15 · Helheim
Helheim
Las medidas desesperadas llevan resultados impensados
Hay solo dos maneras de entrar, y ninguna de salir.
La primera es la puerta peatonal, un anillo de seguridad con dos rejas eléctricas.
Una no se abre hasta que la otra esté sellada.
Tiene tres cámaras, un detector de metales y un escáner de rayos X para frenar armas, plata o drogas.
La segunda es la entrada vehicular, construida para descargar alimentos, dotación y electrodomésticos grandes.
Es la que eligió «El Doc.» para ejecutar lo que bautizaron Operación Helheim.
—Somos de Electrolife. Venimos por lo de la lavadora —grita Maco hacia el parlante del vigilante, con la ventana abajo.
—¿Me repite los nombres de los ocupantes del vehículo? —responde el guardia, con voz metálica.
—Brayan Rey, Johnny Lora y Mario Díaz —Maco escupe los nombres falsos con la facilidad de quien los ensayó.
—Un momento.
El silencio pesa. El guardia revisa la planilla de autorizaciones. El pie derecho de El Niño no deja de sacudirse. Cuando la reja empieza a abrirse, suelta el aire.
—Por favor, entren el vehículo hasta el fondo y quédense adentro hasta que mi compañero salga por ustedes.
—¡Ya estuvo! —celebra Maco en voz baja, viendo deslizarse la reja.
El plan de «El Doc.» está funcionando. Superaron el primer obstáculo, pero lo más difícil está por venir. El parqueadero está vacío, salvo por un material de construcción apilado junto al portón. El furgón tiene espacio para entrar y maniobrar hasta dejar la carrocería contra la rampa de descarga.
Apagan el Dodge y el silencio los envuelve. El golpeteo de las latas los dejó aturdidos. Ahora solo se oyen los chasquidos del motor enfriándose y el pie inquieto de El Niño.
—¡Pare ya! —Maco le aprieta la pierna con la mano derecha—. Respire hondo y contrólese, que nos va a delatar.
Pali se saca el palillo de los dientes.
—Ahí vienen dos guardias.
—¿Cómo que dos? —masculla El Niño, con los dientes apretados—. Salazar dijo que iba a estar solo.
—Pues parece que no —susurra Pali, inclinándose hacia adelante—. Viene acompañado.
Salazar da un par de golpes suaves con los nudillos en el vidrio del copiloto.
—¿Los señores vienen por lo de la lavadora? —pregunta, masticando un chicle que perdió el sabor hace horas.
—Sí, señor. Venimos a llevarnos la que está para mantenimiento y tenemos el reemplazo atrás —responde Pali, bajando apenas la ventana.
—Por favor, bájense del vehículo para una inspección —Salazar le hace una seña con la cabeza a su subalterno—. Romero, vaya con el caballero a revisar el aparato.
—¡Sí, señor!
Miguel Salazar es un excompañero militar de Pali, retirado del servicio por problemas cardíacos.
En el ejército hicieron juntos labores de inteligencia y forjaron un vínculo profesional y personal.
Desde hace cuatro años es supervisor en la cárcel.
No pertenece a Los Lobos, pero la decepción de ver truncada su carrera, sumada a la necesidad de plata, lo convirtió en un canal de corrupción dentro del penal.
Se vende al mejor postor y usa su poder para conceder privilegios a cambio de dinero. Controla el establecimiento casi por completo, y por eso es una pieza clave de la Operación Helheim. Pali lo describe como un tipo algo impredecible, pero confiable, a pesar de su ética deteriorada.
Los Lobos se bajan del furgón con los overoles amarrados a la cintura y el sudor marcándoles el cuerpo. Romero lleva a Maco hacia la parte trasera del vehículo, y Salazar le hace a Pali una requisa superficial, como manda el protocolo.
