Hela (Lago de fuego 1) 08 · Clara
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08 · Clara

Clara

Se debe observar el camino recorrido para no perderse en el regreso

LA VÍA SAN MARTÍN , el único acceso a la jefatura central de la policía de Ciudad Capital, está intransitable.

Desde que le informaron lo de la periodista, el capitán Ignacio García montó todo un espectáculo mediático para sacarle provecho a la situación.

Su imagen pública está por el suelo y necesita levantarla para las elecciones del año entrante.

Aspira a la alcaldía como candidato del partido tradicional, el mismo de Luis Ferguson.

Alex tiene que dejar el carro a una cuadra y seguir a pie, entre una turba enardecida.

La mayoría son mujeres con carteles, que corean consignas contra los feminicidios, cada vez más brutales.

La multitud está al borde del estallido.

Delante de ellas, una barrera débil de policías novatos intenta mantener el orden, con la frente empapada de sudor.

Están nerviosos y nunca han manejado algo así.

Detrás, una jauría de reporteros se agolpa con las cámaras y los micrófonos en alto, apuntando hacia las escaleras que bajan de las puertas giratorias de la jefatura.

Todos quieren un detalle, una primicia que los ponga por encima de los demás ante una audiencia hambrienta de amarillismo. Lo que menos les importa es la vida que se apagó, el dolor de los que quedan y, mucho menos, el legado periodístico que se perdió esa madrugada.

La idea de Alex es llevar la bolsa al almacén de evidencia, como manda el procedimiento, pero toma un atajo para despachar dos pendientes de una vez.

En el costado del edificio, junto a la entrada privada de vehículos, está la salida de emergencia de Medicina Legal.

La puerta, del mismo gris de la fachada, pasa desapercibida para los transeúntes.

Muy pocos saben que, para abrirla desde afuera, basta con darle dos empujones secos.

Alex sopesa la bolsa hermética. Sabe que no tiene valor probatorio.

Nadie la recogió, la embaló ni la etiquetó según el protocolo, y cualquier abogado podría alegar que la alteraron o la cambiaron para incriminar a «Barbie».

Hasta un aficionado a las películas de juicios lo haría.

La cadena de custodia se rompió en el momento en que llegó al hospital escoltando al sospechoso y dejó la evidencia sola en el carro durante horas.

Nada de esto lo detiene. Se acomoda la bolsa bajo el brazo, contra las costillas, con la misma indiferencia de quien carga el mercado, y sigue caminando.

Conoce la ley al detalle, cada vacío, cada atajo que un buen abogado explotaría sin esfuerzo. Aunque ahí adentro estuviera el arma homicida, el caso contra el acusado estaría perdido en un juicio.

Los Lobos empacaron la evidencia con el rigor de siempre.

Es su firma, y lo único que dejan atrás.

Ya lo ha vivido demasiadas veces. Hace años se obsesionó con buscar huellas en esas bolsas, sin éxito, y llegó a rastrear la cadena de distribución sin llegar a ningún lado.

Con el tiempo aprendió a no perder el sueño por eso.

Para él, es un protocolo fallido antes de empezar.

Se desliza entre la multitud sin que nadie lo note.

Finge revisar el celular. En la pantalla hay veintisiete llamadas perdidas de García.

El aparato ha vibrado todo el tiempo y él lo ha ignorado, como de costumbre.

El desespero de su jefe le da satisfacción.

Esa insubordinación ya le ha costado varias noches en el calabozo.

La guerra entre los dos está declarada, pero los métodos poco ortodoxos del detective casi siempre terminan favoreciendo la imagen de García. Esa efectividad, aunque irregular, es lo que mantiene a Alex en el puesto.

Junto a la puerta, inmóvil, hay una mujer de porte elegante, envuelta en un abrigo largo que le cae hasta los tobillos.

Unas gafas oscuras le ocultan los ojos, y entre los dedos sostiene un cigarrillo encendido.

Es Clara Steffens, la misma que tanto sale en las revistas de farándula que Maco hojea en sus labores de inteligencia.

La señalan de ser la pareja de la víctima.

—Señorita Steffens, lamento lo de su amiga. Con permiso —dice Alex, y hace el intento de pasar.

