Hechizos, Hojaldres y Homicidio Capítulo 3. Secretos de Terciopelo y Alianzas Cafeteras.
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Capítulo 3. Secretos de Terciopelo y Alianzas Cafeteras.

El terciopelo verde de la cortina del despacho del alcalde olía a polvo

antiguo, a cera para muebles caros y a un miedo frío que reconocí de inmediato como el mío. Me pegué a la pared de yeso tanto como me lo permitieron mis

costillas, encogiendo los hombros y agradeciendo mentalmente haber elegido unos zapatos de suela de goma blanda para mi jornada en la pastelería.

A través de la delgada rendija donde la tela se unía con el pesado archivador de caoba, mis ojos seguían fijos en el suelo.

El sobre de manila con el nombre de Barnaby Finch escrito en letras rojas permanecía allí, a pocos centímetros de mi bota,

custodiado por ese siniestro rastro de polvo grisáceo que ya había visto en la comisura de los labios del cadáver.

La puerta del despacho se cerró con un golpe seco que hizo vibrar los cristales del gran ventanal. Los pasos que

resonaron sobre el parqué no eran solo los del alcalde Arthur Pendelton; el sonido metálico y afilado de unos

tacones altos de aguja delató de

inmediato a su acompañante.

—Te dije que no era seguro hablar abajo, Arthur. La mitad del pueblo está

merodeando junto al quiosco de música y el sheriff Cross tiene ojos en la nuca —la voz de Clara Vance entró en la habitación como una ráfaga de aire helado. Era una voz educada, fría y acostumbrada a dar órdenes en su propia cafetería moderna al otro lado de la plaza.

—¡Finch está muerto, Clara! ¿Acaso no lo entiendes? —el alcalde Pendelton arrastró su pesada silla de cuero, y escuché el crujido del mueble al soportar su peso. Su tono habitualmente jovial y político había desaparecido,

reemplazado por un temblor ronco de puro pánico—. Se desplomó en mitad de la plaza. El médico dice que fue veneno. ¡Veneno! Si Ethan Cross empieza a escarbar en los papeles de Finch y encuentra lo que ese maldito periodista guardaba en su libreta, estamos

acabados. No solo perderé la alcaldía, iremos a una prisión federal.

—Controla tus nervios, Arthur —

respondió Clara con una calma que me erizó la piel. Escuché el sutil chasquido de su encendedor, seguido por el olor a tabaco mentolado que comenzó a competir con el aroma del polvo—. Finch era un extorsionador profesional.

Sabíamos que tarde o temprano mordería la mano de alguien equivocado. Lo importante ahora no es cómo murió, sino dónde están los documentos del contrato de zonificación de la bahía. Me

aseguraste que los recuperarías antes de que él publicara su columna del viernes.

Me quedé completamente inmóvil, controlando los latidos de mi corazón mediante una vieja técnica de respiración que mi abuela me enseñó para que la masa del pan no se cortara con los nervios.

A través de la rendija, pude ver la silueta de Clara Vance.

Llevaba un abrigo de cachemira color crema impecable y sostenía un cigarrillo entre sus dedos delgados.

Se paseaba por la oficina con la familiaridad de alguien que posee el lugar.

—Los documentos estaban en su maletín, pero no los encontré cuando revisé sus pertenencias anoche — admitió el alcalde, bajando la voz hasta convertirla en un susurro áspero—.

Pero eso no es lo peor. Ayer por la tarde, Finch estuvo en la pastelería de la nueva chica, la nieta de la vieja Stone.

Entré a buscarlo justo después de que saliera corriendo de allí como un loco.

Estaba fuera de sí, gritando que lo sabía todo sobre nuestro trato con la constructora Altamar y que la repostera lo había descubierto.

Clara se detuvo en seco. El tacón de su zapato izquierdo quedó a escasos centímetros del sobre de manila oculto bajo el archivador. Contuve el aliento, temiendo que mirara hacia abajo.

