Capítulo 2. El Sheriff, el Cuerpo y las Pistas de Canela
No pegué ojo en toda la noche. Me quedé sentada en la cocina de mi pequeño apartamento, justo encima de la
pastelería, dándole vueltas al frasco de vidrio oscuro que Lily había dejado caer.
Lo había colocado en el centro de la mesa de madera, bajo la tenue luz de la lámpara que hacía que el polvo gris del interior brillara con un matiz opaco y siniestro.
Malvado dormitaba a mi lado, o al menos eso fingía, porque de vez en cuando abría un ojo verde para vigilar el frasco como si fuera un ratón a punto de escapar.
Intenté usar mi intuición mágica para descifrar qué contenía ese polvo gris, pero la magia culinaria sirve para
potenciar la vida y canalizar emociones, no para analizar la oscuridad o los venenos. Cada vez que acercaba mis manos al vidrio, sentía un rechazo frío en la punta de los dedos, una vibración pesada y eléctrica que me erizaba los vellos de los brazos y me dejaba un sabor amargo en la boca.
—Si sigues mirándolo así, vas a abrirle un agujero con los ojos, Amber —bostezó el gato, estirando las patas delanteras sobre el mantel—.
Deberías deshacerte de eso antes del amanecer.
Huele a problemas de los humanos, y esos siempre terminan salpicando a los inocentes. O a los gatos que viven con ellos.
—No puedo simplemente tirarlo por el fregadero, Malvado —respondí,
frotándome las sienes con frustración—. Si Lily está metida en algo peligroso, necesito saber qué es. Finch dijo que sabía quién era ella en realidad, que no era una simple ayudante de panadería. ¿Y si este polvo tiene algo que ver con su huida? ¿Y si es algo peor?
A las seis de la mañana, el aroma del café recién hecho no logró disipar la densa niebla que flotaba sobre los muelles de Whisper Cove, ni tampoco la que se había instalado en mi cabeza.
Bajé a la tienda a preparar la masa para los croissants del día, amasando con más fuerza de la necesaria, intentando convencerme de que Lily aparecería a su hora de siempre, con su timidez habitual y su suéter de lana enorme, dispuesta a decirme que todo había sido un
malentendido. Pero las siete pasaron, luego las siete y media, y el delantal rosa de Lily seguía colgado en el perchero junto a la puerta trasera, completamente vacío y silencioso.
A las ocho en punto, abrí las puertas de la pastelería.
El aire marino de la costa era gélido, cargado de sal y de una quietud inusual que me erizó la piel.
Sin embargo, la paz matutina no duró ni diez minutos.
Un grito desgarrador y agudo rasgó el silencio de la plaza principal, proviniendo de los jardines de hortensias que
rodeaban el edificio del ayuntamiento, a apenas unos cincuenta metros de mi entrada.
Me quité el delantal de golpe, tirándolo sobre el mostrador, y salí a la calle.
Varios vecinos ya corrían hacia el centro de la plaza, murmurando entre dientes.
Crucé los adoquines húmedos con el corazón golpeándome las costillas como un pájaro enjaulado.
Al llegar al gran quiosco de música de madera blanca, la multitud se abrió paso en un enjambre de susurros aterrorizados.
Allí, desplomado de lado sobre uno de los bancos públicos y con su libreta de cuero abierta tirada en el suelo mojado por el rocío, estaba Barnaby Finch.
Tenía los ojos abiertos, fijos en el cielo gris y plomizo, y una rigidez espantosa le deformaba las facciones de la cara. Pero lo que me hizo dar un paso atrás y
taparme la boca con fuerza no fue solo el horror de ver un cadáver a plena luz del día.
Fue el sutil, casi imperceptible destello purpúreo que flotaba como un vaho mágico alrededor de sus labios secos, y el inconfundible rastro de un polvo grisáceo adherido a la comisura de su boca.
El mismo polvo exacto del frasco que Lily había dejado caer en mi entrada.
—¡Atrás! Todos den un paso atrás y dejen espacio, por favor —una voz firme, profunda y acostumbrada a mandar resonó a mis espaldas, dispersando a los curiosos.
Era el sheriff Ethan Cross. El hombre que controlaba la ley en Whisper Cove, un tipo de unos treinta y cinco años, de hombros anchos, mandíbula cuadrada y unos ojos grises tan agudos que sentías que podía leer tus antecedentes penales con solo mirarte a la cara.
Llevaba su uniforme marrón impecable y una expresión de intensa concentración.
Al acercarse al cuerpo de Finch, las venas de su cuello se tensaron y su mandíbula se apretó tanto que creí que se le
romperían los dientes.
El sheriff Cross examinó la escena con una rapidez estrictamente profesional, agachándose sin tocar nada, antes de erguirse y girarse hacia la multitud de vecinos que se amontonaba alrededor del cordón policial improvisado.
Su mirada escaneó los rostros de los pescadores, las amas de casa y los comerciantes hasta que se detuvo, con el peso de una tonelada de plomo,
directamente en mí. Sentí un vuelco helado en el estómago.
