Capítulo 8. Mareas de Jengibre y Falsas
El viento de la madrugada arrastraba el olor a gasóleo y salitre característico del muelle norte de Whisper Cove.
Ocultas tras una hilera de cajas de madera cubiertas por redes de pesca, Clara Vance y yo observábamos a Gideon.
El anciano caminaba a trompicones, con los ojos desorbitados por el efecto de la paranoia que le había provocado mi galleta de jengibre mágica.
Se sujetaba el estómago con una mano mientras que con la otra arrastraba un pesado bidón de plástico azul con el logotipo de la constructora Altamar.
—¡Tengo que deshacerme de esto! —lo escuchamos murmurar, con la voz rota por el pánico—. El crítico lo dejó todo escrito... si encuentran el compuesto en mi almacén, sabrán que fui yo... ¡Sabrán lo del faro!
Malvado se deslizó entre mis piernas, con el pelaje erizado por la humedad de la tormenta inminente.
—El sheriff Cross y sus hombres ya están apostados en la entrada del almacén número cuatro —me transmitió el gato en un maullido imperceptible para el resto— . He visto las luces de sus patrullas apagadas. El anzuelo está
completamente tragado, Amber.
Gideon llegó al borde del muelle flotante, justo donde las olas picadas del Atlántico golpeaban los pilotes de madera podrida.
Soltó un grito de frustración y, usando las pocas fuerzas que le quedaban, le propinó una patada salvaje al bidón de plástico.
El contenedor azul rodó por el borde y cayó al océano con un estruendo masivo, hundiéndose de inmediato en las aguas oscuras.
—¡Ja! —exclamó Gideon, con una risa desquiciada que el viento cortó de golpe—. ¡Se acabó! Sin el compuesto químico no hay pruebas. El sheriff jamás podrá demostrar que yo toqué ese hojaldre de canela.
En ese instante, las luces de tres
patrullas encendieron sus faros de golpe, bañando el muelle con destellos rojos y azules. El sheriff Ethan Cross avanzó por la pasarela de madera con el arma reglamentaria en la mano, seguido por dos agentes que arrastraban una pesada red de salvamento industrial.
—No cantes victoria tan rápido, Vance — sentenció Cross con su voz de plomo—. Mis hombres colocaron una red de arrastre bajo este muelle en cuanto recibimos el aviso anónimo. Tus pruebas acaban de caer directamente en nuestras manos.
Los agentes tiraron de las cuerdas de la red, izando el pesado bidón azul de vuelta a la superficie.
El contenedor chorreaba agua salada mientras lo depositaban bruscamente sobre el concreto del muelle.
El sheriff Cross, manteniendo la vista fija en un Gideon que ya había caído de rodillas, sacó una navaja de su cinturón y perforó el tapón de sellado del bidón para extraer una muestra del supuesto veneno industrial.
Sin embargo, cuando el líquido comenzó a salir, mi olfato de bruja culinaria no percibió el aroma metálico y agrio de la noche anterior. El líquido era
transparente, inodoro y completamente inofensivo.
—¿Qué demonios es esto? —gruñó el sheriff Cross, pasando un dedo por el líquido y oliéndolo con frustración—. Esto no es ningún compuesto químico corrosivo, Vance. Esto es agua de mar común con un poco de tinte azul
industrial. ¡Nos has hecho perder el tiempo!
Gideon miró el líquido en el suelo y luego sus propias manos, completamente atónito. La paranoia de la galleta seguía nublando su mente, pero el shock de la realidad abrió una brecha en su locura.
—No... no puede ser —tartamudeó el anciano, temblando de terror—. Él me dijo que este era el veneno... Él me dijo que si me deshacía de este bidón, la policía cerraría el caso culpando a la repostera... ¡Me ha tendido una trampa!
El sheriff Cross agarró a Gideon por la solapa de su abrigo de marinero,
levantándolo del suelo con brusquedad. La agresividad del oficial volvió a florecer, pero esta vez iba dirigida al sospechoso correcto.
—¿Quién te lo dijo, Gideon? ¿Quién te entregó este bidón falso? —le exigió Cross, sacudiéndolo—. Habla de una vez si no quieres pasar el resto de tus días en una prisión de máxima seguridad por obstrucción a la justicia y complicidad en un homicidio.
—No sé su nombre... lo juro por mi vida — sollozó Gideon, completamente
quebrado—. Un hombre enmascarado me abordó en la cabaña del faro el miércoles por la noche.
