Hechizos, Hojaldres y Homicidio Capítulo 5. El Interrogatorio del Sheriff Cross.
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Capítulo 5. El Interrogatorio del Sheriff Cross.

Las oficinas de la comisaría de Whisper Cove no se parecían en nada al resto del idílico pueblo costero.

Aquí no había paredes de madera clara ni olor a lavanda marina; el ambiente estaba impregnado de un olor rancio a café recalentado, humo de tabaco viejo y metal frío.

El sheriff Ethan Cross me guio en absoluto silencio a través del pasillo principal hasta una pequeña sala de

interrogatorios al fondo del edificio. La habitación contaba apenas con una mesa de acero gris, dos sillas de plástico rígido y una bombilla desnuda que colgaba del techo, oscilando levemente por las vibraciones del aire

acondicionado.

—Siéntate, Stone —ordenó Cross, arrastrando una de las sillas con un chirrido metálico que me erizó la piel.

Me acomodé en la silla opuesta,

cruzando las manos sobre las rodillas para ocultar el sudor frío de mis palmas. El sheriff no se sentó de inmediato. Se quedó de pie, aprovechando su

imponente estatura para proyectar una sombra pesada sobre mí. Se quitó el sombrero de ala ancha y lo colocó sobre la mesa con una parsimonia exasperante, antes de clavar sus ojos grises como cuchillos directamente en mi rostro.

—Hablemos de Barnaby Finch —

comenzó, apoyando ambas manos sobre la mesa y echando el cuerpo hacia delante, invadiendo por completo mi espacio—. El médico forense del

condado acaba de llamarme. El veneno que mató a Finch no es algo que se compre en la ferretería local.

Es un compuesto químico refinado de alta velocidad.

Entró en su sistema a través de las vías digestivas.

Y la última comida sólida que tocó sus labios fue el hojaldre de canela de tu pastelería.

Así que deja de jugar a la repostera inocente y dime qué le pusiste a ese dulce.

Mantuve la respiración nivelada,

forzándome a no apartar la mirada. En el mundo de la brujería, el pánico es el peor enemigo de la concentración. Si permitía que Cross notara una sola grieta en mi expresión, desataría una orden de registro que terminaría con mis huesos en el calabozo antes del atardecer.

—Ya se lo dije esta mañana, sheriff — respondí, forzando un tono de voz firme y natural—.

Los ingredientes de mi cocina son harina, azúcar, canela y mantequilla.

Los mismos que usa cualquier panadería del mundo.

Yo no envenené al señor Finch. Él se comió el hojaldre, discutió conmigo y salió de la tienda por su propio pie.

Estaba perfectamente sano cuando cruzó mi puerta.

—¡No me mientas, Amber! —el sheriff golpeó la mesa de acero con el puño.

El estruendo resonó en las cuatro paredes de la sala como un disparo—.

Finch no era un santo, lo sé. Pero no iba por ahí desplomándose en las plazas públicas por combustión espontánea.

Alguien en este pueblo lo quería muerto antes de que saliera la edición impresa del viernes.

Tú eres nueva, abriste el negocio de la nada y tu familia tiene un historial

bastante oscuro con los "remedios experimentales". Si crees que voy a dejar que te burles de la ley en mi propio distrito, estás muy equivocada. Te sugiero que empieces a cooperar si no quieres pasar el fin de semana incomunicada.

La agresividad de Cross era un arma de doble filo.

Estaba tan obsesionado con cerrar el caso rápido y presionar a la recién llegada que estaba perdiendo de vista los hilos políticos que manejaban el pueblo.

Necesitaba darle una pista, algo que saciara su necesidad de respuestas inmediatas pero que desviara el foco de atención lejos de mi cocina y, sobre todo, lejos del frasco de polvo gris que Lily había dejado caer.

Tenía que ser una pista menor, verídica pero incompleta.

—Está bien, sheriff. Tienes razón en algo —dije, bajando la voz y fingiendo una claudicación nerviosa. Me eché hacia atrás en la silla, entrelazando los dedos— . Finch no estaba tranquilo ayer. Pero su agitación no tenía nada que ver con mis pasteles. Mientras estaba en el

mostrador, se le escapó algo. Estaba furioso por un asunto relacionado con el ayuntamiento.

Ethan Cross entrecerró los ojos,

deteniendo su andanada de preguntas. Se sentó lentamente en la silla frente a mí, cruzando los brazos sobre el pecho sin quitarme la vista de encima.

—¿El ayuntamiento? —repitió, con un tono cargado de escepticismo—. ¿De qué estás hablando, Stone? Finch criticaba restaurantes, no presupuestos

municipales.

—No ayer —continuó Amber, midiendo cada palabra—. Mencionó que estaba investigando los archivos de zonificación antiguos del pueblo. Dijo textualmente que había descubierto un fraude

inmobiliario enorme y que tenía las pruebas guardadas. Parecía aterrorizado de que alguien lo hubiera descubierto husmeando donde no debía. No sé qué papeles buscaba, pero le aseguro que salió de mi tienda mirando hacia atrás, como si alguien lo estuviera siguiendo desde el edificio de la alcaldía.

