Hela (Lago de fuego 1) 03 · Noelia
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03 · Noelia

Noelia

Una palabra puede herir más fuerte que una bala directa al corazón

TRES GOLPES SUAVES en la puerta sacan a Alex de sus pensamientos y lo devuelven a su maldita realidad, esa que tanto le gusta evadir con el licor.

Apaga un cigarrillo que se consumió solo, con la ceniza larga y curva. Apenas le dio una calada al encenderlo. Después, los demonios de su cabeza volvieron a tragárselo.

Le baja el volumen al televisor, que pasa comerciales de productos inútiles, se acomoda la funda de hombro donde siempre lleva el arma de dotación y se asoma a la mirilla antes de abrir.

Al otro lado hay una mujer en hábito de monja. Apenas abre, ella se le abalanza encima, sin titubear.

A besos desenfrenados y mordiscos en los labios, él cierra la puerta, la carga y la suelta de golpe sobre la cama.

No hay amor. Hay hambre. Se ve en la agitación, en las uñas que se le entierran en la espalda, en la desesperación con que él se hunde entre las piernas sin bragas de esa monja que le altera la existencia.

La hace suya una y otra vez, despojándola de todo.

La ropa, los problemas, las culpas, los valores.

Solo le deja en la cabeza la cofia que sostiene el velo.

En el pecho, un rosario de madera rebota contra los senos operados, empapados de sudor.

En la muñeca izquierda, un pequeño símbolo de infinito en tinta negra, que él roza sin pensar, de tanto haberlo hecho.

En el muslo izquierdo, un tatuaje ornamental que le baja hasta la rodilla. En el derecho, un liguero donde esconde su Ruger EC9.

Cuarenta minutos de pura concupiscencia, sin una sola palabra. Al final, recuperan el aliento.

—Un día duro en la casa del Señor, por lo que veo —dice Alex, con la voz ronca.

—No quiero hablar de eso —responde ella, y le da la espalda desnuda. Las lágrimas le escurren sobre la almohada.

—Noe, te está superando el caso, mira cómo estás —insiste Alex, echándole leña al fuego.

—Alex, ya te dije que no quiero hablar de eso.

—Está bien, pero mira cómo estás. Hace días que no eres la misma. Llegas en la madrugada, poseída y destruida a la vez.

—¡Basta!

—Solo me preocupo por ti…

—Pues basta. Preocuparse va en contra del acuerdo. Nada de sentimientos, nada de preguntar por el trabajo, nada de preocuparse por el otro. Solo sexo. Ese es el acuerdo que el gran Alex McAllister creó y que yo acepté. Así que basta.

Se hace un silencio incómodo. «El gran Alex McAllister.» Noelia lo dijo con sarcasmo, y la frase le atraviesa el cuerpo entero. Es el fantasma que lo persigue desde hace años. El de un hombre que alguna vez tocó el cielo con las manos y hoy nada con sus penas en el lago de fuego.

Las marcas en su piel son el mapa de una carrera en declive. Una cicatriz queloide en el hombro izquierdo, a pocos centímetros del corazón, de una bala que lo atravesó de lado a lado hace casi veinte años, cuando apenas empezaba. Las huellas de viejas riñas en la cara.

Trece cortadas en el antebrazo derecho, que él mismo se hizo, una por cada investigación sin justicia. Es un hábito que adquirió hace once años, después del caso más crudo de su carrera. El de Hela.

—El gran Alex McAllister —repite en un susurro, con rabia.

Noelia se gira, avergonzada, dispuesta a disculparse. A las tres y cuarenta en punto, el celular de Alex interrumpe la reconciliación. Es el aviso del motel. La jurisdicción es suya y, aunque no lo parezca, está de turno.

—Detective McAllister —contesta, seco.

Escucha con la cara impasible y asiente.

—Sí, conozco el lugar. Voy para allá.

Noelia no protesta. Se levanta de la cama y se encierra en el baño a darse una ducha que le enfríe la cabeza. Los dos están acostumbrados a esto. Algunas veces es ella la que tiene que salir corriendo.

Alex agarra las llaves del carro y la placa que todavía lo acredita como detective, descuelga el abrigo de la pared junto a la puerta y se va sin mirar atrás.

Empieza otro largo día en el que podrá evadir sus pensamientos más oscuros, gracias a La Parca y su misteriosa forma de obrar.