Hela (Lago de fuego 1) 13 · La llamada
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13 · La llamada

La llamada

El dolor algunas veces no proviene de la herida sino de quien la causa

EL CALABOZO DE EL LAGO se hunde en su oscuridad de siempre, con la humedad metida en las paredes.

Cruz, con el cuerpo magullado y la cara hinchada, apoya la cabeza contra los barrotes fríos.

Desde que lo tiraron en esa celda después del chequeo médico, no ha parado de exigir lo que cree que es su derecho.

—¡Guardia! Necesito hacer mi llamada, es un derecho —grita hacia el pasillo lúgubre, a ver si alguien le presta atención—. ¡Tengo derecho a un abogado, a una llamada y a saber por qué estoy detenido!

El oficial Gonzalo Chaparro, un hombre de metro cincuenta, custodia sin compañía la zona de castigo. Se acerca a la celda con cara de fastidio y los ojos cansados.

—Usted solo tiene derecho a callarse.

Cruz, que no pierde el humor ni en el peor momento, suelta una risa amarga.

—Uy, qué original. Hoy todos los malotes andan con la misma frase. Vamos a ver, cuando llegue mi abogado, cómo justifican el maltrato y la violación de mis derechos.

Chaparro se pega a los barrotes y golpea la reja con el bastón.

—¡Ayyy! Pobrechito el aseshinito, que le vulneran sus derechitos.

Cruz retrocede. Todavía le duelen los golpes, y el enterizo naranja apenas disimula las contusiones.

—¡Chaparro! Necesito hacer mi llamada —insiste, después de leerle el apellido en la etiqueta cosida al uniforme.

—¡Oficial Chaparro, para usted! —el guardia exige respeto con la voz, aunque la estatura lo traiciona.

Cruz no aguanta la sonrisa.

—Su apellido le hace justicia, ¿no? Es la muestra oficial de alguien chaparro.

Chaparro se pone rojo. No tolera que se burlen de su estatura, y mucho menos un preso. Vuelve a golpear la reja, esta vez más duro.

—Salga, y le muestro lo que puede hacer este «chaparro» —tiene la vena de la sien a punto de reventar.

Cruz se ríe por lo bajo.

—Pues necesito que me abra. Si fuera de su tamaño, ya me habría salido por debajo de la puerta, pero a las personas normales nos queda difícil —y murmura para sí mismo—. Tras de chaparro, estúpido.

Es suficiente. Chaparro, fuera de sí, se dispone a abrir la celda para darle una lección. Las llaves le tintinean en la mano temblorosa cuando una voz grave lo interrumpe.

—¡Chaparro! ¿Qué está pasando acá?

Es Francisco Dolmen, el director del penal. Chaparro, con la adrenalina todavía encima, se muerde la lengua.

—Nada, señor. Acá conversando con «Barbie» sobre la vida —responde con retintín.

Dolmen se acerca a la reja y estudia a Cruz.

—Señor Cruz, ¿algún problema? —saca las llaves para abrir la celda.

—No, señor. Creo que los medicamentos están muy fuertes —Cruz levanta las manos, conciliador, para que le pongan las esposas.

—¿Por qué lo dice?

—Me tienen alucinando. Yo creo que estuve hablando un buen rato con un duende muy malhumorado.

Le lanza una mirada cómplice a Dolmen, que suelta una sonrisa ladeada.

—¡Duende su madre! —estalla Chaparro, y se le lanza encima.

Dolmen lo frena con un movimiento rápido y lo aparta. Después toma a Cruz del brazo y lo saca de la celda. La rabia de Chaparro se queda vibrando en el pasillo.

El recorrido hasta la sala de entrevistas es largo. Atraviesan la prisión de sur a norte por los pasillos del patio tres. Los gritos de los reclusos los reciben como un coro grotesco.

—¡Nos trajeron una «Barbie» para jugar!

—¡Hasta acá llegaron los muñecos!

—¡Te vamos a matar!

Cruz mira al frente y no les da el gusto.

Dolmen tampoco se inmuta. Al final del pasillo, en la sala de entrevistas, lo espera un hombre bien vestido, sentado con las piernas cruzadas, dando golpecitos con la pluma sobre la rodilla, como quien ya calculó cuánto le va a costar esta reunión. No le quita los ojos de encima.

—Muchas gracias, señor Dolmen. Le pido que me deje a solas con mi cliente.

Con algo de recelo, el director suelta la esposa que lo une al preso y sale de la sala. Cruz se queda de pie, con el ceño fruncido. Nunca ha visto a ese hombre.

—¿Usted quién es?

—Siéntese, señor Cruz. Soy su abogado —su cortesía está calculada al milímetro.

—Usted no es mi abogado.

—Le conviene que lo sea. Compartimos un patrón muy interesado en que usted esté bien, tranquilo y, sobre todo, callado.

Cruz resopla y se deja caer en la silla de aluminio.

—Ay, otro con ese cuentico de callado. Si es así, necesito hablar directamente con «nuestro» patrón —recalca el «nuestro», escéptico.

