hela (Lago de fuego 1) 18 · La tortura
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18 · La tortura

La tortura

El silencio tiene un espacio al lado del corazón

EL PISO DE LO que alguna vez fue el matadero municipal vuelve a cubrirse de sangre.

El lugar donde la sevicia y la barbarie estaban reservadas para las reses que alimentaban a Ciudad Capital hoy es testigo de una de las torturas más brutales.

Desnudo, amarrado a una silla y molido a golpes, Pablo Lizarazo, más conocido como Pali, resiste los intentos de los hombres de García por hacerlo hablar.

Pasaron algo más de cuatro horas desde que Rojas y Rueda lo emboscaron a la salida del parqueadero de camiones.

Maco alcanzó a subirse al furgón e intentó arrollarlos, pero Pali salió a pie por los callejones para desviar a los perseguidores y cargar él solo con toda la cacería.

Recorrió por lo menos tres kilómetros, esquivando obstáculos y perdiéndose entre la gente cada vez que le apuntaban, hasta que la suerte lo traicionó.

A la vuelta de una esquina se topó con un muro de cuatro metros, imposible de trepar.

Rueda llegó antes. Desenfundó el arma de dotación y disparó al aire para advertirle al fugitivo que estaba ahí.

A los segundos apareció Rojas y le apuntó directo a la espalda.

Pali ya sabía cómo iba a terminar eso. El lobo había perdido, aunque la cara no lo reflejara.

Se arrodilló por voluntad propia, con las manos en la cabeza, y ahí recibió el primero de muchos golpes, hasta perder el conocimiento.

Los hombres de García lo esposaron y, por orden de su superior, lo llevaron a las ruinas del matadero, donde empezaron la tortura.

Ya pasan de las diez de la noche y todo ha sido en vano.

La fortaleza mental, sumada al entrenamiento militar, le mantiene los secretos sellados como una bóveda de alta seguridad.

Empezaron con golpes a mano limpia. Después trataron de intimidarlo con el arma.

Subieron la violencia y le envolvieron la cabeza en una bolsa plástica para ahogarlo.

Al final, Rueda sacó un martillo oxidado de una vieja caja de herramientas abandonada y le rompió algunos dedos de los pies.

Nada de eso quebró al lobo. Al contrario, tiene a los oficiales peleándose entre ellos por cumplir las órdenes del jefe.

Con el tabique fracturado, la cara llena de hematomas y los ojos hinchados como los de un boxeador después de una paliza despiadada, Pali oye la pelea de sus torturadores.

—¡Nos toca parar! —Rojas ve el demonio que se le metió a su compañero—. Lo está matando, y muerto no nos sirve de nada.

—¿Entonces qué carajos hacemos? —Rueda aprieta el martillo con rabia—. Si no le sacamos la información, los muertos vamos a ser nosotros.

—Le podemos dar agua —propone Rojas, buscando una tregua.

—¿Y de qué carajos nos sirve eso? ¿Usted cree que si no nos dijo nada con los dedos de los pies rotos, nos va a decir dónde está «El Doc.» por un vasito de agua?

—Bueno, no sé. Solo estoy tratando de mantenerlo vivo a él, y a nosotros con trabajo.

—¡Más bien busque por ahí algo que nos sirva para sacarle la información sin dejarlo vegetal! —le exige Rueda, para quitárselo de enfrente unos minutos.

Rojas recorre las ruinas lúgubres buscando con qué seguir. Vuelve con un cuchillo de los que usaban para degollar a los animales y una cuerda de diez milímetros de grosor y quince metros de largo.

—¿No pues que no lo quería matar? —Rueda mira el cuchillo, sorprendido.

—No, pero fue lo único que encontré —dice Rojas, cansado.

—¿Y para qué se supone que vamos a usar esa cuerda? ¿Para amarrarlo más duro a la silla?

—En una película del agente 007, creo que la del casino, le hacen un nudo grueso en la punta y le empiezan a pegar con eso en las piernas. Se veía muy doloroso.

—¿Más bien por qué no se la amarra a los testículos y la gira hasta que nos diga dónde se esconden las otras ratas?

—¡Uy! Eso suena más doloroso, pero no quiero tocarle las bolas sudadas a otro hombre. Hágalo usted.

—¿Es que usted es idiota? ¡Esa cuerda es muy gruesa! —estalla Rueda, le arrebata el cuchillo y se lanza decidido sobre el cuello del prisionero.

Un grito a lo lejos evita la tragedia.

—¡Deténgase! —Leal acaba de llegar.

—¡Este perro no va a hablar! —Rueda desafía la orden del que alguna vez tuvo más rango que él—. Además, yo solo recibo órdenes de policías de verdad.

—Por eso. Deténgase —dice García, que entra segundos después de Leal—. ¿Dónde está el otro?

—Se nos escapó, mi capitán —responde Rojas, agachando la cabeza—. Pero este nos va a decir dónde se esconden esos criminales.

—¿Y cómo quiere que le diga, si le pretenden cortar la garganta? —pregunta el jefe con sarcasmo—. Más bien tómenle las huellas y córranlas en el sistema, a ver qué más averiguamos de este ilustre caballero. ¡Rápido, rápido, los vi!

Los oficiales obedecen sin chistar y salen del matadero.

