Capítulo 1
M ayla estaba sentada en su lujoso sofá de piel con las piernas recogidas y cubiertas con la manta floral que su madre le había tejido años atrás.
Echó un vistazo a su apartamento. No había nadie caminando por allí, no se escuchaban voces, y estaba más ordenado de lo habitual.
Unas cuantas cajas de chocolates se apilaban sobre la mesa de centro, el único signo de que alguien vivía allí.
Reinaba un silencio absoluto…tan profundo que podía oír a dos mujeres conversando en la calle, a pesar de que vivía en el tercer piso y las ventanas estaban cerradas.
Sin pensarlo, cogió el teléfono y marcó el número de Henning, pero colgó rápidamente antes de que empezara a sonar.
Mierda, el identificador de llamadas. ¿Cómo no había pensado en eso?
¡Se suponía que él no debía saber que le echaba de menos!
Llamó rápidamente a Heike, que siempre estaba en casa.
Así podría afirmar que había marcado el número equivocado en caso de que él le devolviera la llamada.
Tras el segundo tono, su amiga contestó.
—¿Diga?
—Soy yo...
—¿Mayla? —Su tono inmediatamente se suavizó—. ¿Cómo estás, querida?
—Estoy genial —mintió, recorriendo con la mirada el salón vacío. El silencio le pesaba, pero no quería admitirlo—. ¿Y tú?
—Oh, estoy preocupada por Kasimir. Tiene una tos horrible desde hace un par de días. Espero que no sea nada grave.
Escuchando con más atención de lo habitual, Mayla dejó que su amiga hablara sobre su gato enfermo. Era mejor que el silencio que la rodeaba.
—Si no mejora mañana, lo llevaré al veterinario después del trabajo —declaró Heike.
—Siempre que Conny no nos haga hacer horas extra otra vez, quieres decir. Esa bruja.
—Oh, no es una bruja. Las brujas son mujeres sabias, ecuánimes, y más viejas que las piedras. No juegan a juegos de poder ni intimidan a sus semejantes.
Mayla sonrió a medias mientras jugueteaba con el colgante en forma de corazón de su collar.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Heike bajó la voz como si temiera que alguien pudiera escucharla por teléfono.
—He visto una antes.
—¿Qué? —Mayla soltó una risita—. ¿Dónde?
—En el parque de Holzhausen.
—¿Cómo puedes estar segura de que era una bruja?
—Su abundante cabello era blanco como la nieve, tenía una nariz extremadamente larga y estaba recogiendo hierbas.
Mayla volvió a reír.
—No todo el que recoge hierbas practica automáticamente la brujería, Heike. Seguro que solo era una anciana.
—No, estoy bastante segura. ¿Quieres saber por qué?
—Cuenta, cuenta.
Heike permaneció en silencio. Mayla estaba a punto de preguntar si seguía ahí cuando su amiga continuó.
—Desapareció ante mis ojos.
—Ni hablar. Te lo estás inventando.
—Créeme, un momento estaba arrastrando los pies por el prado y de repente había desaparecido. Como si se hubiera esfumado de la faz de la tierra. Debió de lanzar un hechizo para desaparecer.
Mayla se rió. Así era Heike.
—Las brujas no existen.
—Hazme caso. Incluso compré un libro, Las últimas descendientes de las brujas , en esa nueva tienda esotérica que está junto a la comisaría central.
Tienes que venir conmigo alguna vez. También tienen cristales, atrapasueños, toda clase de cosas.
En fin, leí en el libro que algunas brujas sabias aún existen, pero viven recluidas. Casi nadie sabe de lo que son capaces.
—¿Por qué iría esta mujer al diminuto parque de Holzhausen en lugar de al bosque para recoger hierbas?
—Alguien debería averiguarlo.
Sonriendo, Mayla negó con la cabeza. Sabía que Heike creía en esas cosas, leía el tarot y consultaba a un astrólogo, pero para Mayla, estaba fuera de toda consideración.
Pensaba que era todo un disparate, nada más que un negocio para ganar dinero.
Con suerte, su inesperada soltería no la volvería tan...
crédula como su amiga. Cuando la gente está sola, se aferra a cualquier cosa; Mayla ciertamente lo estaba haciendo después de solo tres semanas.
¿Cómo debía de sentirse Heike, tras quince años?
Heike interrumpió sus cavilaciones:
—¿Vas a salir esta noche?
—No, estoy demasiado cansada. Ya no tengo edad para eso. —De nuevo, jugueteó con el colgante de su collar.
—¡Oh, todavía eres joven! Demasiado vivaz para quedarte en casa sola todas las noches como yo. Necesitas socializar, tener una aventura, salir a tomar algo, sacudirte la rutina. ¿Por qué sigues comprando esa ropa tan elegante? No es solo para la oficina, ¿verdad?
Mayla se subió la manta de ganchillo hasta la barbilla.
—No me apetece.
—¿Cómo vas a conocer a alguien si todo lo que haces es trabajar o quedarte en casa con la naricilla metida en novelas románticas? Sé que no disfrutas estando soltera.
—No tengo ningún problema con estar soltera y...
—¡Oh, sí que lo tienes! —Heike la interrumpió con una dureza poco característica en ella—.
Si no sales, no conocerás a un hombre nuevo.
