29. La búsqueda
LA BÚSQUEDA
—Andrew —murmuró Abigail, y la carta cayó de sus manos como una febril hoja de otoño.
La expresión en su rostro después de leerla era de abatimiento.
Mary lo sabía bien, había tenido el mismo efecto en ella cuando la leyó en su habitación.
La carta confirmaba tres cosas —una más aterradora que la anterior, si cabe—: el señor Blackfell estaba con vida, pero agonizaba; Sam y Andrew eran cautivos de Mahlon West, y Darkling estaba vivo.
—¿Qué dice?
Grace Startclyde se inclinó para recoger la carta a los pies de Abigail y luego proceder a leerla.
La mirada de Abby encontró la de Mary gradualmente. Mary podía imaginarse cuántas cosas terribles pasaban por la mente de la joven, ¡cosas inimaginables y oscuras!, porque ella había tenido aquellas mismas ideas después del rapto de su hermano hacía unas semanas.
—Maldito sea —exclamó Grace, atrayendo así la atención de las otras dos jóvenes. Luego se acercó a Abby y le frotó el hombro con un gesto de consuelo e infinita ternura—. No te preocupes, Abigail, lo vamos a encontrar.
La salita de estar estaba tenuemente iluminada y reinaba un ambiente cálido, pese al desafortunado descubrimiento.
Azorada, el primer impulso de Mary tras leer la carta de Darkling fue acudir a la cabaña de los Treddaway, detrás de los jardines de la mansión Katterblack, donde sabía que hallaría a la hermana de Andrew.
Dos días antes, Mary se topó con Abigail en los jardines; desde entonces, ella tenía conocimiento de la peligrosa misión que había emprendido Andrew para encontrar a Sam. «Y lo haría de nuevo. Mil veces más».
Sintió un escalofrío. Hacía apenas unas noches, Andrew y ella habían recorrido los jardines de Katterblack a mitad de la noche, para contemplar un millar de luciérnagas.
Fue la misma noche que Andrew dejó el pueblo para buscar a Sam, comprendió.
Mary no podía evitar aquel sentimiento de culpa, si bien jamás se habría imaginado que Andrew cometería una locura.
«Y lo haría de nuevo. Mil veces más —pensó dolida—. Lo está haciendo por mí».
Mary levantó la vista y se acercó con vehemencia a Abigail y Grace.
—Darkling me quiere a mí; lo dice en la carta. Yo estoy dispuesta a entregarme...
—¡No! —la cortó Abby—. Darkling no se detendrá hasta que todos en el pueblo hayan muerto; contigo o sin ti, sus planes no serán dejar River Town después de tenerte. —Soltó una exhalación—. Además, Andrew no querría que te inmolaras por él.
—Es lo que él ha hecho por mí.
—Es diferente. Y Andrew debe tener la convicción de que eres mucho más importante para Darkling que él.
—Pero no es verdad... —Mary resopló impaciente y agitó las manos de una forma poco impropia. Céline se habría escandalizado—. El caso es que debemos encontrar a nuestros hermanos. Darkling quiere que me entregue a cambio de ellos, pero en la carta no dice dónde debo hacerlo.
—Probablemente sabe que puedes encontrarlo. De alguna manera. —Grace se encogió de hombros—. Habría que leer la carta próvidamente para descubrir alguna pista...
—¡Pero no hay tiempo! —increpó Abby—. ¡MI HERMANO! Andrew está en peligro. ¿Quién sabe qué cosas terribles le está haciendo el monstruo de Mahlon West en este momento?
—¿Por dónde empezar? —inquirió Mary.
—La carta —insistió Grace.
—No. —Abigail tenía un brillo vidrioso en los ojos—. Yo sé dónde debemos empezar. En el bosque.
—¿En el bosque? —musitó Mary, absorta. La última vez que había puesto un pie en el bosque fue hace tres días, antes del aciago suceso con Darkling en la mansión Katterblack.
En el bosque había estado a punto de morir en las garras de los lobos Fenrirs.
Era un lugar peligroso al que había esperado no volver visitar tan pronto—. ¿Por qué?
Grace, a ojos vistas, no parecía entenderlo tampoco; se notaba en su mirada confusa. Sin embargo, callaba.
—Yo sé qué hacer —afirmó Abby, en tanto. Evitando la pregunta de Mary sin un poco de sutileza, miró a la joven Startclyde—. Grace, envía un mensaje mágico a Lloyd y a Ulises. Diles que nos reuniremos en el camino del bosque: que la vida de Andrew está en peligro y que nos necesita.
Grace asintió y se fue a un rincón de la estancia para concentrarse y murmurar el mensaje que pedía Abby.
—¿Por qué el bosque? —le preguntó Mary a Abigail.
Ésta se acercó a ella y la tomó por los hombros.
Le contó cómo su hermano se había hecho con la pista que lo condujo hacia el posible paradero de Sam y de Elio Blackfell.
Al parecer, Loreen, la Líder de los Hijos del Bosque, estaba prendada de Andrew.
Andrew le prometió que correspondería a sus sentimientos si ella le concedía dicho conocimiento. Loreen, por supuesto, aceptó.
—¿Loreen? —dijo Mary, incrédula, cuando Abby hubo acabado su relato—. ¿Loreen? —repitió tontamente, con la voz más aguda de lo habitual.
—Sí. La Líder del Bosque. —Abby asintió—. Fue ella quien entregó a Andrew a Mahlon West.
