Hechizo Nocturno (Hechizo nocturno 1) 28. Lluvia en este camino
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28. Lluvia en este camino

LLUVIA EN ESTE CAMINO

Mary, Céline y Elise se reunieron, como cada tarde, con la señorita Val para sus lecciones.

Había cierta tensión incómoda en la atmósfera de la sala común.

Era la primera vez que Mary y Céline estaban en la misma estancia tras el suceso de la otra noche.

La primera sospechaba que su prima debía saber —o al menos intuir, porque Mary evitaba su mirada a toda costa— que estaba al corriente de su subrepticia participación en el incidente de la cena, hace tres noches.

De vez en cuando, eso sí, Mary notaba que Céline le echaba miradas de reojo que ella no se molestaba en regresarle. En cambio, sí que había visto y hablado con Elise, bastante a menudo, en los últimos tres días. En absoluto la culpaba de lo ocurrido.

Céline. Ella tenía la culpa. Desde el ajinen —poción que Mary halló más tarde, por casualidad, en el libro P OCIONES Y ENCANTAMIENTOS —, hasta la abrupta revelación de los secretos de su padre.

Esto, sin contar su obsesión desmedida por causar en los demás la infelicidad en el amor que ella sobrellevaba.

Mary no la odiaba. Tampoco la culpaba del todo.

En cambio, Richard Katterblack, con sus mentiras y prejuicios, se había granjeado su profundo desprecio.

Y no era la única que abrigaba estos sentimientos por el señor Katterblack .

Dos días antes, Alice Katterblack —que durante muchos años había sido engañada por su esposo— se fue de la casa con el corazón roto tras conocer la verdad, y negarse a ver al señor Katterblack desde entonces.

No lo soportaba, dijo a Leonard. Así pues, al día siguiente, partió con el primo Leo a pasar una temporada en Nueva Orleans.

Mary quiso irse con ella y con Leonard, incluso se planteó rogarles el día de su marcha, sin embargo, ellos se fueron en cuanto despuntaron las primeras luces de la mañana.

Ese día, Elise, que también sollozaba, la consoló como una hermana. En cambio, Céline no bajó a la planta baja en todo el día de la partida de su madre y de su hermano. Según Olee, estuvo haciendo compañía a su padre y más tarde había salido furtivamente para encontrarse con el joven Falahee.

La familia estaba rota. La mansión Katterblack parecía más lóbrega estos días, y el frío calaba las paredes y el techo y se aferraba al aire.

La sensación que colmaba las estancias, y en ocasiones la propia habitación de Mary, era sobrecogedora.

Como si todos hubieran sido arrastrados de forma irremediable a un abismo oscuro desde la noche que irrumpió Darkling.

«Mi vida jamás volverá a ser como era antes —pensó—; mis sueños, tampoco».

Solo un pensamiento la mantenía cuerda esos días: encontrar a Sam.

—Lo has hecho muy bien, Mary —la felicitó Val, cuando estuvieron a solas en las clases particulares de idiomas mágicos—. Si continúas así —añadió—, pronto hablarás como una auténtica azurense.

Mary esbozó una sonrisa escueta y se preguntó si Val también estaría al tanto de su... verdadero origen.

—Val .

—¿Sí?

—¿Qué sabes acerca de los Hornwood?

Vallery permaneció impasible..., o, más bien, sonriente; no se turbó ante la pregunta.

—¿Qué quieres saber sobre ellos, Mary? —preguntó con un suspiro. Su voz no revelaba extrañeza.

—Todo... Quiero decir, todo lo que sepas.

Val se sentó de nuevo y volvió a suspirar con una risita.

—Sé bastante. A decir verdad, conozco a los Hornwood desde que el primero de ellos (Frank, se llamaba) se estableció en River Town hace ochenta años. Frank Hornwood, según recuerdo, provenía de Suecia, aunque era inglés. Como Will...

—Will. ¿Quién era?

—Oh, eso fue hace mucho tiempo —dijo Val con una tenue sonrisa y un ademán—.

William Oakwater, el primer Oakwater en llegar aquí, fue un buen amigo.

Fundó la única biblioteca pública que River Town ha tenido.

.. hasta que un terrible incendio la consumió el mismo año que (casualmente, pensándolo ahora) Frank Hornwood llegó al pueblo.

—Sacudió la cabeza—. Como sea. Estoy divagando. Tú querías saber sobre los Hornwood.

Mary preguntó:

—¿Sabes por qué vino Frank aquí?

—No. Nadie lo sabe. Tampoco la razón que lo hizo quedarse y echar raíces, como quien dice.

Ciertamente, River Town posee una especie de encanto que suele atraer y maravillar a todo tipo de criaturas mágicas.

Lo digo por experiencia propia. —Sonrió—.

Cual fuera la razón, Frank contrajo matrimonio con la única hija de un hostelero.

Cuando éste y su esposa fallecieron, la mujer de Hornwood heredó todos sus bienes.

Frank, disconforme con el hostal, decidió abrir una taberna y, después, una funeraria.

Más tarde, cuando Frank murió, su hijo mayor, Johan, se hizo cargo de las propiedades de la familia y, de esa forma, continuó el legado Hornwood.

—¿Qué me puedes contar sobre los Hornwood al presente? ¿Y sobre Henry Hornwood?

