Hechizos, Hojaldres y Homicidio Capítulo 7. Alianzas de Azúcar y Ceniza
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Capítulo 7. Alianzas de Azúcar y Ceniza

El viento de los acantilados aulló a través de las maderas rotas del faro, arrastrando una cortina de agua salada que salpicó el suelo circular de piedra.

El silencio que siguió a las palabras de Clara Vance fue tan denso que casi se podía escuchar el chisporroteo de la linterna industrial que colgaba de su mano.

Miré a mi rival comercial, la mujer que durante semanas había representado mi mayor obstáculo para consolidar mi negocio en Whisper Cove.

En sus ojos grises, habitualmente cargados de un desprecio corporativo, no encontré el brillo frío de una asesina; solo había una fatiga antigua, el desgaste de alguien que había pasado diez años cargando con la ruina de su apellido.

—Si no fuiste tú, Clara, y tampoco fue Lily...

—comencé, dando un paso adelante y bajando los hombros en señal de tregua—, significa que el verdadero asesino nos está observando a todas.

Usó el robo de Lily para conseguir el compuesto de la constructora Altamar, envenenó mi hojaldre para silenciar a Finch y ahora está esperando a que el sheriff Cross nos encierre para cerrar el caso.

Clara guardó la linterna en el bolsillo de su abrigo de cachemira. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza de la tensión. Miró hacia la mochila de lona que yo aún sostenía contra mi pecho.

—El alcalde Arthur Pendelton no tiene el valor para manipular un compuesto industrial por sí mismo —afirmó Clara, cruzándose de brazos—.

Es un cobarde que firma papeles bajo la mesa, pero se desmaya si ve una gota de sangre.

Quienquiera que haya cambiado el frasco de Lily anoche sabía exactamente cómo operaba la constructora.

Si queremos salvar nuestras cabezas, tenemos que descubrir quién es esa persona antes de que Cross decida que el testimonio de Arthur es suficiente para arrestarte.

—No podemos ir a la comisaría sin pruebas —intervino Lily desde su caja de madera, limpiándose los ojos

enrojecidos—. Mi padre me buscará si la policía hace preguntas sobre los

laboratorios de la constructora.

—Entonces no iremos a la policía —dije, tomando una decisión que habría hecho sonreír a mi abuela Esther—.

Regresaremos a la pastelería.

Cruzaremos por el sendero de los

pescadores para evitar las patrullas de la plaza. Tengo el frasco con el polvo gris bajo una baldosa del almacén. Si logro analizar los residuos químicos usando un catalizador botánico en mi cocina, podremos descubrir el origen exacto de la sustancia y quién la manipuló antes que Lily.

El descenso por los acantilados de Punta Negra bajo la tormenta inminente fue un ejercicio de equilibrio y nervios

templados. Clara Vance caminaba al frente, demostrando que conocía los rincones ocultos de Whisper Cove mejor que nadie; al fin y al cabo, este pueblo había sido suyo antes de que mi familia se lo arrebatara.

Lily caminaba en medio, encogida bajo su suéter empapado, mientras que Malvado y yo cerrábamos la marcha, vigilando que ninguna silueta extraña se recortara entre los árboles de la ladera.

Evitamos la plaza principal, donde las luces azules de una patrulla del sheriff aún parpadeaban cerca del

ayuntamiento. Nos deslizamos por el callejón trasero de la mercería y entramos a la cocina de mi pastelería a través de la puerta de madera que crujía con el viento.

El calor residual de los hornos apagados nos recibió como un abrazo, y el aroma a levadura y mantequilla ayudó a disipar el frío que traíamos calado en los huesos.

—Cierren las persianas de la entrada —le ordené a Clara mientras me arrodillaba en la esquina del almacén de harina—. Si ven luces encendidas a esta hora, Cross sospechará.

Retiré la baldosa floja con cuidado. El frasco de vidrio oscuro con el polvo grisáceo seguía allí, intacto. Lo coloqué sobre la mesa central de acero

inoxidable, bajo la luz tenue de una lámpara auxiliar. Clara se acercó, despojándose de su abrigo mojado, revelando una actitud de concentración que nunca le había visto en su moderna cafetería de enfrente.

