Hechizos, Hojaldres y Homicidio Capítulo 6. Faros Oxidados y Promesas en la Niebla.
29%

Capítulo 6. Faros Oxidados y Promesas en la Niebla.

No podíamos quedarnos allí ni un segundo más.

A través del cristal empañado de la cafetería de enfrente, alcancé a ver cómo la silueta de Clara Vance se enderezaba junto a la ventana, entornando los ojos hacia nuestro callejón.

El chisme en Whisper Cove corría más rápido que la marea alta, y si alguien nos veía hablando con la ayudante fugitiva de la pastelería, el sheriff Cross no tardaría ni cinco minutos en regresar con las esposas listas.

—Camina, Lily. No digas nada y sígueme —le susurré, tomándola firmemente del antebrazo mojado.

Su piel se sentía helada, como si hubiera estado a la intemperie desde que huyó la noche anterior.

Lily no protestó. Estaba demasiado agotada y aterrorizada para ofrecer resistencia.

Malvado se deslizó fuera de la pastelería con la agilidad de una sombra, manteniéndose pegado a las paredes de piedra mientras nos abríamos paso hacia el sendero norte del pueblo, el que se alejaba de la plaza principal y subía directamente hacia los acantilados de Punta Negra.

Dejamos atrás las últimas casas de pescadores y nos internamos en el viejo camino de tierra.

A nuestra izquierda, el océano Atlántico rugía con una violencia sorda, rompiendo sus olas contra las rocas afiladas decenas de metros más abajo.

La neblina aquí arriba era tan espesa que reducía el mundo a un manto gris y fantasmal, ocultando el pueblo a nuestras espaldas.

Era el escenario perfecto para esconderse, pero también el lugar ideal para que un secreto quedara enterrado para siempre.

Tras quince minutos de caminata

silenciosa y empinada, la imponente y maltrecha silueta del viejo faro de Whisper Cove emergió de entre la bruma. Había sido abandonado en la década de los ochenta, cuando los sistemas

automáticos lo dejaron obsoleto, y ahora no era más que una torre de piedra carcomida por el salitre, con las ventanas de madera rotas y una pesada puerta de hierro cubierta de óxido.

Empujé la plancha de metal, que protestó con un gemido agudo que el viento marino se encargó de ahogar.

Guié a Lily al interior del gran espacio circular de la base.

El suelo estaba cubierto de arena seca, redes de pesca viejas y trozos de madera arrastrados por las tormentas pasadas. Al menos aquí dentro

estábamos a salvo de la lluvia y de los ojos curiosos de Clara Vance.

Malvado entró detrás de nosotras, sacudiéndose el agua de los bigotes con energía y buscando de inmediato una viga alta para vigilar la entrada.

—Muy bien, Lily —dije, soltando su brazo y cruzándome de hombros, intentando infundir un poco de calor a mi propio cuerpo—. Estamos solas. Nadie te va a buscar aquí arriba por ahora. Pero necesito que me digas la verdad

completa. El sheriff Cross sabe que Finch fue envenenado con un compuesto químico, y yo tengo el frasco de polvo gris que dejaste caer en mi entrada. ¿Qué era esa sustancia y por qué la tenías tú?

Lily se dejó caer sobre una vieja caja de madera, enterrando el rostro entre sus manos temblorosas.

Sus hombros se sacudieron por un sollozo ahogado que había estado conteniendo durante todo el camino.

Cuando finalmente levantó la mirada, el pánico en sus ojos era tan real que disipó cualquier sospecha de que ella fuera una asesina fría y calculadora.

—Yo no quería hacerle daño, Amber, te lo juro por lo que más quieras —comenzó a decir, con los dientes castañeando por el frío—.

Ese polvo... ese polvo no es un veneno. Al menos, no se supone que debiera serlo.

Se llama polvo de ceniza de luna. Es un inhibidor botánico que se usa en los laboratorios de la constructora Altamar.

Abrí los ojos de par en par al escuchar el nombre de la empresa inmobiliaria que el alcalde y Clara habían mencionado en el despacho. Las piezas comenzaban a unirse de una forma mucho más

compleja y peligrosa de lo que

imaginaba.

