Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 29. La búsqueda #3
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29. La búsqueda #3

—Descuida, yo iré —se adelantó Abby. Y, un segundo después, ella también desapareció entre las sombras de los altísimos abetos al mismo tiempo que irrumpía el ulular de un búho.

Acto continuo, reinó un silencio que se superponía al crepitar de las llamas y al susurro del viento.

Mary suspiró y fijó de nuevo la mirada en el fuego.

A decir verdad, tampoco ella daba crédito a lo que había hecho, aunque, a esas alturas, ya nada de lo que ella pudiera hacer que antes jamás se habría imaginado haciendo, debía sorprenderla.

En aquel momento, llevada por la ira, no había pensado demasiado al darle una bofetada a la líder del bosque frente a sus acólitos, tampoco debería hacerlo ahora. Lo hecho, hecho estaba.

—Has estado muy callada. —Lloyd la veía a través de las llamas—. Desde que dejamos el corazón del bosque. ¿Estás bien?

Mary quiso decir que estaba bien; que sólo estaba preocupada por Sam, el señor Blackfell y Andrew, lo que era en parte verdad.

En parte. Pero se abstuvo. Previó que no podría engañar a Lloyd tan fácilmente; era listo; debía intuir que la situación de los tres cautivos era precaria. De modo que se limitó a asentir .

Lloyd se sentó a su lado; Mary no lo había visto aproximarse.

—No he podido dejar de pensar en lo que dijiste a Loreen —repuso. Tenía la vista al frente, en las llamas—. Sobre quién era en realidad tu padre. ¿A qué te referías?

Mary razonó un instante si decirle la verdad.

El hecho de que era una bastarda , resultado del adulterio de su madre, no parecía ser motivo de profunda vergüenza en la Comunidad Mágica, de la cual Lloyd Blackfell formaba parte.

Además, tarde o temprano terminaría sabiéndolo por eso que decían que en River Town no había lugar para secretos.

Y ella no planeaba mantener oculto ese secreto (si era tal cosa a ese punto) de manera indefinida.

—Yo... —empezó a decir.

La interrumpió un crujido en las sombras de los árboles.

Lloyd y ella ladearon sus cabezas. Cleo emergió, tal parecía de la nada, llevando un montón de ramas para la fogata.

Los miró ceñuda mientras se acercaba. Lloyd y Mary bajaron la guardia.

Ulises, en cambio, ya dormía; se había tendido junto a su montículo en algún momento tras la marcha de Grace y Abby.

«Yo debería hacer lo mismo», se dijo Mary.

Se levantó y se quitó la capa para resguardarse del frío con ella mientras se acostaba en el suelo pastoso del terreno de los centauros.

Las llamas avivaron cuando Cleo echó algunas ramas en ellas.

No tardó en conciliar el sueño. Su último pensamiento antes de quedarse dormida fue, más que un simple augurio, una completa certeza.

Mañana sería un largo día.

La vela estaba por consumirse en un charco de cera cuando la puerta crujió al abrirse.

Uno de sus guardas, según dictaba la rutina, siempre precedía a los visitantes.

Esta vez sin embargo, Kenneth advirtió, era diferente.

Ningún guarda entró. Lo hizo una joven que vestía un abrigo parduzco de piel de zorro.

—Caroline —susurró Ken.

—Kenneth, cariño —dijo ella con una risita.

Ken avanzó precipitadamente hacia ella y la abrazó.

Estaba cálida... oh, tan cálida. Su cuerpo se estremeció al entrar en contacto con ella.

Sus brazos, fuertes y seguros, la atrajeron hacia sí.

Caroline se mantuvo distante, inmóvil; apenas le rozó levemente la mejilla con la suya durante el abrazo.

Olía como la recordaba: rosas, almíbar y nuez.

Se apartó. La miró extrañado.

—¿Te han dejado entrar? —le preguntó. No le quitó las manos de encima por temor a que fuera un sueño que se podía desvanecer entre sus dedos, o ante sus ojos. Pero si era un sueño, entonces no quería que lo despertaran nunca, pensó — . Creí que...

—Shhh —murmuró Caroline, y le puso un dedo en los labios—. Me has decepcionado, Kenneth. Esperaba que Richard Katterblack no saliera con vida la otra noche. Me diste tu palabra. Yo me entregué a ti en cuerpo y alma, Ken, y me fallaste. Solo me usaste.

