16 · La renuncia
La renuncia
Tan solo el diablo no le teme al infierno
LA NOCHE CAYÓ hace rato y promete ser fría y oscura. Con un whisky en la mano izquierda y un habano Montecristo en la derecha, Luis Ferguson se dispone a cerrar otro día insustancial de su gobierno.
Se para frente al ventanal que atraviesa el despacho y contempla, con la soberbia que lo caracteriza, la inmensidad del reino conquistado.
Repasa el camino de influencias y corrupción que tuvo que recorrer para llegar hasta ahí.
La alcaldía se la propuso trece años atrás, pero la ambición viene de mucho antes, de cuando era apenas un muchacho y vio, impotente, cómo condenaban a su padre por lavado de activos y cómo después lo asesinaban.
A James Ferguson, el padre de Luis, le decían el Duende, por su ascendencia irlandesa y por su habilidad para mover la plata sucia de los altos funcionarios del gobierno de Mauricio Salvini, fundador del partido nacionalista.
Cuando a Salvini le diagnosticaron cáncer de garganta, en pleno segundo mandato, su círculo más cercano aprovechó la agonía del presidente para saquear las arcas del país.
El escándalo hundió al partido y, como era de esperarse, rodaron pocas cabezas.
Entre ellas, la de James, traicionado por sus propios socios y señalado directamente por el desfalco.
Un día antes de firmar un acuerdo con la fiscalía, apareció muerto en su celda, con una herida en el cuello que lo silenció para siempre.
Con el tiempo, Mark Blackburn llegó a la escena política y revivió los ideales democráticos del partido con un discurso fresco y una ley anticorrupción estricta.
Su familia era cercana a la viuda de Salvini, y Mark, desde niño, vio en el expresidente al mejor mandatario que había tenido el país.
Esa misma devoción la tuvo después por Luis Ferguson, mucho antes de que se convirtiera en su yerno.
Un año después de la muerte de James, cuando lo cambiaron de colegio por seguridad, Luis esperaba frente a la oficina del rector cuando una muchacha alta, de ojos profundos, se le acercó sin que nadie se lo pidiera.
—¿Eres el nuevo? Te puedo mostrar el colegio, si quieres —le dijo Ana, sin esperar respuesta.
Fueron inseparables hasta que él se fue a especializarse al exterior.
Las cartas se volvieron escasas y, cuando Luis regresó, esa misma voz decidida ya era de otro, el hijo de Julia Rivera, la mano derecha de Blackburn y mejor amiga de la madre de Ana. Dolido, Luis convirtió la pérdida en ambición política. Se acercó a Blackburn y fue escalando hasta la alcaldía.
Unos días antes de la boda, Ana canceló la ceremonia, cansada de un prometido que la dejaba sola por el trabajo. Luis aprovechó ese momento de fragilidad y, tras años de insistencia, por fin obtuvo el «Sí» que hoy los une. De cuento de hadas, nada. Lo suyo es lealtad.
El hielo se deshizo hace rato en el vaso que sostiene sin beber, la única prueba de cuánto tiempo lleva perdido en esos años.
El teléfono empieza a vibrar sin parar, un zumbido seco que raspa la madera del escritorio y le eriza la piel.
«Número privado», dice la pantalla. Le extraña esa llamada, porque solo su esposa y dos personas más tienen ese número, así que la rechaza.
Vuelve a mirar por la ventana, donde las luces de la ciudad titilan indiferentes a lo que está a punto de romperse, pero la insistencia lo saca de quicio y termina por contestar.
—¡Aló! —contesta, disgustado.
—Perdón por dañarle el whisky y el habano, señor alcalde —dice una voz desconocida al otro lado de la línea.
—¿Quién habla y cómo consiguió este número? —Ferguson busca por la ventana desde dónde lo están observando.
—Usted sabe muy bien quién le habla. Soy su fan número uno. Me duele que no me reconozca. Sus amigos de la policía y de la prensa me dicen «El Doc.».
Luis se queda en silencio unos segundos. Deja el habano sobre un cenicero dorado y se sienta en la imponente silla del despacho. Tamborilea los dedos contra la madera, el único indicio de que el mito llamado «El Doc.» acaba de volverse real.
—¿Cómo sé que de verdad es el supuesto «Doc.»? —pregunta el alcalde, para ganar tiempo mientras le escribe a su equipo de seguridad desde el celular de trabajo.
—No se desgaste escribiendo mensajes. Desactivamos temporalmente su otro teléfono, por motivos de privacidad. Usted entenderá.
—¿Qué quiere de mí?
—Su renuncia irrevocable.
—¿Qué le hace pensar que le voy a dar ese gusto?
—Tengo cuarenta y cinco razones para convencerlo.
—¿Y cuáles serían esas razones?
—Tres cargas, cada una con quince kilos de C-4, perfectamente ubicadas para borrar del mapa la cárcel El Lago y a todos sus residentes.