—¿Y bien? —preguntó Clara, observando los utensilios de repostería que yo comenzaba a alinear sobre la mesa—. ¿Cómo se supone que un pastel va a decirnos quién es el asesino? Mi familia regentaba este lugar antes que la tuya, Amber, y sé perfectamente que la harina no hace milagros médicos.

—La harina no, Clara —respondí, sacando del fondo de mi estantería oculta un mortero de piedra negra y un frasco de esencia de lavanda salvaje refinada bajo la luna de otoño—. Pero la magia culinaria opera mediante

afinidades y emociones de la materia. Este polvo gris es un agente corrosivo industrial de la constructora Altamar.

Fue diseñado para destruir. Si lo mezclo con un catalizador que potencie los rastros biológicos de la última persona que lo manipuló sin protección, la magia revelará un color o un aroma que nos dará la identidad del culpable.

Lily se sentó en un taburete alto,

observando con los ojos abiertos de par en par. Para ella, todo esto era ciencia ficción o locura, pero el respeto con el que Malvado se colocó al borde de la mesa le indicó que debía guardar

absoluto silencio.

Comencé el proceso. Encendí un pequeño quemador de gas y coloqué un cazo de cobre con agua destilada y tres cucharadas de azúcar moreno puro. El azúcar funciona en mi don como el mejor conductor de la energía latente; es capaz de atrapar los recuerdos de los

elementos debido a su estructura cristalina. A medida que el almíbar comenzaba a espesar, añadí unas gotas de la esencia de lavanda para estabilizar los vapores. La cocina comenzó a inundarse de un aroma dulce y relajante, un contraste absoluto con la tensión que habitaba en nuestros corazones.

Con extrema precaución, usando una pequeña espátula de madera, tomé apenas una pizca del polvo grisáceo del frasco de Lily y la dejé caer en el centro del almíbar hirviendo.

El líquido dorado reaccionó de inmediato con un violento siseo que hizo que Clara retrocediera un paso.

El aroma dulce de la lavanda fue sustituido en un segundo por ese olor metálico, agrio y penetrante que ya había percibido en el cadáver de Finch.

—Miren el centro del cazo —susurró Malvado, aunque Clara y Lily solo escucharon un maullido tenso.

El almíbar no se quemó ni se volvió negro.

En lugar de eso, la sustancia comenzó a cristalizarse en filamentos delgados que adoptaron un tono azul eléctrico y profundo.

Pero lo que me hizo contener el aliento fue la aparición de un rastro oleoso en la superficie, una sustancia que no se mezclaba con el azúcar y que despedía un sutil olor a resina de pino y aceite de motor de embarcación.

—Ese olor... —murmuró Clara,

acercándose al cazo con las cejas fruncidas—.

Yo conozco esa mezcla. No es de los laboratorios de la ciudad.

Es el aceite que usan los pescadores del muelle norte para proteger los cascos de los botes de madera contra el salitre.

Y esa resina de pino específica... solo la vende un hombre en todo el condado.

—Gideon Vance —dije, mirando a Clara a los ojos al pronunciar el nombre de su pariente lejano, el ermitaño que vivía en la cabaña del faro norte—. El hombre que limpia los botes y que se esconde de su pasado tras un escándalo de fraude alimentario en la gran ciudad.

Las piezas del tablero criminal de Whisper Cove dieron un vuelco definitivo en el mostrador de mi cocina.

Gideon Vance, el primo de los padres de Clara, no era un simple anciano huraño que pescaba en los acantilados.

Él tenía acceso directo a los muelles donde la constructora Altamar desembarcaba sus materiales químicos para el proyecto inmobiliario de la bahía.

Finch lo había descubierto; de hecho, el alcalde Pendelton había mencionado en su despacho que Finch estaba escribiendo un libro sobre crímenes reales y que pensaba exponer el verdadero pasado de Gideon esa misma semana.

