05 · El Barbie
El Barbie
Nunca se debe perder la capacidad del asombro
—«EL GRAN ALEX MCALLISTER» —se repite una y otra vez, con odio, rumbo al barrio La Estrella, donde lo espera «el regalo».
Van más de treinta llamadas en lo corrido del año, y cientos en la última década.
No sabe por qué lo eligieron a él para cargar con esa cruz.
Ese calvario lo convirtió en el gran detective que resuelve casos, atrapa criminales y los pone tras las rejas.
La verdad es que, desde hace mucho, Los Lobos actúan por él.
Lo han vuelto el títere de quienes, por fuera de la ley, buscan justicia por su cuenta.
La noche está a punto de cederle el turno al día, pero todavía necesita los faros del carro para ver el camino. La Estrella es el barrio vecino de la zona roja, y la escuela queda en lo alto de la loma.
En la cabeza de Alex siempre está la posibilidad de una emboscada o un atentado. Nunca ha pasado, pero sabe la cantidad de enemigos que ha acumulado con los años. Por eso deja el carro a varios metros del punto que le indicaron y sigue a pie, con cautela.
Peina la zona con cuidado y a lo lejos ve a una persona recostada contra el único poste de luz que todavía está encendido. Desenfunda el arma, quita el seguro y avanza apuntando.
—¡Policía! Quédese quieto y ponga las manos donde las pueda ver —ordena, con toda la autoridad de sus años de oficio.
El hombre apenas logra abrir los ojos, verdes, de tantos golpes.
La escena es dantesca. Está completamente desnudo, cubierto por la sangre escandalosa que le brota de una laceración inmensa en la frente y que le tiñe de escarlata parte del pelo.
Tiene los brazos amoratados alrededor del poste, la espalda arañada contra el concreto y unas esposas en las muñecas que lo mantienen inmóvil.
Roza la hipotermia, aunque no lleva mucho tiempo ahí.
Es costumbre de Los Lobos sacar a pasear un rato a sus presas antes de entregarlas, y esta no es la excepción.
Pero al detective le sorprende la cantidad de lesiones.
Sin acercarse más, guarda el arma y registra la escena en fotos y video.
Luego llama a la línea de emergencia para pedir asistencia inmediata.
Alex tiene muchos ojos encima y mucha gente respirándole en la nuca. Lo acusan de trabajar para Los Lobos. Se ha llegado a murmurar que él podría ser «El Doc.». No puede cometer un solo error de procedimiento. Debe regirse por el manual.
En los veinte minutos que tarda en llegar la ambulancia, inspecciona los alrededores.
Encuentra marcas de llanta parecidas a las del motel y, a un costado de la carretera, una bolsa plástica de cierre con las pertenencias chamuscadas de la periodista.
Registra todo sin mover ni alterar la evidencia.
Mientras tanto, el hombre amarrado al poste masculla una frase que se entiende a medias por lo mucho que tirita.
—No tienen nada —susurra, con los dientes castañeteando como una máquina de coser—. No tienen nada.
Alex interrumpe el recorrido y vuelve hacia él. Lo mira de cerca hasta que lo reconoce.
—El famoso «Barbie», ¿cierto? —dice, en cuclillas frente a él.
—No tienen nada.
—¿Nada de qué?
—No tienen nada.
—¿Por qué está aquí? —pregunta Alex—. ¿Por qué están las pertenencias de una mujer asesinada hace unas horas al lado del sicario más buscado del país?
Le mira con asco las heridas de la cabeza y la cara medio desfigurada.
—Bueno, de lo que dejaron de él.
—No tienen nada.
—¿Por qué la periodista? ¿Con quién estaba en el motel? ¿Quién le ordenó matarla? —insiste Alex, y le levanta la cabeza de un tirón, agarrándolo por la parte del pelo que todavía no está ensangrentada—. ¡Míreme! Se le va a ir hondo, hondo. ¿Por qué la mató?
—No tienen nada.
—Ya veremos, «Barbie», ya veremos…
Según los informes de inteligencia, Jeffrey Cruz, alias «Barbie», es el jefe de Los Muñecos, una banda criminal dedicada a asesinar a gente influyente de la alta sociedad.
Las investigaciones nunca han sido concluyentes, por la corrupción de las instituciones y la negligencia del sistema judicial.
El apodo de «Barbie» le viene del físico.
Lejos del estereotipo del matón feo y ordinario, Cruz tiene rasgos finos y delicados.
