Hela (Lago de fuego 1) 17 · El calabozo
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17 · El calabozo

El calabozo

Hay una pequeña puerta que conduce de la pena a la absolución

VAN DOCE HORAS DESDE QUE ENCERRARON A ALEX MCALLISTER , y el cuerpo empieza a desmoronársele bajo el peso de la abstinencia.

El sudor le cubre la frente y le corre entre las venas hinchadas.

Las manos le tiemblan sin control. No puede sostener el tenedor ni llevárselo a la boca.

La náusea y el dolor de cabeza lo paralizan.

Los músculos, rígidos y agotados, le vibran con un temblor involuntario.

Ha tratado de dormir varias veces, pero los gritos de los otros presos no lo dejan. Exhausto, cierra los ojos e intenta armar las piezas del caso que lo trajo a este calabozo. El martilleo en la cabeza no se lo facilita.

—¿El detective McAllister? —le pregunta Aitana Ríos al guardia de turno.

—Tengo instrucciones de no permitirle visitas.

—¿El capitán García le informó que soy la detective a cargo del caso de la jefa de comunicaciones de la alcaldía? —Ríos lo mira con severidad—. Si no me deja hablar con él, me voy a ver obligada a reportarlo por obstrucción.

El guardia se intimida y cede.

—Disculpe, yo solo sigo órdenes. Por favor, sea breve.

Se retira. Aitana se acerca a la celda y el olor a encierro y a sudor la golpea. El aire es pesado, agrio, y la obliga a respirar por la boca. Cuando ve a McAllister, se queda sin palabras un momento. Está irreconocible.

—Detective, ¿está bien? ¿Quiere que llame al médico?

—No, voy a estar bien. Esto… se me pasa —Alex trata de sostener un pocillo de agua abollado con las manos trémulas—. ¿Averiguó algo?

—Sí, por eso vine. Necesito que me ayude a unir varios puntos.

—Cuénteme del testigo.

Aitana le repasa cada detalle de la conversación, lo que vio en la habitación y lo que recogió. El material sigue en análisis en el laboratorio, así que no se apresuran a sacar conclusiones, pero todo apunta a lo mismo. Un romance clandestino entre Mara y el poderoso huésped del motel.

—Por la descripción, la camioneta es de un funcionario público de alto perfil —Ríos revisa sus notas—. Aunque todos los que tienen asignados esos vehículos andan con un equipo de apoyo de dos o más motos.

—Los diplomáticos y algunos empresarios también usan carros así —Alex hace memoria—. Lo bueno es que la flota es limitada. Pídale a la unidad de protección el listado de los asignados, a lo mejor encuentra algo. Y averigüe si alguno dejó libre a su escolta motorizada anoche.

—Buen punto —Aitana toma nota mental—. También cité a la estación a la señorita Clara Steffens.

—¿Cómo le fue?

—No quería hablar. Dijo que ya le había contado todo a usted.

—Nos cruzamos cuando García daba las declaraciones. Me dijo que no era un crimen pasional.

—¿Le cree?

—Yo solo le creo a la evidencia.

—Me habló de unas pastillas.

—Sí. Entre las cosas recuperadas de la periodista había un frasco de alprazolam. Según Steffens, la trataba un tal doctor Beltrán, de La Misericordia.

Ríos busca el medicamento en el teléfono.

—Ansiedad, neurosis, trastorno de pánico —lee en voz alta.

—Esto no fue un robo. Alguien la estaba presionando o extorsionando.

—¿El cartel? —pregunta Ríos—. Lo digo por lo del artículo.

—Puede ser —McAllister cambia de tema—. ¿El alcalde no se ha pronunciado?

—Publicaron un comunicado en redes. Muy protocolario, parecido al discurso de García. Al fin y al cabo, ella era su jefa de comunicaciones, y no creo que la hayan reemplazado tan rápido.

—De Lucifer no me extrañaría.

—¿De quién? —Ríos tarda un segundo en entender—. Ah, ¡ya! Luis Ferguson. Lucifer, buen apodo.

El juego de palabras le hace gracia, hasta que uno de los teléfonos que lleva en el bolsillo empieza a vibrar.

—Es el suyo. Número privado.

—¡Conteste! —Alex se endereza de golpe—. Conteste, póngalo en altavoz y no diga ni una palabra.

Ríos, desconcertada, obedece.

—Detective McAllister —dice Alex.

—Detective. Me place escucharlo —saluda «El Doc.» al otro lado de la línea.

—Me gustaría decir lo mismo, pero lamentablemente sus llamadas solo me traen problemas.

—No diga eso, detective. Me rompe el corazón. Nosotros lo estimamos y trabajamos para facilitarle la vida. ¿O me va a decir que no le gustó el regalo que le dejamos? Tengo entendido que el criminal que le entregamos ya está haciendo de las suyas en El Lago.

—¿A qué se refiere?

—Una fuente cercana nos contó que lo intentaron silenciar en la enfermería, pero el ratón cazó al gato.

Alex mira a Ríos. Ella tampoco sabía nada.

—¿Quién ordenó el golpe?

—Eso sí no lo sé. Pensé que usted me podía dar esa respuesta, aunque veo que apenas se está enterando.

—No nos han notificado —Alex vuelve a mirar a Ríos, que niega con la cabeza.