—Gideon robó el compuesto de la constructora utilizando la mochila de Lily como distracción —explicó Clara, con una expresión de absoluto desconcierto y traición en el rostro—.

Sabía que Lily trabajaba para ti y que el sheriff Cross buscaría culpables en la plaza de inmediato.

Quería silenciar a Finch para evitar que su antigua identidad fuera revelada y, al mismo tiempo, destruir tu pastelería para vengar lo que tu abuela nos hizo hace diez años.

Mató dos pájaros de un solo tiro culinario.

—El problema es que la cita con el sheriff es mañana por la mañana para presentar las pruebas formales —le recordé a Clara, mirando el cazo de cobre donde el azul eléctrico comenzaba a apagarse—.

Si no conseguimos que Gideon confiese o si no le entregamos a Cross el frasco original con las huellas de resina de pino de su cabaña, el sheriff cerrará la investigación acusándome a mí debido a la servilleta que encontró en el abrigo del muerto.

No podíamos simplemente ir a la cabaña de Gideon armadas con utensilios de cocina.

El hombre había demostrado ser capaz de manipular sustancias químicas industriales altamente destructivas y no dudaría en eliminar otra amenaza si se sentía acorralado por tres mujeres y un gato negro.

Teníamos que jugar en nuestro propio terreno, usar la psicología del comprador y el don familiar para obligarlo a cometer un error antes de que el sol saliera sobre Whisper Cove.

—Clara, mañana a primera hora Gideon pasa por tu cafetería a recoger su suministro diario de granos de café para la cabaña, ¿verdad? —pregunté, con una idea comenzando a tomar forma en mi mente.

—Sí —asintió Clara, entendiendo de inmediato hacia dónde se dirigían mis pensamientos—. Llega a las seis de la mañana, antes de que el pueblo

despierte. Siempre pide un café negro amargo y se lleva un saco de lona.

El tintineo de los utensilios al ser

guardados en sus respectivos cajones marcó el final de la noche más larga de mi vida.

Clara Vance se limpió un rastro de harina de la mejilla con el dorso de la mano, un gesto extrañamente humano en ella que terminó por romper la última barrera de nuestra antigua rivalidad.

Sobre la mesa de acero, la cajita de cartón con el lazo blanco parecía inofensiva, pero las tres galletas de jengibre de su interior vibraban con una energía contenida que hacía que el aire a su alrededor se sintiera extrañamente espeso y templado.

—La nota para el sheriff Cross ya está lista —anunció Lily, extendiendo un pedazo de papel de periódico donde había recortado y pegado letras para evitar que reconocieran su caligrafía—.

Dice que el asesino de Finch se dirigirá al almacén número cuatro del muelle norte con el resto del polvo de Altamar a las seis y cuarto de la mañana.

—Déjamela a mí —maulló Malvado, saltando desde el alféizar con el sigilo de una sombra nocturna.

Tomó el trozo de papel firmemente entre sus dientes y me miró con fijeza—.

Deslizaré esto bajo la puerta de la comisaría antes de que Cross termine su primera taza de café.

Asegúrense de que Gideon muerda el anzuelo, Amber.

No tengo intenciones de visitar a mi repostera favorita a través de las rejas de una prisión.

El gato negro se escurrió por la gatera de la puerta trasera, perdiéndose

instantáneamente en la neblina grisácea que ya empezaba a teñirse de un azul pálido con los primeros rayos del sol de viernes.

Crucé el local hacia el mostrador principal y miré a través del gran ventanal.

Whisper Cove comenzaba a despertar de su letargo; las farolas de la plaza se apagaron de golpe y, a lo lejos, el motor del primer bote de pesca empezó a rugir en los muelles.

Al mirar el reloj de pared de la pastelería, las agujas marcaron las seis menos cinco.

La trampa culinaria estaba lista, el destino de nuestros apellidos estaba en juego y el sonido de unos pasos pesados y arrastrados comenzó a escucharse en la acera adoquinada, deteniéndose justo frente a la puerta de la cafetería de Clara.

El clímax del misterio acababa de llamar a la puerta.