Sabía lo de mis deudas, sabía el odio que mi familia le tiene a las Stone.
Me entregó el polvo gris y me dijo que solo tenía que esparcirlo en la servilleta de Finch mientras Lily estaba distraída. Me prometió que la
constructora Altamar me pagaría una fortuna si ayudaba a cerrar la pastelería. ¡Pero el bidón que me dio para esconder era falso! Él quería que me atraparan a mí... quería un culpable rápido para huir del pueblo.
Clara Vance dio un paso al frente desde las sombras del almacén, con el rostro pálido y los puños apretados.
—Te han utilizado como el peón de un tablero que ni siquiera entiendes, tío —le dijo Clara con desprecio—. El asesino real de Finch sigue libre en Whisper Cove, y nosotras seguimos estando en su lista de problemas.
El sheriff Cross ordenó a sus agentes que subieran a Gideon a la parte trasera de la patrulla. El anciano se marchó
balbuceando incoherencias, dejando un silencio sepulcral en el muelle norte, solo interrumpido por el golpeteo de la lluvia contra las láminas de los almacenes. Cross se giró hacia Clara y hacia mí, guardando su arma con una lentitud calculada.
—Esto cambia las cosas, Stone —dijo el sheriff, clavando sus ojos grises en los míos—. Tu pista sobre el ayuntamiento era real, pero ahora tenemos a un asesino profesional que sabe cómo mover los hilos del pueblo y borrar sus huellas. Gideon no es más que un cabo suelto que acaban de cortar.
—Eso significa que Lily y yo seguimos en peligro, sheriff —le respondí, cruzándome de brazos para combatir el frío marino—. Quienquiera que haya matado a Finch sabe que yo tengo el sobre de las pruebas del ayuntamiento.
—Mantén los ojos abiertos, Amber —me advirtió Cross, dándose la vuelta hacia su vehículo—. El caso sigue abierto. Voy a registrar la oficina de Finch en el
periódico local a primera hora. Si
descubro que me estás ocultando información sobre ese enmascarado, la tregua que tenemos se va a terminar de inmediato.
Regresamos a la pastelería cuando el reloj de la plaza marcaba las siete y media de la mañana.
La lluvia repicaba con fuerza contra los cristales, y el interior del local se sentía más frío de lo habitual.
Lily nos esperaba en la cocina, sentada junto al horno apagado con una expresión de intensa ansiedad.
Al escuchar que Gideon era inocente del envenenamiento directo y que un hombre enmascarado controlaba la constructora Altamar, la joven se tapó la boca con horror.
—Mi padre nunca me mencionó a un enmascarado —susurró Lily, con la voz rota—. Pero sí sé que los ejecutivos de la constructora tienen un socio local en Whisper Cove. Alguien que vive aquí y que les facilita los informes del terreno en secreto.
—Tiene que ser alguien con acceso a los archivos del ayuntamiento o a los registros de la propiedad —añadió Clara, sentándose a la mesa y frotándose las sienes—.
Alguien que sepa exactamente cuánto vale cada metro cuadrado de la bahía y que tuviera un motivo personal para deshacerse de Finch antes del viernes.
Malvado saltó al mostrador de acero, observando el sobre de manila de Finch que aún descansaba junto al mortero de piedra.
—Si el asesino real sabe que Gideon ha caído, su próximo movimiento será destruir la evidencia que nosotras
tenemos —maulló el gato, mirándome fijamente—. El tiempo corre, Amber. Tenemos que adelantarnos al sheriff Cross si queremos descubrir la identidad de ese socio secreto.
—Mi abuela tenía una receta guardada en el reverso del diario —les dije a Clara y a Lily, abriendo el cuaderno de cuero desgastado—. Los Macarons de
Clarividencia. Requieren polvo de almendras recolectadas durante el solsticio y un toque de esencia de tomillo blanco. Si logro hornearlos
correctamente, el don familiar me permitirá experimentar un eco del pasado: podré ver la última conversación que Finch tuvo en su habitación de hotel antes de ser envenenado.
—Eso es sumamente peligroso, Amber — me advirtió Clara, arqueando una ceja con escepticismo—. Si el sheriff Cross te descubre usando tus artes botánicas para husmear en las escenas del crimen, te encerrará por brujería o por
manipulación de pruebas.
—No tenemos otra opción, Clara — respondí, encendiendo el quemador de la cocina con determinación—. El asesino está en este pueblo, camina por nuestras calles y podría ser cualquiera de los clientes que cruzan nuestra puerta cada mañana. Necesitamos esa visión.
