Hela (Lago de fuego 1) 37 · El diablo
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37 · El diablo

El diablo

El diablo siempre firma con tinta invisible

EL RESPLANDOR DE LA EXPLOSIÓN en El Lago entra por la ventana y se refleja en los rostros de los presentes. Cada uno lo lee a su manera. Ferguson se cruza de brazos, con una satisfacción que no se molesta en disimular.

—Qué lástima, señor Wolff. Parece que esta vez no pudo salvarlos.

Leo no responde de inmediato. Camina hacia la ventana con las manos en los bolsillos, como si midiera el alcance del desastre. Las llamas le pintan la cara. En sus ojos no hay derrota.

—¿Está seguro de eso, señor alcalde? —dice al fin, sin volverse.

Ferguson frunce el ceño.

Leo se gira despacio.

—La explosión no es más que una señal. Mi equipo ya terminó su tarea. Todos están a salvo. Esa explosión, señor alcalde, marca el momento en que esta historia empieza a desmoronarse para usted.

La sonrisa de Ferguson se borra por completo. Por primera vez, duda.

—¿Qué quiere decir con eso? —gruñe, avanzando un paso hacia Leo.

—Mi tarea era mantenerlo aquí, distraído, mientras todo se resolvía allá. Ahora que ellos están fuera de peligro, mi trabajo aquí también terminó —Leo se ajusta la chaqueta, como quien acaba de cerrar un negocio—. Buenas noches, señor alcalde.

Le da la espalda y camina hacia la puerta.

Ferguson se queda congelado un segundo. Después, el arrebato. Toma el revólver 38 especial del escritorio, alza el arma y apunta a la espalda de Leo.

Aprieta el gatillo.

Clic.

Aprieta otra vez. Clic. Y otra. Clic.

Ferguson baja el arma, incrédulo. Abre el tambor.

Las cinco balas siguen ahí, tres con la marca del percutor en el fulminante.

Ninguna explotó. Junto a ellas, el casquillo del único disparo que sí salió, el que acabó con Mara Vidal.

Un día y una noche detrás de un letrero de lata que dice «Compramos su mala suerte», entre la basura y el sereno, bastaron para que la humedad hiciera lo suyo.

O eso, o alguien, desde el otro lado, metió la mano.

Un sudor frío le moja la nuca.

—¡Maldita sea!

Tira el revólver al suelo.

Se gira hacia Sáenz y extiende la mano.

—¡Deme eso!

Sáenz duda. Su lealtad se tambalea. Nunca lo ha visto así, dispuesto a pasar por encima de cualquier límite.

—Pero, señor…

—¡Deme esa maldita arma, ahora! —grita Ferguson, y se la arrebata.

Leo se ha detenido en la puerta. Se da vuelta y lo enfrenta, entre la lástima y el desafío. Ferguson alza la pistola.

Suena un disparo.

Leo cae. Una mancha roja empieza a extenderse sobre su camisa. La sorpresa se dibuja en todas las caras, incluso en la de Ferguson, que todavía no ha disparado. Todos buscan al tirador.

Aitana sostiene la Glock 42 con las dos manos. No le tiembla el pulso. Tiene la cara de piedra de quien acaba de tachar un nombre de una lista.

El eco del disparo todavía vibra en el despacho.

Ferguson, inmóvil, sigue apuntando hacia Leo.

Tiene los dedos crispados sobre la culata, ya no de ira, sino de algo parecido al vértigo.

El demonio que tanto escondió se le asoma en el brillo oscuro de los ojos.

Sáenz aprovecha la distracción y da un paso al frente, sin prisa, como quien se acerca a un animal herido. Extiende la mano hacia la pistola.

—Señor alcalde, suelte el arma. Ya terminó.

Ferguson lo estudia de reojo. Al final, le deja la pistola en la mano. Es como si, al soltarla, también cortara el hilo que lo mantiene atado a su infierno.

—¿Qué demonios hizo, detective? —pregunta Sáenz, sin poder creerlo.

Aitana baja el arma sin apartar la vista de Ferguson.

—Acabar de una vez por todas con el problema —responde, seca.

Ferguson camina hacia el bar. Sus pasos resuenan sobre el mármol.

Se sirve un whisky puro y se lo bebe de un trago.

Luego se sirve otro, doble, y lo toma a sorbos, esperando que el alcohol le calme el torbellino por dentro.

Cierra los ojos un momento y deja que el calor del licor le baje por el pecho.

—Buen trabajo, Ríos —dice, con una sonrisa torcida—. Pero ahora necesitamos sacar ese cuerpo de acá.

Aitana da un paso adelante, con una expresión que no deja leer nada.

—Yo me encargo de eso —dice, sin levantar la voz.

Camina hacia Sáenz. De frente, a un palmo de él, le saca del bolsillo del traje negro el pañuelo de seda que asoma. El gesto, casi íntimo, lo desarma.

Sáenz no dice nada. Tiene los ojos enrojecidos, húmedos en los bordes. Delatan lo que intenta esconder. No está preparado para esto. Nunca lo ha estado.

