11 · Leal
Leal
Cuando se pudre el alma no hay forma de vivir
LEAL LLEVA DOS semanas en la nómina paralela de García, con una sola misión.
Comprobar su hipótesis de una alianza oscura entre Alex y Los Lobos.
Hasta ahora, todos los esfuerzos del flamante investigador privado han sido en vano, y la presión del capitán por resultados contundentes crece día a día.
Pero Leal está convencido de que es cuestión de tiempo.
Decidido a lograrlo, trepa otra vez a la azotea de la construcción abandonada frente al apartamento de Alex, armado con su cámara.
El viento se cuela entre las varillas oxidadas y los bloques de concreto sin terminar, y arrastra un olor rancio a humedad que se le pega a la ropa.
Durante casi tres horas observa por el lente la rutina deprimente del detective, un hombre que se desmorona despacio bajo el peso de la soledad.
Para combatir el frío que cala los huesos y el sopor que le produce la existencia insignificante de su excolega, Leal se toma más de un litro de café.
El silencio de la noche pesa. Apenas lo rompen el zumbido lejano de la autopista y el ladrido intermitente de un perro en algún patio.
Para no hundirse en la monotonía, cierra los ojos por momentos.
Pero la ansiedad siempre vuelve, y lo empuja a prender otro cigarrillo con la brasa del anterior.
Los segundos se estiran. Alex sigue inmóvil, preso de sí mismo.
Pasadas las dos y media de la madrugada, un taxi se detiene en la acera de enfrente y rompe la vigilia.
Leal levanta la cámara y registra cada instante.
Una mujer vestida de monja se baja del carro y camina hacia el edificio de Alex.
Todo pasa tan rápido que no alcanza a captarle bien la cara, pero el lente enfoca el pequeño tatuaje del infinito en la muñeca, y la revelación lo golpea como un relámpago.
La supuesta santa no es quien aparenta, y ahora Leal tiene la prueba en sus manos.
Esa marca la vio una sola vez, años atrás, en una fotografía del expediente de la detective Russo, y no la ha olvidado.
—¿Noelia? —Leal no lo puede creer—. ¡Vea pues! Se lo tenían bien guardado —murmura, y ajusta la cámara para no perderse un detalle—. ¡Buena, McAllister! Quién iba a pensar que, de todos, usted se iba a quedar con la detective Russo.
Afina el enfoque, el ISO y todo lo necesario para mejorar las fotos. Sabe que lo que está registrando no es ningún delito. Lo hace por el morbo y la excitación que le produce la escena. Tanto, que al final prende un cigarrillo para bajar la adrenalina, igual que si el protagonista hubiera sido él.
Necesita unos minutos para recomponerse y bajar las pulsaciones.
No le presta atención a la discusión que viene después entre sus excompañeros y supone que la noche terminó.
Empaca el equipo y se dispone a irse, cuando nota un movimiento extraño en la habitación.
Alex acaba de recibir una llamada. Es hora de actuar.
Baja por la escalera de atrás y cae al lado de su carro, parqueado a propósito para arrancar de una.
Ve salir al detective y se le pega. Primero lo sigue hasta las inmediaciones del motel, donde las luces de las patrullas y de la ambulancia delatan una escena del crimen.
Sin bajarse, saca la cámara y documenta lo que hace el investigador junto al forense, la paramédica y los uniformados.
Captura el instante exacto en que Alex recibe la llamada de Los Lobos y le cambia la cara. Con una aplicación de voz en el teléfono, Leal va grabando ideas, hallazgos e hipótesis.
—Martes 6 de abril, 4:16 am, motel «Pela Rua». El individuo responde a un código 10-87. Sin novedad.
—4:31 am. Recibe una llamada que no parece gustarle. Se dispone a irse. Revisar número entrante.
—4:50 am. Entra a La Estrella por el acceso oeste. El individuo conduce alterado.
—5:03 am. Deja el carro y sigue a pie.
Leal no está conforme con el ángulo. El terreno es en pendiente y no le deja ver bien lo que hace Alex.
Decide buscar un punto más alto. En la curva que rodea el colegio por arriba encuentra una bahía ideal para dominar la zona.
Tan ideal que ya está ocupada por tres hombres en un viejo furgón verde.
—Qué bien, llegué tarde al show. La primera fila ya está ocupada —murmura Leal, y en la cabeza empieza a armarse una hipótesis—. ¿Qué tenemos acá? Un Dodge 300 con lo que parecen ser tres lobitos.
Se frota las manos.
—¡Qué gran día de trabajo! Dios mío, ¿qué he hecho tan bueno para merecer estas bendiciones? —se burla, porque su ego no le permite creer en nada ni en nadie más poderoso que él—. Primero Russo deleitándome con ese lindo espectáculo y ahora esta belleza de recompensa. Leal, ¡eres grande!
Con sigilo, toma la cámara y se esconde entre unos matorrales.
Encuentra un ángulo perfecto para vigilar al detective y a los otros sospechosos a la vez.
