27. La maldición de Hornwood #3
—No sé dónde está Elio Blackfell. En cuanto a Samuel Cartwright, solo sé que Mahlon West se lo ha llevado a Collin´s Meadow.
—Ken empezó a balbucear—. Yo... Yo presencié cuando Darkling y Mahlon asesinaron al señor y la señora Cartwright.
Para entonces la maldición ya había hecho mella en mí.
Fue horrible. Tanta sangre... Y también vi la ejecución de Joseph Westwick.
El hombre rogaba por su vida llorando a lágrima viva.
No funcionó. Mahlon West azuzó al caballo y la soga se tensó en su cuello.
Todavía estaba vivo cuando lo vimos esfumarse en dirección al mercado.
—Dios mío —musitó Eudoxio Belwolf, boquiabierto. Y se santiguó por tercera o cuarta vez desde que empezó la declaración de Kenneth Hornwood.
—Estuve presente en el baile un instante antes de que Darkling se abriera paso al exterior —continuó éste—.
Me pregunté qué hacía allí. No recordaba haber estado en ese lugar antes.
Más tarde supe que se trataba de la mansión Katterblack y que el evento que se efectuaba en ese momento era el baile del solsticio.
Mis padres no me permitieron ir con ellos desde que cumplí la edad conveniente.
Ese mismo día, mi madre despotricó contra Richard Katterblack por haber celebrado su maldito baile pocos meses después de la muerte de mi padre.
Decía que era vil y desconsiderado de su parte, cuando en vida mi padre lo había estimado como un hermano.
—Tenía razón —comentó Katterblack. Lo vieron suspirar profundo. Parecía devastado en todos los sentidos—. Tu madre —añadió—. Por otro lado, si de verdad tu padre me hubiera considerado un hermano, me habría contado de la maldición.
—¿Y no lo hizo? Yo pensé que...
—No, no lo hizo. Nunca lo mencionó. Quizás temía que Darkling tomara las mismas represalias que con su hermano.
Kenneth pareció confundido. Luego asintió.
—Es posible —dijo, sin convicción.
Witheford indicó:
—Y, sin embargo, Darkling le permitió a Henry que buscara una forma de librarse para siempre de él.
—Darkling sabía que mi padre no lo conseguiría—afirmó Kenneth; suspiró y se frotó la nuca—.
La única manera de romper una maldición es a través de quien la designó; estas fueron las palabras de Cateryna Dur, la noche que asesinó a mi padre.
Y no mentía. Empero, figuraba que mi padre tendría que revivir a la líder banshee para que ésta deshiciera el maleficio, amablemente y sin pedirle nada a cambio.
Y todos vivirían felices comiendo perdices.
—Ken tiene razón —habló Philip. Hizo un verdadero esfuerzo para mantener el aplomo cuando todos lo miraron—. Es casi imposible romper una maldición.
—Has dicho casi —enunció el señor Reedstter—. Richard consiguió acabar con ella por pura casualidad, empleando una daga para purificar la sangre. Esto fue lo que aconteció al joven Kenneth, ¿no? Su sangre fue purificada y la maldición desapareció.
—Hay algo más —repuso Kenneth con la mirada y la voz inciertas.
Parecía inseguro de lo que estaba por decir—.
Darkling concertó los servicios de un hombre para que le creara un cuerpo propio que habitar una vez hubiera cumplido con su cometido.
Darkling fue cuidadoso al no relacionarse directamente con el hombre en cuestión, sino usando a un intermediario: Wallace Flint, el celador del cementerio.
—¡Wallace! —exclamó Eudoxio. Y se santiguó de nuevo—. Ese viejo bastardo...
—¿De manera que no sabes quién es el hombre que está detrás de la creación del cuerpo de Darkling? —preguntó Félix Oakwater.
Ken negó con la cabeza. Parecía tan defraudado como los demás.
—No —dijo.
—¿Tienes alguna idea de cómo planeaba hacer un cuerpo a Darkling? ¿Acaso con partes metálicas? Como un autómata.
—No. Nada de eso. —Kenneth hizo un ademán—. El cuerpo tenía que ser especialmente para él. Como un traje hecho a su medida.
—Entonces ¿de qué?
—De partes humanas.
Tras escuchar estas palabras, Philip pensó inmediatamente: «Oh, no. Horace».