Ahora García y Leal quedan a cargo. Las cosas se ponen más tensas, y el verdadero dolor está por venir.

Los dos tienen la costumbre de actuar por fuera de la ética profesional, y Leal ya no lleva un uniforme que le impida recurrir a las técnicas más sanguinarias.

El exdetective se acerca despacio a Pali.

Con una navaja que saca del bolsillo del pantalón, le hace una pequeña incisión en los párpados hinchados.

Presiona con el pulgar y le drena un poco la sangre, para que el prisionero recupere en parte la vista.

Toma un banquito de madera y se sienta frente a él a explicarle las nuevas reglas del juego.

—Voy a hacer esto tan simple o tan doloroso como usted quiera. Le voy a hacer unas preguntas. Si me responde, no vamos a tener problemas, pero si se niega, mi amiga —le muestra la navaja— le va a dejar recuerdos de su arrogancia.

Pali lo mira fijo, tratando de mantener la cabeza en alto.

El cuerpo desnudo le tiembla de frío y las manos gruesas se aferran a los brazos de la silla de madera.

La sangre que le baja del cuero cabelludo es escandalosa, igual que el silbido que le sale cada vez que intenta respirar hondo.

Aun así, antepone el orgullo y la lealtad a su manada.

—¿Cuál es su nombre? —le pregunta Leal en tono compasivo, poniéndose a la altura de su cabeza.

Espera unos segundos la respuesta que nunca llega y, sin dudarlo, le hace un corte en la parte alta del muslo.

—Vamos a intentarlo de nuevo. ¿Cuál es su nombre? —insiste, con el mismo tono.

Pali sabe que tarde o temprano lo van a identificar con el análisis de huellas, así que decide soltar ese dato.

—Pa… Pa… Pablo Li… Lizarazo —tartamudea.

—Muy bien, Pablo. ¿Tiene claro por qué está acá? —Leal sigue llevando la conversación, casi maternal.

—Sí —contesta Pali, tratando de controlar el escalofrío.

—Perfecto, Pablo. ¿Ve que es muy fácil? Nadie tiene que salir lastimado si usted coopera —Leal le da golpecitos en la pierna con la hoja de la navaja.

—¡Más lastimado! —masculla García a unos metros, con cara de asco por el estado del rehén.

Leal gira la cabeza y, con una seña, le pide silencio para no perder el ritmo que ya había logrado. García levanta las manos, pidiendo disculpas, y le hace señas para que siga.

—Perdone a mi capitán. No está acostumbrado a estar del otro lado del escritorio —retoma Leal—. ¿Dónde están sus cómplices?

Pali no dice nada y recibe un nuevo corte en el muslo, esta vez más cerca de la ingle, más doloroso.

El exdetective repite la pregunta un par de veces, pero obtiene lo mismo, y los cortes se van sumando.

Leal mantiene la compostura, aunque la rabia le empieza a hervir por dentro.

Se levanta del banquito, toma aire y busca en la caja de herramientas algo que motive con más eficacia.

Primero agarra el martillo con el que Rueda le trituró los dedos y lo pone sobre la mesa. Luego se fija en un alicate de punta larga y se decide por él.

—Créame que no me produce placer hacer este tipo de cosas —dice el verdugo, y acerca el alicate al pulgar derecho de la víctima—. Usted decide si vale la pena perder la uña y aguantar todo ese dolor por proteger a unos delincuentes que tarde o temprano vamos a atrapar. ¿Quién es «El Doc.»?

El prisionero no contesta. Sonríe, con una fortaleza que tiene algo de demencia.

Leal no duda y le arranca la uña despacio, asegurándose de que el castigo sea insoportable.

Pali se traga el dolor, aunque las lágrimas le cubren las hemorragias de los ojos.

Está dispuesto a soportar cualquier tortura con tal de no delatar a su manada.

—Tengo toda la noche, Pablito —lo amenaza el exdetective, acariciándole los labios con el alicate—. Después de las uñas siguen los dientes. Vamos a ver qué tan feroz es un lobo sin garras ni colmillos.

García llega al límite de lo que puede tolerar y sale a contestar una llamada importante.

Da las coordenadas de dónde está, se seca el sudor de la frente con el pañuelo que siempre lleva en el bolsillo de atrás del pantalón y vuelve a supervisar el interrogatorio.

En su ausencia, Leal avanzó. Ya van todas las uñas de la mano derecha.

García agradece no haberlo visto y le ordena suspender por ahora.

—Cambio de planes —dice, tapándose la boca para no vomitar.

—¿Qué pasa, capitán? —Leal se le acerca con mirada de demonio—. No me diga que se ablandó. Todavía nos quedan los dientes, que esos no vuelven a crecer. Le garantizo que ya lo tengo listo.

—Son órdenes de arriba.

El exdetective respira hondo, conteniendo la frustración, y cede a su viejo vicio.

Sale del lugar con paso firme. Sabe que no puede saltarse la jerarquía, pero necesita una pausa.

Afuera, el viento es fresco y la noche está extrañamente tranquila.

El humo del cigarrillo se disuelve despacio en el aire, y la cabeza le sigue trabajando en silencio.

Los minutos se estiran, pesados, y no hay más sonido que el chisporroteo de la brasa.