Con el pañuelo en la mano, Aitana se acerca al revólver que sigue en el suelo. Se agacha, lo envuelve en la tela con el cuidado de quien levanta una reliquia y lo guarda en el bolsillo interior de su chaqueta.

—¿Qué pasa, Sáenz? ¿Nunca ha visto un muerto? —pregunta, mordaz.

Sáenz separa los labios, pero las palabras se le atoran en la garganta.

—Para que vea que no, detective —murmura al fin.

Ferguson lo observa todo desde el bar. El estado de Sáenz parece divertirle. Deja el vaso y se acerca.

—Lo entiendo, Joaquín. Han sido unos días duros para todos —le da una palmada en el hombro al pasar a su lado, y el tono se le afila de veneno—. No sea tan dura con él, detective. Después de todo, Joaquín también perdió a su mujer hace dos días.

Sáenz se pone rígido. Busca en el gesto de Ferguson si ese comentario al paso esconde algo más.

Ferguson sigue hablando, ligero, casi divertido.

—Cómo será, que hasta usaban mi oficina privada para sus picardías. ¿Cómo le parece, detective? —suelta una risa seca, hueca—. La señorita Vidal se cansó de comer vegetariano y vino a probar la buena carne de mi fiel Joaquín.

El despacho queda en silencio. El comentario, repugnante, solo encuentra eco en la indiferencia de Ferguson.

Aquello le cae a Sáenz como un alud. El nombre de Mara, dicho así, entre burlas, le enciende un fuego que no sabía que seguía vivo. Traga saliva. Tiene la garganta seca. Todo empieza a encajar. Levanta la vista hacia el alcalde, pero Ferguson ni se inmuta.

—¿Ese era el teléfono de Mara? —pregunta Sáenz, con la voz rota, mirando los pedazos regados junto al escritorio.

De pronto, una tos. Baja, ronca. Leo, todavía en el suelo, empieza a recobrar la conciencia. Ferguson se vuelve hacia él de golpe.

—¡Remátelo, Sáenz! —ordena, con una voz que raspa como papel de lija.

Sáenz no responde. Tiene los ojos clavados en el alcalde, pero la cabeza en otra parte. En esa noche. La última noche con Mara.

Había recibido una orden directa de Ferguson, como tantas otras veces.

«Llévese la camioneta, tómese la noche libre y mañana lo necesito aquí temprano.

» Algo en el tono, casi permisivo, le despertó una duda.

Pero la oportunidad de escaparse unas horas con Mara era demasiado tentadora.

Esa relación clandestina, ese amor nacido a escondidas, era lo único limpio en una vida contaminada de secretos.

Mara aceptó con su reticencia habitual. «Un par de horas, nada más», le dijo, cauta. Llegaron por separado al motel de siempre. El del alcalde, donde se cerraban los tratos más oscuros con el cartel de Samoná. Esa noche, sin embargo, iba a ser distinto. Esa noche, el motel sería de ellos dos.

Al abrir la puerta de la habitación, la vio.

Descalza, con un vestido sencillo pegado al cuerpo y el pelo suelto sobre los hombros.

En la oficina nunca lo llevaba así. No hubo palabras al principio.

Solo se miraron. Joaquín cerró la puerta y avanzó sobre la alfombra gastada.

Mara lo esperaba inmóvil, pero la respiración la delataba.

El primer beso fue como prender un fósforo en un cuarto lleno de gas. Desesperado, cargado de todo lo que se habían guardado. Se aferraron el uno al otro. Afuera, el mundo podía acabarse.

En la ducha, el agua les corría por el cuerpo y el vapor empañaba el vidrio.

Joaquín la sostuvo contra los azulejos fríos, buscándole la boca con una urgencia que rayaba en el dolor.

En el jacuzzi, las risas se les mezclaron con los gemidos, el agua salpicando con cada movimiento.

En la cama, la mirada de Mara lo atravesó.

Estaba vulnerable, algo que nunca le había mostrado.

Cuando le acarició la cara, él entendió que aquello no se trataba solo de deseo. Se trataba de amor.

—Dame tiempo —le dijo ella, con la voz quebrada—. Necesito tiempo para arreglar unas cosas.

Joaquín no preguntó. No quiso saber qué significaba. En ese momento, lo único que quería era quedarse con ella y protegerla del mundo.

En una pausa, mientras recuperaban el aliento, Mara estiró la mano hacia su teléfono, colgado de su strap fucsia. Joaquín, con una sonrisa traviesa, se le adelantó y se lo quitó.

—Olvídate de eso. Esta noche eres solo mía.

Antes de que pudiera responder, la giró con suavidad, pero con la firmeza suficiente para inmovilizarla contra la cama. Con un movimiento rápido, usó el strap para atarle las muñecas al cabecero. Mara lo miró entre sorprendida y expectante, con la respiración cada vez más agitada.

—¿Qué haces? —susurró, aunque sus ojos dejaban claro que no necesitaba respuesta.

—Asegurarme de que no te escapes —murmuró él, y se inclinó a besarla, saboreando cada segundo.

