Capítulo 4 Páginas Prohibidas y Confesiones de Café.
Crucé el umbral de la puerta trasera de la pastelería balanceándome sobre mis talones, empujando la madera con el hombro para cerrarla de golpe.
El pestillo metálico encajó con un chasquido seco que me devolvió de golpe a la realidad de mi cocina.
Apoyé la espalda contra la superficie lisa de la puerta, cerrando los ojos mientras intentaba regularizar el aire en mis pulmones.
El olor a mantequilla fría, levadura y canela que flotaba en el ambiente normalmente funcionaba como un bálsamo para mi ansiedad, pero en ese instante, el peso del sobre de manila oculto bajo mi brazo rasgaba cualquier atisbo de paz.
—Por tu cara de susto, deduzco que no te han nombrado empleada del mes en el ayuntamiento —la voz perezosa de Malvado llegó desde la mesa central de acero inoxidable.
El gato negro se incorporó lentamente, sacudiendo su pelaje azabache antes de dar un salto grácil que lo dejó justo frente a mí. Sus ojos verdes, redondos e inteligentes, brillaron al notar el grueso paquete de papel texturizado que yo apretaba contra mi costado.
—Tenemos problemas mucho más grandes que el alcalde, Malvado — susurré, caminando hacia la mesa con las piernas flojas—. Escuché a Pendelton hablar con Clara Vance. Estaban
planeando usar la reputación de mi abuela y sus remedios botánicos para colgarme el muerto de Barnaby Finch. El alcalde sabe que Finch tenía pruebas de sus fraudes inmobiliarios. Pero lo peor no es eso... Finch tenía algo más en este sobre. Algo personal.
Dejé el paquete sobre la superficie metálica. El polvo grisáceo que
impregnaba los bordes del sobre parecía haber perdido parte de su brillo eléctrico, pero el aroma metálico y amargo seguía allí, flotando como una advertencia silenciosa.
Malvado se acercó con cautela, estirando el cuello para olfatear el papel a una distancia prudencial, soltando un siseo de desaprobación.
—Eso sigue oliendo a química de la mala,
Amber. Ábrelo de una vez antes de que el sheriff Cross decida que es buena idea venir a desayunar croissants gratis.
Con las manos todavía cubiertas por un leve rastro de la harina de la mañana, rasgué el borde superior del sobre de manila. Mis dedos hormiguearon, no por la fricción del papel, sino por una súbita descarga de energía residual que
emanaba del interior. No era la magia caótica y oscura del veneno; era un eco familiar, una vibración cálida pero cargada de arrepentimiento que
reconocería en cualquier parte del mundo.
Era el rastro mágico de mi abuela, Esther Stone.
Lo primero que saqué fue un fajo de cartas antiguas, atadas con un cordón de yute desgastado. El papel estaba
amarillento por el paso del tiempo y las esquinas mostraban las manchas típicas de la humedad de la costa. Debajo de las cartas, había un documento legal con el sello oficial del condado de Whisper Cove firmado hace exactamente diez años: un pagaré financiero y una orden de
expropiación de licencias comerciales.
—¿Qué es eso? —preguntó el gato, sentándose sobre sus cuartos traseros mientras observaba cómo extendía los papeles sobre la mesa—. No parecen planos de edificios ni cuentas bancarias del alcalde.
—Son cartas personales —dije, sintiendo que la garganta se me cerraba a medida que mis ojos recorrían la caligrafía elegante y enérgica de mi abuela—.
Son notas que mi abuela le envió al alcalde Arthur Pendelton cuando él apenas iniciaba su carrera política en este pueblo.
Y esto... esto es un contrato de cesión de propiedad.
Comencé a leer las primeras líneas en voz alta, con una voz que temblaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
A medida que las palabras cobraban vida en la cocina silenciosa, la imagen idealizada que tenía de la dulce anciana que me había enseñado a hornear pasteles se desmoronó por completo, revelando una verdad mucho más oscura y manipuladora.
Las cartas no dejaban lugar a dudas. Hace una década, el local donde hoy se levantaba mi preciosa pastelería no pertenecía a la familia Stone; era una antigua mercería y panadería tradicional regentada por los padres de Clara Vance.
Era el negocio con el que su familia se ganaba la vida y el legado que pensaban heredarle a su hija.
Sin embargo, mi abuela Esther deseaba este punto estratégico de la plaza a toda costa para establecer su santuario botánico.
Al encontrar la negativa rotunda de los Vance a vender, Esther Stone no aceptó un "no" por respuesta. Utilizó su don. Infundió un lote de pasteles de boda con una combinación prohibida de raíz de belladona menor y azúcar de sumisión, un hechizo culinario de alto nivel
diseñado para anular la fuerza de voluntad y forzar la firma de contratos legales. Le sirvió esos postres a Arthur Pendelton, quien en ese entonces era el joven abogado encargado de las disputas de terrenos del condado.