—¿La chica Stone? —Clara soltó una risa seca y despectiva—.

Es una simple panadera que juega a las tiendas en un pueblo moribundo.

No sabe nada. Aunque... es curioso. Mi personal me dijo que su ayudante, esa chica huérfana llamada Lily, salió huyendo de la tienda ayer por la noche llorando.

¿Estás seguro de que Finch no le entregó los papeles a alguna de ellas dos antes de morir?

—No lo sé —el alcalde golpeó el

escritorio con el puño—. Lo único que sé es que Cross encontró una servilleta de esa pastelería en el abrigo de Finch.

Si el sheriff ata cabos y decide registrar este edificio o el local de Amber Stone, encontrará el rastro.

Tenemos que asegurarnos de que la culpa recaiga firmemente sobre la repostera.

Al fin y al cabo, su abuela ya tenía fama de

envenenar a la gente con sus hierbas raras, ¿no es así? Sería un final muy poético para el caso.

Las piezas del rompecabezas financiero y criminal empezaban a encajar en mi cabeza de una forma aterradora. El alcalde y Clara Vance estaban

compinchados para vender los terrenos históricos de Whisper Cove a una gran constructora, destruyendo el patrimonio del pueblo para llenarse los bolsillos.

Finch lo había descubierto y los estaba chantajeando.

Pero lo que me congelaba la sangre era descubrir que estaban dispuestos a utilizarme como el chivo expiatorio perfecto para salvarse,

aprovechando los prejuicios del pueblo hacia los secretos botánicos de mi familia.

—El sheriff Cross me ha citado a declarar a las dos —continuó la voz del alcalde, mientras se escuchaba el sonido de unos papeles siendo ordenados

apresuradamente—. Le diré que vi a Finch discutir acaloradamente con Amber Stone en el mostrador ayer por la tarde, y que Finch parecía enfermo al salir de allí. Eso le dará a Ethan la dirección exacta en la que debe buscar.

—Bien —aprobó Clara, apagando su cigarrillo en el cenicero de cristal del escritorio—.

Hazlo con cuidado. Mientras tanto, yo me encargaré de vigilar la cafetería de enfrente.

Si la chica Stone intenta deshacerse de algo o si esa ayudante suya regresa, lo sabré de inmediato.

Asegúrate de limpiar cualquier rastro que Finch haya dejado en esta oficina antes de que Cross decida ponerse formal.

Escuché el sonido de los pasos de Clara dirigiéndose hacia la salida.

La puerta se abrió y sus tacones se alejaron por el pasillo exterior.

Sin embargo, el alcalde Pendelton no la siguió de inmediato.

Lo escuché caminar hacia el ventanal, murmurando maldiciones entre dientes mientras observaba la plaza donde la policía aún trabajaba en la escena del crimen.

Estaba a solo unos metros de mi escondite, de espaldas a mí, dándome una oportunidad de oro, pero el peligro de moverme era absoluto.

El estómago se me contrajo con una furia que congeló cualquier rastro de miedo. Escuchar al alcalde y a Clara Vance planear la destrucción de mi negocio y de mi vida, usándome como el cordero de sacrificio para tapar sus fraudes

financieros, rompió el último hilo de mi paciencia. Ya no se trataba solo de limpiar mi nombre; se trataba de

supervivencia.

Aparté la pesada cortina de terciopelo verde de un solo golpe.

El tejido crujió contra las anillas de metal, rompiendo el silencio sepulcral del despacho.

Antes de que el alcalde pudiera reaccionar, me agaché con rapidez y arranqué el sobre de manila de debajo del archivador, sacudiendo el polvo grisáceo que se desprendió de los bordes.

Arthur Pendelton dio un salto felino, impropio de su cuerpo rechoncho, y se giró hacia mí. Su rostro, habitualmente sonriente y terso por el maquillaje político, se transformó en una máscara de horror absoluto. Sus ojos se abrieron tanto que creí que se le saldrían de las órbitas.