Caminó hacia mí con paso lento,
marcando el ritmo con sus botas sobre el suelo húmedo. Pude oler el aroma a café cargado, tabaco frío y cuero que
desprendía su chaqueta protectora.
—Amber Stone —dijo, cruzándose de brazos—. Martha, la dueña de la mercería de la esquina, me dijo que el señor Finch estuvo en tu local ayer por la tarde, justo antes de que cerraras. Y según los cálculos preliminares del médico del pueblo, fuiste una de las últimas
personas en interactuar con él mientras respiraba.
—Sí, sheriff —respondí, tragando saliva con dificultad y obligando a mis manos a entrelazarse detrás de mi espalda para que no notara el temblor—. Vino a hacer una reseña de la reapertura de la
pastelería. Pidió un hojaldre de canela, hizo un par de comentarios... agresivos, como era su costumbre, y se fue bastante deprisa. No estuvo más de quince minutos.
Ethan Cross entrecerró los ojos grises, reduciéndolos a dos rendijas
sospechosas. Dio un paso más hacia mí, acortando la distancia física hasta que pude ver las pequeñas líneas de estrés alrededor de su frente.
—Vino a criticar y se fue deprisa, ya veo. El problema, Amber, es que los síntomas apuntan a un envenenamiento fulminante por ingesta. Y resulta que en el bolsillo de su abrigo encontramos una servilleta de papel con el logotipo rosa de tu
pastelería, impregnada con restos de lo que parece ser canela... y un residuo químico extraño que no debería estar en un dulce.
El pánico se apoderó de mis
pensamientos. Si el sheriff decidía emitir una orden de registro en ese mismo instante y sus agentes entraban a mi cocina, encontrarían el frasco de vidrio con el polvo grisáceo. Yo sería esposada y arrastrada por la plaza antes del
mediodía, acusada de asesinar al crítico más influyente de la región. Tenía que desviar su atención o encontrar una prueba que apuntara al verdadero culpable, pero Ethan Cross no era un oficial de pueblo tonto al que se pudiera distraer con una sonrisa.
—Necesito que vengas a la comisaría a las dos de la tarde para tomarte una declaración oficial y firmada —continuó Cross, bajando la voz para que el
murmullo de los vecinos no apagara sus palabras—. Sé que eres nueva en
Whisper Cove, Amber, y sé perfectamente que la reputación de tu abuela con sus "remedios caseros" era bastante inusual en este condado. No quiero sacar
conclusiones apresuradas ni arruinar tu negocio el primer mes, pero Finch tenía muchos enemigos aquí, y tu mostrador fue su última parada.
—Yo no envenené a nadie, sheriff —dije, sosteniéndole la mirada con toda la firmeza que pude reunir, apelando a su lógica—.
Si quiere enviar a alguien a revisar las harinas o los utensilios de la cocina, adelante.
No tengo nada que ocultar en mis ingredientes.
El señor Finch salió de mi tienda por su propio pie y perfectamente sano.
Mantuve los ojos fijos en los suyos. Afortunadamente, los años de disciplina ocultando mi don familiar me permitieron proyectar una fachada de serenidad absoluta. Cross me estudió durante unos segundos que parecieron horas,
buscando un parpadeo, un sudor frío o cualquier señal de culpa. Finalmente, soltó un suspiro pesado y se frotó la nuca.
—No haré el registro oficial todavía, Stone. No quiero alarmar más a la prensa local. Pero no salgas del pueblo bajo ninguna circunstancia. Si descubro que me estás ocultando aunque sea un solo detalle de lo que pasó ayer en esa mesa, te aseguro que este caso se volverá muy personal.
Cuando el sheriff se dio la vuelta para dar órdenes a los paramédicos que subían el cuerpo a la ambulancia, regresé a la pastelería sintiendo que las rodillas se me doblaban.
Me desplomé en una de las sillas de mimbre junto a la ventana.
Malvado saltó de un solo brinco a la mesa, sentándose frente a mí con una expresión de urgencia felina que raras veces mostraba.
—Estamos en un callejón sin salida, Amber. Ese policía tiene colmillos. Si localiza a Lily antes que nosotros, la chica se asustará y le entregará tu nombre en bandeja de plata para
salvarse. Y si registran esta casa y encuentran ese maldito frasco gris, pasarás el resto de tus días cocinando rancho en la prisión estatal. Tenemos que movernos ya.
El gato tenía toda la razón del mundo. Ayer, bajo los efectos del azúcar mágica de la sinceridad, Barnaby Finch había gritado una verdad oculta: que el alcalde Arthur Pendelton era un corrupto y que tenía las pruebas de un fraude
inmobiliario guardadas en su oficina. Si Finch había sido asesinado para silenciar esa columna periodística, los
documentos del fraude seguían siendo el motivo del crimen. Y la oficina del alcalde estaba justo cruzando la plaza, ahora que todo el edificio estaba desierto debido a que los empleados municipales se habían amontonado afuera para
chismear sobre el cadáver.