—Para eso estoy aquí. Todo lo que me diga a mí es como si se lo dijera a él.

—Me extraña, abogado —dice Cruz, socarrón—. Ni siquiera me ha dicho su nombre, ¿y quiere que le crea todo eso? Necesito que me conquiste. Uno no se casa en la primera cita, ¿sabe? Llevo suficiente tiempo encerrado como para caer en trucos baratos.

—Solo han pasado dos horas —el abogado no le copia las provocaciones.

—Dos horas son una eternidad en una cárcel para alguien tan bonito como yo. Seguro me ve solo y desesperado, pero tengo sentimientos, abogado. Me han pisoteado mis derechos, me han maltratado, así que no voy a caer con las primeras palabras románticas de un hombre bien vestido. ¿Cuál es su nombre?

—Licenciado Müller.

—Müller. ¿Ese apellido es alemán?

—Señor Cruz, no tengo tiempo para esto. Necesito saber si tiene la encomienda.

—¿Por qué no hacemos una cosa, Jürgen…? Me imagino que su nombre debe ser algo así, ¿no? Jürgen, Klaus, Hans, Wolfgang, Werner… Déjeme adivinar, no me diga… ¡Adolf!

—No, señor. Es Ramón.

Cruz se muere de la risa.

—¡Ja, ja, ja! ¡Ramón! Sí, tiene cara de Ramón. Hagamos una cosa, Ramón. Comuníqueme con el patrón. Lo saludo, le pregunto cómo está su esposa… ¿Sabía que a ella le encanta venir a hacer caridad por aquí? Es una buena mujer. ¡Llámelo!

Para no perder más tiempo, Müller marca desde su celular personal.

—Señor, tengo a Cruz enfrente. Insiste en hablar directamente con usted.

Le pasa el teléfono.

—Mi señor, qué gusto escucharlo —saluda Cruz, entre burlón y esperanzado.

—¿Tiene lo que le pedí? —pregunta una voz calmada, sin una sola grieta, al otro lado de la línea.

—Sí, señor. Está muy bien asegurado —Cruz trata de sonar firme, pero se le cuela un poco de desesperación.

—¿Dónde?

—Con mucho gusto, sáqueme de acá y yo mismo se lo entrego.

—Cruz, esto no es una negociación. Es una cortesía que se me está acabando. ¿Dónde está el teléfono? —la voz no sube el volumen, pero algo en ella se cierra como una puerta.

—Señor, con todo respeto, esa es mi garantía para no pudrirme aquí.

—Dele la ubicación al abogado y empiezo a mover su salida hoy mismo. Tiene mi palabra.

—Otra vez, con todo respeto, señor, aquí adentro la palabra no vale mucho. Sáqueme de este hotel y le entrego el teléfono de la periodista en sus manos.

Müller abre los ojos, alarmado. Sabe el riesgo que corren todos si alguien oye eso.

—Cruz, no le estoy pidiendo. Le estoy avisando. Tiene hasta mañana para decidir cómo prefiere que esto termine.

La línea muere sin despedida.

—¿Qué decide, señor Cruz? —Müller intenta mantener la calma.

—Creo que hoy ya tuve suficientes aventuras.

Mejor me voy a dormir un rato y después vemos si aprendió a conquistar, Ramón.

De pronto mañana me invita a salir, vamos a comer, damos un paseo por el centro, me regala una flor y, quién sabe, a lo mejor le termino entregando el tesoro que tanto quiere su jefe.

Pero con amor, Ramón, con amor. Tiene que mostrar su buena voluntad.

—Suena bonito, aunque hay que estar vivo para disfrutar de esos planes. Por lo que veo en su cara y en su brazo, hoy no ha sido su día de suerte.

—Uf… Sí. Hoy me levanté con el pie derecho.

—Sería el izquierdo.

—Pero es que yo soy zurdo, entonces se invierte, ¿no?

Müller asiente, sin dejar de tamborilear los dedos.

—¿Está seguro de que quiere que me vaya con las manos vacías?

—¿Me puedo ir con usted?

—No, señor. Todavía no.

—Entonces sí, estoy seguro. Un placer, don Ramón. Espero verlo mañana con mejores noticias.

Müller se levanta sin afán y va hasta la puerta para avisarle al guardia que terminaron.

Detrás de él, esposan a Cruz sin que proteste y se lo entregan a un custodio que lo lleva de vuelta a la celda.

Camina en silencio, con los ojos fijos en un punto imaginario, y la cabeza trabajando a toda máquina.

El abogado toma la dirección contraria. De pronto, Santos lo intercepta y lo saluda con una familiaridad incómoda, la de dos hombres con demasiada historia y muy poco respeto.

Desde lejos, Cruz ve cómo se intercambian unos documentos, el apretón de manos que dura más de la cuenta, una sonrisa a medio camino entre la complicidad y la amenaza.

Algo cambió. Cruz intuye que el fiscal consiguió armar un caso sólido, uno que podría dejarlo muchos años entre esas paredes.

Lo lee en la cara de Müller cuando sus miradas se cruzan, en un gesto leve de angustia que le confirma que las cosas se enredaron.