Silencio. Ferguson aprieta el teléfono con los nudillos blancos. Es lo único que se mueve en la oficina.
—Eso me confirma que son un grupo terrorista.
—No insista con eso, que ni la prensa se lo ha comprado. Sé que le gusta Harry Potter, señor alcalde. Tiene la colección de primera edición en su biblioteca personal, la que nadie conoce aparte de su esposa.
Ferguson entiende que lo tienen observado al detalle.
—¿Sabe cuál es la frase favorita de Dumbledore?
«Por el bien mayor». La usaba para justificar cada decisión, incluso la de criar a Harry como a un cordero para el matadero.
No por maldad, alcalde, sino porque sacrificar una sola vida aseguraba salvar a todo un mundo.
Utilitarismo puro. Bentham y Stuart Mill lo habrían aplaudido.
La acción correcta es la que reduce el sufrimiento del mayor número posible.
—Sacrificar gente inocente para salvar a otros no lo hace un héroe. Lo hace un asesino con calculadora.
—En El Lago nadie es inocente. Curioso que sea usted quien hable de matemática moral.
Pero tiene razón, ahí está la grieta del utilitarismo.
Kant se habría revolcado en la tumba viendo a Dumbledore, pero bueno, son puntos de vista.
Bajo esa lógica, alcalde, yo también soy criminal.
Alguien dispuesto a serlo, si el precio es un bien mayor. Como Dumbledore.
—Dumbledore es un héroe. Usted es un carnicero que se cree héroe.
—Ahí se equivoca, alcalde. Los héroes no existen. Ni siquiera Dumbledore lo fue, no para Kant. Y estoy en paz con eso, con no serlo. Pero usted, señor alcalde, usted es Voldemort. Y lastimosamente, a veces hay que usar algo malo para acabar con algo peor. Como el veneno que mata a las ratas.
—Ahora resulta que usted es de la escuela de Maquiavelo. El fin justifica los medios.
—No diría que soy de esa escuela. Me gusta más Tomás de Aquino, siglo trece.
Su doctrina del doble efecto. Es lícito buscar un bien sabiendo que, sin quererlo, también traerá un daño.
Dumbledore sabía que ocultarle a Harry la verdad sobre los Horrocruxes le iba a costar un sufrimiento inmenso, pero ese no era el medio.
Era el efecto colateral de un fin necesario.
Esta noche, alcalde, El Lago es mi efecto colateral. Usted es la causa. Y este es su fin.
—¡No tengo más tiempo para su filosofía barata! Haga lo que quiera —lo interrumpe Ferguson, con la voz quebrada por la rabia—. Pero los medios se los van a comer vivos, a usted y a Los Lobos, como los criminales y terroristas que son. ¿Sabe lo que les pasa a los criminales en este país?
—Sí, señor, lo tengo muy claro. Quedan libres gracias a usted y al sistema corrupto que lleva décadas construyendo.
Por eso le vamos a hacer una remodelación.
Usted mismo lo dijo alguna vez, que ya no quedaba espacio en las cárceles.
Pues nosotros se lo vamos a conseguir. Vamos a tumbar El Lago con todo y los angelitos que hay adentro, para que ustedes, los verdaderos ladrones y asesinos, tengan una más grande donde quepan.
Más cómoda. Más digna de gente como usted.
Por un instante, la voz, hasta ahora tan medida, se quiebra, y algo más viejo que la rabia se asoma antes de volver a esconderse.
—O renuncia. Así de simple. Cortamos el problema de raíz y nos ahorramos la remodelación. Porque el cáncer nunca fue la cárcel, alcalde. Siempre fue usted. La operación para arreglar Ciudad Capital ya comenzó. La bauticé Operación Helheim.
—Me importa un culo el nombre de su plancito, y mucho menos me intimidan sus amenazas.
—Como guste. No son amenazas, señor. Es una advertencia de lo que va a pasar si no da un paso al costado. Tiene cuarenta y ocho horas. Si no, podrá sumar a su lista de asesinatos los nombres de esos 4.333 criminales.
—¡Lo voy a encontrar y yo mismo lo voy a matar! —grita el alcalde, fuera de control.
—No lo ha logrado en más de una década. ¿Qué le hace pensar que su suerte va a cambiar en dos días? Más bien, le recomiendo que se ponga a escribir su carta de renuncia antes de que ocurra una tragedia.
«El Doc.» cuelga y deja a Ferguson con la palabra en la boca.
El alcalde tira el teléfono contra el escritorio, abre la puerta del despacho y grita, enardecido, llamando a su jefe de seguridad.
—¡Joaquín! ¿Dónde carajos está Joaquín?
Le tiemblan las manos, y por primera vez esta noche no es de rabia. Es el mismo miedo con el que vio morir a su padre, agazapado debajo de la furia.
—Acá estoy, señor alcalde. ¿Qué pasa? —aparece, angustiado, Joaquín Sáenz, un hombre alto, calvo, de traje negro y corbata satinada del mismo color.