Y, con esas palabras, el recuerdo de la otra noche destelló en su mente; Céline diciendo: «Mary... Mary no es hija del tío Michael. Su padre, en realidad, es Henry Hornwood, antiguo amante de Sylvia». El corazón le dolió al recordarlo.

Suspiró.

—El pobre Henry murió hace cuatro meses.

—Val bajó la mirada. Los ojos se le humedecieron.

Con tristeza, continuó—: Fue asesinado por una vil nigromante cuando intentaba defender su establecimiento y salvar la vida de su hijo, Kenneth.

O, al menos, eso pensaba el Gremio. En cualquier caso, fue una tragedia.

Henry... Henry... —Y enmudeció. Miró a Mary con extrañeza—.

¿Por qué, de pronto, tienes tanto interés por los Hornwood, querida?

—Solo curiosidad —respondió ella en seguida. «En parte, al menos», pensó en tanto—. Estoy segura de que estás al corriente de lo que pasó aquí hace tres noches, Val, cuando casi fuimos asesinados por Kenneth Hornwood. —Sonó sincera, incluso para sus propios oídos.

—Sí. Me enteré —asintió Val, suspirando, con pesar—. Y cómo no. Lo sabe todo el pueblo, o, mejor dicho, todas las familias mágicas. Fue un hecho desafortunado, y, en mi opinión, sin sentido, puesto que conozco al joven Ken de toda su vida. Y, la verdad, dudo que lo haya hecho.

«No era él —pensó Mary, asintiendo—. Sino Darkling».

Tenía más familia. Según Vallery, el señor Hornwood tuvo tres hijos: Kenneth era el mayor y el más diligente; Clayton, el que lo continuaba, y luego Harriet, la más joven, de nueve años.

Casi la misma edad que Sam, reflexionó Mary.

No sabía qué pensar ante la perspectiva de saber que tenía otros hermanos; quizás, que no estaba sola después de todo.

Entonces, ¿por qué se sentía tan... vacía?

Esa misma tarde, después de las lecciones con Val, Mary decidió dar un paseo por el jardín Katterblack.

La verdad, esperaba encontrarse con Abby y saber noticias del paradero de su hermano.

Hace cinco días que no veía a Andrew. Le preocupaba sobremanera.

Y tanto. Además, Abby había estado evitándola por alguna razón (y tenía una idea próxima de cuál podía ser).

Aquel, ciertamente, no era el primer paseo que daba en los últimos días.

Después, no la había visto más.

Hacía un día soleado, fresco. El aire olía a lluvia.

¿Era un presagio? Mientras paseaba, el aire abandonó su frescor y se tornó frío, y el cielo se vistió de nubes de tormenta.

Mary previó que su recorrido no duraría demasiado.

Y al volver, zanjó, insistiría en encontrarse cara a cara con Richard Katterblack.

A su lado, caminaba Tara, la mucama de Elise.

—Señorita Mary —dijo la tímida pero sonriente Tara en ese momento—. Creo que será propicio que volvamos antes de que comience a llover, ¿no cree?

Mary estuvo a punto de contestar cuando otra voz la detuvo.

—¡Mary! —decía.

Al instante siguiente, Céline apareció, con las mejillas arreboladas y los rizos castaños oscuros surcándole la cara con la brisa. Mary temió lo peor. La última vez que alguien se acercó a ella de esa forma, recibió malas noticias.

Sin embargo, no fue el caso de Céline. Una vez se detuvo ante ella, recuperó la calma y serenó la respiración.

Parecía un poco alterada, sí; también nerviosa y, sobre todo.

.., ¿avergonzada? Más allá no había nada alarmante que indicara un peligro cercano al que vivieron la otra noche con la visita de Darkling.

—¿Qué sucede? —dijo secamente Mary.

—Tara, por favor, déjanos a solas —demandó Céline.

La mucama sonrió y asintió. Se fue con las manos tomadas a la espalda. Céline miró a Mary. Luego vaciló y bajó la mirada, dando paso a un prolongado silencio.

—¿Y bien? —preguntó Mary.

Céline suspiró.

—Jamás he tenido que pedir algo a nadie —dijo por fin—. Pero esta vez tengo que hacerlo.

—¿Y qué quieres pedirme?

—Quiero... —dijo su prima—. Quiero pedirte disculpas por lo de la otra noche; por lo que dije.

—¿Y qué tal por lo que hiciste?

Céline alzó las cejas.

—Yo no hice nada. Fue Elise.

—¿Quién tuvo la idea del ajinen ?

—Yo —soltó Céline. Al principio sin darse cuenta de lo que acababa de decir. Respiró hondo y continuó—: Sí, fue mi idea. Todo fue mi culpa.

—No todo es tu culpa —repuso Mary—. Tu padre ha tenido mucho que ver.

Guardó el secreto de mis padres durante años, incluso a tu madre; y cuando tuvo la oportunidad de decirme toda la verdad, no lo hizo.

—«En River Town no hay lugar para los secretos», pensó ella; quizá Richard Katterblack previó que tarde o temprano lo descubriría—.

Tú pudiste elegir, Céline. Pudiste decirme la verdad.

—No podía, Mary: sería traicionar a mi padre.. .

—¿Y qué hay de traicionar a tu hermana?

—No entiendo. —Céline bajó la mirada. Tal parecía que entendía bastante bien.

—Sabías que Philip correspondía a sus sentimientos. Y, con todo, te empeñas en mantenerlos en la ignorancia debido a tu propia y egoísta infelicidad amorosa.