El sheriff se quedó en silencio durante unos segundos eternos. Pude notar el engranaje de su mente trabajando tras sus ojos de plomo. La pista era perfecta: no mencionaba al alcalde Arthur

Pendelton directamente, ni exponía el sobre de manila que yo cargaba en mi mochila, pero sembraba la duda legítima sobre el verdadero motivo del asesinato de Finch. En un pueblo tan pequeño como Whisper Cove, un fraude

inmobiliario implicaba a los niveles más altos del poder local.

—¿Fraude inmobiliario? —murmuró

Cross, golpeando suavemente la mesa con el dedo índice—. Finch nunca me mencionó nada sobre una investigación de ese tipo. Si estás inventando esto para ganar tiempo, Stone, te aseguro que lo descubriré.

—Revise su libreta de anotaciones, la que estaba tirada junto al cuerpo —le sugerí con audacia—.

Si no me cree, busque las referencias a la constructora Altamar o los registros de propiedad de la bahía de hace diez años.

Verá que el crítico de cocina estaba jugando un juego mucho más peligroso que evaluar la calidad de mi repostería.

Cross exhaló un suspiro áspero por la nariz. Se levantó de la silla de golpe, tomando su sombrero de la mesa. La agresividad seguía latente en su postura, pero la urgencia de verificar la nueva información había ganado la partida.

—Te vas a quedar en el pueblo, Amber — sentenció el sheriff, caminando hacia la puerta de la sala de interrogatorios—.

Voy a verificar lo que me acabas de decir.

Si encuentro una sola inconsistencia o si descubro que estás usando esto como una cortina de humo para encubrir a tu ayudante fugitiva, vendré a buscarte yo mismo con una orden de arresto formal. Esta conversación no ha terminado.

La pesada puerta de metal se abrió y Cross me indicó con un gesto de la cabeza que podía retirarme.

Salí de la comisaría sintiendo que el aire gélido de la tarde me devolvía la vida.

Había logrado sobrevivir al primer asalto con la ley, pero el tiempo corría en mi contra.

El sheriff iba a empezar a escarbar en el ayuntamiento y el alcalde Pendelton no tardaría en entrar en pánico al verse investigado.

Caminé de regreso a la plaza principal bajo un cielo que amenazaba con descargar una tormenta eléctrica sobre Whisper Cove.

Al llegar a la esquina de mi calle, divisé una silueta conocida esperándome bajo el porche de la pastelería.

No era Malvado. Era Lily, mi ayudante, empapada por la llovizna y con una mirada de absoluta desesperación.

La llovizna que caía sobre la plaza

principal de Whisper Cove se sentía como agujas de hielo contra mis mejillas ardientes tras la tensión del

interrogatorio. Me detuve a unos metros del umbral de mi pastelería, ocultándome bajo la sombra de los viejos aleros de madera de la mercería contigua.

La luz dorada que emanaba de los ventanales de la cafetería moderna de Clara Vance, justo al otro lado de los adoquines, cortaba la niebla gris como un faro acusador.

Sabía que Clara seguía allí, vigilando desde su caja registradora, esperando a que yo diera un paso en falso.

Pero lo que detuvo mis pasos por

completo no fue la mirada de mi rival comercial, sino la figura temblorosa que aguardaba acurrucada junto a la puerta trasera de mi local.

Lily llevaba el mismo suéter de lana enorme de la noche anterior, ahora completamente empapado y pegado a su cuerpo menudo. Tenía los brazos

cruzados con fuerza sobre el pecho, intentando inútilmente contener los espasmos de un escalofrío que parecía nacerle desde los huesos.

Al escuchar el crujido de mis botas sobre la grava húmeda, levantó la cabeza.

Su rostro estaba demacrado, con profundas ojeras moradas y los ojos enrojecidos por lo que claramente habían sido horas de llanto ininterrumpido.

—Amber... por favor —susurró su voz, rota por el frío y el pánico, apenas audible sobre el rumor del viento marino—. Sé que la policía estuvo aquí. Sé lo de Finch. Tienes que creerme, yo... yo no quería que esto pasara. Todo se salió de control.

Antes de que pudiera responderle, un sutil maullido rompió la atmósfera.

Malvado asomó su cabeza negra por la rendija de la puerta trasera, que yo había dejado entreabierta.

Sus grandes ojos verdes alternaron entre Lily y yo con una urgencia que no necesitaba traducción mágica. El peligro era inminente;

estábamos a plena vista en el centro del callejón y cualquier patrulla del sheriff Cross o la misma Clara podrían vernos en cuestión de segundos. El frasco de polvo gris seguía oculto bajo la baldosa de mi almacén, y la verdadera investigación estaba a punto de estallar entre mis manos.