—Barbarie —profirió el señor Belwolf mientras se persignaba una y otra vez—. Es una monstruosidad. Oh, Dios mío.
—¿Qué clase de hombre sería participe de algo tan atroz como eso? —oyeron decir Frederick Startclyde con enfado y recelo .
Philip sintió como si lo hubiesen abofeteado.
Un bullicio por parte de los hombres del Gremio llenó el tenso ambiente que imperaba en la estancia desde antes de la aparición de Kenneth.
Phil pensó en la noche que Wallace entregó la mortaja a Horace, y provocó que el contenido se vertiera fuera de la funda para descubrir lo que era.
Horace le había pedido que confiara en él.
Y lo había hecho. Peor que descubrir lo que aquel hombre hacía en el ático de la casa, era imaginarse las atrocidades que tuvo que ver Lucas, que hacía de su ayudante en este horripilante cometido.
—¿Qué haremos entonces, caballeros? —inquirió Stephen Reedstter.
Sonreía ampliamente. Parecía satisfecho por alguna razón que escapaba del conocimiento de los miembros del Gremio—.
Imagino que Sawyer enviará algunos de sus hombres a Collin’s Meadow a por el pequeño Cartwright, y también a por Wallace Flint, por conspirar contra la vida (y perturbar el eterno descanso) de los habitantes de River Town.
Se produjo un instante de silencio. Uno o dos minutos. Quizás más.
Philip no tenía noción del tiempo. Volvió en sus trece cuando Richard Katterblack habló.
—En efecto —dijo éste—. Cuanto antes deben enviar a todos los hombres combatientes que estén a disposición del pueblo para salvar al hijo de Michael Cartwright. Y estoy de acuerdo con la aprensión de Wallace Flint por conspirar junto a Darkling y los seguidores de la luz de River Town.
—¿Qué hay de mí? —preguntó Kenneth. Parecía asustado como un niño de cinco años, indefenso.
Hizo conato de levantarse del asiento de honor pero lo pensó mejor y se abstuvo.
Las palabras luchaban por salir de sus labios en medio de un intenso tartamudeo.
A duras penas logró dominarlo para decir—: ¿Me liberarán?
Debo regresar con mi familia y asegurarme de que estén bien.
—Me temo que no, Kenneth —negó Félix Oakwater con un tono anodino y una expresión afín—. Antes debemos asegurarnos de que Darkling haya desaparecido completamente. No debemos correr riesgo alguno.
—¿Y cómo se asegurarán? —quiso saber el muchacho.
Philip también sentía curiosidad.
—Los Altos Seguidores fueron notificados de lo que pasó aquí hace dos noches —informó Oakwater—. Enviaran a un perito en misterios mágicos para hacer las debidas investigaciones y averiguar la verdadera naturaleza del mal que nos acecha.
—Mi madre...
—Si te sirve de consuelo, tu madre y hermanos están bien y a salvo. Dado tu encierro, en los últimos días han estado bastante atareados en la taberna y el hostal. Pero nada más.
—¿Qué hay de Elio Blackfell? —preguntó Startclyde—. Debemos encontrarlo a él, y también al hombre que ha estado haciendo el cuerpo para Darkling con partes de... —Clavó la mirada en Kenneth—. ¿De humanos vivos o muertos?
—Muertos.
Philip sintió un escalofrío. Si descubrían que se trataba de Horace, ahorcarían a su tío delante de todos los habitantes del pueblo.
Y era probable que implicaran al propio Philip por solapar el inicuo trabajo del hermano de su padre, y lo apartarían de Jason y Lucas.
Quizás lo encerrarían en las mismas celdas mágicas que Kenneth, pensó.
Y no iba a permitirlo, oh, no. Tenía que advertirle a Horace, ¡advertirle. ..!
—¿Phil, estás bien? —le preguntó Lloyd en voz baja. Lo miraba con el ceño fruncido. Alrededor los miembros del Gremio hablaban sobre exhumar algunas tumbas para examinar qué muertos fueron despojados de sus porciones. «Como si de verdad esto importara, maldita sea»—. Estás pálido.
Philip se pasó la mano por la frente y la sintió húmeda y fría. Inhaló, exhaló.
—Estoy bien, Lloyd —afirmó, cuando era todo lo contrario.