—No... No es verdad —balbuceó Ken. En vez de disculparse, entró en razón y dijo—: Has sido tú; tú me utilizaste, y yo caí en tu juego. Todavía te deseo, Caro...

—Pero no me tendrás jamás —lo cortó ella—. Has desbaratado mis esperanzas, Kenneth. Solo tenías que hacer una cosa para tenerme para siempre, una simple cosa, y hubiera sido tuya. Siempre tuya, Kenneth.

—¿En serio?

—Sí. Pero eso ya nunca pasará.

A Kenneth se le rompió el corazón. Se arrojó a los pies de Caroline. Tomó sus suaves y delicadas manos entre las suyas. Ella lo contempló impávidamente desde arriba.

—No fue mi culpa —gimió Ken—. Fue él. Fue Darkling. Emergió de las sombras y acabó con el plan. Yo iba a por Richard Katterblack como me lo pediste... y...

—¿Y? —Ella lo miró; luego, lo instó a levantarse. Kenneth no era capaz de hacerlo; ese «y» había sido interrumpido por un recuerdo, más reciente, donde traicionaba a Caroline contándole la verdad al señor Katterblack—. ¿Qué sucede, Kenneth? —preguntó—. ¿Te ha comido la lengua alguna rata?

Kenneth sacudió la cabeza, saliendo de su aturdimiento. Se levantó despacio.

—He hecho algo terrible —dijo él, la voz temblorosa—. Le he dicho la verdad...

Caroline no tuvo tiempo de preguntarle de qué verdad hablaba.

Escucharon un estruendo metálico y la puerta de la celda se abrió. Una sombra se coló al interior. Ken sintió que el corazón le martillaba el pecho.

—Vaya —expresó Richard Katterblack, adentrándose en la celda—. Que increíble coincidencia.

—¿Qué hace él aquí, Kenneth? —preguntó Caroline con nerviosismo. Al mismo tiempo se colocó detrás del muchacho.

Kenneth también la resguardó con su cuerpo en un gesto protector.

Si bien, no creía que el señor Katterblack fuera a atentar contra ella, aun sabiendo lo que hizo.

Caroline le puso una mano en el hombro; de pronto parecía una niña asustadiza detrás de su padre.

Kenneth volvió su atención hacia Katterblack.

Lo primero que notó fue que no se apoyaba en el bastón illuminatus .

—Oh, querida Caroline, no es a mí a quien debes temer —repuso Richard—.

Si mal no recuerdo, es nuestro estimado Kenneth quien fue acusado de secuestrar y asesinar a Joseph Westwick; de maquinar el dantesco ataque contra los inocentes de River Town que estaban en el baile del solsticio, y tener cautivo a Elio Blackfell.

Es a él a quien debes temer, Caroline. —Señaló a Kenneth con el dedo un instante.

Después, lo bajó y alzó una ceja—. A menos que tú poseas algún conocimiento que el Gremio y yo no sobre Darkling, ¿es así?

Kenneth miró de reojo a Caroline, que tenía la mirada fija en Richard. «¿Qué he hecho? —pensó el muchacho—. Oh, Dios, ¿qué he hecho?»

De repente, Caroline emergió con decisión detrás de Kenneth y lo miró con profundo desprecio.

—Maldito bastardo —escupió ella—. Le has contado todo. ¿De eso estabas hablando? Le has dicho que...

—No, no, yo... —empezó Kenneth. Se calló. Comprendió que Caroline no se lo estaba preguntando.

Caroline se volvió hacia Richard y profirió una risita.

—Ya lo sabes —dijo ásperamente—. Sabes cuál fue la razón de la repentina visita de Darkling al hogar ancestral de tu maldita familia.

—¿Eso quiere decir que sí le ordenaste al joven Kenneth que me asesinara aquella noche?

—repuso el señor Katterblack. Lo cubría una sombra profusa y un aura extraña que Kenneth no le había visto antes.

Estaba de pie junto a la puerta. Caroline no respondió a su pregunta; se limitaba a desafiarlo con la mirada—.

¿Tu padre ha dado la orden de mi ejecución?

—No.

—Entonces, debo suponer que mi repentina y trágica muerte fue planeada por Ian y por ti, ¿es así?