—Finch me descubrió hace un par de semanas —continuó Lily, limpiándose las lágrimas con la manga de su suéter—.

Él sabía quién era yo. Sabía que huí de mi familia en la ciudad porque mi padre trabaja para los ejecutivos de Altamar.

Finch me amenazó con revelarle mi paradero a mi familia si no le conseguía muestras de los compuestos químicos que la constructora está usando para debilitar las estructuras de los

acantilados y obligar al pueblo a evacuar. Ese polvo gris sirve para corroer la piedra caliza desde dentro. Yo solo robé un frasco del maletín de mi padre para dárselo a Finch y que me dejara en paz.

Me quedé helada en mitad del faro circular.

El polvo gris no era un veneno convencional de farmacia; era un agente químico industrial altamente corrosivo.

Si alguien lo había introducido en la cocina de mi pastelería o directamente en el hojaldre de Finch, el efecto en el cuerpo humano habría sido devastador y

fulminante.

—Ayer por la tarde, cuando Finch entró a la tienda, yo entré en pánico porque pensé que venía a cobrar su muestra — explicó Lily, con la voz rota—.

Pero cuando tú le serviste ese postre...

él empezó a gritar todas esas cosas sobre el alcalde y Clara.

Yo me di cuenta de que Finch ya tenía su propio sobre de

pruebas. Alguien se nos había

adelantado, Amber. Alguien cambió el frasco que yo llevaba en la mochila por uno idéntico, pero concentrado. Cuando salí corriendo anoche, descubrí que mi muestra original ya no estaba.

Quienquiera que mató a Finch usó mi robo para incriminarme a mí... y a tu pastelería.

—Alguien sabía que tenías el polvo — murmuró Malvado desde su viga, aunque para Lily solo fue un maullido agudo—. Alguien te estuvo vigilando, Lily. Alguien del ayuntamiento o de la cafetería de enfrente.

Las palabras del gato resonaron en las paredes de piedra del faro.

Lily había sido utilizada como el peón perfecto.

El verdadero asesino había mezclado el compuesto químico industrial con la canela del hojaldre o lo había colocado en el sobre del crítico para asegurar su silencio, sabiendo que la culpa recaería sobre la ayudante asustadiza y la repostera recién llegada.

—Amber, tenemos que ir con el sheriff Cross y explicarle esto —pidió Lily, poniéndose de pie con renovada

urgencia—. Si le entregamos el frasco y le decimos lo de la constructora, él

entenderá que fuimos víctimas de una trampa.

—El sheriff Cross está buscando una respuesta rápida, Lily —le advertí, recordando la frialdad de sus ojos grises en la sala de interrogatorios—.

Si vamos ahora con una historia sobre compuestos químicos industriales de Altamar y robos familiares, nos encerrará a las dos por complicidad antes de que podamos pronunciar la palabra "inocencia".

Necesitamos pruebas físicas de quién cambió tu frasco ayer en la plaza.

Justo cuando terminé la frase, el viento marino dejó de ser el único sonido en el exterior del faro.

Un crujido metálico y seco provino de la entrada principal.

La pesada puerta de hierro, que habíamos dejado entornada, se abrió lentamente un par de centímetros, dejando entrar una ráfaga de neblina helada y el sonido nítido de unos pasos firmes que se detenían justo en el umbral.

Malvado erizó el lomo por completo, soltando un siseo defensivo que heló la sangre en mis venas.

Al mirar hacia la abertura de la puerta, una silueta alta y familiar recortó la luz gris de la tarde.

No estábamos solas en el acantilado. Alguien nos había seguido desde el pueblo, y el misterio de Whisper Cove estaba a punto de encerrarse con

nosotras dentro de la torre de piedra.

El siseo de Malvado vibró en el aire frío de la base del faro, un sonido agudo que rebotó en las paredes de piedra circular y me heló la sangre.

Di un paso al frente de inmediato, colocando mi propio cuerpo como un escudo humano entre la abertura de la puerta de hierro y Lily, quien se había encogido de nuevo contra la caja de madera, conteniendo el aliento.

Mis dedos buscaron instintivamente los bolsillos de mi chaqueta, pero allí solo encontré un puñado de polvo de jengibre seco; una especia útil para infundir calidez o valor en una masa de pan, pero completamente inútil como arma de defensa física.