Maco abre la bodega. Ahí va una lavadora industrial de segunda mano en excelente estado, amarrada con cuerdas a los ganchos de seguridad. Al lado, sobre tres estivas de plástico reciclado, varias cobijas grises bien dobladas. Romero inspecciona el electrodoméstico con cuidado y da el visto bueno.
—Todo en orden por acá.
—Ayúdeles a bajar el aparato, que yo le muestro a este hombre dónde está la porquería esa que se dañó —ordena Salazar, dejando clara su autoridad—. ¿Me recuerda su nombre?
—¡Mario! —responde Pali, aguantándose la sonrisa.
—Don Mario, sígame, por favor.
Entran al penal por la puerta de descarga y cruzan un corredor lóbrego, iluminado apenas por un tubo fluorescente que titila y zumba a punto de fundirse. El olor a moho, a óxido y a agua estancada habla del abandono del lugar.
—No nos dijo que venía acompañado —le reclama Pali en voz baja—. ¿Alguna otra sorpresa?
—No fue idea mía. Su jefe me lo sugirió, para que se viera más natural y hubiera un chivo expiatorio.
—¿Tiene claro lo que tiene que hacer?
—Me extraña, curso —Salazar apela a los años compartidos en las filas—. Sacamos los regalos y los repartimos. Uno en el comedor, otro en la sala de televisión y el otro en el patio.
—Asegúrese de que queden justo debajo de las marcas rojas.
—¿Qué significan esas marcas?
—No sé. Son cosas de «El Doc.». Se llaman runas, según entiendo, y cada una tiene su propio significado —Pali no se ve muy convencido—. Olvídese de eso. Lo importante es que los paquetes queden exactamente debajo de las marcas, o el próximo que va a necesitar un botiquín es usted.
—Firme.
A lo lejos se acercan los otros, arrastrando un montacargas manual con los cuatrocientos kilos de la lavadora nueva.
Se paran frente al electrodoméstico averiado y lo inspeccionan. El Niño se agacha a soltar las conexiones de luz y agua.
—La vibración rompió la pared y perforó la tubería. Por eso se está inundando la sala —explica, con propiedad—. El agua se filtró e hizo corto. Hay que cambiar las estivas, porque si se moja el sistema eléctrico se dañan las otras dos.
—¿Traigo las tres? —pregunta Maco, camino al furgón.
—Sí, ya están todas podridas. Eso les da unos días para arreglar el tubo sin poner en riesgo las máquinas. Se lo firmo —grita El Niño, para que todos oigan.
Con la ayuda del guardia desmontan los aparatos, quitan las bases carcomidas por el agua, ponen las estivas plásticas y vuelven a instalar las lavadoras. Todo queda funcionando. Romero acompaña a Los Lobos hasta el furgón, le echa un último vistazo a la bodega y firma el comprobante de recibido.
Los tres se suben al furgón y se alejan con el corazón a mil.
Esta vez van con el radio apagado, atentos a todo.
Ya cumplieron su parte. Ahora todo depende de que su cómplice no tenga una crisis de conciencia que eche a perder la operación.
Confían en que la plata alcance para mantener a raya cualquier remordimiento.
Cuando se van los supuestos técnicos, Salazar manda a Romero a seguir con su ronda y se queda solo frente a la lavadora nueva.
Con movimientos medidos, golpea suavemente las estivas hasta encontrar, en una de las caras, un sonido hueco, tal como le indicó «El Doc.
». Saca un destornillador de estrella y quita la tapa.
Adentro hay tres cajas metálicas pintadas de blanco, cada una con cerradura de llave.
En la tapa de cada caja resalta la vara de Esculapio, el bastón con una serpiente enroscada que simboliza la medicina. Debajo, en letras gruesas, dice «Botiquín de primeros auxilios». Lo que hay adentro es todo lo contrario.
Quince kilos de C-4 en cada botiquín, un explosivo plástico de alta potencia, capaz de pulverizar todo en un radio de veinte metros.
Cada carga está conectada a un detonador electrónico que se activa a distancia con un teléfono celular.