¿Crees que aparecerá así sin más, llamando a la puerta de tu apartamento?
¿O crees que conocerás al hombre perfecto en tu trayecto al trabajo o en la agencia?
—Heike se mordió el labio de inmediato, algo que Mayla casi pudo oír a través del teléfono.
—¡Que los hombres de la agencia se mantengan alejados de mí! —espetó Mayla con ferocidad—. No necesito una aventura. He decidido volverme tan exitosa profesionalmente que él se arrepentirá de haberme dejado.
—¿No sería bonito tener también otros objetivos? Unos que no estén orientados hacia los demás sino hacia ti misma.
Refunfuñando, Mayla cogió un bombón de praliné del cuenco de la mesita auxiliar. Lo sostuvo bajo su nariz y lo olió. El aroma a chocolate y nueces del turrón la calmó.
—¿Y si en lugar de leer o ir de compras buscas una afición más social? ¿Quizás practicar algún deporte en un club o algo al aire libre?
Mayla resopló.
—¿Yo, hacer deporte? La última vez que fui a correr al parque, todo el mundo me adelantaba, incluso una abuela con andador.
—Ahora estás exagerando.
—Sabes que soy cualquier cosa menos atlética, y eso no va a cambiar en esta vida.
—¡Y sin embargo Dios te dio figura de atleta! ¡Y comes más chocolate que yo!
—Oh, no mucho más. Bueno, gracias por animarme. Creo que voy a colgar ya.
—¡Búscate un hobby y vive algunas aventuras!
¡Mira quién habla! Pero Mayla no lo dijo en voz alta porque no quería ofender a Heike. Su amiga tenía buenas intenciones, aunque resultara molesto. Solo podía culparse a sí misma. Mayla tenía que encontrar algo más que hacer en vez de llamarla cada noche.
Miró de nuevo su apartamento desierto. A pesar del irritante silencio, era su cueva, su refugio, y apenas salía de allí. Pensativa, se metió el chocolate en la boca y cerró los ojos. ¿Qué emoción podía esperar encontrar una mujer de poco más de treinta años que trabajaba de la mañana a la noche?
Quince minutos después, Mayla deambulaba por Frankfurt. Heike tenía razón. No debería encerrarse en su apartamento. Quería más de la vida que solo trabajo. Tener éxito en el trabajo sin duda se sentía estupendo, pero no llenaba el vacío que sentía en casa.
Con las manos en los bolsillos de su elegante abrigo, paseaba por la bulliciosa calle Berger. Le hormigueaban las puntas de los dedos, aunque no hacía demasiado frío, y las palmas de sus manos se calentaban de pronto para luego enfriarse de nuevo. Esperaba no estar cogiendo un resfriado.
Había mucha gente todavía en la calle, aunque ya era de noche.
La primavera había sido suave y muchos aprovechaban las temperaturas agradables para salir a tomar algo y quedar con amigos después del trabajo.
Pasó por un bar lleno de risas ruidosas, un gimnasio del que salían hombres y mujeres con la cara enrojecida charlando entre ellos, y una cafetería que emitía el inconfundible aroma de una tarta de chocolate recién horneada que llegaba hasta la calle.
El olor era irresistible y entró en la pequeña cafetería de la esquina, entusiasmada.
Un trozo de tarta de chocolate era justo lo que necesitaba esta noche.
Cuando la puerta se cerró y buscaba un sitio para sentarse, lo vio.
Henning.
Su corazón se detuvo por un momento. Pálida como un fantasma, se quedó paralizada en la entrada y se le quedó mirando.
Estaba sentado al fondo en una mesa pequeña, mirando fijamente su móvil.
Curiosamente, estaba solo. Llevaba el pelo rubio cortado de forma diferente a la última vez que lo había visto.
¿Desde cuándo los hombres pasan por una transformación total después de una ruptura?
Ella, no él, debería haberse cortado el pelo de forma diferente, pero no se atrevía a hacerlo.
Le encantaban sus mechones castaño oscuro que le caían justo por encima de los hombros, aunque siempre los llevaba recogidos en la nuca con un gran clip.
¿Qué hacía solo a estas horas en una cafetería como esta? ¿La echaba de menos? ¿Estaba comiendo un trozo de tarta de chocolate y recordando el tiempo que pasaron juntos?
Una rubia alta se unió a él en la mesa, y Mayla solo la vislumbró de espaldas.
Él dejó el móvil a un lado y le sonrió a la desconocida como si fuera la chica de sus sueños.
Solo hacía cuatro semanas, él había mirado así a Mayla.
Había sido una sensación maravillosa. Nunca antes un hombre la había mirado de esa manera.
Siempre la había hecho sentir especial. Él había cumplido todos sus deseos hasta que ella le reveló el diagnóstico de su médico...
Mayla no podía tener hijos.
Nunca imaginó que él rompería con ella por eso. Después de todo, siempre era posible adoptar niños si los deseabas lo suficiente. Había estado tan enamorada de él, tan embelesada, que no se dio cuenta del cambio repentino en su comportamiento y en su forma de mirarla a partir de ese momento.
En la semana siguiente, rompió con ella. Su débil excusa fue que no era por ella; que merecía a alguien mejor. Eso fue todo lo que dijo. Nada más, ¡aunque habían estado juntos más de cuatro años!