29. La búsqueda #2
Arriba, esperaba Loreen, la Líder del Bosque.
Era fácil reconocerla a la distancia, pues de ella parecía proceder una especie de aurora blanca y mística.
No estaba sola —y sus acompañantes tampoco suponían un misterio para Mary—: Salim, el viejo fauno de mejillas fofas; Henna y Cleo, la líder del clan de centauros y su hija; y Misa, la joven sátira de rasgos infantiles y piernas corvas y velludas.
«No es mentira si se guarda en secreto, y no es secreto si este perdura profundamente en tu corazón». Aquellas palabras inundaron a Mary de rabia, una rabia que se iba acrecentando a medida que ascendían la pequeña colina escoltados por el hostil centauro, Rumos.
La Líder del Bosque se aproximó a ellos con los brazos abiertos y esbozando un cínico gesto de zozobra, seguida por un revuelo de tul blanco de su vestido.
—Escuché las noticias...
Calló abruptamente. Mary se adelantó unas zancadas y le cruzó la cara con una fuerte bofetada, que le dejó una huella rojiza marcada en la mejilla .
—¡Señora! —exclamó Salim horrorizado.
—¡Líder! —profirió Rumos al mismo tiempo.
—¡Mary! —soltaron Abigail, Grace y Lloyd al unísono.
Enfurecida, Mary no pudo contenerse: la había abofeteado por haberle mentido, por haber enviado a Andrew directo a la guarida de Mahlon West, y por haberle ocultado su verdadera paternidad.
Mary había pensado en ello mientras iba de camino al bosque.
Loreen, cuyo puesto de honor entre los Hijos del Bosque parecía conferirle cierto conocimiento de «todo», seguramente sabía aquel secreto, que prefirió guardar por alguna razón.
Quizás se lo había prometido a su madre, había meditado Mary; o quizá el mismo Richard Katterblack la había amenazado para que no dijese nada.
Fuera cual fuese la razón, estaba muy enojada con Loreen por el asunto de Andrew.
El bosque entero pareció paralizarse tras soltarle el bofetón a la Líder. Esta se llevó una mano a la mejilla sonrojada; se mantuvo impávida y soltó una exhalación. Al verla tan sosegada, Mary casi temió por lo que fuera a decir a continuación.
—Esta ofensa es impermisible, jovencita —se adelantó el fauno Salim—. Tal atrevimiento debe ser pagado con la mano que realizó el acto. Será corta...
—No —prohibió Loreen. Alzó una mano. Sus ojos jades estaban puestos fijamente en Mary—. Nadie cortará nada a nadie.
—Pero, mi señora… —empezó el fauno.
Loreen se giró y le dirigió una mirada fulminante. El viejo fauno pareció encogerse.
—Puedo adivinar a qué ha venido todo esto —siguió la Líder; miró a Mary un instante y luego a los demás que estaban a espaldas de ella—.
Veo que todos están aquí por la misma razón.
Siento tanta hostilidad, furia y miedo en el aire.
.. — Suspiró hondo—. Lamento mucho lo que ha pasado —añadió con abatimiento, bajando la mirada—.
Siento lo que le ha ocurrido al pobre Andrew.
Le advertí de los peligros antes de... antes de que partiera en la búsqueda de mi pequeño sobrino. Se lo dije, lo juro por mi hermana.
—¡No metas a mi madre en esto! —estalló Mary. Avanzó un paso y alguien la cogió por la muñeca con firmeza.
—Pero es la verdad —insistió Loreen. Tenía los ojos anegados de lágrimas.
—¿Sobrino? —dijeron Salim y Misa al unísono.
Loreen se volvió hacia ellos.
—Sí. Tuve una hermana y ella tuvo dos hijos —explicó.
Levantó la vista y la fijó en Mary, con tanta pasión como si delante tuviera a Sylvia Cartwright, la hermana en cuestión—.
Aquí está uno de ellos. —Señaló a Mary con la mano extendida; luego, la bajó—.
El más joven fue raptado por un perverso nigromante que alguna vez ensombreció nuestro hogar: Mahlon West.
Los Hijos que estaban reunidos junto a su líder en el corazón del bosque en el momento de la llegada de Mary y su convoy ahogaron una exclamación.
Lo ocurrido hace algunas semanas, durante su llegada a River Town, era bien sabido por toda la Comunidad Mágica del pueblo y sus alrededores, de modo que Mary se permitió aventurar que aquella exclamación ahogada se debía más al profundo terror que causaba el nombre de Mahlon West que a cualquier otra cosa.
—Es una larga historia —añadió Loreen al final—. Y, por lo visto, el tiempo apremia.
—Si sabías dónde encontrar a Samuel Cartwright desde el principio —restalló la voz de Abigail—, ¿por qué no informaste al Gremio ?
—Yo... —Loreen bajó la mirada con profunda tristeza y suspiró con un sollozo—. La Madre no lo aludió hasta que Andrew acudió a mí hace algunas noches... Tal vez notó la vehemente disposición del muchacho por encontrar a mí sobrino, que se compadeció. Y finalmente me dijo dónde debía buscar...
—¿Queremos saber dónde están nuestros hermanos?
Abigail afianzó su posición colocándose junto a Mary.
—¿Nos dirás? —preguntó el joven Witheford con voz queda, carente de la sucinta decisión de Abigail.