—Detective, ese ilustre caballero sabe más de lo que usted cree, y alguien poderoso no quiere que hable.

—¿Y usted cómo sabe eso? «Barbie» se ha hecho muchos enemigos en la vida. Cualquiera lo querría muerto.

—Porque yo tengo lo que ese criminal estaba buscando cuando mató a la periodista. Algo que podría destruir este país si cayera en las manos equivocadas.

La noticia le sacude el cuerpo a Alex, y el temblor de las manos se le detiene en seco. Por un momento, la abstinencia desaparece. Ríos traga saliva, sin aire.

—¿Qué buscaba Cruz? ¡Hable!

—Todo a su debido tiempo, detective. Solo puedo decirle que mañana va a ser un día muy importante para el país, y no quería ser descortés con la única persona que ha buscado lo mismo que nosotros —hace una pausa—. Hacer justicia.

—Yo no soy como ustedes, no se confunda. Ustedes son justicieros que trabajan por fuera de la ley. Yo soy el que atrapa y pone tras las rejas a criminales como ustedes. Tengo una placa y un arma que me autorizan a hacerlo.

—Todos los que buscamos justicia en un país tan dañado somos vigilantes, detective.

Cumplimos roles diferentes y tenemos responsabilidades distintas, pero al final queremos lo mismo.

No es su placa la que lo autoriza. Es la herramienta que la vida le dio para equilibrar sus emociones, sus impulsos y sus actos.

Sin esa placa, usted ya estaría muerto. La vida es sabia y pone contrapesos para que los justicieros como nosotros no perdamos el balance.

—¿Justicieros? Llámelo como quiera. Al final se creen héroes, pero son delincuentes.

—Curioso. Es la segunda persona en menos de veinticuatro horas a la que le toca oírme decir que los héroes no existen.

No salvamos a nadie por gloria, detective.

Ocupamos el lugar que la ley abandonó, nada más.

Y ese balance del que hablo no es tan distinto del suyo. ¿Se acuerda de las Tortugas Ninja?

—No eran de mi época, pero me acuerdo.

—No me haga sentir viejo, si usted me lleva un par de años.

Alex se queda frío. «El Doc.» siempre ha sido extremadamente cauteloso con lo que revela, y esta vez parece haber bajado la guardia. O está jugando con él.

—¿Asumo, entonces, que tiene unos cuarenta y cinco años? —McAllister dispara al azar, para aprovechar la grieta.

—Eso no viene al caso —«El Doc.» lleva la conversación de vuelta a su terreno—.

Las Tortugas Ninja. Cada una tenía intereses y personalidades diferentes.

Conociendo sus fortalezas y sus debilidades, su maestro, Splinter, les asignó armas que les equilibraban la vida.

Tomemos a Donatello, por ejemplo. Era el más inteligente, un genio de la tecnología, y Splinter le entregó un bō, un simple palo.

¿Por qué? Para que aprendiera a ser creativo sin depender de la tecnología.

Lo más simple, bien usado, puede dar resultados.

—Equilibrio…

—Exacto. Luego está Miguel Ángel, el más distraído, el bromista. Ansioso. Por eso le dio unos nunchacos, armas que exigen concentración absoluta. Si no las manejas bien, te golpeas a ti mismo. Splinter quería que aprendiera seriedad y enfoque en la batalla. ¿Me sigue?

—Sí, pero no entiendo qué tiene que ver con esta conversación.

—Ya lo va a ver. Raphael era la tortuga más impulsiva y agresiva.

Algo así como usted, detective. Splinter le dio unos sais.

Esas dagas no tienen filo, sirven para defenderse.

Con eso, el maestro quería enseñarle control.

Eso mismo hace su placa. Le ayuda a contener la rabia para que no cometa algo de lo que se pueda arrepentir.

—¿Y usted quién vendría siendo? ¿El maestro Splinter?

—No, detective, Splinter es Dios. ¿Usted cree en Dios?

—Hace mucho que dejé de seguirlo.

—Lo entiendo. En un mundo con tanta oscuridad, es más fácil creer en el diablo que en Dios.

Pero digamos que Splinter podría ser la vida misma.

La vida siempre nos da las herramientas para encontrar el equilibrio.

Yo, personalmente, me identifico con Leonardo.

El líder, el más ético, el más disciplinado.

—¿Ético? No me haga reír.

—Aunque no lo crea. Mi propósito es construir un país mejor, así toque deconstruirlo primero.

Splinter le dio a Leonardo un par de katanas, las únicas armas con filo, mortales por excelencia.

El maestro quería enseñarle que en el combate hay momentos en los que hay que tomar decisiones más allá de la ética para proteger a los demás.

Por fortuna, no hemos cruzado esa línea. Todavía.

—Interesante teoría, pero sigue siendo justicia por cuenta propia, y eso está por fuera de la ley.

—En este país no hay ley, detective. Usted lo sabe mejor que nadie. Pero eso va a cambiar mañana. Por primera vez en mucho tiempo se va a hacer justicia, y espero que usted esté ahí para asegurarse de que así sea. En el fondo, sus intereses y los nuestros no son distintos.

—¿Mañana dónde? ¿A qué hora? ¿Qué van a hacer? —Alex dispara las preguntas, angustiado.

—Espere mi llamada.