Mary no lo podía creer. Había escuchado (y por un instante creído) que Loreen era malvada y traicionera, que tenía oscuros intereses en quienes despertaban su atención.
Pero, luego de su último encuentro con la líder del bosque, había pensado que tal vez los demás estuvieran equivocados y no la conocían tan bien como creían; que era buena pero incomprendida.
No obstante, después de la revelación de Abigail, ya no estaba tan segura.
Quizás Richard Katterblack no le había mentido en una cosa, y eso era Loreen.
«Loreen es mi tía —pensó Mary—. La hermana de mi madre. Y el ataque de los Fenrirs pudo ser más que una coincidencia».
—¿De qué hablas, Mary? —le preguntó Abby, que la estaba viendo con las cejas en alto y los ojos enfocados.
Mary había dejado escapar el pensamiento; todavía no terminaba por comprender aquello de la telequinesis y el don de la luz de los seguidores.
Abigail tenía la mirada inquieta puesta en ella.
—Sí —repuso Mary. Ya no podía ocultar la verdad—. Loreen es la hermana de mi madre; hasta hace poco no sabía que lo fuera; ella es el único familiar de verdad que me queda... Me quedaba —se corrigió, a su pesar, y sacudió la cabeza—. Pero te lo contaré después de.. .
—... encontrar a nuestros hermanos, cierto —atajó Abby—. Debo buscar mis armas.
—Ya está listo —afirmó Grace—. Lloyd y Ulises ya van hacia el lugar indicado. —Miró a Mary y luego a Abigail—. ¿Me he perdido de algo?
—Le decía a Mary que debo buscar mis armas —repuso Abby—. Tal vez te pueda prestar el par de daxarus que tanto te fascinan.
—¡Sí! —exclamó Grace con una vocecita aguda, y cuando Abby se alejó para buscar las armas, el rostro de la muchacha se sosegó y su mirada se tornó sombría—.
No lo puedo creer —dijo en voz baja, aunque Mary apenas pudo escucharla—.
Al fin lo encontraré; encontraré al asesino de mi madre, y la vengaré.
—Grace —dijo Mary en voz baja.
—¿Sí? —La chica se irguió de súbito y se volvió—. Yo no debí...
—Sé lo de tu madre —soltó Mary, intentando no sonar cortante—. Y lo lamento. Pero esta vez se trata de Andrew… —«Y mi hermano», pudo haber dicho, pero la joven no lo conocía, así que Sam debía significar poco para ella comparado con la venganza por la muerte de su madre—. Y por Abigail.
Guardaron silencio.
—¿Cómo llegó la carta a ti? —preguntó, por fin, Grace.
—La encontré en mi dormitorio.
—Alguien tuvo que haberla puesto allí.
—Supongo.
—Quizá fue una de las criadas.
Mary se la quedó viendo.
—No, no lo creo posible —alegó después de cavilar un instante. No podía imaginarse a ninguna de las criadas de las Katterblack siendo participe de los planes de Darkling .
—¿Por qué estás tan segura? —siguió Grace—. Son mitad hada; con las hadas nunca se sabe a qué atenerse.
—Yo soy en parte hada —dijo Mary, volviéndose despacio hacia la ventana—. Y en parte seguidora de la luz.
¿Eso quería decir, entonces, que una parte de ella no era de fiar? Confiaba que no.
Dos horas más tarde se hallaban en el bosque.
El entorno estaba, como cabía esperar, oscuro como la boca de un lobo (aunque no era el mejor momento para pensar en lobos, se dijo Mary).
Dando un paso delante de otro, Mary apoyaba una mano en el hombro de Lloyd Blackfell para no tropezar con algún lodazal o bache en el camino.
No imaginó que volvería a ese lugar tan pronto.
.., no después del aterrador suceso de la última vez.
El bosque estaba húmedo por las lluvias recientes.
Árboles y arbustos estaban cubiertos por el rocío, del cual la luna arrancaba bellos destellos que eran como pequeños luceros caídos del cielo.
Había cierta belleza en el ominoso ambiente, debía admitir.
El suelo estaba lodoso; cada cuanto sus botas se hundían en un pozo oscuro y resbaladizo, invisible en las penumbras de la noche.
Por suerte, Lloyd se había ofrecido cortésmente a hacerle de apoyo.
Sin embargo, no había apoyo que sirviera contra aquel frío, cruel e inexorable, que los rodeaba como un manto invisible.
Mary se frotó las manos enguantadas en fina piel y suave algodón y luego se las llevó juntas a la boca para condensar su respiración.
Lloyd se detuvo y la miró con inquietud. Le preguntó en murmullos si estaba bien .
Ella asintió.
Lloyd no pareció convencido con su escueta respuesta, pero sonrió de igual forma. Continuaron.
Lloyd Blackfell y Ulises Witheford, como se acordó, aguardaron por ellas en el camino del bosque.
Habían pasado tres horas y media desde que Mary descubriera la carta en su habitación y acudiera a Abby; tres días y sus noches, contó, desde que Andrew desapareciera, y quizás un poco menos desde que fuera capturado por Mahlon West. Como fuese; Mary opinaba que el tiempo corría demasiado lento.
Finalmente, el pequeño grupo llegó al corazón del bosque, que seguía tal como ella lo recordaba de su última visita. Una colina coronada por un precioso árbol de sabino blanco.