La silueta que recortaba la luz gris y plomiza de la neblina exterior avanzó un paso más, haciendo crujir la grava y la arena acumulada en el umbral. El óxido de la pesada puerta protestó con un quejido largo que pareció imitar el lamento del viento marino en los

acantilados.

—Es una lástima que hayas elegido un lugar tan apartado para dar un paseo, Amber —la voz que rompió el silencio no era la del sheriff Cross, ni tampoco la del alcalde.

Era una voz femenina, perfectamente modulada, arrastrando las palabras con una elegancia fría que reconocí al instante.

Clara Vance cruzó el umbral. Llevaba su abrigo de cachemira color crema cerrado hasta el cuello, pero sus manos no estaban en los bolsillos.

En su mano derecha sostenía una pequeña linterna industrial de alta potencia, cuya luz blanca y cegadora barrió el suelo circular del faro hasta detenerse

directamente sobre las cartas antiguas y el contrato de expropiación que

asomaban tímidamente por la cremallera medio abierta de mi mochila de lona.

—Clara... —murmuré, forzando a mis piernas a mantenerse firmes en el suelo de piedra—. ¿Nos has estado siguiendo desde la plaza?

—¿Seguirlas? Por favor, Amber, en este pueblo todo el mundo sabe que cuando la ayudante de la pastelería huye y la dueña sale con cara de pánico de la oficina del alcalde, el único lugar para esconderse sin ser visto por las patrullas son los viejos acantilados de Punta Negra —Clara apagó la linterna con un clic seco, pero no avanzó más,

manteniéndose estratégicamente cerca de la única salida de la torre—. Vine a recuperar lo que te llevaste del despacho de Arthur. Ese sobre de manila no te pertenece. Es un asunto del pasado que ni tú ni tu estúpida magia culinaria van a solucionar.

Lily soltó un pequeño jadeo detrás de mí, encogiéndose aún más. La luz gris que entraba por las ventanas rotas del faro iluminaba las facciones de Clara, revelando una mezcla de rabia contenida y una profunda amargura que confirmaba cada línea de las cartas escritas por mi abuela hace diez años.

—Sé lo que mi abuela le hizo a tus padres, Clara —dije, bajando la voz en un intento de apelar a su humanidad, aunque sabía que el terreno era

sumamente peligroso—. Vi las cartas. Sé que ella usó su don para obligar al alcalde a quitarles el negocio y la licencia de la panadería original. Lo siento mucho. De verdad. Pero envenenar a Barnaby Finch y culparnos a Lily y a mí no va a devolverle la tienda a tu familia.

Clara entornó los ojos, y por un segundo, una grieta de dolor genuino cruzó su fachada de mujer de negocios

imperturbable. Dio un paso hacia el centro de la habitación, y Malvado se encogió en su viga alta, listo para saltar si la situación escalaba.

—¿Envenenar a Finch? —Clara soltó una risa amarga que resonó con eco en la estructura cilíndrica—. Estás tan ciega como lo estaba tu abuela con su maldito orgullo, Amber. Yo no maté a ese

miserable crítico. Finch descubrió el fraude inmobiliario del alcalde por su cuenta y pretendía usar la historia de mis padres como un simple adorno

escandaloso para su columna del viernes. Yo quería ese sobre porque era la única prueba legal que me permitiría limpiar el nombre de mi familia y

demandar al ayuntamiento por la vía legal. Si crees que yo arruinaría mi vida usando un compuesto químico de la constructora Altamar, eres mucho más ingenua de lo que pensaba.

Miré a Clara a los ojos, buscando

cualquier señal de engaño a través de mi intuición mágica. No había rastro del brillo purpúreo ni de la vibración eléctrica del veneno en ella; solo una furia antigua y legítima. Si Clara no había cambiado el frasco de Lily y tampoco había

envenenado el hojaldre, significaba que el verdadero asesino nos había utilizado a las tres —a Clara, a Lily y a mí— para eliminar al único hombre que iba a destapar la red de corrupción del pueblo.

Y mientras nosotras nos enfrentábamos en la cima del acantilado abandonado, el sheriff Ethan Cross seguía buscando el polvo gris en la dirección equivocada.