28. Lluvia en este camino #2
—No creí que ella sería capaz de hacerlo —afirmó Céline. Alzó la mirada para que no hubiera duda de sus palabras. Observó a Mary con la extraña mezcla azul y castaño de sus ojos—, menos después de lo que ocurrió la noche anterior. Lo siento, Mary, de verdad...
—Está bien, Céline —dijo Mary—. Te disculpo, si eso quieres. Pero no debes ser tú quien deba disculparse tan encarecidamente conmigo por lo que pasó en aquella cena. Tu padre me debe algunas explicaciones, y...
Restalló un trueno. Comenzó a diluviar. Tan pronto como sucedió, las jóvenes echaron a correr hacia la casa, cogiéndose los volantes de las faldas y apartándose calados mechones de la cara que les impedía ver.
Cuando lograron entrar a la cocina por la puerta trasera que daba al jardín, ambas estaban empapadas hasta las enaguas.
En algún momento del trayecto y el caos de la lluvia, Mary y Céline se habían tomado de las manos, y así seguían.
Una miró a la otra de arriba abajo. Luego rompieron en carcajadas tan escandalosas como los truenos de afuera.
Un instante después, Céline la sorprendió al envolverla entre sus brazos y apretarla contra sí.
Se estaban abrazando. Era un abrazo, sí.
Céline, empapada por la lluvia, era tan cálida como lo era cualquier ser vivo.
Así pues, demostraba su genuino arrepentimiento. Como pocas personas.
Entonces se apartaron. Cruzaron una mirada una incómoda y rieron con un tono vacilante.
Los cabellos de Céline se habían tornado negros por la humedad, y los mechones, que antes le habían surcado la cara, ahora estaban pegados a sus mejillas discurriendo agua como lágrimas.
Mary nunca la vio tan hermosa, ni siquiera el día que la conoció; ni con aquel despampanante vestido de gala que lució en el baile del solsticio.
Esta era Céline, la auténtica y vulnerable joven que siempre había sido en el fondo, pensó Mary, a pesar del escudo que se había puesto encima para resguardar su frágil corazón.
—¿Qué está ocurriendo? —la voz vino desde el umbral que daba al recibidor.
Era Elise, que las observaba con el ceño fruncido sobremanera.
Las otras dos chicas cruzaron una mirada. Luego, se desternillaron de risa.
Kenneth se sintió terriblemente decepcionado cuando Félix Oakwater anunció que regresaría a la misma celda a la que había sido confinado desde hace varias noches.
Horas después de su confesión, aún sentía aquella desazón que lo embargó al oír que no volvería a ver a su familia por algunos días —semanas, tal vez— más.
Por otro lado, se sentía aliviado. Porque a ninguno de los miembros del Gremio se le ocurrió preguntar por el propósito de la irrupción de Darkling en la mansión Katterblack.
A lo mejor, ellos habían supuesto que estaba allí para asesinar a Richard Katterblack y secuestrar a Mary.
En tal caso, no estaban equivocados respecto a lo primero.
La verdad, Kenneth había ido a la mansión por propia voluntad —más o menos— para liquidar al señor Katterblack.
«Lo hice por ella —dijo, remordido, en su fuero interno—. Porque ella me lo pidió».
Caroline e Ian Reedstter habían acudido a la taberna, noches antes de los hechos en la mansión Katterblack, para extorsionarlo, valiéndose del secreto que atormentaba a Kenneth.
Tal parecía que los negocios entre Reedstter y Katterblack no estaban tomando el rumbo que esperaba Stephen Reedstter (o algo así), y la repentina muerte de su socio podía cambiarlo favorablemente, según sus vástagos, quienes aseguraban que su padre desconocía la otra mitad de Kenneth.
Éste lo dudaba.
Hasta hace algunas noches, Kenneth había decidido que no lo haría. Ni siquiera a Darkling parecía importarle lo que podían contar los jóvenes Reedstter. ¿Quién les iba a creer? No tenían pruebas.
Luego se apareció Caroline, con aquel pesado abrigo y nada debajo.
Le había arrancado la promesa con sexo. Y Kenneth, virgen e inexperto, se había dejado llevar por su profundo deseo y la hermosa sombra que había creído era amor.
No salió bien. Céline abrió la puerta y Darkling emergió de su profundo refugio en el ser de Kenneth.
Él no recordaba nada de lo que dijo o hizo Darkling durante aquellos momentos en el estudio de Katterblack.
Salvo una cosa, y era su propósito esa noche: matar.
Se preguntó si su padre estaría orgulloso del hombre en que se había convertido luego de acostarse con Caroline Reedstter.
Claro que no.
Sin embargo, desde esa noche, algo había cambiado en su interior.
Kenneth era Kenneth. No la vil criatura que llevaba meses habitándolo.
Era él en realidad, en todos los sentidos.
Darkling se había desvanecido para siempre.
Nadie más lo vería. Y solo había hecho falta una Rhiptus para acabar con la maldición que Hermana Mayor había soltado sobre los Hornwood hace ya noventa años.