Pero la luz es muy débil y no logra una foto nítida de los ocupantes del furgón ni de las placas.
Decide concentrarse en Alex y en el hombre desnudo amarrado al poste que, muy amablemente, alumbra la escena.
Apenas se va la ambulancia y el detective sale detrás, el furgón verde arranca.
Leal cambia de misión. Ahora va a seguir de cerca a los espectadores para descubrir su guarida, sus caras y hasta sus identidades.
Sabe que tiene que ser cauteloso. Los Lobos han demostrado ser hábiles y astutos, y un solo error los espantaría. Sería fatal para sus aspiraciones.
Toman vías alternas, largas, entre veredas.
La nube de polvo que levanta el furgón lo obliga a frenar y le hace perderlos de vista más de una vez.
La presión crece cuando, al llegar a una bifurcación, Los Lobos desaparecen.
Un minuto tarde, un desvío equivocado, y el rastro se esfuma.
Se le corta el aire. Tiene que decidir rápido, o lo pierde todo.
—¡Piensa, Marcelo! ¡Piensa! —Leal se queda mirando las tres opciones que tiene enfrente, buscando una señal que le indique el camino—. ¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
Descarga los dos puños contra el timón. La vena de la frente le late con violencia y tiene los ojos rojos de frustración.
Busca un cigarrillo, a ver si eso le calma el desasosiego, pero para colmo perdió la cajetilla entre los matorrales.
Se agarra la cabeza. El dolor lo empuja a darle otra vez al timón, con más fuerza.
—¡Mierda! ¡Mierda! —repite, como un mantra de derrota.
Al fin decide tomar la vía hacia Concepción.
Si el furgón va para el pueblo bordeando la ciudad en vez de atravesarla, calcula, esa es la ruta más probable.
Y de paso, con suerte, encuentra dónde comprar cigarrillos.
A un par de kilómetros divisa un negocio pequeño de venta de cerveza.
Parquea y le pide al dueño un cartón entero y un encendedor, porque el suyo se quedó dentro de la cajetilla perdida.
Mientras se lo buscan, Leal se acerca a una mesa con tres tipos que, a juzgar por las botellas, llevan tomando desde la noche anterior.
Sin rodeos, trata de averiguar si han visto el camión o si conocen a sus dueños.
—Buenos días, señores. Veo que se están divirtiendo.
—Nos estábamos divirtiendo hasta que usted llegó —le responde uno de los borrachos, ácido.
—No quiero molestarlos. Solo quería preguntarles si por casualidad han visto pasar un camión Dodge 300, verde. De esos viejitos, con bodega cerrada —insiste Leal, tratando de mantener la calma.
—¿Usted no es el policía que mató al ladrón en el banco? —pregunta otro, entre sorbo y sorbo de cerveza.
—No lo mató, lo dejó lisiado de por vida, ¿cierto? —lo corrige el tercero, con una mirada retadora.
—Y ya sin placa sigue metiendo las narices donde no lo llaman —se burla el primero, y choca la botella con la del vecino entre risas.
Leal se traga la rabia y no muerde el anzuelo. Cualquier palabra de más puede terminar en una pelea que no le conviene. Vuelve a la barra, saca un billete del bolsillo y lo deja sobre el mostrador.
—Quédese con el cambio —le dice al dueño, y agarra el paquete para abrirlo con la ansiedad de la abstinencia.
El tendero toma el billete y, justo cuando lo va a guardar en la caja registradora, ve pasar un vehículo idéntico al que describió el exdetective.
—¡Ahí va el camión que estaba buscando! —señala hacia la carretera.
—¡Mierda!
Leal deja los cigarrillos a medio abrir. Se le ilumina la cara como si se le hubiera aparecido la Virgen. Corre al carro y sale detrás. Esta vez no va a dejar que Los Lobos se le escapen.
Los sigue hasta Concepción. Pasan por el costado de la iglesia, donde un grupo de mujeres con canastos se persigna al paso del furgón sin sospechar lo que lleva.
Avanzan por calles estrechas, sorteando carretillas y toldos de lona que huelen a cilantro y a pescado fresco, hasta la parte trasera de la plaza de mercado, donde el Dodge entra a un parqueadero de camiones.
Es un centro de acopio de carga, vital para la distribución de alimentos hacia la ciudad, y a esta hora ya hierve de actividad. Hombres con delantales manchados llevan cajas de madera, los motores diésel retumban, alguien grita un precio desde algún puesto cercano.
Leal parquea a la vuelta de la esquina y saca la cámara. Se acomoda detrás de una pila de canastillas vacías. Sabe que un movimiento en falso lo delataría entre tanto ir y venir.
La luz del día y su ubicación le permiten, al fin, captar nítidamente las caras de Maco y Pali cuando se bajan del furgón.
Cada movimiento, las placas del vehículo y los sobres que llevan en la mano quedan registrados en la cámara con precisión casi quirúrgica.
El pulso se le acelera. Ya está calculando cuánto le va a valer a García este golpe de suerte.
Marca de inmediato el número de su jefe.
—¡García, no me lo va a creer!