Bajo el influjo de la magia de mi abuela, Pendelton falsificó los informes de zonificación, declaró el local de los Vance en quiebra técnica por supuestas
violaciones sanitarias y otorgó los permisos de propiedad de forma
exclusiva a Esther Stone. Las cartas demostraban el chantaje continuo: mi abuela guardó las pruebas de la
complicidad del alcalde para asegurarse de que nadie interfiriera con su negocio, manteniendo a Pendelton bajo su pulgar durante años.
Como consecuencia directa, los padres de Clara Vance perdieron todo lo que tenían, viéndose obligados a abandonar el pueblo en la miseria, dejando a Clara sola para reconstruir su vida desde cero con un odio legítimo jurado contra nuestro apellido.
—Por los bigotes de mi padre... —
murmuró Malvado, con las orejas gachas y los ojos fijos en el pagaré firmado—. Tu abuela no se andaba con rodeos cuando quería un horno nuevo. Eso no fue un trato comercial, Amber. Fue una
ejecución mágica en toda regla.
—Ella arruinó a la familia de Clara —dije, dejando caer los papeles sobre la mesa mientras sentía que las lágrimas del desencanto me empañaban la vista—.
Todo este lugar, la reputación de los Stone, el "toque especial" que el pueblo tanto admiraba...
todo se construyó sobre una mentira y una traición. Finch
encontró estas cartas en los archivos viejos del ayuntamiento mientras
investigaba al alcalde. Por eso Clara odia tanto este lugar. No es envidia comercial por las ventas del café; es que yo estoy sentada en el suelo que le robaron a sus padres.
La psicología del enemigo cambió por completo en mi mente en un abrir y cerrar de ojos. Clara Vance ya no era la villana bidimensional de una historia de
competencia entre comerciantes; era una víctima que buscaba justicia, o tal vez algo mucho más peligroso: venganza.
Si Finch la había amenazado con hacer pública esta historia, exponiendo que su familia había sido destruida por un truco de brujería culinaria que nadie en el mundo moderno creería, su furia habría sido incontenible.
O quizás, el alcalde había decidido eliminar a Finch utilizando el veneno para proteger el secreto de su propia corrupción del pasado.
Cualquiera de los dos escenarios me colocaba en una posición de peligro absoluto. El rastro de polvo gris en el sobre sugería que quienquiera que hubiese manipulado estos papeles anoche también tenía acceso a la sustancia que mató al crítico.
—Amber, mira la hora —el maullido de
Malvado interrumpió mis pensamientos, apuntando con el hocico hacia el gran reloj de pared de la cocina.
Las agujas de metal negro marcaban las dos menos cuarto de la tarde. En quince minutos debía presentarme en la
comisaría de Whisper Cove frente al sheriff Ethan Cross.
El hombre de los ojos de plomo no iba a conformarse con evasivas.
Si descubría que tenía los documentos del alcalde, me arrestaría por obstrucción; y si no jugaba mis cartas con extrema inteligencia, la sombra del pasado de mi abuela terminaría por sepultarme a mí en una celda.
Tomé el fajo de cartas y el contrato expropiado, guardándolos con cuidado en el doble fondo de mi mochila de lona, asegurándome de dejar el frasco con el polvo gris bien escondido debajo de una baldosa floja del almacén de la harina.
Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar las marcas de la tensión de mis facciones, y me coloqué una chaqueta oscura sobre los hombros.
—¿Quieres que vaya contigo? —preguntó Malvado, caminando junto a mis botas mientras me dirigía a la puerta principal— . Puedo sentarme en el umbral de la comisaría y distraer al sheriff si las cosas se ponen feas. Un gato negro cruzándose en su camino siempre da mala espina.
—No, quédate aquí y vigila si Lily regresa o si Clara intenta algo contra la tienda — le respondí, abriendo la puerta.
El aire exterior me golpeó el rostro con la fuerza de una tormenta inminente. La niebla sobre Whisper Cove se había espesado, cubriendo los adoquines de la plaza con una capa húmeda y
resbaladiza. Crucé el centro del pueblo con paso firme, ignorando las miradas curiosas de los vecinos que aún
murmuraban cerca del quiosco de música. Al llegar a las pesadas puertas de piedra de la comisaría, respiré hondo.
Sabía que al cruzar ese umbral, estaría entrando a un terreno donde mi magia culinaria no podría salvarme.
Tendría que usar mi ingenio, el secreto de mi abuela como escudo y la astucia para evitar que el sheriff Ethan Cross se diera cuenta de que la repostera del pueblo escondía mucho más que simples recetas en su cocina.