10 · El traslado
El traslado
El orgullo puede nublar el criterio conduciendo a la desgracia
—¡YA ERA HORA! —les reclama «Barbie» a los dos uniformados al subirse a una camioneta negra, blindada y con vidrios polarizados, de uso exclusivo de García y su escolta.
Rojas y Rueda, los hombres de confianza del capitán, se instalan adelante. Cruz, adolorido, se acomoda en el centro del asiento de atrás.
—Necesito mis pastillas —le exige a Rueda, que va de copiloto.
Rueda le tira con desdén el frasco que se trajo del hospital y manda un mensaje de voz.
—Jefe, tenemos el paquete. Lo llevamos a la casa grande.
—Necesito ropa antes de ir donde su jefe —«Barbie» se mira la bata quirúrgica—. ¡Tengo el culo al aire!
—¡Cállese! —le suelta Rojas, sin quitar los ojos de la vía—. No estamos de paseo.
—Necesito hacer una llamada —insiste «Barbie», inquieto por la actitud del hombre.
—Cuando lleguemos, hace su llamada —le responde el conductor.
Cruz mira por la ventana. Con esfuerzo, y con el dolor de la mano recién operada, logra sacar una pastilla y se la traga. Entonces nota que van en la dirección contraria a la que esperaba.
—¿A dónde vamos? —pregunta, pero los hombres no le dan ninguna pista—. ¿Para quién trabajan?
—No quiero oír una sola palabra más de esa boca cochina o… —empieza Rueda.
—¿O qué? —lo desafía «Barbie», sacando pecho.
—O le dejo el otro brazo metido en ese culo que tiene al aire —remata el copiloto, y a Rojas se le escapa una risa burlona.
No es la amenaza lo que calla a «Barbie».
Es el instinto. Un sudor frío le empapa las palmas, aunque procura que no se le note.
No confía en estos hombres. Por la cabeza le pasan varios escenarios, entre ellos uno en el que lo llevan a un lugar apartado para ejecutarlo.
Sabe demasiado sobre el caso de la periodista, y hay gente poderosa que preferiría silenciarlo.
Las otras opciones son menos oscuras, pero no piensa dejarle su suerte al azar.
Paran en un semáforo. Como no lo esposaron, decide aprovechar.
Con la mano buena abre la puerta izquierda y salta a la calle con un movimiento felino, sin ver la moto que zigzaguea entre el tráfico.
No alcanza a tocar el suelo. El golpe lo lanza varios metros hacia adelante.
Por suerte, solo se golpea la cabeza, y queda tendido e inconsciente en el pavimento.
Rueda se baja sin afán, lo levanta como a un bulto y lo tira de vuelta en la camioneta.
Esta vez se sienta atrás, a su lado, hasta el destino.
Un kilómetro de vía destapada, con sus sacudones, hace que Cruz vuelva en sí.
Gira la cabeza para ubicarse y alcanza a ver, al costado de un muro que alguna vez fue blanco, una inscripción grande en letras negras desteñidas.
«Cárcel de alta seguridad El Lago»
No se sabe si es el dolor, las pastillas o el terror de ver hacia dónde lo llevan, pero Cruz vuelve a apagarse.
En la entrada los esperan el director del penal, Francisco Dolmen, y el fiscal general, Samuel Santos, un hombre que de santo solo tiene el apellido.
Alex suele llamarlo Samael, el ángel de la muerte, el arcángel caído que se rebeló contra Dios y al que se le atribuye el pecado original de Adán y Eva.
Santos es uno de los próceres de la corrupción en el país, junto con el alcalde Luis Ferguson, a quien Alex apoda Lucifer desde que era juez.
Los dos son los anfitriones del infierno en el que vive el detective hace más de una década, y los responsables de las cortadas que se ha venido marcando en el brazo desde entonces.
—¡Santos! —lo llama Rueda desde el asiento de atrás—. Acá le manda el jefe. Este muñeco es el responsable de la muerte de la periodista.
—¿Tienen pruebas? —pregunta Santos.
—¿Acaso no es ese su trabajo? ¿Encontrar evidencias y encerrar criminales? —replica Rueda.
—Sin pruebas sólidas, mañana mismo queda libre.
—Invénteselas, ¿no es eso lo que siempre hace? O haga lo que tenga que hacer para que esta rata esté enjaulada hasta que baje la marea.
—Dígale a su jefe que con esto quedamos a mano. Yo veré cómo hago —cede Santos.
—Quedan a mano cuando él diga que quedan a mano, ¿está claro? —interviene Rojas desde el timón.
El fiscal le hace una seña al director para que saquen a «Barbie» de la camioneta. Con la ayuda de un guardia, lo bajan para llevarlo al registro.
