14 · El motel
El motel
Son aquellos detalles que llevan por el camino del bien o del mal
EL TELÉFONO DE ALEX vibra sobre el escritorio de Ríos, en medio del bullicio de la estación.
—Aló.
—¿Detective McAllister?
—No, habla la detective Ríos. McAllister no puede atender en este momento. ¿Quiere dejarle razón?
—Dígale, por favor, que lo llamó Kelly. Él estaba esperando mi llamada —la paramédica está apurada por dejar el recado antes de que la llamen de vuelta a la ambulancia.
—Kelly, espere. ¿Tiene noticias del testigo? —Aitana no quiere perder la oportunidad.
—Lo siento, pero no puedo darle información. Tengo órdenes explícitas del detective McAllister de hablar solo con él.
—McAllister me pidió que la buscara y que le dijera que yo también soy del equipo.
Kelly duda.
—Disculpe la desconfianza, detective. Hoy ha sido un día muy extraño.
—De eso no me cabe la menor duda —Aitana suaviza el tono.
Al fondo se oye una sirena que se aleja.
—El testigo ya salió. Le dieron de alta y se fue por su cuenta para el motel —cede Kelly al fin.
—Gracias, Kelly. ¿Me podría recordar el nombre del testigo? —Ríos saca la libreta.
—Blazej Novák, de la República Checa. Lleva menos de un año viviendo en Ciudad Capital.
—Otra vez, gracias.
Aitana apunta el nombre. Es su punto de partida.
—Una última cosa —agrega Kelly, cuando ya va a colgar—. ¿El detective McAllister está bien?
—Digamos que podría estar mejor, pero yo me voy a encargar de que así sea.
Cada vez está más convencida de la inocencia de Alex.
Guarda el teléfono en el bolsillo del abrigo y revisa el informe del forense. Las conclusiones son inquietantes. Alguien estuvo con Mara horas antes del disparo, y ese alguien no aparece en ningún reporte oficial. Por ahí va a empezar.
Cuando llega al Pela Rua, Blazej se está bajando de un taxi, con un par de botellas de licor asomadas en una bolsa de papel. Todavía se le notan los rastros de la sedación. Se mueve de forma errática, con un nerviosismo apenas contenido. Aitana se acomoda el abrigo y cruza el parqueadero.
—¿Señor Novák? Soy la detective Aitana Ríos, de la policía central.
Blazej se gira de golpe. Palidece, con el gesto exacto de alguien que ya está calculando cuánto puede permitirse esconder. Ríos registra la reacción sin decir nada. Los ojos del viejo brincan hacia la salida y vuelven a ella. Retrocede a la puerta de la recepción sin dejar de mirarla.
—¡Yo hice nada!
—Solo quiero hacerle unas preguntas sobre lo que pasó esta madrugada. No tiene por qué preocuparse.
El hombre acomoda las botellas sobre el mostrador con las manos temblorosas.
—¡No vio nada! ¡No vio nada! —insiste, en su castellano forzado.
—Entiendo, señor Novák. ¿Conocía a la víctima?
—No, no… Fue visitante.
—¿Estaba visitando a alguien que se hospedaba en el motel?
—Sí… No hospeda. Fue visitante.
Blazej se enreda en las palabras y se refugia en la confusión.
—¿Sabe a quién visitaba? —Ríos nota que el hombre evita mirarla.
—La suite.
—¿Quién se hospedaba en la suite?
—Hombre… poderoso.
Aitana se acerca al mostrador.
—¿Podría ser más claro, por favor?
Blazej destapa una de las botellas y se sirve un trago.
—Final de febrero. Llega camioneta negra. Vidrios oscuros.
—¿De qué marca?
—Blazej no sabe. No mira placa. Grande, negra —se toma el trago de un golpe—. Baja hombre. Alto, calvo. Traje negro, corbata negra, brillante.
—¿Satinada?
—Eso.
—¿Ese hombre era el huésped?
—No. Conductor. Atrás iba otro. Blazej vio sombra.
Ríos anota. La descripción de la camioneta se parece demasiado a las del esquema de seguridad de García.
—Conductor trae maletín de cuero. Lleno de plata. Quiere suite principal, mucho tiempo, sin nombre. Blazej recibe plata, da llaves. No pregunta.
—¿Y entró a la habitación?
—No. Se va. Dos días después empiezan a venir. Solo jueves, en madrugada. Pocas horas.
—¿Siempre igual?
—Siempre. Entran a parqueadero privado de suite, cierran puerta. Conductor sale, fuma, mira todo alrededor. A veces sienta en piedra del jardín y lee libro. A veces toma café de termo. Después suena teléfono, contesta y se va con camioneta.
