Hela (Lago de fuego 1) 06 · Los Lobos
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06 · Los Lobos

Los Lobos

La verdad tarde o temprano saldrá a la luz

CON LA SATISFACCIÓN DEL DEBER CUMPLIDO , Los Lobos vuelven a la guarida. Siguieron cada movimiento del detective desde un punto alto de la carretera. Para Maco y Pali, entregar a uno de los criminales más buscados del país es un éxito rotundo.

Pero El Niño no se deja llevar por la euforia. Igual que el detective, sabe que todavía faltan piezas para conectar al detenido con el asesinato de la periodista.

—¡Alprazolam! —El Niño teclea una nueva búsqueda en el computador.

—¿Y eso qué es? —pregunta Pali.

—El medicamento que la señora tenía en el bolso.

—Señorita o muchachona —lo corrige Maco—. Señora es una mujer casada. A esta no se le conoció un hombre en la vida. Todos creen que jugaba para la izquierda.

—¿En política? —pregunta El Niño, inocente.

—Pues eso no sé. Lo que sí dicen las revistas es que la habían visto muy cercana a una colega del canal 29.

—¿Se le mojan las chupas? —remata Pali, cortante.

—Bueno, se le mojaban.

El Niño los mira con reproche y sigue buscando.

—Alprazolam, acá está. Es una benzodiacepina. Se usa para tratar la ansiedad, sobre todo las crisis de angustia, la agorafobia, los ataques de pánico y el estrés intenso.

—Trabajando para el diablo, cualquiera sufre de angustia, ataques de pánico y estrés intenso —dice Maco, que no le ve mayor importancia al hallazgo.

Prenden el radio para oír música, pero un boletín interrumpe la canción.

«Atención, noticia de última hora. La periodista Mara Vidal, jefa de comunicaciones de la alcaldía de Ciudad Capital, fue asesinada esta madrugada, a los 39 años.

Las primeras hipótesis apuntan a un crimen pasional, pues el cuerpo apareció en el parqueadero del motel “Pela Rua”, a la salida oriental.

Sin embargo, no se descarta una retaliación por las denuncias que le costaron la elección al candidato Valbuena en las pasadas elecciones.

La señorita Vidal expuso las pruebas que lo conectaban con el cartel de Samoná y que hoy lo tienen tras las rejas. Seguiremos informando…»

—¡Escucharon! —salta Maco—. Dijeron «señorita».

—Punto para el farandulero —responde Pali, sin darle más vueltas.

—O sea que «Barbie» trabaja para el cartel, o lo contrató Valbuena desde la cárcel —piensa El Niño en voz alta, tratando de atar cabos.

Después de casi cuarenta minutos por la vía norte, el furgón se detiene frente a una casa grande y antigua, a las afueras de la ciudad.

—¡Llegamos! —anuncia Maco, y saca a El Niño de sus cavilaciones y a Pali de un sueño profundo—. No veo el carro del jefe.

Apaga el motor y se baja a estirar las piernas.

—No se preocupen. Yo me encargo, espérenme acá —dice El Niño.

Entra por la puerta principal con sus propias llaves, un privilegio que los otros dos no tienen.

Atraviesa el hall hasta un estudio que se abre con otra llave.

Adentro, una biblioteca enorme cubre tres de las cuatro paredes.

Más de mil libros, la mayoría tomos enciclopédicos de historia, bajo un polvo que delata que hace años nadie los toca.

En el centro hay un escritorio de roble macizo, réplica exacta del Resolute, el que la reina Victoria le regaló en 1880 al presidente Rutherford B. Hayes y que con los años se volvió un símbolo de poder en la Oficina Oval.

Con una tercera llave abre el segundo cajón. Ahí esperan dos sobres de manila sellados, con los nombres de sus compañeros, que una vez más arriesgaron la vida para hacer el trabajo que le correspondía a la policía. Los toma, cierra todo y sale a entregarle a cada uno su pago.

—Y luego dicen que la justicia no paga —celebra Maco al abrir el suyo.

Pali asiente.

—Ya saben, bajo perfil por un tiempo —ordena El Niño, y se inclina sobre el asiento del furgón para recoger sus equipos—. Estamos cerca del gran golpe.

Les da la mano y vuelve a la casa. Entra con la llave, con el mismo cuidado de la primera vez. Los otros dos se van en el furgón a descansar.

En el fondo, Maco y Pali no son más que mercenarios bien pagados. Leales, sí, pero mercenarios al fin y al cabo.

El Niño deja caer la maleta en el hall y va a la cocina por algo de tomar. Le suena el celular.

—¡Doc.! Acabamos de llegar. Todo en orden, ya le entregué el sobre a cada uno… —suelta de corrido.

—¡Lo tenemos! —susurra «El Doc.» al otro lado de la línea, cuidándose de que nadie más escuche—. ¡Tenemos al desgraciado!

—Sí, lo tenemos. Bueno, ahora lo tiene el detective, pero a esa bailarina de porcelana le van a tener que pegar la manito —se burla El Niño.

—No, escúchame bien —lo corta «El Doc.»—. ¡Tenemos al diablo!