30. De vuelta a la nada
DE VUELTA A LA NADA
Amanecía, y Ulises anunció que todavía quedaba una hora de marcha hacia Collin’s Meadow. Al parecer, era el único del grupo, además de Mary, que había visitado al menos una vez en su vida aquel pueblo abandonado.
Mary intentó recordar su breve parada en aquel lugar dejado por la mano de Dios, como quien dice, durante su trayecto hacia River Town en lo que parecía haber sido hace un siglo o más.
Entonces la acompañaban su hermano y la señorita Green, que había insistido en que no dejaran el carruaje ni siquiera para estirar un poco las piernas.
Mary y su hermano no bajaron, claro, pero vieron a través de la ventana.
El lugar era mísero, como el pueblo fantasma de alguna historia de terror, y el aire era tan árido que azoraba las mejillas con cada soplo.
¿Qué estaba haciendo la señorita Green en ese lugar?
, se había preguntado Mary antes de que la mujer reapareciera, ¿y por qué no los dejó bajar del coche?
La parada se había prolongado media hora, y cuando Green retornó con los dos jóvenes a su cuidado, tenía las mejillas arreboladas y una mirada turbada que fue desvaneciéndose a medida que retomaba sus labores de costura.
—¿Qué? —musitó Mary, que había estado demasiado ensimismada para oír lo que Lloyd decía .
—Decía que si crees que mi padre podría estar en Collin’s Meadow —repitió éste.
—Sí. Eso decía la carta.
«En sus últimas», fueron las palabras que usó Darling para describir el estado actual del padre de Lloyd. Mary, Abigail y Grace prefirieron omitir aquel fragmento estremecedor de la carta para no agregar más tensión a la peligrosa incursión.
El cielo comenzaba a esclarecer; el negro perpetuo era hendido por tonalidades más claras del azul, mostrando amagos de nubes grises y un delicado fulgor naciente en el horizonte.
Amanecía, sí. Pero sentía una terrible corriente de frío calándole la piel, un murmullo etéreo que le erizaba cada vello hasta la nuca.
Mary compartía la montura con Lloyd. En otras circunstancias, ella se habría alarmado por la proximidad de sus cuerpos.
Ulises Witheford encabezaba la marcha sobre un pequeño alazán gris con motas pardas; Abby y Grace (que habían hecho las paces, tal parecía), lo seguían, compartiendo el lomo de Sombra, el enorme jamelgo negro que Abigail había acogido como propio tras la muerte de su propietario durante el intento de arrobamiento de Mahlon West en lo que parecía hace cien años o más.
Detrás, Lloyd y Mary cerraban la marcha, sobre la montura de un castaño majestuoso que pertenecía a los establos de Blackfell.
—¿Conoces la historia que rodea Collin’s Meadow? —le preguntó Lloyd a Mary.
Ella negó con la cabeza.
—Dicen que está maldito —comentó Lloyd—.
Ha pasado por años duros. Su población mengua a causa de una peste que cegó centenares de vidas.
.. —Hizo una pausa y sus hombros se tensaron.
El silencio se prolongó un instante—. Ahora que lo recuerdo, hay una historia sobre tu familia, los Cartwright, que está ligada a ese lugar.
Cartwright. Aquel nombre ya no era el suyo.
¿Quién era entonces? De nuevo, recordó su discusión con Céline durante la cena de la otra noche, y sí, aunque a la sazón habían arreglado sus diferencias, Mary aún pensaba en sus palabras con profundo dolor.
Su hogar, su familia... todo se había caído en pedazos cuando Céline reveló la verdad.
Jamás lo olvidaría. «Hornwood —pensó Mary, estremecida, mientras Lloyd le contaba los detalles del trágico incendio que arrasó con la fábrica de textiles de los Cartwright—.
¿Esa soy yo ahora? ¿De verdad? —Aspiró hondo—. ¿Mary Hornwood?»