Loreen pestañeó y permaneció en silencio un instante.
—He enviado a Andrew hacia un pueblo cercano llamado Collin’s Meadow —respondió por fin—. Allí se iba a encontrar con Magdalena, cuyo verdadero nombre es Claudine; es de origen haduno, y propietaria de una taberna, La Última Morada, el lugar al que envié a Andrew.
—¿Quién es Claudine? —quiso saber Grace.
—Eso no lo puedo decir, o ella morirá —dijo Loreen—, y con ella, la pista que los llevará hasta el joven Andrew.
—¿Cómo pudiste? —soltó Mary.
Loreen volvió la vista hacia ella y se mantuvo inexpresiva.
—Pudiste haberme dicho la verdad desde el principio —siguió la muchacha—.
Pudiste decirme quién era en realidad mi padre, pero preferiste callar.
—Loreen intentó decir algo, pero se contuvo al notar que Mary no había terminado—.
Sedujiste a Andrew, y lo enviaste directo a Mahlon West previendo lo que pasaría.
Siempre supiste dónde podíamos encontrar a Sam. Y callaste.
Mary no pudo contenerse más y empezó a sollozar. Alguien fue hasta ella y le brindó su pecho; bastó con que le susurrara «Shhh, tranquila» al oído, mientras le acariciaba el cabello, para saber de quién se trataba .
—Estarán bien —dijo Lloyd, estrechándola—. Tranquila, Mary, los encontraremos sanos y a salvo. Te lo prometo.
Con el argumento de lobos Fenrirs merodeando los límites del bosque, Henna persuadió al grupo de pasar el resto de la noche en el territorio de los centauros.
Como cabía esperar, Abby y Lloyd se negaron.
Grace, sin embargo, mantuvo una postura más pragmática e hizo que entraran en razón al darles una intimación: o accedían a la oferta de la centaura o ella no continuaría en la búsqueda.
Mary y Ulises no intercedieron en la discusión.
Ella bien sabía que un encuentro con lobos podría resultar fatal.
Y si alguno de ellos (si no todos) moría antes de hallar el paradero de Andrew y el señor Blackfell, la balanza podría inclinarse en su contra cuando el momento del rescate llegase, y se encontraran cara a cara con Mahlon West y sus sirvientes, quienes, sin duda, los superaban en números.
Abby y Lloyd accedieron. Cleo, por orden de su madre, los condujo al territorio de los centauros: un valle pequeño y silencioso en el área más septentrional del bosque, donde el pasto crecía en abundancia y los árboles coníferos parecían rozar el cielo.
Un círculo de abetos marcaba el sitio de reuniones de los líderes centauros.
Allí, el grupo prendió una fogata con la venia de la joven centaura.
El viento soplaba fresco y, por debajo del silencio parsimonioso, se elevaba el canto de los grillos a la noche.
—Aún no puedo creer lo que hiciste, Mary —expresó Ulises con las manos extendidas hacia el fuego. Los cinco estaban sentados en pequeños montículos de piedra que Cleo había dispuesto en torno al hogar—. En serio —añadió riendo por lo bajo—, no puedo creer que abofeteaste a Loreen en su propia cara.
—¿Y dónde más, tonto? —soltó Grace. Fruncía el entrecejo y miraba a Abby mientras afilaba sus preciadas dagas con una piedra de agua—. Lo que no puedo creer yo es que Andrew haya tenido un romance con Loreen todo este tiempo...
—Yo no lo llamaría romance . —Abby habló sin apartar la mirada del fuego. Parecía distante.
—¿Tú lo sabías?
Abby no respondió. En cambio, Lloyd, que también tenía las manos extendidas hacia la fogata, comentó:
—Abigail tiene razón: no puede llamarse romance lo que hubo hace algún tiempo entre Andrew y Loreen.
—Sus palabras tenían un tono sugerente. Mary no era ingenua, ni mucho menos, para ignorar lo que el muchacho estaba insinuando por debajo de cuerda: que sólo fue una relación carnal, nada más—.
Cualquiera en el lugar de Andrew, que no conociera el lado malévolo de la líder del bosque y pasara por alto el hecho de que es una anciana de trescientos años más o menos, habría aceptado los.
.. ¿ favores? ... de Loreen con mucho gusto.
—Eso quiere decir que tú también lo sabías. —Lloyd asintió con un encogimiento de hombros y una sonrisa trémula aunque aquello no era una pregunta. Observó a Ulises, Lloyd y, con más demora, Abigail—. Maldita sea, pensé que éramos amigos..., todos nosotros, de toda la vida.
—No fue intencional, Grace —afirmó Lloyd en tono conciliador—. Nunca hablamos al respecto. El propio Andrew nos contó a cada uno. En mi caso, así fue. Abby lo supo al oír sus pensamientos, y Ulises llegó a la conclusión. Si quieres reclamar a alguien, ese debe ser Andrew una vez lo rescatemos .
Grace no se dio por vencida.
—Tú, Mary, ¿cómo lo supiste?
Mary abrió y cerró la boca. Luego, sin poder evitarlo, miró a Abby, que también la observaba impasible.
Grace enarcó las cejas al comprender lo que pasaba, o, más bien, al recibir su respuesta; acto seguido, dejó caer la piedra, enfundó sus dagas y se adentró en el bosque.
Lloyd hizo ademán de levantarse.