Ojos verde esmeralda, nariz respingada, dentadura perfecta, cuerpo torneado, bronceado y musculoso. Idéntico a Ken, el novio de la Barbie.
Desde muy pequeño lo usaron para seguirles la pista a los objetivos más valiosos, porque su apariencia le abría las puertas de los círculos esnobs donde esa gente se movía.
Es inteligente, astuto y cauteloso, pero sobre todo ambicioso.
A los veintitrés años se autoproclamó líder de Los Muñecos después de matar a su jefe a sangre fría, delante de todo el clan.
Les disparó a todos los que se opusieron a su nuevo mandato, y los demás aprendieron a valorar su vida.
Nunca se le ha podido comprobar nada, y por eso anda tan campante por las calles de Ciudad Capital.
Alex le toma fotos al sicario. Son las mismas facciones que ha visto cientos de veces en los expedientes de la sala de juntas.
A Jeffrey Cruz se le atribuye el atentado fallido contra Mark Blackburn, el influyente padrino político del alcalde Luis Ferguson y padre de la primera dama de la ciudad, Ana Blackburn. Blackburn, un hombre de linaje tradicional y prestigioso, gobernó el país durante dos periodos.
Su presidencia terminó cuando la oposición, apoyada por un cartel extranjero, se tomó el poder de la capital y después el de todo el país. Años más tarde, El Confidencial, con la pluma de Mara Vidal, destapó la corrupción y la injusticia de ese régimen.
El partido de Blackburn volvió a ganar en las últimas elecciones, pero fueron dieciséis años en los que el comunismo radical le secó de raíz la alegría al pueblo y lo ahogó en pobreza, violencia y muerte.
El asesinato de Mara no es una coincidencia.
Era una profesional implacable, y hoy son muchos los enemigos que estarán celebrando, tanto en las cárceles del país como en las madrigueras oscuras donde se esconden los que siguen delinquiendo.
Lo que no le cuadra al detective es el lugar, la hora y qué hacía ella en ese motel.
La llegada de la ambulancia despierta a los vecinos de La Estrella y trae consigo los primeros rayos de sol. Otra vez son Kelly y su compañero.
—Detective —saluda Kelly.
—Kelly, ¿cómo les fue con el testigo?
—Sin contratiempos, afortunadamente. El patrullero Ruiz se quedó custodiándolo.
—Perfecto.
Kelly mira al hombre desde lejos, abre las puertas traseras de la ambulancia y saca un maletín de primeros auxilios, una bata quirúrgica y una manta térmica.
—Detective, ¿usted tiene llaves para las esposas? —pregunta, agachada junto a Cruz.
—Sí, permítame —dice Alex, y se acerca.
Le quita las esposas despacio.
—¿Qué le pasó en esa mano? —pregunta con repugnancia.
A leguas se le ve una fractura abierta en la muñeca derecha, el método de tortura tradicional de sus captores.
Una vez esposado al tubo del techo, lo pasearon por una carretera destapada, zigzagueando de golpe, hasta oír el chasquido de los huesos.
Cuentan los que han sobrevivido a ese viaje que, cuando suena ese crujido, Los Lobos lo celebran como quien descorcha una botella de champán.
—No tienen nada —murmura Cruz cuando lo suben a la camilla que el conductor de la ambulancia acaba de acercar.
—¿Ese es «Barbie»? —le pregunta el camillero a Kelly al oído.
—Sí, parece —responde ella.
El detective le esposa la mano izquierda, la sana, a una de las barandas de la camilla.
—Ha perdido mucha sangre y tiene principios de hipotermia —le explica Kelly—. Le voy a poner un sedante para el traslado y le voy limpiando las heridas por el camino.
—Adelante —dice Alex, con algo de compasión—. Yo los escolto hasta el hospital.
Recoge la bolsa con la evidencia. Sabe que se está saltando el protocolo, pero no piensa dejarla en manos de nadie.
Da un giro completo para asegurarse de que no se le escapa ningún detalle.
Bajan de la loma con el sol ya afuera, a sus espaldas.
Las sirenas les abren paso y llegan al hospital sin problemas.
Durante el trayecto, Alex no deja de darle vueltas a las palabras de Cruz, hasta que por fin les encuentra sentido. No tienen el arma del crimen. No tienen los guantes para una prueba de pólvora ni para cotejar huellas. No hay ropa con ADN de la víctima. No tienen nada.