Hechizos, Hojaldres y Homicidio Capítulo 1. Harina, Magia y un Crítico Difícil
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Hechizos, Hojaldres y Homicidio

Hechizos, Hojaldres y Homicidio

Por Kuswart

© inepub.com

Capítulo 1. Harina, Magia y un Crítico Difícil

Nunca le des un pastel de manzana a alguien que esconde un secreto, a menos que quieras que te lo confiese todo antes del primer café de la mañana.

Ese era uno de los sabios consejos de mi abuela. El problema es que ella olvidó mencionar qué debías hacer cuando el hombre más odiado de Whisper Cove entraba a tu pastelería con cara de pocos amigos y el poder de arruinar tu negocio con un solo artículo en el periódico local.

—Amber, si ese hombre vuelve a mirar mis vitrinas como si contuvieran veneno en lugar de azúcar, juro que le arañaré los pantalones caros —siseó una voz rasposa a la altura de mis tobillos.

Bajé la mirada hacia Malvado. El gato negro callejero, que se había adueñado del cojín más cómodo junto a la ventana hace tres semanas, me miraba con sus enormes ojos verdes fijos en mí.

Para el resto del mundo, solo estaba maullando.

Para mí, que había heredado el sutil (y a veces molesto) don de la brujería

culinaria de mi familia, sus palabras eran tan claras como el agua.

—Tranquilo, Malvado —susurré,

limpiándome las manos llenas de harina en el delantal rosa—. Es Barnaby Finch. El crítico gastronómico del Eco del Puerto. Si se entera de que la nueva dueña de la pastelería habla con los animales, lo último de lo que tendré que preocuparme es de su columna de mañana.

Miré a través del cristal. Afuera, el cielo de Whisper Cove se teñía de un morado precioso mientras caía el atardecer, pero dentro de mi tienda todo era calidez, olor a canela y luces doradas. Una burbuja perfecta que me había costado mis últimos ahorros construir tras huir de la gran ciudad.

Barnaby Finch carraspeó, llamando mi atención.

Era un hombre cincuentón, vestido con un abrigo gris impecable y una libreta de cuero bajo el brazo.

Cruzó el local arrastrando los pies y se detuvo frente al mostrador, examinando los hojaldres recién horneados con una mueca de desprecio absoluto.

Detrás de él, de pie junto a la puerta, estaba Lily, mi joven ayudante de diecinueve años.

Estaba tan pálida que parecía que iba a desmayarse en cualquier momento, apretando una bandeja vacía contra su pecho.

—¿Así que tú eres la nieta de la vieja bruja Stone?

—preguntó Finch. Su voz sonaba tan agria como un limón en mal estado—.

Tu abuela hacía los mejores bollos de la costa, pero dudo mucho que el talento se herede.

El pueblo está lleno de rumores sobre tu "toque especial", jovencita.

Vengo a comprobar si vale la pena salvar este lugar de la quiebra... o si debo acelerar el proceso.

Tragué saliva. Podía sentir la chispa de magia familiar vibrando en la punta de mis dedos, rogándome que hiciera algo.

Mi don me permitía infundir emociones y sutiles efectos en las personas a través de los ingredientes correctos.

Tenía los ingredientes exactos a mano para manejar la situación, pero debía actuar rápido antes de que Finch se marchara o Lily colapsara del susto.

Sonreí con mi mejor cara de "repostera inocente que no rompe un plato", aunque por dentro mis dedos hormigueaban con fuerza.

—El talento de mi abuela era único, señor Finch —dije, manteniendo la voz

nivelada—, pero le aseguro que en esta cocina respetamos las tradiciones. De hecho, acabo de sacar del horno su postre favorito. Mi abuela dejó anotado en su diario que a usted le encantaba el hojaldre de canela con un toque de azúcar glas especial.

Mentira. Mi abuela no había dejado nada escrito sobre él, salvo una nota al margen que decía: "Barnaby Finch es un dolor de muelas insufrible". Pero el orgullo de los críticos siempre es su mayor debilidad.

Finch arqueó una ceja, visiblemente sorprendido de que recordara sus gustos.

Aprovechando su silencio, me di la vuelta hacia la mesa de trabajo.

Esparcí una pizca de canela fina sobre el hojaldre dorado y crujiente, y luego tomé el frasco azul que guardaba al fondo de la repisa: azúcar de caña recolectado bajo la luna llena, infundido con esencia de verbena salvaje.

El catalizador perfecto para la honestidad.

Cerré los ojos un segundo, concentrando mi energía en el postre. Solo una verdad, pensé. Solo deja salir lo que esconde.

Coloqué el hojaldre en un plato de porcelana y se lo extendí con una pinza. Finch lo miró con sospecha, pero el aroma dulce y especiado que flotaba en el aire era un imán demasiado poderoso. Sacó un pañuelo de su bolsillo, se limpió las manos con parsimonia y le dio un mordisco generoso.