Pensó que su padre había muerto en vano intentando deshacer el maleficio; que la solución había estado todo ese tiempo en el baúl donde los Hornwood tenían su armamento mágico —todas las familias de seguidores de la luz poseían al menos una Rhiptus en su arsenal—; que su muerte y la de otros se pudieron haber evitado de haberlo sabido.
Ya era muy tarde para pensar en eso, se dijo. Darkling estaba muerto. Su padre estaba muerto. Pero el nombre y legado de los Hornwood se mantenía vigente.
Su celda no era una mazmorra común y corriente.
No las llamaban «las celdas encantadas» por ninguna razón: sus muros, envueltos por poderosos conjuros, repelían cualquier magia —luminosa u oscura— que pudiera ayudarlo a escapar.
Sin embargo, no carecía de comodidades, y de la buena atención que le daban sus encantadores guardas, pensaba.
Su cama era plana, y tenía una finísima sábana gris y mohicana con la que resguardarse del frío nocturno; no tenía almohada.
No importaba. No había más ventana que aquel pequeño recuadro en la parte superior de la pared del fondo.
A través de ella, y de la luz o la oscuridad que la atravesaban, Kenneth había podido saber si era de día o de noche.
Olía a humedad, porque la había en cada esquina, y a vómito rancio, porque algún antiguo ocupante se había descargado en la pared izquierda que aún conservaba una repugnante mancha que nadie se había molestado en baldear.
En aquel momento estaba sentado en la estrecha cama, con la espalda encorvada y la mirada gacha, la cabeza entre sus manos. Escuchó que la puerta se abría con un pequeño estruendo contenido.
Uno de sus guardas habituales entró. Ken se sorprendió al ver que no lo hacía solo. Tras él, Richard Katterblack.
—Kenneth —dijo éste en cuanto el guarda los hubo dejado a solas—. Lamento que aún debas seguir aquí. Sabes que es por el bien de todos, tu familia incluida, ¿verdad?
Ken no supo qué responder; se limitó a asentir. Se fijó mejor en Richard Katterblack, que no parecía el mismo; lucía más viejo y enfermo, con aspecto senil, desmejorado, e iba apoyándose de un bastón illuminatus , lo que provocaba que su espalda se arqueara de forma grotesca. Sonrió desvaído.
—Muy bien, Ken —prosiguió Katterblack—. Ya sé que no tienes la culpa de lo que ocurrió aquella noche, así que he venido a absolverte de tu pesar. Tu padre no hubiera querido que cargaras con el mismo sufrimiento que él llevó por años.
—¿Así que sí lo sabías? ¿Sobre Darkling? —se oyó decir Ken.
—Sí, Kenneth —respondió Richard con suficiencia—. Henry y yo éramos amigos cercanos.
—Pero ¿cómo?
—Sé qué quieres decir, y te lo responderé. Henry me escribió una vez una carta, aparentemente inofensiva, pero que supe descifrar con el tiempo gracias a un antiguo truco realizado con tinta de limón.
—¿Tinta de limón?
—Sí, sí —dijo Richard dio un ademán y amplió su desvaída sonrisa. Kenneth sintió un escalofrío—. Pero no he venido aquí solamente para quitar el peso de la culpa de tus jóvenes hombros, Ken.
—Entonces, ¿para qué más has venido ?
—Para que me digas la verdadera razón de la extraña irrupción de Darkling la otra noche.
—Y la sonrisa de Katterblack se esfumó de sus labios por completo.
Kenneth se fijó en sus ojos, ojos fríos surcados de sombras moradas como magulladuras, por primera vez desde que entró.
Tuvo un mal presentimiento—. Darkling no se habría arriesgado de tal forma solo para llevarse a mi sobrina, ¿o sí?
Y sé que no, gracias a los mensajes que intercambiaba veladamente con tu padre.
—Katterblack se inclinó hacia adelante. Ya no se apoyaba del todo en el bastón.
Ken guardó silencio y se mantuvo impasible hasta que la voz fría de Richard Katterblack hendió la callada atmósfera—. Habla.
Y Kenneth, tras un sobresalto, comenzó a contarle la verdad: que había ido a la mansión para asesinarlo, porque así se lo habían pedido los hijos de Stephen Reedstter. Richard no preguntó por qué lo querían muerto, bien sabía la razón.
—Así que todo fue idea de los jóvenes Caroline e Ian Reedstter, ¿eh? —dijo Richard, tras un instante pensativo, después de oír la confesión de Ken—. Stephen lo sabe, estoy seguro.
—No, Ian dijo que no... —empezó a decir Ken.
—¿De pronto confías tanto en Ian? —lo cortó Katterblack.
Hizo un ademán con la mano, y se volvió hacia la salida.
Mientras se acercaba a la puerta, añadió—: También quería decirte, Kenneth, que algo misterioso ha pasado en las bodegas de la taberna de tu familia.
—Dio varios golpecitos con la punta del bastón, y el guarda, al otro lado, le abrió—.
Al parecer, alguien se ha llevado un objeto valioso del compartimiento secreto que había allí.
Kenneth se levantó. Apenas comprendió lo que había dicho Richard. Solo auscultó «familia», y era todo cuanto le importaba a Ken .
Le preguntó a Katterblack si estaban bien.