28. Lluvia en este camino #3
—Lo están, Kenneth —afirmó Richard, y salió de la celda—. No tienes de qué preocuparte...
Empapada, Mary entró a su habitación mientras fuera repiqueteaba la lluvia contra el cristal de la ventana.
Sus labios tiritaban. Se ciñó entre sus brazos en busca de calor, en vano, pues el frío había calado hasta sus huesos.
Pensó que debería mandar a que le dispusieran un baño en la tina con agua tibia.
Al mismo tiempo, una parte de ella quería que fuera Andrew quien la envolviera en sus brazos y, con sus labios suaves y cálidos, le recorriera las mejillas y el cuello, devolviéndole el calor a su cuerpo.
Minutos después, Olee, con una sonrisa radiante y mechones de pelo rosado escapándoseles de la cofia torcida, apareció en sus aposentos y le ofreció ayuda.
Mary quiso prescindir de ella, pero la mucama, que daba la impresión de haber tenido un día ocupado, se adelantó a sus palabras.
Si estaba exhausta, no lo demostraba con su ánimo.
Olee le preparó uno de sus baños gratificantes.
Después, se marchó. Mary respondió negativamente cuando le preguntó si deseaba algo más antes de irse a toda prisa (a mansalva para atender los deseos de Céline).
Al salir de la tina sufrió espasmos friolentos.
Nadie le tendió una toalla o le frotó los brazos.
Y estaba bien. Y siguió estando bien, igualmente, cuando se vistió con un camisón y se deslizó entre las cálidas sábanas de su lecho.
Más tarde, el viejo Sutr le trajo la cena: pan de avena, una pieza de pavo horneado, frutos secos y un vaso de leche tibia que, según decía Olee, la ayudaría a conciliar el sueño fácilmente.
No era la primera vez que Mary comía en la cama, y le gustaba hacerlo, de vez en cuando.
Comió todo, y dejó la bandeja sobre la mesita junto a la puerta, donde alguno de los empleados de la mansión, la recogería más tarde o al día siguiente.
Suspiró. Cerró los ojos. De inmediato, el recuerdo de Andrew asaltó su pensamiento con un bello destello nocturno como telón de fondo.
Sus ojos de un profundo azul; su piel suave, sonrosada; su cabello como oro líquido, y sus labios.
.. Oh, sus labios eran cálidos, memoró Mary, suaves como pétalos de alguna flor afrodisiaca; aún recordaba sus roces, sus ávidos movimientos, su saliva y, sobre todo, la perfecta unión entre sus labios.
«—Siento que estás en peligro —le había dicho él a la luz de las luciérnagas y la noche—. Y temo que no podré protegerte cuando algo terrible ocurra. No quiero que termines herida, Mary. O peor.
»—Nada me ocurrirá si estás cerca.
»—¿Por qué estás tan segura?
»— Tú me has salvado la vida, en más de una ocasión.
»—Y lo haría de nuevo. Mil veces más».
Aquel recuerdo le arrancó otro suspiro. No lo sabía entonces, pensó, pero también se refería a Sam.
Lo que estaba haciendo al intentar salvar a su hermano, lo hacía por ella.
A lo mejor pensaba que al salvar a Sam, la estaría salvando a ella de cierta forma.
El sentimiento de la culpa la corroía desde dentro (¿Y quién la salvaría de esto?
, se preguntó). Ojalá se hubiera entregado a Darkling cuando se le presentó la oportunidad.
Tal vez así habría conseguido rescatar a su hermano y, también, liberar al rechoncho señor Blackfell, con quien bailó en una ocasión en el baile del solsticio .
«Hace mil años», suspiró Mary.
Dudó que hubiera sido tan fácil. Darkling la quería, sí, para algún propósito que involucraba magia, magia oscura. Y no se detendría hasta obtenerla.
Todavía no había acabado las últimas páginas de «L OS MISTERIOS DE LA MAGIA BLANCA », de modo que alargó el brazo y tomó el volumen que estaba sobre la mesita de noche, encima de los otros tres volúmenes que había obtenido temporalmente de la biblioteca de los Katterblack; la Enciclopedia incluida.
Lo abrió sobre su regazo y, de repente, un papel pareció desprenderse de la tripa, y cayó, tal como una hoja de otoño, en el piso.
Mary apartó el volumen y las sábanas, y lo recogió.
No era un papel. Lo observó con detenimiento: se trataba de una carta.
El sobre en la que iba era color champán con pliegues de estilo floral, y estaba sellada con lacre negro como la brea.
Las letras «MW» destacaban en el sello. Extraño, pensó, que recordase había leído la última carta de su padre hacía varias noches.
Y ciertamente ninguna de las que leyó había sido sellada con lacre negro.
Sintió una repentina opresión contra el pecho.
Inhaló, exhaló. Después, rompió el sello y extrajo la carta del sobre.
Las manos le temblaban nerviosamente.
Leyó:
Querida Mary:
He pasado los últimos días pensando las palabras correctas para expresarte mi profundo pesar por lo de la otra noche.
Comprendí, en cierto momento, que lo ocurrido no tuvo que ver contigo ni conmigo.
La culpa ha sido de los enemigos de Richard Katterblack quienes manipularon e indujeron al pobre Kenneth Hornwood a cometer aquel acto deleznable.
Y, por tanto, la culpa también recae en el señor Katterblack .
En fin. Te ofrezco mis más sinceras disculpas.
Algún día nos reuniremos y, finalmente, podrás saber toda la historia —la verdadera— que has esperado oír desde que Katterblack te habló sobre el Mundo Mágico y el verdadero origen de tu madre.
Pronto, niña mía. Pronto nos reuniremos, y serás una reina de las sombras, como debió de ser tu madre.
Por cierto, apuesto que te dará gusto saber que Mahlon West, quien se ha encargado de sellar esta carta, me informó hace unos días de una inesperada visita en su guarida.
Se trataba de Andrew Treddaway, que estúpidamente se proponía salvar al joven Samuel Cartwright y a Elio Blackfell, a quienes, por cierto, tengo a mi disposición.
Asimismo, estoy seguro, te complacerá saber que el joven Treddaway logró dar con ambos.
.. o así fue hasta que mi sirviente nigromante lo capturó en un intento infructuoso por liberar a mis prisioneros.
Ahora, Andrew es cautivo de Mahlon West, quien tiene afición por dar de comer presas vivas a sus argones.
Sé que hallarás el modo de dar con él, y yo te estaré esperando.
Entrégate a mí, y salvarás la vida de tres inocentes; de lo contrario, cada día recibirás una rosa negra junto a algún miembro mutilado de tu pequeño hermano, del joven Treddaway o el señor Blackfell, que está en sus últimas.
Entrégate, Mary, y sé su salvación... y la mía.
Tuyo,
DARKLING