Siguiendo el plan de «El Doc.», Salazar saca del mueble de implementos de aseo, donde la escondió antes, una vieja maleta verde oliva de sus años de sargento, y guarda ahí las cajas.
Empieza por la sala de televisión, que está vacía a esa hora.
Ubica la marca roja en forma de asterisco, pintada en la columna de concreto que atraviesa el salón, y para la oreja antes de moverse.
Solo llega el eco lejano de un partido de fútbol en otro pabellón.
De una puntilla que alguna vez sostuvo un extintor, cuelga el primer botiquín, con las manos más firmes de lo que esperaba.
Camina hacia el patio exterior con el mismo paso calculado con el que recorre el penal todos los días, aunque el pulso se le acelera cada vez que se cruza con un guardia.
Junto a la puerta de las canchas encuentra la runa que marca el sitio del segundo artefacto, y lo instala con la misma cautela.
Solo le falta uno, pero tiene que esperar a que el comedor se desocupe.
Los presos todavía están almorzando, eso va para un par de horas, y un pasillo lleno de testigos es el último lugar donde quiere abrir la maleta.
Va hacia la cocina, cruza varias puertas de acceso restringido y esconde la maleta, por ahora, en una nevera dañada arrumada contra una pared. De repente, el director del penal lo sorprende.
—¡Salazar! —lo llama Dolmen desde lejos.
—¡Señor! —Salazar trata de mantener la compostura.
—¿Qué está haciendo?
—Nada, señor —responde, nervioso, inventándose una excusa—. Vi esta nevera que lleva meses aquí dañada y me estaba preguntando si la gente que vino a arreglar la lavadora podría hacer lo mismo con este pedazo de chatarra.
—Pues dígale a alguno de sus hombres que llame y pregunte.
—Eso pienso hacer.
—Lo necesito en la entrada principal ya mismo.
—¿Pasó algo?
—Avisaron que la Madre Teresa viene ahora a las tres.
—¿La primera dama? ¿Qué es lo que tanto le gusta hacer acá?
—Yo no sé. Nos tiene de títeres ante los medios, tratando de levantar la imagen del marido.
—Un día de estos le va a pasar algo acá por buscar lo que no se le ha perdido.
—Por eso lo necesito coordinando todo desde la entrada.
—Sí, señor. Termino acá y voy.
—¡No joda con eso! Vaya ya mismo, que yo le digo a alguno que se encargue de esa porquería.
—No se preocupe, señor. Ahora mando a Romero a que coordine el arreglo. Ya voy para la entrada.
Salazar cierra la nevera con un golpe seco y camina despacio hacia el otro lado.
Dolmen, por curiosidad, se acerca al aparato para echarle un vistazo.
El exmilitar pone la mano sobre el arma de dotación y suelta el broche de seguridad sin hacer ruido.
Contiene la respiración y calcula, en una fracción de segundo, cuántos pasos le tomaría llegar hasta Dolmen antes de que la tapa termine de abrirse.
El director intenta levantarla, pero el golpe dañó una de las bisagras y la puerta no cede.
—¡Vaya! ¡Vaya! —masculla Dolmen.
Salazar vuelve a respirar.
A pocos metros de la entrada principal, le llega un mensaje de texto en clave para confirmar que cumplió la misión.
Electrolife: Estimado señor Miguel Salazar, lo estamos contactando en nombre de la empresa Electrolife con el fin de asegurarnos de que el servicio solicitado se realizó con éxito. Por favor, respóndanos Sí o No.
Todavía no se repone del susto. Le tiembla la mano con la que sostiene el teléfono.
En la cabeza le pasan los escenarios de lo que habría pasado si lo pillan.
Estuvo dispuesto a matar a Francisco Dolmen por un descuido propio, y dejó un explosivo abandonado en una nevera dañada, como todo un novato.
Aun así, imprudente, decide sumar un error más a la cadena.
Salazar: Sí.