—Déjenlo aislado —ordena Rojas, y arranca.
Las llantas levantan una nube de polvo que deja tosiendo a los que ahora cargan con la custodia de la pieza clave del caso de la periodista.
Cruz apenas se sostiene en pie. El brazo inmovilizado por la cirugía, la frente suturada y la cara desfigurada por el palazo de Pali dicen todo lo que hay que saber de su estado. Aun así, intenta caminar por su cuenta.
Santos pide que lo lleven a la enfermería después de legalizar el ingreso, para descartar sangrados internos o alguna lesión escondida detrás de las que están a la vista.
—Solo podemos retenerlo cuarenta y ocho horas, a menos que confiese o tengamos evidencia —le murmura Dolmen, lo bastante cerca para que nadie más oiga.
—¡Maldita sea, ya lo sé! —Santos no soporta no tener el control—. Por ahora, regístrenlo y no le den muchos medicamentos. Quizás hable a cambio de ellos. Y métanlo en una celda aislada.
—¿Y si pide un abogado o su llamada? No podemos negarle sus derechos, o ahí sí nos metemos en un buen lío.
—Denle la llamada y consíganle un abogado si lo pide. Yo voy a buscarle algo para alargarle la estadía. Multas, impuestos, lo que sea. Y manténgame informado de todo.
Santos saca el celular de la funda del cinturón y camina hacia el parqueadero del penal, donde lo espera su Mercedes-Benz clase C.
—Margarita, hágame un favor. Busque todo lo que encuentre sobre el señor Jeffrey Cruz —le dice a su asistente—. Ya voy para la oficina.
En la camioneta blindada, Rojas y Rueda reportan la entrega por el altavoz.
—Mi capitán, le hablan Rueda y Rojas. Para informarle que el paquete se entregó sin novedad.
—Perfecto. ¿A Santos le quedó clara la orden?
—Sí, señor. Le mandó a decir que estaban a mano —contesta Rojas, que maneja con una sonrisa.
—¡Quién se cree ese marica! Lo voy a volver a poner a andar en bus si sigue de insolente —estalla García.
—¿Vamos para la estación? —pregunta Rueda.
—No. Necesito que se encuentren con Leal en un lugar.
—¿A Leal no lo habían echado de la fuerza? —Rojas mira a su compañero, extrañado.
—Sí, pero ahora trabaja para mí. ¿Algún problema? —responde García, tajante—. ¡Igual que ustedes! Ya les mando las coordenadas.
Cuelgan y, al instante, les llega la ubicación. El punto está en el otro extremo de la ciudad. Es más rápido bordearla que atravesarla con ese tráfico, y aun así el trayecto les toma dos horas.
El destino es Concepción, un pueblo que la ciudad terminó por tragarse. Conserva su tradición agrícola y su arquitectura original, y con los años se volvió un centro de acopio clave para los alimentos que entran y salen de Ciudad Capital.
Rojas estaciona a un costado del camino y los dos se bajan a estirar las piernas entumecidas.
Allí los espera Marcelo Leal, un exdetective destituido por dejar cuadripléjico a un atracador de banco.
Las cámaras de seguridad lo grabaron cuando, después de desarmarlo, le disparó en la médula con la propia arma del delincuente.
Con la ayuda de Santos se salvó de la cárcel, pero García no pudo sostenerlo en el departamento.
La presión de los medios fue implacable, contra él y contra la institución.
Aun así, el capitán lo metió en una nómina paralela, por fuera de la ley y del escrutinio público, para encargarle misiones especiales.
Con Alex siempre tuvo una relación tensa, pero se respetaban por sus logros.
—¡Señores, casi no llegan! Por eso es que la gente no quiere a la policía en esta ciudad —bromea Leal.
—Creo que tiene más que ver con los casos de exceso de fuerza de algunos tomates podridos —le contesta Rojas, sin celebrarle el chiste.
—Ahí los tienen —Leal señala un parqueadero de camiones, en diagonal a donde están.
—¿Ahí tenemos qué? —pregunta Rueda, desconcertado.
—A Los Lobos —responde Leal, sobrado, y prende otro cigarrillo. Las colillas en el suelo dicen que lleva horas vigilando el sitio—. Bueno, por lo menos a dos.
—¿Cómo es posible? —Rojas no se lo cree. Tiene enfrente a uno de los objetivos más perseguidos por las autoridades en la última década.
—Furgón verde junto a la reja. No lo pierdan de vista y, si se mueve, avísenle a García —ordena Leal, y se va en su carro con el deber cumplido.
Rojas y Rueda se quedan mirando el furgón sin decir palabra, con el pulso acelerado. Después de tantos años persiguiendo a un fantasma, por fin tienen a Los Lobos a la vista. No pueden permitirse un solo error.