09 · La morgue
La morgue
Hay que temerle más a los vivos que a los mismos muertos
EL CAMINO HACIA la morgue es oscuro y huele a formol. La muerte parece escoltar a Alex por el corredor lúgubre que desemboca en las duchas y los vestidores. La pantalla del celular se enciende con un mensaje y le alumbra el paso.
García: McAllister, no sé qué está tramando. ¡Lo espero YA en mi oficina si no quiere pasar el resto de sus días en un calabozo por desacato! ¡Tengo al alcalde y a la prensa respirándome en la nuca, imbécil!
Alex se detiene, lo piensa bien y escribe.
McAllister: Voy en camino.
Atraviesa los casilleros y entra al laboratorio, con sus mesas largas, sus aparatos y sus restos humanos para experimentación.
Al fondo, encima del compartimiento donde se guardan las muestras, está la única ventana, un rectángulo de cincuenta por treinta por el que se cuelan unos pocos rayos de luz que alumbran a medias el acceso a la sala de autopsias.
El patólogo no lo oye llegar. Está de espaldas, distraído con un teléfono en la mano. Frente a él, en la camilla metálica, yace el cuerpo frío y desnudo de Mara.
—¡Fermín! —lo saluda Alex.
—¡Dios santo! —el patólogo da un respingo, con la mano libre aferrada al pecho—. Casi me mata de un infarto, detective.
Recupera el aliento y guarda el teléfono en el bolsillo de la bata.
—Parece que hubiera visto un muerto —bromea Alex.
—No sabía que había un acceso por ese lado. Discúlpeme, estaba distraído.
—Sí, ya me di cuenta —Alex estudia al hombre, cubierto de pies a cabeza con bata, gorro, guantes, lentes gruesos y tapabocas—. ¿Y Fermín?
—Salió unos días de la ciudad y me pidieron que lo reemplazara —responde el patólogo, sin más explicaciones, y toma la carpeta con los resultados—. Asumo que viene por esto.
—¿Algo particular? —Alex recibe los documentos sin quitarle los ojos al cadáver.
—Mujer de treinta y nueve años, identificada como Mara Vidal. Herida mortal por arma de fuego —se ubica junto a la cabeza—. Orificio de entrada ovalado en el parietal izquierdo. El atacante la sorprendió por el costado.
—¿No traspasó?
—No, señor. Por las esquirlas del vidrio, disparó a muy corta distancia, a menos de un metro. La ventana y el grosor del cráneo contuvieron el proyectil —recorre con el dedo el borde del orificio.
Luego le destapa el cráneo para mostrarle el recorrido de la bala, y a Alex se le escapa una mueca de asco que no logra disimular.
—¿Recuperó el proyectil?
—Sí, señor. Calibre 38 especial —alcanza de una mesa auxiliar la bolsa con la ojiva.
—¿Y qué son esas marcas en la cara?
—Esquirlas de vidrio. Normales en este tipo de escenario. Pero hay dos cosas que me llamaron la atención y que quizás le sirvan para la investigación.
—¿Cuáles?
—Rastros de látex, por vía vaginal y anal. Es probable que haya tenido un encuentro sexual antes del homicidio. No queda claro si fue consentido o si abusaron de ella.
Algo se le revuelve por dentro a Alex, aunque no lo deja ver en el rostro.
—¿Qué lo lleva a pensar eso?
—Las marcas en las muñecas y en el cuello.
Mire —le hace señas para que se acerque—.
Todo indica que estuvo atada de las manos con algún tipo de tela, unos diez o quince minutos, a juzgar por los coágulos.
La atadura no fue muy fuerte. Más bien parece un juego sexual, igual que las del cuello.
No murió asfixiada, de eso estoy seguro.
El ángulo del estrangulamiento no es perpendicular, y el objeto tiene la forma de una corbata.
Lastimosamente, no encontramos fibras para confirmarlo.
—¿Hay rastros de semen?
—Negativo.
—¿ADN?
—Tomamos muestras bajo las uñas y en otras partes, pero no creo que sean concluyentes. Al parecer, la víctima se bañó antes de salir del motel.
—Muy buen trabajo, doctor. Todo esto es muy valioso. No deje que nadie se acerque a ese cuerpo. Los periodistas lo van a acosar, así que esté pendiente de los dos accesos —le entrega una tarjeta—. Si encuentra otra cosa, no dude en escribirme o llamarme, por favor.
En esas le vuelve a sonar el celular. Lo saca con rabia, seguro de que es García con otra amenaza. Está a punto de mandarlo a buzón, pero es un número desconocido.
—Detective McAllister.
—Detective, le habla Kelly.
—Kelly, ¿cómo va?
—Bien, detective, pero está pasando algo muy raro acá en el hospital —susurra—.
Vinieron dos hombres a llevarse al señor Cruz de inmediato.
Según ellos, por orden del capitán García.
Hernández les dijo que no podía dejarlo ir sin autorización suya, pero lo hicieron a un lado y sacaron al paciente de recuperación.
—¿Ya se lo llevaron?
—Sí, señor, se acaban de ir. Perdone que no me haya interpuesto, pero me podía meter en problemas.
—No se preocupe, Kelly. ¿Cómo eran esos señores?
—Policías, pero con uniforme de gala.
Alex suelta el aire despacio. Son los hombres de confianza de García. Eso lo tranquiliza un poco, y a la vez lo inquieta.
—Gracias por avisarme, Kelly. Avíseme también cuando el testigo esté consciente. Es importante que nadie hable con él antes que yo.
—Sí, señor, yo estoy pendiente.
—Es usted la mejor, Kelly.
—Gracias, señor.
Alex recoge el expediente y la bolsa con el proyectil, y los suma a la evidencia que ya traía. Le echa una última mirada al cuerpo de la periodista, como quien le pide un milagro a un santo.
Se despide del médico con el gesto de siempre y sale por la puerta principal, con la cabeza ya lejos de la morgue. Si de verdad García movió a Cruz sin decirle nada, a Alex le queda mucho menos control sobre esta investigación del que creía.