12 · Ríos
Ríos
Si el león está en la jaula no puede morder
LA PUERTA SE AbrE DE UN GOLPE SECO , sin aviso. Alex irrumpe en la oficina del capitán Ignacio García, que está reunido con la detective Ríos revisando el caso de la periodista. Al verlo entrar, al capitán se le brotan las venas del cuello.
Alex arrastra el peso de quien lleva demasiado tiempo sin dormir. El mismo abrigo motoso de siempre, más arrugado que de costumbre, envuelve un cuerpo que empieza a fallarle. Las manos le tiemblan apenas, pero nada de eso le quita el filo a la lengua.
—Ríos, ¡arreste inmediatamente a ese infeliz! —grita García.
—¿Es en serio? —Ríos no entiende nada.
Aitana Ríos llegó hace poco al departamento, al puesto que dejó vacante Leal. Le falta experiencia, pero las ganas de hacer las cosas bien la han hecho subir rápido. La corrupción que envenena las raíces del sistema todavía no la ha tocado, y su atención al detalle la distingue de los demás.
—Que lo arreste, ¡es una orden! —García está fuera de sí—. Ahora sí se va a pudrir en una cárcel, por insolente, por insubordinado, por cómplice de criminales y, sobre todo, por ser un pedazo de mierda.
—A mí también me da gusto verlo, García —Alex deja la placa y el arma sobre el escritorio, con desgano.
No opone resistencia. Al contrario, extiende las manos con calma para que Ríos le ponga las esposas.
—¿Cuál García? ¡Capitán García, cretino! ¡Lléveselo! No lo quiero cerca de mí ni de este caso. Vamos a ver si el calabozo le enseña a contestarle el teléfono a su superior. Parece que la vez pasada no aprendió nada.
—No sabía que quedarse sin batería era un delito —Alex le echa más leña al fuego.
—No se haga el marica, McAllister. El delito es golpear al asesino con sus amiguitos y llevarlo al hospital sin un custodio oficial. ¿Cómo carajos se le ocurre dejar a uno de los criminales más buscados con un patrullero raso?
Ríos no disimula la sorpresa.
—Sospechoso —lo corrige Alex.
—¡Asesino!
—Hasta ahora no hay nada que vincule directamente al señor Cruz con el homicidio de la periodista, ¿o sí? —interviene Ríos, ingenua, y busca una respuesta en Alex.
—¿Ve? Hasta la novata sabe que sin material probatorio no hay caso. ¿A dónde se lo llevó? ¿Qué hicieron Rojas y Rueda con él? ¿Ya puso a Santos a inventarle algo?
—Y no se las venga a dar de súper detective conmigo, que todos sabemos qué es usted en el fondo. Un maldito lobo con placa. Se la debo hace años, McAllister, pero un día se la voy a probar.
Ríos ya no oculta el desconcierto. Hay algo en esa acusación que empieza a cobrarle sentido.
—¡Lléveselo o lo mato yo mismo! —García tiene los puños apretados.
Ríos obedece, desconcertada. Nunca imaginó que le tocaría ver algo así, y la orden no tiene ningún sentido para ella. Alex va hacia la puerta, pero antes lanza un último dardo.
—Me gustó eso que le prometió a la prensa —se detiene un instante—. ¿Cómo va a lograr que este crimen no quede impune?
—Fácil. Haciendo el trabajo de un alcohólico depresivo que se cree detective —remata el capitán.
Ríos le pone una mano en la espalda y, con una presión suave, le indica que siga.
El corredor está en silencio desde el primer grito de García.
El personal administrativo del piso se queda paralizado, viendo el arresto insólito de alguien a quien consideran un héroe.
Con gestos de desaprobación, juzgan a Ríos por obedecer a un jefe que, en lugar de respeto, infunde miedo.
Aitana sabe que algo no anda bien, y la única forma de descubrirlo es conservar la confianza del capitán. Por ahora, va a aparentar lealtad.
La espera por el ascensor se hace eterna. Ríos necesita respuestas, y tiempo para sacarlas. Los separan once pisos del calabozo, que está en el sótano, y el recorrido es corto. Cuando se abre, los dos se hacen a un lado para dejar salir a la gente. Suben. Las puertas se cierran.
—McAllister, ¿qué carajos está pasando? —a Ríos se le destraba por fin el nudo en la garganta.
—¿Le asignaron el caso de la periodista?
—Sí, pero no entiendo nada.
—Lo va a entender tarde o temprano, siempre y cuando haga bien su trabajo. Y yo tengo fe en que así será. Este caso se está moviendo igual que el del atentado contra Blackburn. ¿Sabe de qué le hablo?
—Algo escuché —Ríos intenta ordenar las ideas—. Inteligencia siempre se lo atribuyó a «Barbie», pero el que cargó con la culpa fue el chofer. Él instaló un explosivo dentro del carro y estalló antes de que el expresidente se subiera, ¿no?