El Pela Rua, por lo apartado, tiene una clientela peculiar.
Algunos huéspedes lo usan por trabajo, otros para encuentros furtivos.
El anonimato es su mayor atractivo. No hay cámaras de seguridad ni contacto con el personal.
Cada cuarto tiene un pequeño montacargas exterior por el que se entregan bebidas, comida y preservativos.
Las reservas y los pagos se hacen por una aplicación que genera un código de acceso, y así se entra directo a la habitación sin pasar por la recepción.
Ríos alza una ceja.
—¿Y para qué le entregó una llave al sujeto, si no la necesitaba?
—Efectivo no necesita aplicación. Pagó de más, para muchos meses —Blazej lo dice entre orgulloso y despectivo.
A Aitana le queda claro. Sin aplicación no hay código, y sin código no existe ningún registro de acceso que lo identifique.
—Entiendo. ¿Cree que a la víctima la mató el huésped de la suite?
—¡No!
Ríos endereza la espalda.
—¿Por qué está tan seguro?
—Camioneta llegó esa noche, como siempre. Pero no jueves. Martes. Motel vacío, día de semana. Blazej tomando, como siempre. No vio llegar a la mujer. Estaba… —el viejo hace una pausa, incómodo—. Enfermo del estómago. Vomitando.
—¿Y después?
—Horas después, Blazej iba a abrir otra botella. Vio camioneta salir. Carro de ella seguía ahí, luz prendida en la suite. Blazej siguió tomando. Reglas del motel. No preguntar, no mirar.
—¿Hasta cuándo?
—Hasta perder el sentido —esquiva la mirada de la detective—. Después, quizás cincuenta minutos, escuchó el disparo.
Ríos siente que por fin tiene algo, pero no se ilusiona.
—¿Pudo ver quién le disparó?
—No, señoría —responde Blazej, con la mirada baja.
—Quisiera ver el interior de la habitación.
—¿Tiene orden? ¿Orden de juez?
—No, pero tengo el teléfono de migración.
—Tranquila, ya doy código. No meta a Blazej en problemas. Blazej solo trabaja y ayuda.
Se apura a anotar en un papel el número que le da la aplicación. Prefiere no acompañarla. No quiere nada que lo vincule al caso. Ríos lo recibe y va directo a la habitación. En la puerta se pone guantes quirúrgicos y marca la secuencia.
El olor la golpea de entrada. Perfume fino, loción de diseñador, sudor y sexo. Mara pasó sus últimas horas con un hombre. Los hallazgos del forense cobran sentido.
Aitana recorre la suite con la mirada. Unos sesenta metros cuadrados de espacio abierto.
Una cama king completamente desarreglada, un jacuzzi rectangular seco y una ducha de cabina con rastros de agua.
Contra la pared del fondo, una sala en L con una mesa de centro de madera.
Frente a la cama, un sillón kamasutra en cuero morado y, en medio de la habitación, un columpio sexual con una cinta de seda, tipo corbata, amarrada a uno de los estribos laterales.
A simple vista, todo parece normal para un lugar así.
No le sorprende la suite. Le sorprende lo fácil que sería para cualquiera borrar aquí todo rastro de sí mismo.
Ríos revisa cada rincón con sigilo, buscando algo que le permita identificar al misterioso huésped, y la búsqueda empieza a dar frutos.
Entre la cama y la mesa de noche del lado derecho asoma la envoltura plateada de un preservativo que alguien abrió con los dientes.
La embolsa y va hacia las papeleras. Hurga entre los desechos con el lapicero de tomar notas.
—¡Bingo!
Envuelto en papel higiénico hay un pedazo de látex.
Con cuidado, lo guarda en una bolsa aparte y le toma fotos para el registro.
Sigue revisando cada superficie, decidida a no dejar nada sin examinar.
Cuando termina, baja al parqueadero privado y fotografía las marcas de barro de las llantas de la camioneta.
Embolsa una de las colillas de cigarrillo del piso y vuelve al carro con todo el material.
Sentada al volante, repasa una vez más el informe del forense.
Arranca hacia el laboratorio para pedir de inmediato el análisis de ADN de toda la evidencia.
En el camino une las piezas. Si Mara compartía la suite con el huésped de la camioneta negra, alguien pudo haberse enterado del amorío antes que la policía.
La hipótesis del crimen pasional vuelve a tomar fuerza, y Clara Steffens se convierte en su principal sospechosa.
Es hora de citarla a la estación para que rinda declaración.