Durante tres segundos, no pasó nada. Finch masticó, cerró los ojos y, por un instante, la rigidez de su rostro

desapareció. Pero cuando volvió a abrir los ojos, su mirada ya no era de

desprecio. Era de absoluta

desesperación.

—Esto está... delicioso —admitió Finch, pero su propia voz pareció asustarlo.

Sacudió la cabeza, como intentando recuperar el control—.

Quiero decir... es una basura. Bueno, no, no es una basura, la verdad es que odio venir aquí.

Odio este maldito pueblo de Whisper Cove y odio a toda su gente incompetente.

Detrás de él, a Lily se le escapó un pequeño jadeo. Malvado soltó un maullido que sonó sospechosamente parecido a una risotada felina.

—¿Se encuentra bien, señor Finch? — pregunté, fingiendo sorpresa mientras me apoyaba en el mostrador.

—¡No, no estoy bien! —exclamó él, tapándose la boca con la mano, pero las palabras seguían saliendo como un grifo abierto—.

Estoy harto de que todos finjan ser amables conmigo.

El alcalde Arthur es un corrupto criminal que está a punto de venderle el patrimonio del pueblo a unos constructores por un maletín lleno de billetes, y yo tengo las pruebas en mi oficina.

¡Voy a destruirlo este viernes en mi columna!

Y esa chica de ahí... —Finch se giró bruscamente, apuntando con un dedo tembloroso a Lily, quien retrocedió hasta chocar contra la pared—.

Esa mocosa cree que no la reconozco, pero sé perfectamente quién es...

Finch se interrumpió de golpe. Sus ojos se abrieron como platos, dándose cuenta de la enorme cantidad de secretos que acababa de escupir frente a una

desconocida. Su rostro pasó del pálido al rojo encendido. Miró el hojaldre en su mano como si fuera una granada activa, lo arrojó sobre el plato de porcelana, tomó su libreta de cuero y salió corriendo de la pastelería, haciendo sonar

fuertemente las campanas de la puerta.

El silencio que quedó en la tienda era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.

—Vaya... —murmuró Malvado desde su cojín, estirando las patas—. Eso sí que es un control de calidad.

Ignoré al gato y miré directamente a Lily. La joven estaba temblando, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Las palabras de Finch la habían dejado aterrorizada.

—¿Lily? —la llamé con suavidad, dando un par de pasos hacia ella—. ¿Estás bien? ¿A qué se refería el señor Finch con eso de que sabe quién eres?

La chica me miró con los ojos

empañados en lágrimas, completamente aterrada. Su respiración era rápida y entrecortada. Abrió la boca para decir algo, pero las palabras parecieron atorarse en su garganta. De repente, soltó un sollozo ahogado.

—Lo... lo siento, Amber. No puedo... me siento muy mal, necesito aire —logró articular con voz temblorosa.

Antes de que yo pudiera reaccionar o intentar calmarla, Lily tomó su mochila de lona del perchero de la entrada con tanta prisa y torpeza que la cremallera, que estaba medio abierta, terminó por ceder.

Abrió la puerta de la pastelería de golpe, haciendo repicar las campanas con furia, y salió corriendo hacia la neblina que comenzaba a bajar sobre el pueblo.

—¡Lily, espera! —exclamé, saliendo detrás de ella hasta el umbral.

Pero ya era tarde. Su silueta desapareció rápidamente tras la esquina de la calle adoquinada.

Suspiré, sintiendo un peso frío en el estómago. Al darme la vuelta para regresar al local, escuché un tintineo metálico. Miré hacia el suelo, justo al lado del felpudo de la entrada. Con las prisas, a Lily se le habían caído un par de cosas de la mochila.

Me agaché para recogerlas. Lo primero era un bolígrafo gastado. Lo segundo... lo segundo hizo que se me helara la sangre. Era un pequeño frasco de vidrio oscuro, sin ninguna etiqueta médica. Al

levantarlo y ponerlo a la luz dorada de la ventana, noté que contenía un polvo fino de color grisáceo.

Desenrosqué la tapa un milímetro, solo lo suficiente para que mi sensible olfato de bruja culinaria percibiera el aroma.

No olía a azúcar, ni a harina, ni a ninguna especia conocida.

Tenía un olor penetrante, amargo y metálico.

—Vaya, vaya —dijo Malvado, que se había acercado sigilosamente y ahora olfateaba el suelo donde había estado el frasco—. No soy un experto en botánica, Amber, pero juraría que eso no es polvo para hornear.

Miré el frasco en mi mano y luego hacia la calle oscura por la que Lily había huido. Un escalofrío me recorrió la espalda. Mi ayudante, la chica tímida que apenas se atrevía a mirar a los clientes a los ojos, guardaba secretos mucho más peligrosos de lo que jamás imaginé.

Y lo peor de todo es que el crítico de cocina acababa de irse de aquí furioso... tras comer en mi mostrador.