—¡¿Pero qué diablos...?! —tartamudeó, retrocediendo hasta chocar contra el marco de la ventana—. ¡Stone! ¿Qué haces tú aquí? ¿Cómo has entrado?

—Entré por la puerta principal, señor alcalde, la misma que dejaron abierta mientras planeaban cómo incriminarme —dije. Mi voz sonó extrañamente

calmada, gélida, cargada con la

autoridad de las antiguas mujeres de mi familia—. Y mire lo que me he encontrado en el suelo. El sobre de Barnaby Finch. El mismo que usted le robó anoche.

Sostuve el sobre de manila en alto. Pendelton miró el papel texturizado y luego mis ojos. El color comenzó a desaparecer de sus mejillas, pasando de un rojo de indignación a un blanco ceniza que rivalizaba con el color de la neblina exterior.

—Estás loca. No sabes lo que dices — dijo, intentando recuperar su postura de mando, aunque su voz galló

notablemente—. Sal de mi oficina inmediatamente o llamaré al sheriff Cross ahora mismo para que te arrastre a una celda por allanamiento de morada y espionaje gubernamental.

—Llámelo —lo desafié, dando un paso firme hacia su escritorio de caoba—.

Adelante, tome el teléfono. Llame al sheriff Cross y dígale que Amber Stone está en su despacho con el expediente confidencial que demuestra cómo usted y Clara Vance aceptaron un maletín lleno de dinero de la constructora Altamar para demoler el centro histórico.

Dígale también que el sobre está cubierto con el mismo polvo grisáceo y metálico con el que envenenaron a Finch en mitad de la plaza.

Veamos a quién le pone las esposas primero.

El alcalde Pendelton se quedó helado, con la mano suspendida a pocos centímetros del teléfono de disco dorado sobre su mesa. Su respiración se volvió errática y pesada. Sabía que sus

amenazas no tenían peso. Si el sheriff Cross entraba en esa habitación y veía el rastro de polvo químico en el suelo de su propio despacho, toda la coartada que había diseñado con Clara se caería como un castillo de naipes.

—Amber... por favor, seamos razonables —dijo, cambiando drásticamente el tono. Su voz ahora buscaba esa calidez falsa que usaba durante las campañas

electorales, pero sus ojos reflejaban la desesperación de un animal acorralado— . Estás malinterpretando las cosas. Clara y yo solo buscamos el progreso de Whisper Cove. Finch era un hombre peligroso que quería extorsionarnos con documentos falsificados. Yo no lo envenené, te lo juro por mi vida.

—Eso se lo explicará al juez —respondí, guardando el sobre debajo de mi brazo y retrocediendo lentamente hacia la puerta de salida, vigilando cada uno de sus movimientos—.

Si descubro que le dice una sola palabra al sheriff Cross sobre mí en su declaración de las miembras de las dos de la tarde, o si Clara Vance intenta sabotear mi pastelería, este sobre terminará directamente en el escritorio principal de la comisaría del condado, fuera del alcance de sus influencias locales. ¿Nos hemos entendido, Arthur?

El alcalde apretó los puños, la rabia contenida hacía temblar sus labios, pero asintió lentamente con la cabeza, sabiéndose completamente derrotado en su propio juego.

Giré el pomo dorado de la puerta con la mano izquierda, sin quitarle la vista de encima, y salí al pasillo del ayuntamiento.

Bajé las escaleras de madera a toda prisa, sintiendo la adrenalina correr por mis venas como fuego.

Había logrado silenciar al hombre más poderoso del pueblo, pero al mirar el sobre de manila que llevaba bajo el brazo, supe que la victoria era temporal.

El verdadero asesino seguía suelto, el polvo gris ocultaba un secreto militar o químico que iba más allá de la repostería, y mi cita con el implacable sheriff Cross seguía programada para dentro de un par de horas.