—Eso es lo que todos creen. Lo que García dejó que creyeran —Alex sonríe con amargura—.
Si el expresidente no hubiera olvidado la tarjeta de crédito esa noche, si el mesero no le hubiera pedido una foto, habría terminado como su conductor.
Y ese pobre hombre no fue ningún asesino. Lo inculparon. Le plantaron pruebas.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque García corrió a cerrar el caso. Demasiado rápido. Se saltaron procedimientos, omitieron evidencia. El chofer llevaba casi treinta años con Blackburn. ¡Era como de la familia! —Alex baja la voz—. Pero lo culparon, y nadie pudo defenderlo. Hasta el mismo Blackburn fue a su entierro.
Los números sobre la puerta siguen bajando.
—¿Y por qué lo cerraron tan rápido?
—Para cubrir algo. O a alguien. Es lo mismo que está pasando aquí.
Cruz salió del hospital sin que nadie lo interrogara, a saber adónde lo llevaron.
A mí me mandan al calabozo por no contestarle el teléfono a García.
Y a la persona más nueva y con menos experiencia del departamento le asignan un caso sin pies ni cabeza. Sin ofender.
—Para nada. Tengo entendido que Rueda y Rojas lo llevaron directo a El Lago.
—¿Y por qué mandar a un sospechoso que nadie ha interrogado a un lugar donde a nosotros nos cuesta tanto entrar? —Alex entrecierra los ojos—. Allá «Barbie» tiene más enemigos que amigos. Lo quieren muerto.
—¿Cree que…?
—Lo mismo que le hicieron al chofer de Blackburn. Sacrificarlo.
El ascensor se detiene en el cuarto piso. Unos patrulleros quieren bajar al lobby, pero Ríos necesita esos segundos de más. Sin dudarlo, les bloquea la entrada y les cierra la puerta en la cara, sin darles ninguna explicación.
No confía del todo en McAllister, pero en su corta carrera ya aprendió que solo la evidencia dice la verdad. En Ciudad Capital, ni siquiera la propia sombra es de fiar.
—Ríos, escúcheme bien. Sobre mi escritorio está el informe preliminar de la autopsia.
Léalo y compárelo con lo que los medios ya deben estar diciendo sobre la vida y la muerte de la periodista.
Debajo está mi teléfono. Tómelo y no se separe de él.
La clave para desbloquearlo es 0001. ¿Se la aprendió?
—No es tan difícil.
—Usted es buena con los detalles. Revise las fotos. Fíjese en cualquier cosa extraña, lo que le llame la atención. Después vaya a La Misericordia y pregunte por la paramédica Kelly. Dígale que yo la mandé, que usted también es del equipo. Ella la va a llevar con el único testigo que tenemos.
—García dijo que era un viejo borracho que solo decía estupideces —Ríos sonríe apenas, burlona.
—¿Y García cómo sabe eso? —Alex arquea una ceja.
—Estuvo en contacto con los patrulleros que atendieron la llamada.
—Bueno, entonces saque sus propias conclusiones. Vaya y hable con él. Estoy seguro de que la autopsia le va a dar un buen motivo.
Ríos asiente, pero la confusión no se le quita del todo. Sabe que Alex no le está diciendo todo.
—Otra cosa que no entiendo. ¿Por qué García lo mandó a guardar? ¿Qué gana con eso?
—Tiempo —Alex lo dice sin asomo de duda—. Quiere hacer lo que tenga que hacer sin tenerme respirándole en la nuca. Créame, algo muy oscuro está pasando acá, y García está en el centro de todo.
El ascensor llega al final del recorrido. Las puertas se abren con un chirrido y, frente a ellos, aparece el guardia del calabozo, un hombre corpulento, de cuello ancho, con una cicatriz vieja que le cruza la ceja izquierda.
En la placa del uniforme dice Rebolledo, pero su lealtad no es ningún secreto. Es parte de la nómina paralela de García. El radioteléfono todavía le suelta estática en la mano.
—Llegó el paquete —reporta, con una sonrisa sardónica y los ojos clavados en Alex.
—Métalo en el hueco hasta que yo le diga —ordena García al otro lado, con la prepotencia de siempre.
—Erre.
Rebolledo agarra a Alex del brazo con una fuerza innecesaria.
—Desde acá me encargo yo, detective. Muchas gracias.
Ríos mira la escena, impotente y con cautela. Alex se vuelve hacia ella. Tiene el semblante endurecido por lo que viene, pero la voz le sale serena, con una advertencia disfrazada de despedida.
—Haga su trabajo, Ríos. Y venga a visitarme de vez en cuando. Si no me encuentra acá, búsqueme en la enfermería.
—O en la morgue, si no se calla —Rebolledo le aprieta el brazo con más fuerza. En el sótano, el que manda es él.
Lo de Alex no era un chiste. La última vez que estuvo en el calabozo, Rueda y Rojas lo dejaron casi irreconocible.