El nuevo nombre le resultaba raro, desconocido, a sus propios oídos.
El paisaje se abría ante ellos en una inmensidad que parecía infinita y vacía; el camino de tierra serpenteaba por tenues laderas, como las caderas de una mujer, a través de un vasto campo abierto cubierto por un manto verduzco, hermoso y brillante, pese al sombrío ambiente.
El amanecer iba a la par con los sentimientos de los que atravesaban el amplio paisaje en una hilera: si bien las tenues tonalidades prometían una magnífica mañana, imperaban aún un albor opaco y el frío aire madrugador que calaba hasta los huesos.
—Y hay historias sobre Mahlon West, ¡maldito sea! —decía Lloyd cuando Mary volvió en sí. Al parecer, todo sobre el sombrío enigma de Collin’s Meadow había terminado—. ¿Oíste lo que pasó a la madre de Grace? —inquirió en tono muy bajo.
—Sí. —Mary se estremeció—. Mahlon la asesinó, y ella le hizo una horrible cicatriz antes de morir. —Aún recordaba el siniestro brillo del único ojo del nigromante que raptó a su hermano—. Su nombre era Margot Treddaway .
—Dicen que West estaba enamorado de ella —comentó Lloyd por debajo.
Echó un vistazo hacia adelante, donde estaban Grace y Abigail.
La joven Startclyde parecía adormilada, con la cabeza ligeramente recostada en el omóplato de Abby, quien llevaba las riendas de Sombra—.
Entonces Margot era joven y preciosa, con los bellos rasgos dorados y azules de los Treddaway.
Y se cuentan historias aún más macabras sobre Mahlon West y sus aprendices.
—¿Sus aprendices? —Mary frunció el ceño.
Lloyd sonrió. Era imposible que hubiera visto la expresión de la joven, pero seguro notó una leve tensión en los brazos con los que ella le rodeaba el abdomen.
—El peor de todos se llama Spyder —afirmó Lloyd en tono sombrío—. Y tiene un hermano, que lo sigue en crueldad. Vástagos de Yllian Spicer, uno de los nigromantes más temibles que hayan pisado las tierras de este país.
«Spicer». Mary repitió el nombre para sus adentros con aprensión. Había escuchado ese nombre antes, en alguna parte, aunque no lograba recordar dónde.
—¿Y qué pasó con él? —preguntó Mary.
Lloyd se irguió y guardó silencio un brevísimo instante.
—¿A quién te refieres?
—Yllian Spicer.
—Fue asesinado por los sirvientes de Mormont. ¿Sabes quiénes son los Mormont?
—Por supuesto.
Lo dijo con la misma seguridad que una experta en historia y linajes de los Seguidores de la Luz.
Había leído cosas atroces sobre los Mormont, que posiblemente fuera el clan nigromante más poderoso (y peligroso) de la Comunidad Mágica.
Según la Enciclopedia, fue un Mormont el que masacró a cientos de sus pares seguidores de la luz y empezó así la Guerra del Eclipse Rojo, hace casi cien años.
—¿Y Mahlon West de dónde viene?
Mary apreció que la curvatura de la espalda de Lloyd se tensaba por un momento; luego, que se estremecía.
—¿Estás bien?
—Sí. —La voz de Lloyd destilaba acritud... pero no por ella—. Mahlon West viene de la nada y a la nada regresará.
—¿Vas a matarlo?
—Voy a salvar a mi padre. Pero si ese maldito nigromante se interpone en mi camino, no dudaré en hacerlo.
Un intenso resplandor destelló en el cielo seguido por un bramido estridente.
Mary se sobresaltó y ahogó un respingo cubriéndose la boca con la mano.
Alzó la vista y las pestañas se le anegaron con el rocío de las primeras gotas de lluvia.
Se caló la capucha y, mientras descansaba la cabeza sobre el hombro de Lloyd Blackfell, se preguntó si ella tampoco dudaría.