—Sí. —Caroline suspiró risueña—. Todo ha sido nuestro plan. Mi padre es inocente...

—Eso dices tú, querida. —Richard habló en un murmullo; también parecía risueño; cambió el peso de una pierna a la otra y suspiró hondo para que los otros dos pudieran oírlo contener la risa.

Algo no iba bien, pensó Kenneth—. Pero he decidido no creerte.

Los Reedstter tienen la vena traidora, lo sé.

Hace cincuenta años, uno de tus ancestros acabó con el legado Cartwright cuando ellos no negaron a someterse a sus designios.

Supongo que tu padre quiere hacer lo mismo conmigo. ..

—¡Eso no es cierto! —profirió Caroline furiosa—.

Todo ha sido mi idea. Yo seduje a Kenneth.

Mi padre no tuvo nada que ver. Él sólo llegó un día, furioso por tus absurdas ideas de invertir fondos conjuntos de sus compañías en electricidad; dijo: «Ojalá Katterblack estuviera muerto, así podría hacerme cargo de los negocios de verdad».

Yo amo tanto a mi padre que quise cumplir su deseo. No puedes culparlo; no puedes culparme.

El aire se volvió tenso. Se produjo un largo silencio.

—Me querías muerto —replicó Richard finalmente—.

Esa criatura estuvo a punto de asesinarme a mí y a mi hija por tu culpa; sí, tú culpa.

Debes pagar por tus actos, Caroline —agregó con firmeza.

Entonces cerró la puerta con una pericia del talón y avanzó un par de pasos con decisión, la rabia reverberando en su rostro.

Se detuvo cuando Kenneth se interpuso entre él y la muchacha .

—No dejaré que la toques —le advirtió Ken a Richard.

Éste se echó a reír.

—Ya veremos, Kenneth —dijo después—. Ya veremos.

Lentamente, Richard Katterblack dio otro par de pasos y emergió de las sombras hacia la luz menguante de la vela casi consumida.

No era Richard, como había intuido Ken, o al menos lo fue al principio.

El hombre que surgió de la opacidad, era más alto, cuadrado y de brillante calva blanquecina; su sonrisa era atroz, amarilla y cariosa; su mirada, una pesadilla oscura y mortífera.

—Saludos, Kenneth —dijo Darkling—. ¿Me extrañaste?

—No... —murmuró Kenneth.

Darkling se lanzó contra él; lo agarró por el brazo y lo agitó con fuerza hasta derribarlo.

Kenneth, aún atónito, se incorporó tan rápido como pudo.

Darkling lo golpeó en la mejilla. El golpe le adormeció la parte izquierda de la cara y lo hizo caer de bruces sobre el suelo, otra vez.

Mientras Darkling le daba la espalda para enfocarse en Caroline, Kenneth lo atacó; intentó sestarle un porrazo en la calva con las manos juntas, pero Darkling movió la cabeza y lo aporreó en el hombro.

—Estúpido Kenneth —dijo Darkling; lo tomó de la muñeca y se la retorció. Se oyó un crac seco y escalofriante.

Kenneth gritó, gritó con todas sus fuerzas. Las piernas le flaquearon. Cayó de rodillas, presionándose la muñeca rota con la otra mano.

—¡Ayuda, ayuda! —chillaba Caroline a la vez que golpeaba la imponente puerta de hierro—. ¡AYUDA!

Darkling se acercaba a ella. Caroline se volvió al advertir que la sombra de Darkling se cernía sobre la suya.

—Si das un paso más, arderás —le advirtió—. Haré que este lugar arda como el infierno .

Darkling solo rio.

—Oh, querida Caroline —dijo después. Reanudó el avance hacia ella—.

¿Cómo lo harás? Recuerda que esta celda está encantada, tu don no funcionará aquí.

Tus llamas no arderán dentro de estos muros; estos muros te verán morir solo a ti.

—La tomó con rapidez por el cuello, ahogando así el siguiente alarido de la muchacha, y comenzó a apretar, apretar, apretar. ..

Kenneth Hornwood se puso en pie; haciendo acopio de sus últimas fuerzas e ignorando el intenso dolor la muñeca rota tanto como le era posible, echó a correr hacia Darkling y Caroline... La vela se consumió, por fin, y la oscuridad se arrojó sobre ellos.