Hela (Lago de fuego 1) 04 · Detective
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04 · Detective

Detective

Suerte o destino, cada quien decide su camino

—¡ES MAKI! Déjenlo pasar —les avisa el forense a los dos uniformados que acordonan la zona con cinta amarilla, los mismos que llegaron veinte minutos después de la llamada de Blazej.

Alex se baja del carro, con los vidrios empañados por el choque entre el frío de la madrugada y el vapor que todavía le sale del cuerpo después de Noelia. Muestra la placa, opaca y rayada, y entra en la escena del crimen, que bajo los reflectores parece el set de una película de terror.

—Tiene más cara de muerto que la víctima —le dice el forense con un guiño, al verlo despelucado y ojeroso. Es su compañero de tantas madrugadas—. ¿Cuánto lleva sin dormir?

Le pasa un café que le tenía separado.

—La verdad, ya perdí la cuenta —Alex lo recibe con gusto—. ¿Qué tenemos hoy?

Saca un lapicero del bolsillo y con él levanta la manta blanca.

—Mujer de unos cuarenta años, con una herida fatal en la cabeza. No hemos encontrado casquillo, así que pudo ser un revólver. Por el tamaño del orificio, diría que un 38 especial. Es mi intuición.

—¡Mierda! Es la periodista esa, ¿cómo se llama? —exclama Alex, al reconocerla.

—Mara Vidal.

—¿Crimen pasional?

—Parece más un robo. Le disparó a través del vidrio, metió la mano y se llevó sus cosas —alumbra con una linterna pequeña el espaldar del asiento, manchado de sangre—.

Usó guantes. No hay una sola huella. Y ya le contaron al capitán.

Uno de los agentes la reconoció al llegar y lo soltó por radio, abierto.

—Mucha bestia. Esto se va a llenar de reporteros en cuestión de minutos, así que dense prisa antes de que empiece el circo y nos contaminen la escena —Alex se guarda el lapicero en el bolsillo interior del abrigo, trajinado y motoso, y se vuelve hacia los patrulleros—. ¿Quién llamó?

—El administrador —responde uno de ellos, y señala a Blazej con la boca.

Alex va hacia el viejo borracho, que está envuelto en una manta térmica plateada y bebe a dos manos de un pocillo caliente. A su lado hay una paramédica, que llegó minutos después de la patrulla.

—Buenos días, detective —dice la mujer.

—Buenos días —contesta Alex, sin dejar de estudiar al hombre.

—Hombre extranjero en estado de shock, con alto grado de alicoramiento y poco dominio del español. Tengo que llevármelo al hospital, como indica el protocolo.

—¿Cuál es su nombre? —le pregunta Alex.

—Blazer, Blazei o algo así —responde ella, mirando al viejo.

—No, el suyo.

—Ah, Kelly, señor.

—Kelly, gracias por su ayuda. Solo le voy a hacer un par de preguntas y se lo puede llevar.

—No está hablando. Solo balbucea palabras en un idioma raro, como puede ver. Los policías ya lo intentaron y fue imposible. Me pidieron que le diera un calmante, pero con la intoxicación que tiene no puedo.

—Gracias, Kelly, muy buen trabajo. Lléveselo, por favor, al Hospital de La Misericordia. Yo en unas horas paso a verlo.

Kelly le quita el pocillo de las manos, ayuda a levantarlo y lo acuesta en la camilla con un cuidado infinito. El conductor de la ambulancia se baja a cerrar las puertas, mientras Alex le ordena a uno de los agentes que los escolte.

—No quiero que hable con nadie. No se le despegue ni un segundo, ¿entendido?

—Sí, señor.

Al darse la vuelta, Alex nota unas marcas de llanta en el piso, las que dejó el furgón al arrancar, y le pide al forense que las revise.

—Buen ojo, Maki. Están frescas. No son ni de la ambulancia ni del carro de criminalística. Ninguno de los dos pasó por este lado del parqueadero —dice el forense, mientras les toma fotos desde varios ángulos.

—¿Pudo haber huido en ese vehículo?

—No lo creo. Parece un vehículo pesado y lento. Pero no lo descartaría.

En ese momento, le suena el teléfono. Alex lo busca entre los bolsillos y casi se echa el café encima. Lo pone sobre un muro, sacude la mano y se sopla la quemadura.

Con la otra mano saca el teléfono. Número desconocido. Se queda mirando la pantalla antes de decidirse a contestar.

—Detective McAllister —dice, contenido, desconfiado.

—Detective, tiene un regalo en La Estrella, junto al preescolar. Le recomiendo ir por él antes de que lleguen los niños a clases —dice una voz robotizada.

Cuelgan.

Ese tipo de llamadas no es ninguna novedad para él. La voz, aunque distorsionada, le resulta familiar. Sabe lo que le espera en esa dirección.

Una vez más, Los Lobos se le adelantan en la cacería. Como a una cría, le sirven en bandeja el manjar de la noche, para desafiarlo, humillarlo y poner en duda su capacidad de hacer justicia. Otra que, si se le escapa, terminará en su antebrazo.

Aprieta los puños y va directo al carro. Nadie a su alrededor pasa por alto la reacción. El forense le grita desde lejos.

—¡Maki! ¿Todo bien?

Nada.

—¡Hago el levantamiento y la dejamos en Medicina Legal para la autopsia!

Tampoco.

Alex arranca y, en un giro violento, sale hacia La Estrella. Es la segunda parada de lo que promete ser un día interminable.