La noche cae sobre la prisión. De vuelta en la celda, Cruz deja que los pensamientos se le afinen en la oscuridad.

Calcula cada movimiento como un ajedrecista, anticipando los ataques de sus enemigos y los errores de sus aliados.

La bandeja de comida sigue intacta en el suelo.

La mandíbula le late de dolor, pero el hambre desapareció.

Está en otro nivel, uno en el que lo único que importa es sobrevivir.

El cambio de guardia lo saca de sus cavilaciones. A Chaparro lo relevan y llega otro, que no le inspira la misma desconfianza. Pero Cruz sabe que en estos momentos de calma aparente puede pasar cualquier cosa.

—Cruz, levántese, que es hora de las curaciones —el guardia suena más cortante de lo normal.

Abre la reja y, sin ceremonia, le pone las esposas para llevarlo a la enfermería.

Cruz frunce el ceño. Es extraño. Demasiado extraño.

Después de las seis no se mueve a ningún preso, y eso él lo sabe mejor que nadie.

Se le endurece la mirada y el sarcasmo desaparece por completo.

Queda el puro instinto de supervivencia.

Cada paso es un cálculo, cada vistazo una evaluación, y los músculos están listos para reaccionar.

Pero el trayecto transcurre sin incidentes.

En la enfermería lo sientan en una camilla junto a la ventana. El guardia, con movimientos mecánicos, le suelta las esposas de la muñeca solo para asegurar una a la baranda metálica. Lo deja atado, pero no del todo inmovilizado.

—Espere aquí. El doctor ya viene —dice el guardia antes de irse, con un desinterés que delata que no tiene idea de lo que está por pasar.

La puerta se cierra con un crujido. Cruz se queda solo, y el silencio se adueña del cuarto. Algo está a punto de pasar. Lo presiente, aunque todavía no alcanza a verlo.

Sabe que su capacidad para defenderse es prácticamente nula, pero eso no le impide intentarlo.

Sobre el borde de una bandeja, bajo la ventana, se balancea un escalpelo.

Le cuesta un esfuerzo enorme alcanzarlo en silencio, moviéndose despacio, casi sin respirar.

Le tiemblan las manos, pero logra agarrarlo.

Trata de forzar las esposas con la hoja, pero el metal no cede.

Frustrado, pero no vencido, lo esconde entre el bíceps y el yeso que le cubre parte del brazo.

No tiene un plan claro. Solo la urgencia de hacer algo, lo que sea, para aplazar lo inevitable.

Un latido seco le sube hasta la garganta cuando oye que alguien entra a la sala. Pasos lentos. Nadie viene a hacerle curaciones.

Detrás de la cortina que divide la sala se recorta una silueta que prepara una jeringa con calma meticulosa.

Cruz, quieto, sabe que ese líquido va a ser su sentencia.

No lucha. No vale la pena. La muerte siempre ha sido su sombra, y ahora espera que se presente, como un viejo amigo que por fin viene a cobrar lo suyo.

El ejecutor aparece. Tiene la cara tatuada con los cuatro símbolos de la baraja francesa.

En la mano le brilla, bajo la luz tenue, la jeringa cargada de veneno.

Avanza despacio, estirando el tiempo hasta volverlo insoportable.

Pero Cruz no tiembla, ni siquiera aparta la mirada.

Ya no hay miedo. Solo una resignación serena.

El verdugo se detiene a pocos centímetros y le estudia la cara, esperando una chispa de terror que le dé sabor al trabajo.

Cruz, impávido, apenas parpadea. Levanta el mentón sin apuro y le ofrece el cuello, como quien pide una tregua.

En lugar de satisfacción, el asesino encuentra pura indiferencia, y eso lo frustra.

Ladea la cabeza, tratando de romper esa paz que lo incomoda.

Entonces todo cambia. El hombre vacila, se le agrandan los ojos y, antes de entender qué pasa, se desploma como un saco de huesos.

La muerte, que venía por Cruz, se lleva otra vida.

—El patrón le está cuidando la espalda —dice una voz tranquila y baja.

La figura que acaba de entrar sin ser vista se inclina sobre el cadáver fresco. En la mano lleva una herramienta improvisada, una puntilla oxidada de cinco pulgadas pegada a un corcho de vino con cinta aislante raída.

Bastó una sola perforación, limpia y precisa, en la carótida del verdugo, para acabar con él en cuestión de segundos. El piso y la cortina que divide la enfermería se tiñen de rojo, como vino derramado en la mesa de un banquete macabro.

Unas gotas de sangre le salpican a Cruz el yeso y la cara. Mira en silencio el cuerpo sin vida a sus pies. Su salvador, si es que puede llamarlo así, se va con el mismo sigilo con el que llegó, como un fantasma que vuelve a las sombras.

Cruz respira hondo. En ese instante entiende que no lo rescató un ángel. Su vida la compró un demonio, y ahora tiene una deuda que solo podrá saldar entregando lo único que lo mantiene vivo. El teléfono de Mara Vidal.