Pasamos las siguientes horas preparando la cocina para el siguiente nivel de la investigación.
Lily se encargó de limpiar minuciosamente los restos de la harina de la noche anterior, asegurándose de que el mostrador de acero inoxidable quedara impecable.
Mientras tanto, Clara cruzó a su cafetería moderna para abrir las puertas a su hora habitual; debíamos mantener las apariencias frente a los habitantes del pueblo y vigilar que ningún vecino —o el mismísimo sheriff—
sospechara de nuestra alianza secreta.
El aroma dulce pero intensamente herbal del tomillo blanco comenzó a mezclarse con el aire caliente de la pastelería, creando una atmósfera de misterio místico que hacía que los vellos de mis brazos se erizaran.
Malvado se colocó en el alféizar de la ventana, con las orejas atentas al persistente sonido de la lluvia que no cesaba sobre Whisper Cove.
El Acto 1 del misterio había terminado con la captura de un peón falso; el Acto 2 acababa de comenzar en el mostrador de mi cocina, y el enmascarado de Altamar estaba a punto de descubrir que la nueva repostera del pueblo no se daría por vencida tan fácilmente.
Para que el Macaron de Clarividencia funcionara con la máxima precisión, el diario de mi abuela era muy claro: debía consumirse en el lugar exacto donde los eventos del pasado habían dejado su huella térmica y emocional.
La pastelería estaba demasiado limpia de la esencia de Finch, así que esperé a que la tarde cayera y el cambio de turno de la policía dejara el Hotel Beaufort con menos vigilancia.
Tomé una pequeña caja con el dulce recién horneado, me colgué la mochila de lona y salí por la puerta trasera junto a Malvado.
El Hotel Beaufort era una imponente edificación de estilo victoriano venida a menos, ubicada en la zona alta de los muelles.
La habitación 204, donde se hospedaba el crítico, estaba acordonada con una cinta amarilla de la policía, pero las viejas escaleras de incendios de la parte trasera crujían bajo el viento sin que nadie las vigilara.
Deslicé la ventana guillotina con extremo cuidado y me colgué hacia el interior del cuarto de Finch.
El ambiente olía a humedad, a sábanas limpias y al rastro inconfundible del café amargo que él solía consumir.
Me senté en el suelo, abrí la cajita de cartón y le di un mordisco al macaron de tomillo y almendras.
El efecto fue devastador y fulminante. El don familiar me sacudió la espina dorsal como una corriente eléctrica, borrando las paredes desgastadas del hotel y reemplazándolas por un eco translúcido del pasado.
Vi a Barnaby Finch de espaldas, ordenando los documentos en su sobre de manila la noche del
miércoles. De repente, la puerta de la habitación se abrió sin forzar. Un hombre de complexión alta, envuelto en una gabardina oscura y con el rostro cubierto por una máscara de tela negra, entró con paso firme. Finch no gritó; parecía conocerlo.
—El trato con Altamar está cerrado, Finch. Devuélveme el sobre con los registros de expropiación —dijo la voz del enmascarado, distorsionada
artificialmente.
—No voy a devolver nada —desafió el crítico, golpeando el escritorio—. Voy a publicar todo el fraude del alcalde este viernes, y tu nombre estará en la primera plana.
El enmascarado no discutió. Con un movimiento rápido y entrenado,
inmovilizó a Finch por el cuello. Mientras el crítico luchaba por respirar, el
asaltante sacó un pequeño frasco con polvo grisáceo y lo vertió directamente sobre la taza de café que Finch tenía a medio terminar, obligándolo a tragar el residuo metálico.
Al soltar el cuerpo inerte del periodista, el asesino estiró la mano para revisar la mesa.
En ese instante, la manga de su gabardina se deslizó hacia atrás, revelando un
accesorio impecable bajo la luz de la lámpara: un reloj de oro macizo con un grabado náutico de un ancla entrelazada en la correa.
La visión se disipó de golpe,
devolviéndome al suelo frío del cuarto abandonado.
Me tapé la boca para ahogar un grito de puro terror.
Yo conocía ese reloj perfectamente. Lo había visto esa misma tarde sobre la mesa de acero de la comisaría.
El asesino enmascarado de la constructora Altamar, el hombre que manejaba los hilos y que acababa de encerrar a Gideon para cerrar el caso, era el mismísimo sheriff Ethan Cross.