—Detective. Asumo que usted está a cargo de la investigación. Eso explica por qué García no ha salido a dar declaraciones —tiene la voz quebrada. Detrás de las gafas se adivinan los ojos hinchados.

—Señorita Steffens, usted sabe que no puedo darle detalles de una investigación en curso. Si me deja entrar, le aseguro que va a tener sus respuestas más pronto de lo que imagina.

—Solo dígame si sufrió.

—No lo sé. ¿Eso qué cambia? —A Alex le interesa de verdad la respuesta.

Clara le da una calada larga al cigarrillo y no contesta.

—¿En qué estaba trabajando su amiga?

—No lo sé. No hablábamos de trabajo. Era una regla que teníamos —apaga el cigarrillo con la punta de un tacón negro reluciente y le abre paso—.

Sea lo que sea, no fue un crimen pasional.

Algo la tenía perturbada desde hacía varias semanas.

No dormía, vivía alterada, irascible. No era ella.

Por eso tomaba ese maldito alprazolam como si fueran dulces —señala la bolsa en la mano de Alex.

Alex levanta la bolsa y busca el frasco entre las cosas chamuscadas.

—¿Cuánto llevaba tomando esas pastillas?

Clara saca otro cigarrillo del bolsillo del abrigo. Le tiembla la mano al acercar el fósforo, apenas un segundo, antes de que la llama prenda y la firmeza le vuelva al rostro.

—Yo me di cuenta hace unas tres semanas, pero estoy segura de que llevaba más de dos meses tomándolas. El doctor Beltrán, de La Misericordia, le puede dar la fecha exacta. Ella iba a verlo seguido.

—¿Conoce a alguien que pudiera querer hacerle daño?

—Usted bien sabe que Mara no era querida por mucha gente.

Enemigos no le faltaban. Valbuena, por ejemplo, juró que las pruebas del artículo que le costó la alcaldía fueron plantadas.

El día de la condena la miró a los ojos y, con una sonrisa, le dijo que eso no se iba a quedar así.

El cartel de Samoná también la tenía en la mira, igual que los empresarios del escándalo de las tierras expropiadas.

E incluso usted, detective. Ella siempre lo señaló como cómplice de Los Lobos, y eso, seguro, no le agradaba, ¿verdad?

El comentario cae como una piedra en agua quieta. Alex no mueve un músculo, pero tarda una fracción de segundo de más en responder, el tiempo justo para que Clara, que sabe leer lo que se calla, lo registre.

—Muchos colegas suyos se han empeñado en decir cosas de mí, sin evidencia —responde Alex, y le devuelve el reflector—. Quizás su pareja estaba teniendo un amorío y los celos la llevaron a hacer una locura. Eso explicaría el lugar y la hora, ¿no le parece?

—¿Qué insinúa, detective?

—Nada. Usted misma lo dijo. No era una persona grata para muchos.

Una algarabía los interrumpe. García por fin sale a enfrentar a los medios, con la poca información que tiene.

—¿Qué irá a decir ahora ese payaso? —murmura Clara.

García baja un par de escalones con una carpeta y se ubica detrás del atril. Lleva el uniforme de gala y lo escoltan dos de sus hombres de confianza, vestidos igual. Se aclara la garganta y lee.

«Estimados ciudadanos, señores periodistas.

Hoy es un día negro para el país y para el periodismo digno y transparente.

La Policía Nacional lamenta la muerte de la señorita Mara Vidal, jefa de comunicaciones de la alcaldía de Ciudad Capital, en circunstancias aún por definir.

Por orden expresa del señor alcalde, hemos activado todos los recursos para capturar a los responsables de este atroz crimen.

Por el bien de la investigación, no podemos dar más información, pero le aseguro a la nación de que no quedará impune. Gracias.»

El discurso desata una avalancha de gritos, silbidos y preguntas que García no piensa responder. Se retira escribiendo en el celular, sin disimular que la situación se le salió de las manos.

Antes de entrar a Medicina Legal, Alex se vuelve hacia la reportera.

—Voy a encontrar al culpable. Le doy mi palabra —empuja dos veces la puerta, en seco—. Así me cueste la vida.