Mara arqueó la espalda y le cedió el control, con las manos atrapadas por el nailon y el cuerpo entero expuesto. Joaquín le recorrió con los dedos el camino de las muñecas a las caderas, despacio, aprendiéndosela de memoria. Cada roce era un equilibrio exacto entre la ternura y el hambre.

Cuando por fin la soltó, el strap le había dejado marcas en la piel, líneas rojizas y tenues. Mara se dejó caer sobre su pecho, con el pelo todavía húmedo, y acompasó la respiración con la de él.

Joaquín le pasó la mano por la espalda y se detuvo justo donde las marcas empezaban a desvanecerse. Esa imagen se le quedó grabada. Mara rendida sobre él, frágil y poderosa a la vez, con la sonrisa de alguien que por fin descansa.

—Dame tiempo, por favor —repitió ella en un susurro, esta vez con la voz más firme.

Él no preguntó. No quiso saber qué significaba. Lo único que importaba era el calor de su cuerpo contra el suyo y la promesa, sin palabras, de que volverían a verse. Pero el mundo no perdona, y esa noche sería la última.

A Sáenz se le escapa una lágrima por el ojo izquierdo. Todo encaja. Ferguson sabía. Siempre lo supo. Le prestó la camioneta, le regaló la noche y lo mandó al motel de siempre, con la mujer que le estaba robando. Lo usó de carnada.

Sáenz se queda inmóvil. La voz de Ferguson le llega deformada por el eco de su propia rabia.

—¡Remátelo! —grita Ferguson, furioso, señalando a Leo.

Joaquín no responde. Se le vacía la mirada, como si el alma ya no estuviera en esa habitación. Aitana lo observa con cautela, pero no interviene. Algo en el aire ha cambiado. Huele a tormenta.

—¿Qué espera, Sáenz? —le exige Ferguson, con la paciencia al borde del colapso—. ¡Entonces hágalo usted, Ríos!

Aitana se tensa. Joaquín, en cambio, se mueve con una calma que asusta. Da un paso hacia Ferguson y, sin aviso, levanta la pistola. Pero no dispara. Le estrella la cacha en la cara. Ferguson cae al suelo y, antes de que pueda reaccionar, Joaquín se le va encima.

Cada golpe es por Mara. Por la noche del motel. Por el tiempo que ella le pidió y que nunca les dieron. La sangre empieza a mancharle las manos a Joaquín, pero no se detiene.

—¿Cree que puede controlar el final? —ruge entre golpes—. ¡Ahora yo controlo el final!

Se detiene, con la respiración pesada, empapado de sudor y de sangre. Apunta al alcalde. El arma le tiembla en la mano.

—Ríos, salgan de aquí. ¡Ahora! —ordena.

No es su voz. No es la voz de nadie de este mundo. Es oscura, pesada, con olor a azufre.

Aitana se agacha junto a Leo. Él respira corto, con un silbido roto por el dolor. Ella le esquiva los ojos. Le pasa el brazo por encima de los hombros y lo levanta de un tirón, como quien carga el bulto que prometió sacar de ahí.

Caminan hacia la salida y dejan atrás el infierno encerrado entre cuatro paredes. La puerta del despacho queda a sus espaldas, pero lo que pasa adentro todavía los persigue.

Un disparo corta el aire.

Aitana se detiene en seco, como si la onda la hubiera alcanzado. Leo también se queda quieto. Se le escapa un gemido apenas audible. Los dos saben lo que significa. No hace falta mirar atrás. El juicio ha comenzado.

Respiran hondo y dan un paso más. El silencio los envuelve, espeso. Entonces suena un segundo disparo, más sordo, ahogado, como si el cañón hubiera estado pegado a algo. Aitana cierra los ojos. Este es distinto. No suena a castigo. Suena a alguien que por fin se va a donde lo están esperando.

El despacho queda sepultado en sombras. Aquella noche en el motel, Mara le pidió tiempo a Sáenz, y el tiempo se les acabó antes del amanecer.

Se habían prometido, sin palabras, que volverían a verse.

Esta noche, libre por fin de Ferguson, Sáenz va a cumplir esa promesa.

El diablo ha reclamado lo que considera suyo. Porque el diablo nunca pierde.

Aitana afianza el brazo alrededor de Leo y lo sostiene mientras él pelea contra el dolor.

La bala entró por debajo de la clavícula, lejos de todo lo que importa.

Lo justo para que pareciera muerto. Ella sabía exactamente dónde apuntar.

Afuera, la ciudad huele a humo. Salen a la noche, apoyados uno en el otro, hacia un futuro incierto, pero que todavía les pertenece.

Arriba, en el despacho, dos almas acaban de cruzar un umbral del que no hay regreso.

Hace once años, una de ellas juzgó a una muchacha desde lo alto de un estrado.

Con unas pocas palabras le quitó la dignidad, la familia y, al final, la vida.

Esta noche, el juicio es para él. Y al otro lado lo espera ella, la reina del mundo de los muertos.

Hela.

ᚼ